Capítulo 28 #2
Esta vez no le doy tregua. Le meto la lengua con más presión, la chupo, la lamo rápido, corto, justo en el clítoris, y al tiempo le hundo dos dedos dentro, hasta el fondo, curvándolos hacia arriba, buscándole ese punto que la hace perder el control.
Se retuerce, me llama por mi nombre con la voz rota, y yo la sujeto más fuerte de las caderas para que no se me escape ni se haga daño.
—Ah… ah… Julia… —se le rompe el nombre y se le queda en la garganta.
Cuando llega, lo hace con un gemido largo y un «la hostia» que me arranca una risa en plena faena. Se corre contra mi boca, el coño apretándome los dedos, la piel ardiéndole por todas partes, las piernas temblando. Yo no paro hasta que se le calma el temblor y me afloja el pelo.
Me incorporo despacio y subo a besarla. Ella me agarra la cara con las dos manos, me besa con hambre, con su sabor en mi lengua, y con esa risa tonta de después que intenta esconder.
—Eres una cabrona —murmura.
—Hoy no. Hoy soy un regalo. ¿Desde cuándo querías que te comiera el coño?
Amaia se parte, todavía con los ojos brillantes.
—¿Y quién te ha dicho a ti que yo quería eso?
Me coloco encima, despacio, y le muerdo el labio.
—Venga, dime con esa voz de psicóloga seria qué haces todavía vacilándome si ya sabes que te gusto.
Me pega un empujón flojo en el hombro.
—Porque eres un coñazo, Julia.
—Y tú estás aquí debajo, temblando.
—Ya, pues… —me agarra la cintura y me aprieta— …haz algo útil con eso.
—Con mucho gusto. Y luego me dices otra vez que hablo mucho. A ver cuánto te dura el enfado.
Amaia me besa el hombro, suave, y susurra:
—Ven.
—Sí, señora.
Y me muevo, por fin con la boca cerrada y las manos currando. Amaia gime, me araña el brazo con cuidado, cuidado a su manera, que es bastante poco.
—Uf, Julia… ya era hora.
—Ya era hora dice. —Le muerdo el cuello, con mala idea—. Perdona, se me había olvidado que me contrataste para esto.
—No te hagas la lista, anda… —Se le rompe la frase y me agarra la cara—. Mira que eres pesada.
—Y tú mira que te gusta. —Le bajo la voz—. ¿Entonces lo habías imaginado?
Amaia asiente con esa cara de orgullo herido que se le queda cuando se lo está pasando de lujo y no sabe dónde meterlo.
—Que sí. Hala, ya está, ya te lo he dicho. No lo apuntes en una libreta.
Me río contra su piel y sigo, con el ritmo justo para que me maldiga en euskera y luego me pida más en castellano, que le sale más sucio.
—A ver, vasquita —murmuro—. Una cosa.
—¿Qué?
—Que esto es rarísimo.
Amaia abre los ojos y me mira, con el pelo pegado a la frente, roja y preciosa, y se le escapa una carcajada que se le queda en medio del cuerpo.
—Ya. —Me aprieta la muñeca—. De estar tomando cañas a… esto.
—A esto. —Le pellizco una teta con cariño—. A estar aquí, desnudas, dando vergüenza ajena en mi cama.
—A mí me está dando vergüenza ahora mismo, sí.
—A ti te da vergüenza de boquilla. Luego haces «ah» y se te olvida la educación.
—Para, Julia.
—No. Que me lo estoy pasando bien. —Le beso la boca, corto—. Y me hace gracia que seas tú la que está aquí pidiéndome que pare.
Amaia me mira con rabia dulce.
—Es que te vienes arriba.
—Sí. Me vengo arriba y te me pones seria y me entra el pudor, que eso ya es para denunciarlo.
—¿Pudor tú? Venga ya.
—Pues sí. —Le apoyo la frente—. Eres mi amiga de toda la vida. Y ahora te tengo aquí abierta de piernas y… me da risa y me da corte. Las dos.
Me acaricia la nuca con los dedos, suave.
—A mí también. —Y lo dice bajito, sin chiste—. Me da cosa mirarte y pensar «hostia, es Julia».
—Pues mírame. —Le marco el ritmo con los dedos otra vez—. Mírame y acostúmbrate.
Aprieta los labios y se le escapa un gemido que le sale honesto.
—Me estás… —traga— …me estás dejando tonta.
—Ya. Venga, cambia de postura.
—¿Cómo?
—Que te pongas a cuatro patas.
Le noto el frenazo por dentro. Se ríe nerviosa, yo creo que no sabe si mandarme a la mierda o besarme.
—Julia… qué rápida vas.
—Amaia, rápida de qué, si te acabo de comer entera. —Le agarro la cara, firme—. Si te da corte, me lo dices y ya. No pasa nada.
—No es que me dé corte… —resopla—. Es que… somos nosotras. Que te he visto llorar. Que te he visto borracha cantando Camela. Que te he visto con un piercing que no te pegaba nada.
—Y yo a ti con flequillo. —Le corto—. Eso sí que fue una agresión.
Amaia se ríe, pero se le queda la risa temblona.
—Es raro, tía.
—Ya. —Le beso la boca—. A mí también me parece raro. Por eso me apetece. Para quitarnos el susto del cuerpo.
Ella se muerde el labio y asiente con un «venga» que le sale muy resignado y valiente a la vez.
—Vale. Pero no te flipes.
