Capítulo 30
Cierro la puerta con el pie. Sabina ya ha colgado y está en el lavabo, bajo el grifo, frotándose las manos tan fuerte que se le van a poner rojas. Vale. Sigue la movida.
Me apoyo en el mármol, brazos cruzados, y la examino de arriba abajo sin disimular. Está mal, la conozco, no soy ciega.
—¿Desde cuándo no comes, Sabi? Y no me mientas. Estás más delgada. Y me toca los ovarios.
El agua sigue cayendo. Ella no se mueve. No gira la cabeza. Clava la mirada en el desagüe, fija, no quiere hablar, pero sabe que la voy a obligar.
—Estoy comiendo —dice ya con ese tono que sé que es mentira.
—Ya. —Me inclino, sin invadirle ni hacerle el numerito—. Luego lo resolvemos. Ahora mírame un momento. ¿Estás con el mono? Dímelo.
Sabina corta el grifo. Se seca las manos despacio y observa sus uñas, que es su manera de no mirarme a mí.
—Estoy hecha una mierda, Julia —suelta al fin—. Si quieres un titular: estoy fatal ahora mismo.
—Vale. Gracias por no marearme. ¿Ha pasado algo? ¿O es por lo de siempre? —contesto más suave—. Y te aviso: hoy no vengo a ladrarte. Estoy… hasta tierna.
A Sabina se le escapa una risita corta por la nariz, de las que salen aunque no quieras.
—Dios nos pille confesadas.
—Exacto. —La giro por la cintura para que me mire—. Quiero entender lo de las pastillas. No para meterte bronca. Para entenderlo.
Ella aprieta la toalla entre las manos.
—Es que… hay días que no puedo con mi cabeza, Julia. Me pongo nerviosa, me cuesta dormir, me entra miedo por todo, me viene culpa por todo. Y las pastillas hacen que baje.
—Vale. Eso lo entiendo. Lo que no entiendo es por qué te lo comes tú sola y encima intentas que nadie se entere. Que estamos aquí, coño.
Sabina me enfoca por fin. Tiene los ojos brillantes.
—No quería ver tu cara cuando te enteraras.
—Ah, muy bien.
—No me vaciles ahora.
—Te vacilo porque si no me pongo seria y meto la pata, y entonces ya sí que hacemos el ridículo las dos.
—Respiro hondo—. Mira. Soy pesada. Grito.
Te aprieto. No lo hago para joderte. Lo hago porque me importas.
Y porque me da miedo que un día te me vayas a la mierda y yo con cara de idiota, dándole vueltas a todo lo que podía haber hecho.
Y sí, mi forma de querer es bastante… agresiva. Pero es querer, Sabi. No es policía.
Se seca una lágrima con el dorso de la mano, rápido, como si no la hubiera visto.
—Vaya. Tienes sentimientos. Esto se está yendo de las manos.
—Cállate, rubia. —Le tomo las manos, sin apretar—. Estás helada. Y no me cambies el tema: tienes que comer. En serio. Luego te tiembla el pulso, te mareas, te pones peor y encima dices que estás bien. No estás bien. Y no pasa nada por decirlo.
—Tengo miedo de volver a liarla, Julia —confiesa—. De volver a engancharme. Y miedo de que un día ya estéis cansadas de mí.
—Cansadas estamos de muchas cosas, Sabi. De ti no. —Aprieto sus manos—. Pero deja de mentirnos. Porque luego pasa lo que pasa.
Sabina asiente, apenas.
—Vale.
—Y otra cosa. La próxima vez que te notes así, lo dices. Aunque te dé vergüenza. Aunque te parezca una mierda. Lo dices. Y si yo te salto al cuello, me lo paras. Me dices «Julia, hoy no». Y yo me trago el orgullo.
—Eso quiero verlo.
—Yo también. —Sonrío—. Pero me lo curraré, que estoy en modo reforma personal.
