Capítulo 29 #2
—A ver. ¿Qué tal la obra? ¿Ha quedado decente o me tengo que ir preparando para oír a Irina llorar porque tiene otra cicatriz? Que eso sí que no lo tolero, ¿eh? Irina quejándose por estética. Me da un ataque.
—Si me quejo, lo haré por motivos serios. Por ejemplo, porque mi mujer está aquí hablando y nadie le ha pedido opinión.
—Mira qué lista. —Le toco el hombro con dos dedos, suave—. ¿Te duele?
—Me molesta. No empieces con la enfermera cariñosa, Julia.
—No soy cariñosa, soy pesada. Es distinto.
Sabina deja las pinzas en la bandeja con cuidado y cambia de gasa. Su voz sale más baja.
—No provoques, Julia.
—Yo no provoco. Yo observo y comento. Soy cultura.
—Eres un peligro —murmura Irina, pero no suena enfadada. Suena cansada y contenta de verme.
Me giro hacia Sabina y le señalo la bandeja con la barbilla.
—¿Has desayunado antes del trabajo fino?
—No —dice ella automática, como si la pregunta no tuviera importancia.
—Pues mal. Muy mal. —Me apoyo en la cama, cerca de su rodilla, sin tocar—. Luego te preguntas por qué te tiembla el pulso. Te voy a decir una cosa: en cuanto termines, vienes conmigo a la cocina y te meto algo en el cuerpo. Y si me dices que no, te lo meto igual.
Me planto detrás de ella y me centro en lo que está haciendo, con las manos en los bolsillos.
Tiene un mechón que se le escapa del moño y le cae a la frente.
Le roza, le molesta, le vuelve a caer. Ella sopla, resopla, se lo quita con el dorso de la mano y el mechón vuelve a su sitio, pesado y tocahuevos.
Y a mí, que hoy me ha dado por ser una persona decente durante un rato, se me va la mano.
Sin pensarlo demasiado, estiro el brazo.
Le pesco el pelo con cuidado —lo que me cuesta, porque a mí el cariño me sale raro— y le recojo el mechón hacia atrás.
Uso la goma que llevo en la muñeca y le hago una coleta nueva, apañada, sin apretarle la cabeza. Un gesto tonto.
Sabina se para, con las pinzas en el aire. No se gira. Pero se le afloja el cuello. Y eso me llega a los dedos, que siguen ahí un instante más del que deberían. Me aparto rápido, finjo normalidad, que no ha pasado nada. Y entonces caigo en la cuenta: lo he hecho delante de público.
Noto a Amaia atenta desde el umbral y a Irina desde la cama, recostada en la almohada, con esa seriedad que a veces es pura mala hostia y otras pura atención. Hoy está en lo segundo, pero no me voy a venir arriba, que luego me estampo.
Sabina carraspea y vuelve a lo suyo, con una concentración nueva. Examino su cabellera. A esta distancia, con el sol pegando de lleno, aparecen cosas que antes mi miopía voluntaria prefería ignorar para no amargarme la existencia.
—Oye, Sabi. Te ha dado fuerte por el platino, ¿no?
—No es tinte, Julia. Son canas. Que ya no tenemos veinte años, por mucho que tú te empeñes en llevar camisetas que compras en la sección de adolescente.
Me pega un viaje de nostalgia bien fuerte.
Canas. De cerca es verdad; hay hilos de plata entre el rubio de siempre.
Me cae encima toda la edad de golpe. Estamos envejeciendo.
Las cuatro. Llevamos media vida esquivando balas, queriéndonos a escondidas, soltando trolas y criando niños, y de repente el calendario pasa factura en el pelo.
Me entran impulsos absurdos de abrazarlas a todas y pedirle al tiempo que deje de correr, que todavía no sé qué hacer con esta versión de vieja sabia que se me viene encima.
—Pues te quedan de lujo, rubia —murmuro.
