Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 28 #3
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Capítulo 28 #3

—Ay, la rusa… qué carácter.

—Sí. —Le pongo el arnés en las manos—. Venga. Si quieres hacerlo, lo haces y yo me callo.

Amaia lo analiza, lo gira, intenta ubicar las correas. Dice «me cago en la leche» muy bajito.

—No me mires, ¿eh?

—Claro que te miro. Me encanta verte aprender. —Le guiño un ojo—. Te va fatal la timidez.

—Julia, no me jodas y dime por dónde va esto.

—Por tu culo no va, tranquila. —Me río—. A ver, ven.

Me siento en el borde de la cama, le abro las piernas y le indico dónde enganchar. Amaia se acerca y se lo coloca en la cintura con cuidado, seria.

—¿Así?

—Así. —Le cojo las manos y le enseño a ajustar las correas—. Aprieta más. Sin piedad. Si se mueve, me da rabia y a ti te gusta menos.

—Qué delicada eres, Julia.

—Soy práctica.

Baja la vista al arnés, se le escapa un gesto de impresión y vuelve a mirarme.

—Estoy nerviosa.

—Yo también. —Lo admito y me da risa—. Qué ridículo.

—No es ridículo. —Me acaricia el muslo—. Es que eres tú. Y estoy aquí… poniéndome esto.

—Ya. —Me inclino hacia ella—. Y tú eres tú. Y estás aquí. Y me tienes con la cabeza hecha mierda.

Me besa, lento, y me susurra:

—Vale. Voy a intentarlo.

—Inténtalo. Y si te pierdes, me lo dices. —Le muerdo el labio.

Me empuja suave hacia atrás para tumbarme. Yo obedezco. Y ahí ya me entra la risa, porque a mí lo de obedecer me cuesta hasta para cosas buenas.

—No te rías. —Se pone encima—. Que me desconcentro.

—No me río de ti. Me río de mí. —Le acaricio la cadera—. Mira la escena: tú arriba y yo aquí, con cara de «sí, Amaia, lo que tú digas».

—No tienes esa cara. Acostúmbrate.

—Eso sí que es raro.

Se coloca entre mis piernas, se pone seria y me mira a los ojos.

—Julia, si paro, paro. Si me sale mal, no te hagas la graciosa.

—Vale. —Le agarro la nuca—. Y tú si te vienes arriba, no te frenes por educación. Aquí no hay normas.

Inhala hondo y se inclina para besarme otra vez. Tiene la boca caliente y un temblor pequeño en las manos, pero el gesto es firme.

—Aiba… Qué fuerte.

—Sí. —Le aprieto el culo—. Ven. Fóllame, Amaia.

Abre mucho los ojos, impactada por oírlo en mi boca, y luego se le escapa una risa.

—Eres una guarra.

—Y tú una vasca con iniciativa. —Le beso la comisura—. Dale.

Se coloca mejor, me abre las piernas más y yo me dejo. Le doy el sitio, le doy el ritmo, le doy la confianza. Y cuando entra, despacio, con cuidado al principio, se me escapa un gemido que no se esperaba.

—Joder… —dice, con la voz rota—. Joder, Julia.

—Aquí. —Le agarro la mano y me la llevo a la boca, besándole los nudillos—. Tranquila. Lo estás haciendo bien.

—No me digas «bien», hostia —protesta, pero ya no hay mala leche. Hay pudor y ganas—. Que me pongo más nerviosa.

—Pues entonces cállame. —Le muerdo el dedo.

Se le enciende la cara.

—Cállate.

—Sí, Amaia.

Ella se echa a reír y comienza a moverse con más decisión. Al principio va a trompicones, buscando el ángulo, y yo la ayudo con las caderas, sin quitarle el mando.

—Eso es —le digo bajito—. Ahí. No te cortes.

—No me estoy cortando ya, eh.

—No, no. Ya te has soltado. —Le aprieto la cintura—. Mira qué rápida.

Se inclina, me agarra del cuello con una mano y me besa fuerte, con hambre. Ahí ya no hay amiga de veinte años ni cañas ni pudor: hay Amaia follándome y yo perdiendo el orgullo con gusto.

Se separa, me mira con esa chulería suya que vuelve cuando está bien.

—¿Ves? —jadea—. Hablas un montón, pero al final te callas.

—Porque me estás haciendo callar tú. —Le muerdo la barbilla—. Y eso me pone muchísimo.

Aprieta la mandíbula y acelera. Se le escapa un gemido feo, crudo, sin nada de psicóloga. Y yo, que suelo llevar el ritmo, me descubro dejándome llevar por ella.

—Sigue, Amaia… —se me rompe la voz—. Sigue.

—¿Así?

—Así. —Le agarro el culo—. Y más fuerte, si te apetece.

—Me apetece. —Y me lo da.

Me lo da con ese punto de rabia contenida que tiene ella cuando se permite ser egoísta. Y yo la aguanto, la acompaño, le devuelvo besos, le aprieto la espalda y me río en un momento absurdo porque me viene a la cabeza lo ridículo y lo perfecto de todo.

Me oye reír y frunce el ceño.

—¿De qué te ríes?

—De que mañana nos cruzamos en la cocina y nos da un telele.

—De eso nada —me corta, y me da otra embestida—. Mañana te callas también.

—Sí, señora.

Amaia se ríe y se mordisquea el labio con una cara que no le había visto nunca: abierta, valiente, cachonda.

—Nunca había hecho esto, Julia.

—Ya. —Le acaricio la mejilla—. Y lo haces de puta madre.

—No me lo repitas, que me lo creo.

—Créetelo. —Le doy un beso—. Me estás follando tú. Disfrútalo.

Continúa, con el cuerpo ya yendo solo. Y yo me dejo, por ella, por nosotras, por el morbo y por la ternura que me da verla así, tan decidida y tan cortada a la vez.

—Amaia… —susurro—. Si esto lo sabe tu mujer, me mata.

—Ya lo sabe. Y la tuya también.

—Vale. —Me río, sin voz—. Pues entonces dale. Que me muero.

Ella acelera más y me sujeta por las caderas, encontrando el ritmo. Y yo, por primera vez en toda la noche, me quedo sin charla. Porque no me sale. Porque Amaia me está comiendo el sitio y yo estoy encantada.