—Vale. —Se le bajan los hombros, por fin—. Lo diré.
—Bien. —Señalo la puerta con la barbilla—. Y ahora sales conmigo. Te lavas la cara, comes algo y luego ya vuelves a salvar a Irina y a llevarte el mundo a cuestas, que veo que te encanta. Pero con el estómago lleno, ¿eh? Que si no, te arrastro yo a la cocina y nos ve Amaia y me denuncia.
—Espera, te tengo que contar algo. —Me agarra del brazo.
Se endereza. Dirige la mirada a la puerta del baño, comprueba el pestillo y se me pega tanto que me llega su desodorante. Cambia el tono; se le pone esa voz bajita de «esto es serio y no me hagas chistes».
—Acabo de hablar con Rashel.
—Vale. ¿Qué tal? ¿Nos ha robado alguien la contraseña de Netflix o vamos ya a lo de siempre?
—No están conformes, Julia. Rashel dice que los Trueno creen que estamos… más blandas de lo normal. Que lo del dinero no era arreglo ni paz ni nada: era la entrada. Y ahora quieren más.
—Me cago en mi vida. O sea, que Irina tenía razón y nosotras hemos ido de listas. Qué sorpresa. Les das un dedo y te piden el brazo entero, los hijos de puta.
Sabina se pasa la mano por la cara, harta, y le tiembla la voz.
—Y ahora viene mi parte favorita: no sé si decírselo ya. Está convaleciente. Si se entera de que nos han tomado por idiotas, se levanta, organiza una caza y se nos va la situación a la mierda. Y ahora mismo no está para eso.
Me trago el impulso de gritar. Visualizo la cara que va a poner Irina y me entra un cansancio feo.
—Hay que decírselo, Sabi. Sí o sí. Ayer nos pusimos estupendas con lo de hablar de frente, ¿te acuerdas? No podemos volver a callarnos lo gordo y luego hacernos las sorprendidas cuando explota.
Sabina apoya la nuca en la pared.
—Lo sé. Y aun así me acojona. Se va a cebar conmigo, Julia. Y yo ya no quiero más pelea. Estoy agotada.
—Mírame. —La agarro por los hombros—. Nada de cara de entierro, que hoy no me da la gana. Vamos a hacerlo bien por una vez, aunque sea por pura supervivencia y porque me apetece llegar viva a la cena. Escúchame.
—Que sí.
—Uno: traemos a las niñas a la mansión ya. Aquí somos intocables, esto es una fortaleza. Y de paso traemos a Luna y a Martina también. No quiero a nadie por Madrid, que luego vienen los sustos y me toca a mí poner cara de madre responsable y se me da fatal.
—Es lo único sensato que has dicho hoy.
—No te vengas arriba que igual mañana recaigo —le contesto—. Dos: cuando estemos todas aquí, montamos una reunión en condiciones y vemos qué hacemos.
—Vale, ¿y tres?
—Tres: salimos y se lo contamos a Irina juntas. No te dejo sola.
—Pues vamos.
—Vale.
Le doy un apretón pequeño en el brazo. Me acerco un palmo más, hasta que respira encima de mí. Sabina se tapa la cara, agobiada. Yo me acerco otro medio paso. No para intimidarla; para estar cerca. Hoy me sale así. Qué le voy a hacer.
—Enséñame la cara.
—¿Qué?
—Que me enseñes la cara, pesada. —Le alzo la barbilla con dos dedos, suave—. Te he visto las canas ahí fuera y me ha dado por pensar cosas.
Fija en mí esos ojos claros que siempre me han dejado sin frase.
Coloco el pulgar en su pómulo. Tiene la piel fría y un temblor pequeño en la mandíbula, el de cuando intenta hacerse la fuerte pero está cansada.
Aparto un mechón de su flequillo y dejo la palma en su sien.
Y la beso. Un beso corto, directo. Nada de demostrar nada. Solo un beso y ya.