—Gracias por el cumplido tan elegante —responde Sabina, y le tiembla la risa en la voz—. Ahora apártate, que estás encima.
—No estoy encima. Estoy supervisando.
Irina resopla desde la cama, sin moverse demasiado. Tiene una mano cerca del costado, pero la mirada la tiene viva.
Amaia, por fin, entra del todo y se arrima a Sabina. Le planta una mano en el hombro, suave, sin invadir.
—¿Te echo un cable?
—No, ya casi estoy. Pásame ese apósito de ahí, el que no tiene pegamento. Esta señora tiene la piel fina y se queja si le arrancas un pelo.
—Yo no me quejo —dice Irina seria.
—Tú no te quejas —replica Sabina sin levantar la cabeza—. Tú haces un informe.
Amaia le alarga el material, Sabina lo coge y lo coloca. Irina lo aguanta sin rechistar. Y yo miro el cuadro, porque me sorprende verlas funcionar sin tirarse del moño. Me toca la fibra y eso me da rabia, así que vuelvo al humor, que es mi idioma.
Me apoyo en la pared, me cruzo de brazos y carraspeo fuerte.
—Bueno. A ver. Parte de guerra. ¿Habéis firmado ya el armisticio o seguís con la mala hostia guardada? Porque aquí ha habido conversación de adultas, pero también os estáis mordiendo la lengua.
Sabina se aguanta la sonrisa, sin perder el hilo de lo que hace.
—¿A qué te refieres, Julia?
—Ay, no te hagas la fina. Que te sale muy bien, pero hoy no cuela. ¿Habéis hablado en condiciones o habéis hecho lo vuestro de «me enfado, me callo, me enfado más»?
Amaia me hace ese gesto para que no pinche. Yo le devuelvo una cara de «si no pincho, me muero».
—Hemos hablado —dice Irina, y su voz sale baja, cansada, pero firme.
—¿Y? —insisto—. ¿Hemos hablado en plan «me importas» o en plan «me importas, pero te voy a recordar el precio de tu pecado cada mañana»?
Sabina suelta aire por la nariz, a medio camino entre la risa y el deseo de que me calle.
—Hemos hablado bien.
—Ah, «bien». —Asiento teatral—. Me encanta. Bien es la palabra favorita de la gente que tiene cosas pendientes y no quiere decirlas. ¿Habéis follado ya o la siberiana sigue usando el tajo del costado como excusa para hacerse la estrecha? Responde, que tengo el morbo trabajando a tres turnos.
Irina abre mucho los ojos, hace el amago de escandalizarse… y no le sale. Se le sube el color a la cara y se le queda una boca de «qué asco me das» que, en su idioma, significa «sigue hablando».
—Julia, por favor. Un poco de decencia, que hay una profesional trabajando. —Señala con la barbilla a Sabina, pero la voz le tiembla de risa.
—Decencia… —Me miro la ropa, como buscando el bolsillo donde la dejé—. Eso lo perdí hace años, Ira. Y tú lo sabes. Además, Sabina es médica. Ha visto cosas peores que mi lengua. ¿Sí o no?
Irina cruza los brazos.
—Tu lengua es una emergencia sanitaria.
—Gracias. —Le tiro un beso al aire—. Entonces: ¿ha habido reconciliación con… digamos… abrazo completo?
—Digamos que hemos llegado a un acuerdo satisfactorio —dice la rubia con esa dicción perfecta que usa para las cosas sucias, porque le encanta torturar—. Y la rehabilitación va por buen camino.
—Traducción: sí —concluyo feliz—. Menudo par de hipócritas. Ayer os queríais arrancar la cabeza y hoy estáis con la paz mundial y el roce terapéutico.
—La adrenalina ayuda.
—Y tú me zampas esa frase con cara de profesora de instituto. Anda, no me hagas reír. —Me acerco un paso más a la cama.
Sabina carraspea.
