Capítulo 31
Cuatro coches. Un convoy que apesta a pólvora y a errores que vamos a pagar todas.
Delante, el blindado de apertura con cuatro tipos que tienen cara de no haber desayunado nada más que rencor.
Detrás de nosotras, el coche de apoyo donde van Ana, Rashel y Nora con Anton y Alexei, que son los dos hombres de confianza de Irina y casi familia.
Al final, el blindado de cierre. Dieciocho personas para ir a recoger a nuestras niñas.
Es una locura, una absoluta marranada logística que me confirma que la tranquilidad ha muerto y nadie ha ido al entierro.
Irina está a mi lado. Sigue pálida. Tiene la mano derecha apoyada en el costado, pero la izquierda está firme sobre el asiento. Me mira y sus ojos tienen ese brillo metálico de cuando se pone en modo guerra. Me tranquiliza que sea tan eficiente.
Enfrente tengo a Sabina y Amaia. Sabina es un manojo de nervios que intenta disimular jugando con el anillo.
Amaia, en cambio, es la calma operativa.
Me pica el recuerdo de lo que pasó entre nosotras hace unas horas, ese calor en la cama que ahora me parece un invento de otra Julia, pero me lo trago. Hoy no hay sitio para mis debilidades.
—¿Alguna novedad por la radio? —La voz de Irina es un susurro que corta el aire.
—Rashel confirma que el perímetro en Madrid está sucio —responde Amaia sin despegar la vista de la tableta—.
Los chicos que vigilan el piso de Martina han reportado movimientos.
Un BMW gris y un Audi negro dando vueltas a la manzana.
No son vecinos buscando aparcamiento, Irina. Nos están cronometrando.
—Los Trueno creen que el mundo les debe un favor —dice Irina. Gira la cabeza hacia mí y luego hacia las otras dos—. Ya que vamos a estar un rato aquí encerradas, es hora de que sepáis por qué esa familia de despojos no se conforma con cuarenta millones.
Me acomodo en el asiento, preparada para la ración de mierda que nos va a caer.
—Fue hace años —empieza Irina—, cuando Ana era inspectora en la UDYCO.
Su unidad estaba detrás de los Trueno. Eran unos animales y el problema es que los animales cuando se ven acorralados muerden fuerte.
La secuestraron. La tenían en un sótano infecto a las afueras de Madrid.
Iban a matarla para mandarle un recado a toda la policía. Fue cuando le cortaron la oreja.
Miro a Irina y me pregunto cuántas versiones de esta mujer me quedan por conocer.
—Rashel y yo la sacamos de allí —sigue ella—.
Fue antes de que Ana y Rashel estuvieran juntas y yo no me hablaba con Ana, pero no iba a dejar que la mataran.
Entramos sin llamar. No hubo negociaciones ni banderas blancas.
Esa noche maté a ocho de ellos. Incluido al padre del líder actual.
Luego los emparedamos en un edificio en construcción, y como yo soy yo, pues dejé mi firma.
Me quedo helada. Mi mujer no solo mata, firma.
Miro sus manos, esas que hace nada me acariciaban el pelo, y me doy cuenta de que cargan con ocho muertos solo de aquella noche.
Me da un vértigo que me deja sentada y, a la vez, una punzada de algo sucio que me pone a mil. Soy una enferma, no tengo remedio.
—Desde entonces es una guerra personal —continúa—.
Los hijos heredaron el odio y el negocio, y yo me he dedicado a reventarles cada movimiento durante una década.
Sabotajes, filtraciones, lo que hiciera falta para que no levantaran cabeza.
Lo último fue un cargamento de cocaína en un barco que les hundí hace tres meses.
Perdieron una fortuna mucho más grande de cuarenta millones y su reputación se fue al carajo.
Por eso el dinero de Sabina les parecen una propina insultante.
Creen que les debo hasta el aire que respiran y mi cabeza es el único pago que aceptan.
—O sea, que les hemos dado gasolina para que compren más cerillas —dice Amaia elevando la voz—. ¿Y por qué hostias no nos has contado esto antes?
—¿Y cómo coño iba a saber yo que se os iba a ocurrir la brillante idea de darles dinero? Si lo hicisteis por vuestra puta cuenta.
—A Rashel le pareció buena idea… —murmura Sabina, encogiéndose en el asiento.
—Rashel no ve el dinero como vosotras —la corta Irina—.
Para Rashel el dinero es código. Es un rastro.
—Se pasa una mano por la cara, frustrada—.
Llevo años peleándome con ella por esto.
Rashel sabía que cuarenta millones no iban a comprar la paz.
No es gilipollas. Su jugada no era pagar un rescate, era marcar el objetivo.
—¿Marcar? —pregunto yo—. ¿Qué coño dices?
—Inyectando capital en una estructura opaca —explica Irina con impaciencia—.
Los Trueno tienen su fortuna escondida en paraísos fiscales, criptomonedas frías y testaferros que ni ellos conocen.
Son invisibles fiscalmente. Rashel no puede hackear lo que no encuentra.
Pero si les das cuarenta millones de golpe, los obligas a mover ficha.
No pueden guardar eso debajo del colchón.
Tienen que lavarlo, distribuirlo, ingresarlo en sus cuentas seguras.