—Yo no me flipo. —Le doy un cachete en el culo, suave—. Gira.
Amaia se coloca despacio. Apoya las manos en el colchón, levanta el culo con una dignidad ofendida que me da la vida. La piel le brilla todavía por la ducha, y yo le miro el culo porque soy idiota.
—¿Qué miras tanto? —murmura, sin girarse.
—Que eres un espectáculo, Amaia.
—Julia, por favor.
—Por favor dice. —Me pongo detrás, le abro más las rodillas, sin brusquedad—. Qué formal eres cuando te da el apuro.
—Me está dando apuro. Mucho. Y a la vez… —se interrumpe con un gemido cuando la toco— …y a la vez me está gustando.
—Eso es lo único que me importa. —Le beso la espalda, cerca de la cintura—. Y ahora, quieta un momento.
—No me digas quieta, que me da la risa.
—Pues te aguantas. Quieta.
Le paso la mano por el culo, despacio. Se le tensa el cuerpo. Le doy un par de azotes más, con cariño, el punto exacto para que se queje y no se enfade.
—La hostia, Julia… —dice entre dientes—. ¿En serio? Qué fina.
—Fina no. Tú eres lista. Y muy mandona por dentro. —Le meto la mano por delante, buscándola donde ya está caliente—. Dime.
Amaia se muerde el antebrazo para no soltar una barbaridad. Le sale una, igual.
—Me cago en…
—Eso. —Le aprieto—. Habla.
—Tócame. —Lo escupe, con vergüenza y ganas a la vez—. Venga, hostia.
—Qué bien te sienta pedir. —Me inclino y le muerdo el hombro, suave—. ¿Ves? No pasa nada.
—Esto no lo digas mañana.
—Mañana no existe. —Sigo tocándola, con ritmo—. Y si existe, te aguantas. Que para algo eres psicóloga.
—No mezcles mi trabajo con tu guarrería.
—Tu guarrería es también mi trabajo hoy.
Le meto dos dedos, despacio, y Amaia suelta un «ah» que ya no tiene vergüenza, solo cuerpo. Se mueve, intenta escaparse hacia delante, y le sujeto la cadera para mantenerla donde quiero.
—No te muevas, Amaia.
—No puedo, joder.
—Sí puedes. —Le doy un azote más, esta vez con intención—. Puedes y vas a poder.
Amaia gime, se le rompe el control y me larga una retahíla en euskera que no entiendo entera, pero me llega la idea.
—Gozamena… Laztana… —Más cosas que no sé repetir—. Segi.
—Eso suena a que me estás poniendo a parir.
—Te estoy llamando de todo.
Se ríe, jadeando, aunque sé que no es verdad. Estoy harta de oírla decir ese «laztana» a Sabina, y sé que es algo cariñoso. Me provoca una emoción extraña por dentro.
Sé que está cerca por cómo se le aprietan los muslos y por ese temblor que disimula con orgullo. Yo no la dejo disimular nada: le agarro el pelo, sin tirar, solo para que note mi mano.
—Mírame.
Amaia gira la cabeza, con el cuello tenso, y me mira por encima del hombro. Tiene la cara roja y el gesto de «no me mires tanto» y «mírame más» a la vez.
—Qué cabrona eres —murmura.
—Hoy estoy contenta. —Le beso la mejilla, y eso la descoloca—. Venga. No te corras todavía.
—¿Perdona?
—He dicho que no. —Le marco el ritmo más lento—. Te queda otra cosa.
—¿Qué cosa?
—Una sorpresa.
Me separo, me levanto de la cama y voy a la mesilla. Ella aprovecha para dejarse caer, respirando fuerte, y cuando oye el cajón, levanta la cabeza.
—Julia…
—No te muevas. —Abro el compartimento del armario otra vez y cojo el arnés. No lo saco con teatro, lo saco porque me apetece—. Vale. Mira.
Se gira con la boca entreabierta. Lo cuelgo de la mano, tranquilísima, fingiendo que no me está dando un pudor raro.
—Tengo ganas de follarte con esto.
—Así, sin avisar.
—He avisado desde el principio.
—Ya, pero… —Se ríe, nerviosa—. Es muy fuerte.
—Sí. —Me acerco a la cama, me pongo detrás—. Si no te apetece, se queda guardado y te como otra vez y punto.
Amaia me mira, y en esa mirada hay una decisión que le cuesta, pero la toma.
—Me apetece.
—Bien. —Le doy un beso en la espalda—. Entonces me lo pongo.
Amaia se gira de golpe y se sienta sobre los talones, con los ojos brillantes.
—No. —Me agarra la muñeca—. Me lo pongo yo.
—¿Tú?
—Sí. —Levanta la barbilla, chula—. Ya que estamos haciendo cosas raras, déjame probar.
—¿Tú has usado esto alguna vez?
Abre la boca, duda, y dice la verdad con una mezcla de vergüenza y mala hostia consigo misma.
—No.
—¿No?
—No. Nunca. —Arruga la nariz—. A Sabina no le gusta.
Suelto una risa corta.
—Sabina es muy suya.
—No te rías.
—Me río porque me estás matando. —Le acaricio la mejilla—. Vale. Pues hoy te estrenas.
—¿Y a Irina? ¿Te lo pones tú o ella?
—Con Irina me lo pongo yo. —Me muerdo la risa—. Y le gusta tanto que luego me mira con cara seria y me dice «limpia eso bien» y yo me siento una adolescente guarra en un internado. Este está nuevo, que conste.