—Hemos hablado. Mucho.
—Claro. —Me giro hacia Irina—. Y luego habéis hablado menos, ¿no?
—Vete a la mierda, Julia.
—Eso es un «sí» con acento ruso. —Me apoyo en el poste de la cama—. Vale, siguiente tema, que hoy vengo en modo presentadora de programa: Sabina. ¿Se te ha pasado ya el berrinche de la farmacia o vas a seguir con esa cara?
Sabina baja la vista a sus manos, se para y cuando me mira tiene los ojos más limpios. Menos brillo de guerra, más… ella. Hay que ver lo poco que me cuesta enternecerme hoy.
—He decidido que vuestra supervisión es un coñazo —admite—. Pero prefiero que me deis la turra a volver a lo de antes.
—Menos mal. —Asiento.
Amaia, a mi lado, hace un ruidito con la garganta. Lleva diez minutos empeñada en ser un mueble y no le está saliendo. Tiene la cara roja y el pelo hecho un desastre. Qué guapa está.
Sabina la ve y ahí se le encienden las ganas de dar por culo.
—Y vosotras… —dice despacio, se recrea—. ¿Qué tal la noche?
—Bien —contesta Amaia rápida, demasiado rápida, con acento vasco más marcado por el nervio—. Bien.
—Mira, otro «bien». —Se me escapa una risa—. Estamos rodeadas de gente que dice «bien» y yo aquí, sola, sacando el cotilleo adelante. Qué injusticia.
Sabina se incorpora, se apoya en el respaldo y nos examina a Amaia y a mí con descaro.
—Traéis cara de dormir poco y de estar contentas. Y eso, en esta casa, canta un montón.
Amaia aprieta los labios.
—No cantamos.
—Sí —afirmo yo sin piedad—. Cantamos. Y desafinamos. Y encima con ganas.
Amaia me pega un pellizco en el brazo, con rabia de la buena.
—Julia, te voy a matar.
—Luego, que ahora estamos en reunión familiar. —Le sonrío de lado—. Además, te queda fatal hacerte la ofendida.
Irina hace un sonido corto, divertido, y se recoloca en la almohada con cuidado. Me mira a mí primero, luego a Amaia. No pregunta, pero está escuchando.
—¿Os habéis… «conocido a fondo»? —pregunta Sabina, y lo dice con toda la malicia del mundo.
Amaia baja la mirada, se frota la nuca.
—No hace falta entrar en detalles, Sabina.
—Ah, o sea que sí —canta Sabina—. Vale.
—A base de bien. —Levanto el mentón—. La pelirroja tiene un talento oculto que me ha dejado nueva. Y no voy a decir más.
Amaia abre la boca, horrorizada.
—¡Julia! Hostia, que no hacía falta soltarlo así.
—¿Así cómo? ¿En castellano? Amaia, cariño, si quieres discreción, me lo dices antes. No después. Que yo voy tarde para esas cosas.
Irina me dice con la mirada que soy tonta, pero no hay bronca. Hay aceptación y un punto de diversión.
—Menudo espectáculo. Intento recuperarme y vosotras estáis aquí montando… esto.
—¿Esto qué? —le contesto—. ¿Familia? ¿Alegría? ¿Una mala idea con piernas?
Sabina sonríe más tranquila.
—Lo sabía. Teníais una carga acumulada que se olía desde el pasillo.
—Pues nada, ya estamos todas bautizadas en este nuevo orden mundial. —Irina se incorpora—. Me da un miedo serio despertarme mañana y encontrarme un reglamento nuevo pegado en la nevera.
—Tranquila, rusa. Si hacemos reglamento, lo hace Martina, que al menos te lo numera —digo yo, y me recoloco en el colchón—. Ha pasado lo que tenía que pasar y punto.
Amaia me roza la rodilla con la suya.
—Aiba, «y punto» dice. Tú siempre tan minimalista, Julia.