Me separo y observo su boca, que la tiene bonita hasta cuando está seria, y se me va la cabeza veinte años atrás. Recuerdo su risa de entonces, las noches tontas, los discos, nosotras creyendo que el mundo era grande y que el daño era una cosa que les pasaba a otros.
Y ahí me cae otra también: no estoy loca por querer a Irina y querer a Amaia y seguir queriendo a Sabina.
No es o una u otra todo el rato. Se puede querer a más de una persona y no por guarra ni por capricho.
Por querer, ya está. Y de golpe entiendo a Sabina de verdad.
Entiendo que lleva toda la vida con esto en la barriga, tratando de meter el amor en un sitio donde no cabe, y encima tragándose la culpa.
A ella se le humedecen los ojos, pero no llora. Lo sostiene. La cabrona lo sostiene. Deslizo el dedo por su labio inferior, muy suave.
—Tienes la boca igual —le susurro, y me sale una sonrisa triste y contenta a la vez—. Y los ojos… ay, Sabi. Tus ojos me han tenido de los nervios desde que éramos unas crías.
—Julia…
—No me cortes. —Me acerco más, frente con frente, sin apretar—. Te vi antes ahí fuera y cuando me dijiste lo del pelo, me dio un vuelco raro, porque no eres la niña de la que me enamoré. Ya no. Y aun así estás preciosa. Y me da rabia haber tardado tanto en decirte esto.
Rozo su nuca y acaricio su cuero cabelludo con la yema de los dedos. Ella cierra los ojos.
—Yo… —respiro—. Te perdono.
—Julia, eso…
—No, escúchame. Te perdono lo de cuando teníamos veinte años.
Lo de los cuernos. Lo digo así porque era eso y ya está.
Me pasé media vida llamándote de todo en mi cabeza para no reconocer lo otro: que me dolió porque te quería a muerte y porque yo también era una cría y no supe perdonarte.
—Se me aprieta la garganta y sé que se me nota, pero hoy no me escondo—.
Ojalá te hubiera perdonado entonces. Ojalá no te hubiera soltado la mano.
Porque te dejé, Sabina. Te dejé yo. Y me arrepentí.
Me arrepentí un montón de veces, en serio.
Me hice la dura, te pinté de villana y me fui a vivir la vida…
y era mentira. Yo siempre te llevaba puesta.
Sabina roza mi muñeca con una ternura que me deja torpe.
—Nuestra vida habría sido otra.
—Ya. Y también habríamos metido la pata en otras cosas, porque somos nosotras. —Acaricio su mejilla con los nudillos—. Pero mira dónde estamos ahora. Qué cuadro. Y aun así… no voy a volver a dejarte jamás. No así. No por orgullo, no por miedo, no por hacerme la ofendida.
Se le cae una lágrima, una sola, y se la quita rápido con el dorso de la mano, enfadada consigo misma.
—Yo tampoco quiero que nos dejemos más. Ya estamos donde estamos. Con Amaia, con Irina. Con todo esto montado. Pero tú eres tú, Julia. Y yo… yo también me he arrepentido. Mucho. De lo que hice y de no haberte agarrado cuando todavía se podía arreglar fácil.
—No era fácil —le corrijo—. Éramos idiotas.
—Éramos idiotas —me concede.
Le doy otro beso, más lento, y apoyo la frente en la suya.
—Vale. Ya está. Ya he dicho la parte que me daba vergüenza. Ahora, sal conmigo y nos comemos el marrón de los Trueno, que nos va a encantar, claro.
Volvemos al dormitorio. Amaia está sentada al lado de Irina. La pelirroja intenta tener cara de persona normal, pero lleva el pelo fatal y los ojos demasiado vivos.
—Tenemos un plan. —Me planto a los pies del colchón con mi mejor pose—. Vamos a recoger a las niñas ahora mismo. Y a Luna y a Martina. Se vienen todas para acá con el equipaje. No quiero a nadie fuera de estas paredes.
