Capítulo 29
Me despierto con una molienda en las tripas que no tiene nada que ver con el alcohol. El cuerpo lo tengo flojo y la cabeza a vueltas con una cosa muy concreta: me he pasado la noche follando con Amaia. Y encima me lo he pasado de lujo. Sigo sin creérmelo.
Su calor a mi izquierda. Ocupa un sitio que hasta hace nada era propiedad privada de mis manías o de la postura marcial de Irina cuando decide dormir recta e inmóvil. No me muevo. Quietísima. Hasta contengo el aire, por pura superstición, por si se rompe el invento y descubro que he soñado fuerte.
Mírame: Julia, la que iba de dura, la que se reía del romanticismo, ahora tiene el pulso acelerado solo por oír su respiración al lado. No viene con contrato de exclusividad, no viene con amenazas. Solo está. Y eso me deja medio idiota.
Me doy un asco tremendo. Pero es un asco agradable. Y eso ya es el colmo.
Me giro despacio, con cuidado, retiro el brazo de debajo de ella.
Tengo el hombro dormido y la mano con hormigueo, pero ni se me ocurre quejarme: me gusta.
La observo dormir. Tiene el pelo fatal, un rizo pegado a la cara dándole guerra en la nariz y esa expresión de «yo hago el bien» que a mí siempre me ha dado risa y ganas de meter la mano donde no debo.
Esto ya es real. Me he liado con mi mejor amiga. Conozco su piel. Conozco sus sonidos. Y lo peor: me ha encantado tanto que ahora me entra el miedo por la puerta grande.
Me pica la espalda, me duelen los labios y tengo la cabeza con ideas que no ayudan nada a la convivencia. ¿Y ahora qué, Julia? Pues ahora a hacer lo que hago siempre: fingir que controlo la situación. Lo de siempre, pero con Amaia al lado y el cuerpo todavía en «hola, buenos días, repite».
Hago un amago de estirarme, lento, para recuperar la circulación en el brazo. Amaia abre los ojos. Ni sobresalto, ni susto, ni cara rara. Me clava esa calma verde que tiene y me regala una sonrisa de recién despertada que me deja sin recursos.
—Vaya carita de susto, Julia —dice con la voz espesa.
—Qué va. Estoy… —me aclaro la garganta— estoy haciendo inventario, pelirroja.
—Inventario de qué.
—De daños. —Intento ir de chula y me sale regular—. Me has dejado la cama hecha un desastre, y yo tengo un punto maniático. Ya sabes. Me alteras el orden y luego me quejo.
—Tú lo que tienes es resaca emocional, tía.
—Resaca emocional tu prima. —Me rasco la nuca, incómoda—. Yo estoy estupenda.
—Claro que sí, guapa. —Se acerca y me roza la cara con la punta de los dedos—. Estás estupenda, pero tienes los ojos de «he hecho una locura y me ha gustado».
—Qué exagerada eres, Amaia.
—No soy exagerada. —Se gira, se recoloca el rizo de la nariz—. ¿Te arrepientes?
Ahí me pongo seria. No porque me dé drama. Porque la pregunta va al centro y yo a estas horas no tengo filtro.
—Ni de coña. Lo que pasa es que me conozco. Me pongo contenta y luego hago el imbécil. Y tú no me mires así, que me desorganizas el cerebro.
—Pues acostúmbrate. —Se acerca y me da un beso corto—. No se ha caído la casa, Julia.
—Todavía.
—Todavía no. —Aprieta mi mano—. Vamos a ver cómo están ellas, ¿no? O te vas a quedar aquí con cara de boba y haciendo planes con la lengua.
—Esas dos deben estar finas. Irina con el costado todavía tocado y Sabina con su lío de medicación y orgullo. Y nosotras vamos a entrar con la cara brillante, que se nos va a notar que hemos sido felices.
Hace un gesto con la boca. Se incorpora y se sienta al borde de la cama, estirando la espalda.
—Hostia… —Se frota el cuello—. Tengo agujetas en sitios que no sabía que existían.
—Eso es culpa tuya por hacerte la valiente.
—¿Yo valiente? Tú eres la de «quieta» y «mírame» y «ahora no».
—Porque tú eres de las que aprietan los dientes y tiran. —Le pego un toque en la rodilla—. Y yo… me pongo… protectora. Ya ves. Denuncia.
—Me ha gustado.
—No me des cuerda, Amaia, que me pongo tonta.
—Ya estás tonta. —Se levanta y me tiende una mano—. Venga. Arriba. Que luego se nos hace tarde y toca aguantar a Irina con cara de pocos amigos.
—Irina siempre tiene cara de pocos amigos.
—Ya. Pero hoy igual la tiene con cariño también, quién sabe.
Nos levantamos con esa torpeza de estrenar intimidad nueva.
No sabemos dónde meter los codos. Me pongo unos pantalones cortos y mi camiseta gris de la suerte, la del agujero en la axila.
Me niego a tirarla. Es mi uniforme de casa.
Paso del espejo. No me apetece verme la cara de feliz que debo tener.
—¿Te duele algo? —le pregunto, haciéndome la dura, pero observándola bien.
—Me duelen las piernas. Y el orgullo, un poco.
—El orgullo lo dejaste anoche en mi cama.
—Qué mentirosa. Yo tengo orgullo siempre.
—Sí, claro. Por eso me estabas llamando «cabrona» cada dos minutos.
—Porque lo eres. —Me sujeta del antebrazo y me acerca—. Y me encanta.
Le doy un beso rápido y me separo, porque si no nos quedamos aquí y no salimos nunca.
—Venga, vasquita. A trabajar.
—A trabajar dice. —Suelta una risa—. Tú eres una sinvergüenza.
