Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

Subimos y Nat nos abre la puerta con una pistola en la mano, a pleno orgullo, cero teatro.

Alaska está pegada a ella. Tiene la misma mirada que Irina, sí, pero la cría cae mejor, lo digo y me quedo tan ancha.

Ahora va muy seria y, cuando nos ve, se le relaja la cara.

Se va directa a Irina y se mete en sus brazos. Irina le da un beso en la cabeza.

Martina aparece detrás con la coleta perfecta y me roza la mano. Luna sale también, callada, con los ojos disparados a todos lados, con una seriedad que no le pega por edad. Svet y Vera vienen corriendo con las mochilas al hombro y esa cara mezclada de alivio y miedo.

—¿Qué pasa, mamá? —pregunta Svet, directa a mi cuello. Sé que hoy no cuela lo del fregadero. Mi hija es lista y ya lo sabe. Hay lío.

—Pasa que nos volvemos a casa, Svet. Ya. —Me sale un tono que no deja hueco a debates.

Me acerco y la abrazo. Aprieto demasiado porque yo soy así de intensa cuando tengo miedo. Ella se me pega.

Vera intenta tirar de humor con esa gracia que le copia a Sabina.

—¿Es por el look de Irina? Porque con ese chándal yo también pediría escolta —dice, con una sonrisa que se le apaga al instante.

Nadie se ríe. Vera lo pilla, baja la cabeza y se pega a Sabina sin hacer más ruido.

—Rápido —ordena Irina—. Nada de equipaje extra. Lo que tengáis en las manos y fuera. Ahora.

Bajamos todas. Martina no suelta ni una queja: agarra el portátil y se planta en el centro del grupo, recta, eficiente, lo suyo.

Luna se queda al final, pendiente de atrás con una concentración que a mí me deja mal cuerpo.

Al llegar a la calle, el pasillo de escoltas nos lleva a la furgoneta.

Metemos a la tropa dentro a toda prisa, una detrás de otra, sin tonterías.

Y al subir, Luna hace algo que me deja clavada.

No se sienta junto a la ventana ni se hace la distraída.

Se coloca cerca de la puerta, lista, hombros bajos, ojos bien abiertos.

Localiza un compartimento de seguridad de la furgoneta, saca un arma corta y comprueba el seguro con una naturalidad que me pone triste de golpe.

No pregunta, no duda. Es hija de Sabina, sí, pero Irina la tiene entrenada para esto, y verla asumir que su trabajo es proteger al grupo me enciende por dentro.

Una chica de su edad no tendría que estar en estas movidas.

Busco a Sabina y a Amaia: están igual, con la misma cara de «esto no debería pasar».

—¿Todo listo atrás? —pregunta Rashel por la radio.

—Confirmado —responde uno de los escoltas desde el coche de cierre.

Amaia reparte pinganillos. Deja fuera a Martina y a Vera y Svet, para que no se enteren de más de la cuenta y no se asusten todavía más. Yo me lo pongo y pienso: vale, Julia, hoy toca hacer esto bien y no cagarla. Qué planazo.

El convoy arranca de nuevo, ahora más pesado, integrando a los tíos que vigilaban el piso de Martina.

Somos una caravana de metal y nervios de punta.

Madrid se queda atrás y empezamos el regreso hacia la finca.

El asfalto quema y el aire dentro de la furgoneta se ha vuelto escaso, pero, oye, ahora que las chicas van con nosotras en el blindado, a mí por lo menos me baja un punto la opresión del pecho. No es paz, pero se agradece.

El ambiente ha cambiado. Ya no hay charlas sobre el pasado.

Ahora el silencio es una herramienta de guerra.

Svet me lanza una mirada de reojo, con esos ojos que preguntan demasiado, y yo me obligo a mantener el frente.

Vera se pega a Amaia, busca el calor que Sabina no puede darle porque está demasiado ocupada en no romperse en mil pedazos.

Vigila a las niñas con una intensidad feroz, pero le tiemblan los dedos sobre las rodillas.

—Ira —dice Rashel por la radio.

—Dime.

—Tenemos un baile detrás. Un Passat blanco y una furgoneta azul. Llevan tres kilómetros alternando posiciones. Aparecen y desaparecen de forma coordinada.

Me cago en mi vida. El Passat blanco y la furgoneta azul. El puto catálogo completo del coche de padre divorciado y reparto de pan. Y nosotras aquí, jugando a que no nos están cazando.

—Matrículas —dice Irina, seca.

—Dobladas, casi seguro —informa Rashel—. Los de cierre confirman que mantienen distancia, pero no se van. Esto no es curiosidad. Es marcaje.

Miro hacia atrás y ahí están, sin esconderse ya demasiado. Los escoltas cantan posiciones por la radio cada pocos segundos y a mí eso me pone nerviosa, pero también me agarra a la realidad: significa que siguen trabajando y que, de momento, nadie se ha hecho un agujero nuevo en el cuerpo.

—El blanco se abre a la izquierda.

—La azul acelera.

—Cambio de carril.

—Ojo, otro vehículo raro más atrás.

—Cambio de formación —ordena Irina—. Apoyo, cerrad el hueco. No quiero a nadie en medio.

Las niñas se dan cuenta de todo. Svet se pone recta. Vera deja de hablar y se le pone la cara color papel. Martina empieza a recitar fórmulas. Luna se queda firme, mano lista, cuerpo listo, todo listo.