A Irina se le activa el modo alerta en un parpadeo. Me clava esos ojos verdes que te leen hasta el alma.
—¿Ha pasado algo que yo deba saber, Julia? ¿O es que te ha dado un ataque de pánico maternal?
Sabina busca permiso en mí. Asiento.
—He hablado con Rashel. —Se arrima a la cama—. Los Trueno quieren más. Mi dinero les ha abierto el apetito.
Irina no grita. Eso ya es un milagro. Asiente despacio, muy seria, y yo le veo el cabreo por dentro.
Cabreo del suyo: silencioso, pero real. En ese momento le suena el móvil.
Muestra la pantalla: Rashel. Descuelga y empieza a hablar en ruso, rápido.
No entiendo una mierda, pero el tono lo entiendo perfecto.
—Bien. Todas aquí. Ahora mismo —dice al colgar—. Hay movimientos raros cerca del edificio de las chicas. Y encima Alaska también está allí. Con Nat.
—Nat va armada —apunta Amaia—. Y Luna también.
—Sí —responde Irina—. Y Alaska sigue siendo Alaska.
Amaia se levanta de golpe. Sabina se paraliza y luego reacciona.
—Perfecto —digo yo, contengo el subidón de que esto se ha puesto feo—. Pues a por ellas. Y rápido.
Nos ponemos en marcha sin drama, solo prisa práctica. Irina se viste refunfuñando porque la ropa le roza los puntos. Sabina recoge los trastos médicos a toda velocidad. Amaia me agarra de la mano al cruzar la puerta. A mí ese gesto me centra.
Bajamos al salón. Ana y Rashel ya están aquí, con cara de preocupación. Nora aparece por detrás y se apunta a la excursión.
—Preparad los blindados —ordena Irina con su voz de mando de siempre—. Vamos a por la prole. Despliegue serio. No quiero ni una mosca cerca de los coches.
Rashel asiente sin preguntar. Salimos juntas hacia el coche. Irina va seria, revisa hasta los cordones de los zapatos de los escoltas con una mirada que fulmina. Está en su salsa, recuperando el sitio aunque le duela el lomo.
—Hoy nos toca protección de la buena, Ira —le digo antes de subirme al bólido, ya empiezo a estar aterrada—. Que hoy no me fío ni de mi propia sombra.
—Descuida. Nadie toca a mi familia hoy. Te lo juro.
Salimos de la finca en una caravana de lujo y pólvora que da miedo solo de verla por el retrovisor.
—¿Estás bien, Julia? —me dice Amaia, y me aprieta los dedos.
—Estoy divina —miento, porque para eso tengo carrera—. Voy a ver a mis hijas y voy a ejercer de madre borde, que lo tengo abandonado y luego se me atrofia.
Sabina se me pega al hombro, porque Sabina es así cuando tiene el corazón a mil y no quiere admitirlo.
—Mentira —me susurra—. Tú vas a llegar, las vas a abrazar y luego te vas a hacer la chula para que no se te note que estás a punto de llorar. Y yo te voy a mirar y voy a pensar: «qué pesada es, pero es mi pesada».
—Qué bonito te ha quedado —le contesto—. Si nos matan hoy, por lo menos morimos habiendo tenido un momento tierno. Qué lujo.
—No digas eso —me corta Amaia sin levantar la voz, pero con la firmeza esa suya que te coloca el cuello en su sitio.
—Vale, vale. No lo digo. Lo pienso en silencio, que es peor.
El coche tira hacia Madrid con prisa. Yo intento estar graciosa, pero por dentro voy contando: niñas, Luna, Martina, Alaska, Nat, y luego ya vemos.
Somos un grupo de cuatro mujeres con muchas cosas encima, sí.
Pero hoy, si los Trueno han decidido probar, les va a salir el experimento caro.
Y no porque seamos heroínas: porque las crías no. Con las crías no.