Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 31 #3
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Capítulo 31 #3

—Recibido —responde desde la finca una voz distorsionada—. Enviamos.

—Ira. —Rashel no coge aire ni para ser educada—. Hay que salir. Si no salimos, nos plantan explosivos en los vehículos. Mira a la izquierda: se están moviendo.

—El jefe ha salido —dice Nat por el canal, con esa voz que dan ganas de apagarle el micro—. Dale charla. Haz tiempo hasta que lleguen los refuerzos. Quieren dinero, quieren hablar. Aún no van a disparar.

Miramos al frente: un tipo grande se acerca con tres más detrás. Él viene sonriendo, manos a la vista, sin armas enseñadas. Los otros tres, ya tal: fusiles apuntando a nuestra furgoneta.

Y por la izquierda aparecen más. Salen de entre los árboles con bultos oscuros en las manos, pegaditos al terreno, directos a nuestros coches.

—¿Cuántos ves? —pregunta Irina.

—Nos superan —entra Ana—. Y hay más dentro del bosque.

Irina gira la cabeza y ve a Sabina con la mano ya en la manilla.

—Sabina, quédate aquí.

Sabina mira a Vera, que está temblando. Mira a Irina, herida. Y decide que hoy se ha levantado valiente y cabezona.

—Ni de coña me quedo aquí encerrada oyendo cómo os matan.

Yo miro por el cristal hacia el coche de apoyo y me sale del pecho un «¿pero por qué coño hemos traído a Sabina?» que no aporta nada, pero me regula.

Luna no espera a que nadie le dé permiso. Se arma y le ajusta el chaleco antibalas a su madre con una prisa muy aprendida.

—Mamá, no hagas tonterías. —La sujeta por los hombros.

Irina hace una seña y Luna se mueve ya fuera, segura, colocándose donde tiene que estar.

—Cubre a mi madre —le ordena a uno de los escoltas, sin levantar la voz.

Revisa el seguro, encaja el cargador, abre ángulo para cubrir el flanco más expuesto. Luego se gira hacia Svet. No hacia Martina, que es su pareja; no hacia Vera, su hermana. Hacia mi hija. No le dice nada. Le basta con mirarla.

Svet se queda quieta. Quietísima. Se graba la mirada y obedece.

Ni protesta, ni se hace la valiente. Gracias, Luna, por hacer de hermana mayor con la cara.

Luego, en vez de mirar a Luna, me mira a mí.

Se le van los ojos a mi cinturón. Al metal en mi mano.

Al sitio de donde Amaia está sacando más armas.

Vuelvo a mirar hacia los pinos y ahí están.

Primero uno. Luego dos. Luego cuatro. Y siguen.

Niñatos con fusiles demasiado grandes para sus brazos, camisetas pegadas de sudor, caras tensas, rabia mal administrada.

La carretera se llena de cuerpos y de hierro.

No vienen ordenados: vienen en manada y con ganas.

Los nuestros bajan de golpe. Un bloque de escoltas forma un semicírculo y se coloca por costumbre, por repetición, por haber visto suficiente mierda en su vida.

Irina baja de la furgoneta apoyándose en la puerta para no perder el equilibrio. Está pálida y aun así se planta con esa presencia que hace que hasta los árboles se porten mejor.

Amaia sale también. Se queda cerca de la puerta de las niñas, arma lista, sin hacerse la heroína, pero sin ceder un centímetro.

El peso del arma en la mano me trae el recuerdo de Irina en la galería de tiro, corrigiéndome la postura con paciencia.

«No apuntes con miedo, Julia. Si la sacas, es para usarla».

Mis hijas me están viendo a través del cristal, pero quito el seguro igual. Pulso firme. Cháchara interna, luego.

Irina me agarra de la muñeca. Aprieta fuerte y me obliga a mirarla.

—Te quiero.

A mí me cambia la cara sola, porque sé que me lo dice porque piensa que puede no haber un después.

Rashel vuelve por radio, rápida y baja:

—Ira. La mayoría no lleva chaleco. Son más, pero van a lo loco. Idiotas armados. Aun así, una bala es una bala. No regaléis nada. Aguantad. El cierre está montado.