Un vehículo ajeno intenta colarse entre nuestro blindado de apertura y nuestra furgoneta en un movimiento agresivo.

El blindado de apertura pega un volantazo coordinado y saca al intruso del carril con una violencia controlada, obligándolo a frenar en seco en el arcén.

No hay tiros, pero la agresividad del movimiento nos deja a todas con el alma en vilo.

—Nos están probando —farfulla Irina. Su mirada es puro hielo siberiano.

Miro a Amaia, que me agarra la mano con una fuerza que me va a dejar marca. Le devuelvo el apretón con la misma desesperación. Miro a Sabina, que tiene los ojos empañados, pero mantiene el mentón alto.

—No van a dejarnos llegar —sentencia Irina—. Poneos los chalecos, las niñas también.

Lo dice con una sencillez que me quita la poca esperanza que me quedaba. No es una suposición de paranoica, ni deja margen para el autoengaño. No está especulando. Está informando.

El desastre ya no está esperándonos en la finca.

Viene con nosotras, bailando en el retrovisor.

Seguimos avanzando y entramos en el tramo de pinos donde la carretera se estrecha y el móvil siempre decide hacerse el muerto.

Quedan quince minutos para la finca. Quince minutos que, en estas, se hacen larguísimos.

He pasado demasiados años en el filo como para no reconocer cuando el mundo se convierte en una ratonera. Los árboles se cierran sobre nosotras y la pendiente nos obliga a bajar la guardia. Es el lugar que yo elegiría si quisiera borrar a alguien del mapa.

Miro a Irina otra vez. Ella también lo sabe. Lo sabe desde que salimos de Madrid. No lo dice porque no hace falta: su cara ya lo está diciendo todo.

Rashel informa por la radio, cortita y al grano.

—Bloqueo en tramo final. Contacto visual. Preparados.

El blindado de apertura clava los frenos.

El chirrido de los neumáticos contra el asfalto me retumba en las muelas.

El conductor reacciona con una maniobra brusca y coloca el vehículo atravesado en medio carril.

No es un accidente; nos está regalando un muro de acero.

Delante, una furgoneta azul cruzada en diagonal nos corta el paso.

Miro hacia atrás y el Audi negro que nos pisaba los talones se detiene en seco, bloqueando cualquier amago de huida.

De momento no veo más. Solo los coches y dos o tres siluetas moviéndose detrás de las puertas abiertas.

—¡Todo el mundo atento! —ruge Irina.

Su voz no tiembla, aunque se note que el esfuerzo le tira de la costura. Me tiro hacia Svet y Vera, empujándolas hacia el espacio entre los asientos.

—Bajad la cabeza. Ni se os ocurra asomaros. Martina, deja el puto ordenador. ¡Ya!

Ver a mis hijas encogidas en la alfombrilla del coche me revienta por dentro.

Esto ya no es una de las anécdotas peligrosas de Irina que escuchamos mientras desayunamos.

Esto es real. Svet me mira con una fijeza que me asusta; tiene los ojos de su madre, analizando el peligro en lugar de llorar. Vera, en cambio, ha entrado en barrena.

—¿Nos van a matar, mamá? ¿Van a entrar? —lloriquea Vera.

No hay rastro de la niña mimada de Sabina. Es una pregunta cruda, directa, de las que no tienen respuesta buena. Intenta incorporarse para mirar por la ventana y le arreo un tirón que casi la disloca.

—Abajo he dicho. No va a entrar nadie.

Amaia se hace cargo de la situación. Se olvida de ser la conciliadora y activa el chip de madre y policía. Agarra a Vera por los hombros, clavándole los dedos con firmeza.

—Mírame, Vera. Escúchame bien. Respira conmigo. Una inhalación larga, aguanta, fuera. Cuenta las respiraciones. No va a pasar nada.

Busco mi pistola en el compartimento de la puerta, el metal frío que Irina me obligó a aprender a manejar. Me giro a Martina. Está blanca. Tiene las manos pegadas al portátil, como si aquello fuera un salvavidas. La pantalla está apagada y ella se ha quedado ida.

—Martina. Eh. Mírame. ¡A los ojos! —le pego un grito para sacarla de ahí.

Parpadea y enfoca, pero el miedo lo tiene metido hasta el fondo.

—Suelta eso. Ahora no te sirve para una mierda. —Bajo el tono para que mi voz le haga de suelo—. Pásate delante. Ya. Necesito que cojas el volante.

Martina mira el asiento del conductor y luego a las niñas.

—Mamá, yo no…

—Sí, tú sí. Me cago en… —Me muerdo la lengua a medias, porque no ayuda—. Martina, escúchame. Si esto se tuerce, si fuera pasa algo, tú sacas a las niñas de aquí. Te da igual quién grite, te da igual lo que veas. Arrancas y tiras. Finca, carretera, lo que sea, pero te mueves. ¿Me lo prometes?

Se ajusta la coleta y se desliza hacia el puesto de mando con los movimientos de un autómata. Se coloca al volante, tensa, pero operativa. Ella controla el coche, pero sé que no podrá controlar las piernas de Svet si a la pequeña le da por salir corriendo. Ese pensamiento me muerde la nuca.

—Aquí Rashel —entra la voz por la radio, baja y seca—. Solicito refuerzos. Todos los hombres disponibles. Coordenadas encriptadas en tres, dos, uno… ya. ETA: lo antes posible.