Amaia levanta la vista de la tablet, entendiendo la jugada al vuelo.
—Es un caballo de Troya —dice—. Al seguir el rastro de entrada de los cuarenta millones, ellos mismos le enseñan a Rashel dónde está la puerta trasera de todo su capital.
—Exacto —sentencia Irina—. Rashel pretendía usar esa transacción para mapear toda su red financiera y luego vaciarles las arcas hasta el último céntimo.
Dejarlos a cero. Arruinarlos, que es la única forma de matar a una organización hoy en día sin disparar una bala.
De hecho, está en ello. El algoritmo ya está dentro.
—Vaya tela con Rashel —dice Sabina, con los ojos como platos—. Iba a robarles mientras les pagaba.
—El problema —sigue Irina, sombría— es que Rashel confía demasiado en la lógica.
Pensó que la codicia los mantendría ocupados y tranquilos el tiempo suficiente para ejecutar el vaciado.
Calculó mal el factor humano. Se han puesto ambiciosos y violentos antes de que el sistema pudiera terminar el trabajo.
—O sea —concluyo yo—, que la técnica era perfecta, pero se le olvidó que estos tíos no son banqueros, son carniceros con sed de venganza.
—Y ahora tenemos a los carniceros cabreados, con cuarenta millones más en el bolsillo y con ganas de gastárselos en balas para nosotras.
Además, la jugada ha puesto a Sabina en la diana —remata Irina, hacia la rubia—.
Es de dominio público que Sabina y yo somos amigas, pero al pagar han confirmado que también está en el negocio.
Ahora ya no eres una civil, Sabina. Eres parte del banco que quieren atracar.
Amaia niega con la cabeza, cabreada.
—Vale, pero si la idea era de Rashel, ¿por qué coño no puso ella la pasta? —pregunta Amaia, señalando lo obvio—. Ella tiene fondos de sobra. ¿Por qué meter a Sabina en esto si era su plan maestro?
—Rashel puso diez —salta Sabina rápido, defendiéndola—. Yo puse los treinta restantes. Y no me lio ella, Amaia. Fui yo quien se lo propuso.
Amaia la mira con escepticismo.
—¿Y ella aceptó así, sin más?
—Aceptó… —Sabina duda, frunce el ceño—. Aceptó fácil. Demasiado fácil, ahora que lo pienso. Me extrañó que no me pusiera ni una pega, solo dijo que vale. Pero fui yo la que insistió, que quede claro.
Irina bufa y se gira hacia la ventanilla, negando con la cabeza.
—Aceptó porque no tenía otra opción si quería hacer la jugada —dice Irina, volviendo a nosotras—.
Rashel no tiene liquidez. No tiene cuarenta millones muertos de risa en una cuenta corriente.
Su dinero está invertido, en la red, en activos que no se pueden hacer líquidos sin levantar sospechas de Hacienda y de medio mundo. Ella no podía poner tanto.
—Podría habértelo pedido a ti —digo yo.
—Me lo pidió —corta Irina, tajante—. Y la mandé a la mierda. Ella quería financiar esa trampa para rastrearlos y yo me negué en rotundo a soltar un euro para una jugada que me parecía peligrosa.
Se hace el silencio en el coche. Sabina baja la vista, entendiendo por fin la jugada completa.
—Así que cuando yo aparecí con el dinero…
—Cuando tú apareciste, a Rashel se le abrieron los cielos —concluye Irina—. Le solucionaste el problema logístico que yo le estaba bloqueando.
—Pero entonces sabía que la ponía en peligro —dice Amaia, y la voz le sale pequeña.
—No. —Irina suaviza el tono, pero no mucho—. Rashel no pensó que la pusiera en peligro real. De verdad que no. Ella vive en datos. Pecó de arrogante, no de mala. Creyó que podía controlar los tiempos.
—Pues le ha salido el cálculo como el culo —escupe Amaia.
La maternidad en esta casa no es ir al parque; es una operación de extracción con chaleco antibalas puesto. Me revienta que mis hijas tengan que vivir así, bajo la sombra de unos muertos que yo no elegí pero que ahora son mi herencia.
Llegamos a Madrid y la ciudad me parece una ratonera. El tráfico es una porquería que nos obliga a maniobrar con una tensión que se masca en el aire. Los escoltas van soltando avisos por la radio, códigos cortos que suenan a sentencia de muerte. «Posición 1 en verde, Sector 2 bajo vigilancia».
Cuando nos acercamos al piso de Martina, el despliegue es de los que te quitan el hipo.
Los blindados se posicionan cortando la calle de forma agresiva.
Los escoltas bajan primero, moviéndose con esa coreografía de quien sabe que el peligro no avisa.
Abren un perímetro humano, revisando cada portal, cada coche aparcado, cada ventana.
Es un pasillo de carne y hueso para que nosotras no toquemos el suelo.
—Bajamos —ordena Irina.
Caminamos hacia el portal. Noto los ojos de los vecinos en las ventanas, esa curiosidad de la gente que cree que está viendo una serie de televisión. Ojalá fuera un guion, me cago en todo. Entramos en el edificio y el ascensor parece que tarda tres vidas en bajar.