Capítulo 29 #3
—Yo soy muy de ir al grano, sí. Luego ya me pierdo por el camino, pero la intención está.
Las tres delante y me entra una cosa rara, bonita y jodida a la vez. Están ahí, enteras, sin el teatrillo de «yo bien, tú bien, aquí no pasa nada». Hoy hasta Irina parece menos piedra. Y Sabina… Sabina se esfuerza por parecer normal, que es su habilidad cuando por dentro se le cae todo.
—Vale. —Bajo el tono—. Ya está. Hemos hablado. Hemos dicho cosas. Hemos sobrevivido. Nadie ha salido corriendo por el jardín gritando «me voy a un convento». Progreso.
—No cantes victoria —murmura Sabina con voz fina—. Los conventos son muy traicioneros.
—Tú en un convento duras tres días. A la cuarta ya estás organizando turnos y pervirtiendo a la abadesa.
Amaia se tapa media boca con la mano.
—No la piques, Julia.
—Si no la pico, no sé hablar.
Irina hace un gesto pequeño con la mano, de esos que en ella equivalen a «basta».
—He estado dándole vueltas al tema. Y esto de nosotras cuatro… se lo tenemos que contar a Rashel.
Me quedo quieta, Sabina frunce el morro y Amaia levanta la mirada despacio.
—¿A Rashel? —dice Sabina—. ¿Ahora también vamos a hacer reunión informativa de lo que hacemos en la cama?
—Sin bromas —corta Irina, seca pero no borde—. Rashel no está para decorar la casa. Es nuestra amiga, es parte del núcleo duro y lleva la seguridad, el dinero, los contactos, los planes. Si cambiamos la estructura de aquí dentro, ella tiene que saberlo.
—A ver —meto baza—. La señora tiene razón. Rashel no es una amiga que viene a comer. Rashel es la que te saca de un lío y luego te pregunta si has cenado. Y encima te lo pregunta sin cara de juicio, que eso es rarísimo.
Amaia asiente y lo dice a su manera, simple y directa.
—Si Rashel es parte de las decisiones grandes, tiene que conocer el mapa de esta casa. Y ya. No pasa nada por decírselo.
Sabina se muerde el labio, le molesta tener que abrir otra puerta.
—Vale. Lo compro. Pero si se lo contamos a Rashel, entonces también se lo tenemos que contar a Sara.
Irina frunce el ceño.
—¿A tu hermana? ¿Para qué?
—Para que no me mate si se entera —responde Sabina sin adornarlo—. Porque se va a enterar. Y prefiero que se entere por mí a que lo huela en una cena y me haga un interrogatorio delante de las crías.
—Sara va a olerlo a cinco kilómetros —protesto—. Y va a venir con la libreta de «yo ya lo sabía». Me da un asco tremendo su acierto vital.
—Sara no va a juzgarnos —dice Amaia—. Va a reírse de nosotras. Que es su forma de querer.
—Sara se ríe y luego te mete un comentario que te deja calva —le contesto—. Pero sí, vale, es querer. A su manera.
Irina se cruza de brazos, se queda pensativa y luego habla con voz de decisión.
—De acuerdo. Rashel y Sara. Nadie más.
—Hecho. —Doy un manotazo en el colchón—. Y que quede claro: no vamos a convertir esto en un club con carnet. Rashel y Sara porque ya están dentro de la vida. El resto, que se entretenga con su propio drama.
A Sabina se le aflojan los hombros.
—Bien. Entonces ya tenemos dos conversaciones horribles en la agenda. Maravilloso.
—Horribles no —le corrige Amaia con calma—. Incómodas. Y necesarias.
—Amaia diciendo «necesarias» me da hambre —digo yo—. Es que tiene voz de «vamos a resolverlo todo y luego merendamos».
Sabina agarra la bandeja de las curas con una mano y con la otra no deja de teclear en el móvil. Le tiembla apenas. Amaia, pendiente de Irina; Irina, de Sabina, en su bucle habitual.
—Pues resuelve y luego meriendas, txiki —me dice Amaia.
—No me llames txiki delante de la rusa, que luego se cree que soy adorable y se le descoloca la cara.
Irina me mira sin pestañear.
—No eres adorable.
—Gracias, mi amor. Me mantienes centrada.
—Voy a lavarme las manos y a tirar esto —dice Sabina señalando las gasas usadas.
Se levanta y enfila hacia el baño. Y justo cuando llega a la puerta, el móvil le vibra. Sabina se queda quieta, vuelve a sacar el teléfono. Se le cambia la cara. No mucho, pero se le cambia. Amaia también lo ve.
—¿Quién es? —pregunta suave. No controladora. Solo esposa.
Sabina no contesta al instante. Traga saliva.
—Es… una tontería —dice, y ya con eso me basta para saber que no es una tontería—. Un momento.
Se aparta, se mete en el baño, hablando bajo. No oímos palabras claras, pero sí el tono: el de Sabina que se pone armadura.
—Ya estamos. A ver cuánto tarda en volver y decirnos que el universo tiene más planes para fastidiar.
Amaia me da un golpecito con la rodilla. Irina se pasa dos dedos por la sien, ordenándose por dentro. Luego me da el toque.
—Julia.
—¿Qué?
—Hoy estabas bien.
—Hoy estoy bien —confirmo—. Y si alguien me lo rompe, le muerdo. Con cariño.
Amaia resopla, risa contenida.
—Con cariño, dice. Tú eres una amenaza con abrazos.
—Yo abrazo y luego ya vemos.
Me giro hacia Amaia, bajo la voz para que Irina no me oiga demasiado, aunque Irina lo oye todo, la cabrona.
—Oye —le digo—, tú no te pongas seria ahora.
—¿Yo? ¿Seria? Tú estás fatal, Julia.
—Estoy en mi mejor momento. Cuando estaba encima de ti anoche estabas muy valiente, y ahora me vienes con que yo estoy fatal. Injusto.
Amaia carraspea, fingiendo normalidad.
—Qué rápida te vienes arriba por la mañana.
—Es que me has sentado bien —le siseo con toda la intención del mundo.
Amaia me da un empujón suave con la rodilla, roja de nada, claro.
—Calla, anda.
La boca de Irina hace un intento mínimo de moverse. No llega a sonrisa, pero ahí hay algo.
—¿De qué habláis? —pregunta neutra.
—De desayuno —digo yo rápida—. Amaia quiere tostadas y yo quiero que alguien me prohíba hablar hasta que me haya tomado algo. Por el bien común.
—Imposible —dice Amaia—. A ti no te calla ni Dios.
—Amaia, no me piques, que luego me crezco.
Irina suelta aire por la nariz. Eso, en su idioma, es una carcajada.
—Quiero café —dicta.
—Y yo —dice Amaia—. Y algo de comer. Que yo con nervios me quedo hueca.
—Pues mira, yo con nervios me pongo bocachancla —respondo—. Cada una con su cruz.
En el baño, Sabina habla con alguien. A Irina también le suena el teléfono y se levanta hacia la ventana. Amaia se tensa. Yo me levanto.
—Voy a ver si la rubia se está metiendo en un lío ella sola —digo—. Y de paso la saco de ahí.
Amaia me mira, seria.
—No la ataques.
—Que no la ataco. Soy maja.
Antes de salir, me inclino hacia ella, rápido, sin montar numerito, y le suelto al oído:
—Luego te hago el segundo pase. Con menos charla, que ya sé que te pone nerviosa.
Amaia me mira con cara de querer matarme.
—Julia…
—Dos minutos. —Levanto dos dedos y me meto en el baño.