—Soy una profesional del caos. Tú me conoces.
Salimos al pasillo y tiramos hacia el cuarto de Sabina y Amaia, donde están las otras. Vamos juntas, pero sin pegarnos demasiado, por puro instinto de supervivencia social. Amaia lleva el cuello rígido. No dice nada, pero la conozco.
—Oye —murmuro cuando ya tenemos la puerta cerca—. ¿Qué nos vamos a encontrar aquí? ¿Bandera blanca o campo minado?
—Ni idea. Con esas dos, igual han hablado tres frases y han acabado frente a la pared sin saber qué hacer. O igual han arreglado lo suyo a su manera.
—Me encanta que tu forma de tranquilizarme sea darme más motivos para preocuparme.
—Es lo que hay, tía. —Se acerca y baja la voz—. Tú entra con buen rollo, ¿vale? Nada de pinchar.
—Hoy no pincho.
—Julia.
—Vale, vale. —Respiro hondo—. Pero una cosa te digo: si Sabina suelta una frase de esas suyas de «yo acepto el dolor» o «he aprendido», me atraganto y la culpa será suya.
Se ríe por lo bajo.
—Pues tú sonríe y asiente, que eso es lo que se hace con Sabina cuando se pone fina.
—Yo con Sabina no sé sonreír y asentir. Yo con Sabina hago gestos con las manos y digo tacos.
—Ya lo sé. Y hoy me vas a hacer el favor de no empezar una guerra antes del desayuno.
—No empiezo guerras antes del desayuno. Las empiezo después, con energía.
Me da un empujoncito suave con el hombro.
—Qué idiota eres.
—Y tú me has dejado dormir a tu lado. Revisa tus decisiones.
—Mis decisiones están revisadas. —Fija la mirada en mis labios—. Y repetidas.
—Amaia, por tu bien, aparta esa mirada. Que estamos en el pasillo.
—Pues abre la puerta, cobarde.
—Cobarde tu tía. —Pongo la mano en el pomo, lo giro despacio—. Si al abrir están a hostias, tú y yo damos media vuelta y nos vamos a por tostadas.
—Y luego volvemos.
—Luego volvemos, sí. Con pan. Y con paciencia.
Le aprieto los dedos sin que se note mucho y abro la puerta sin llamar, porque en esta casa la privacidad duró lo que tardó Sabina en mudarse con su primer maletín.
Venía preparada para encontrarme un desastre: sábanas por ahí, un «buenos días» con mordisco o a Irina dando órdenes en pelotas. Pero no. Nada de porno. Nada de numerito. Y eso me deja más rara que lo otro.
Irina está tumbada sin camiseta, con los ojos cerrados y soltando el aire despacio.
Y en una silla a su lado está Sabina, con los guantes de látex puestos, una bandeja metálica y un surtido de gasas y botes que huelen fatal.
Está concentrada y me da miedo distraerla, no me vaya a operar a mí también.
Ni rastro de la rubia diva; ahora es la doctora que sabe que si le tiembla el pulso, la costura se va al carajo. Está quitándole los puntos.
Las veo y me pican los ojos de una forma muy tonta, sobre todo por Sabina.
Verla cuidando a la rusa a pesar de la movida que traen me confirma por qué la quiero aunque sea una desequilibrada con vocación de mártir.
Observo sus manos y luego su cara; está en el chasis otra vez.
Se le marcan los huesos del hombro, y yo ya estoy haciendo cuentas: desayuno, comida, merienda y si protesta le hago la avioneta con la cuchara. Que se ría.
Irina abre un ojo, me ve en la puerta y se le asoma una microsonrisa que me recoloca el carácter. Me quita las ganas de soltarle una bordería a bocajarro.
—¿Habéis terminado ya de jugar a las casitas o venís a fiscalizar mi proceso de momificación? —pregunta con voz ronca.
—Venimos a ver si la carnicera ya ha terminado de apañarte. —Entro al cuarto con las chanclas haciendo ruido—. Sois un cuadro. Una en horizontal y la otra con cara de no haber comido desde que existía el Messenger.
Sabina ni se vuelve. Sigue con las pinzas y las gasas, a lo suyo.
—Cierra la puerta, Julia. O me vibra el pulso y le dejo a tu mujer una costura que luego me va a tocar oír durante meses.
—¿Vibra el pulso? —Me acerco un paso más y bajo la voz—. A ver, cariño. Si a ti te vibra el pulso, es que llevas dos cafés y cero tostadas. Y no me hagas abrir ese melón ahora, que lo abro y no paro.
Irina suelta un resoplido que casi es risa. Casi.
—Déjala, Sabi —murmura—. Si no dice una tontería cada cinco minutos, se descompensa. Es su manera de seguir viva.
—Mi labor social, Ira. —Me apoyo en la cómoda, cruzo los brazos—. Alguien tiene que ponerle alegría a este cuarto, que estáis las dos con una cara… vamos, que entra un cura y se pone a repartir estampitas.
Sabina se humedece los labios, concentrada.
—No me hagas reír —me avisa—. Estoy con el punto exacto de paciencia. Exacto.
—Tranquila, que ya me callo. Además, ya he gastado la energía en otras… actividades deportivas.
Irina abre el otro ojo.
—¿Actividades deportivas? —pregunta con tono de saber, pero con ganas de oírme de todas formas.
—Nada que te vaya a subir la tensión, zarina. Tú céntrate en respirar y en no morirte, que el resto lo gestionamos las que caminamos.
Sabina hace un ruidito por la nariz.
—Ay, por favor —dice sin mirarme del todo—. ¿Puedes, por una vez, no venir con doble sentido?
—Puedo —respondo—. Pero no quiero. Me aburro.
Me acerco a la cama y echo un vistazo a la bandeja.