Nos colocamos en segundos, cada cual a lo suyo.

Rashel se queda donde tiene visión y línea de tiro.

Ana y Nora abren los laterales, con ese instinto policial que tienen aún.

Amaia sostiene el perímetro de la furgoneta, cubriendo a las niñas sin perder el Audi negro de vista.

Nat mantiene a Alaska a cubierto, aunque la chica intente sacar el mentón y parecer más alta.

Luna se coloca con vista directa al punto por donde aparecerá el jefe.

Irina avanza medio paso. Herida, sí. Fuera de juego, ni de broma.

Entonces uno de los nuestros se mueve un palmo de más. Un gesto mínimo, nervioso.

Y desde el bosque responden.

El líder da un paso al frente. Lleva una camisa oscura, una sonrisa de suficiencia y esa mirada de quien ya ha cobrado la apuesta. Se detiene a una distancia que marca el respeto por nuestras armas, pero sin un gramo de miedo.

—Mirá pues… —Se ríe por lo bajo, y antes de buscarnos la cara ya se le va el ojo al costado de Irina, la mano en la herida.

Y ahí se le cambia la voz. El tono del que lleva años esperando este momento—.

La zarina vino con escolta y todo… y aun así se le nota el dolorcito.

¿Y esa curita qué, mami? ¿Te dolió cuando te tocó sangrar en serio?

Sus ojos se pasean por el despliegue con calma de carnicero hasta que se clavan en el coche de apoyo. Ve a Alaska y se le ensancha la sonrisa, el cabrón.

—¿Y esa otra Popova qué? —La señala con la barbilla—. ¿La versión económica o la de repuesto?

Nat se pone delante de Alaska sin pensarlo. Irina ni se mueve, pero la mirada se le endurece. A mí me da un vuelco el estómago, porque esa sonrisa suya no es de líder inteligente: es de matón contento.

El tipo me mira a mí. Se fija en mi arma y vuelve a Irina con esa burla barata en la boca. Detrás, uno de los Trueno se acomoda el fusil fatal, otro escupe al suelo y se ríe demasiado alto. No son soldados. Son narcos con armas grandes y cero paciencia. Y con eso ya te alcanza para liarla.

—A ver pues, mi amor —sigue él, encantado de escucharse—. Bajen los jugueticos, que no queremos que las niñas vean un reguero. Vinimos a hablar de negocios, no a ponernos a recoger gente del piso. Pero si quieren show, mi reina, aquí trajimos de todo. ¿Qué dice, jefa? ¿Hablamos o contamos huecos?

Irina no se mueve. No baja el arma. Siento el latido de su «te quiero» vibrándome todavía en los huesos mientras el pinar se cierra sobre nosotros. El cara a cara ha empezado y no tengo ni idea de cuántas de nosotros vamos a dormir en casa esta noche.

El sudor me corre por la espalda. Es la conciencia de estar superadas en número.

Hay muchos más, seguro, aunque él quiera fingir que solo tiene los que se ven.

Mi dedo acaricia el gatillo y me doy asco por haber aprendido a hacer esto tan bien.

Miro a Sabina, que respira de forma errática a mi lado, y me entran unas ganas locas de gritarle que se meta en el coche, pero ya es tarde. Estamos todas en el barro.

El líder nos mide una por una, disfrutando el ratito. Cree que tiene esto amarrado.

—Sos muy valiente, mami. —Se dirige a mí, ladeando la cabeza—. Pero la valentía no para las balas. ¿Cierto, Popova? Dígale a su gente que se calme, que no vinimos a armar escándalo… a menos que nos toque.

Irina da un paso al frente.

—Habla rápido —dice, seca—. Mi paciencia se acaba antes que mi munición.

El colombiano se ríe, corto y con ganas, y el sonido rebota entre los pinos.

—Uy, qué carácter, por Dios. Así me gusta. A ver si ese orgullo te alcanza pa pagar la cuenta que dejaste pendiente.

Siento el peso del arma en la mano y el peso de mi familia en la espalda. El tablero está dispuesto y la partida ha empezado. Pero no pensamos regalársela.