Capítulo 28
Amaia cae sobre el colchón con un «uf» que intenta sonar digno y le sale sincero. Rebota un poco y la camiseta se le sube, enseñando muslo. Se ríe con la misma boca con la que me vacilaba hace un minuto.
—La hostia, Julia. Qué fina.
—Fina no soy. —Me subo a la cama detrás de ella y le agarro la cintura por encima de la tela, apretando—. A ver, mírame un momento.
Gira la cabeza y me clava los ojos con chulería y paciencia de psicóloga.
—¿Vas a darme otra charla o qué?
—Voy a hacerte una pregunta y tú vas a contestar sin hacerte la graciosa. —Le aparto el pelo mojado del cuello y le beso detrás de la oreja—. ¿Estás bien? ¿Quieres esto?
Suelta un «bai» que le sale bajo, sin teatrillo. Y me gusta más de lo que debería.
—Vale. —Le muerdo suave el lóbulo, apenas—. Entonces no me marees.
—A ver quién marea a quién —murmura ella, y el tono le tiembla. Muy poco. Suficiente.
Le meto la mano por debajo de la camiseta, la subo por la espalda caliente y a ella se le corta la respiración. No digo nada. Que hable su aliento, que hoy ya hemos hablado bastante.
—Julia… —Me lo dice sin queja, sin demanda. Aviso.
—Te escucho.
—No me hagas sufrir por deporte.
Río en voz baja, pegada a su nuca.
—¿Por deporte? Tía, yo hago cardio en la elíptica. Esto es otra cosa.
A Amaia se le rompe la pose y me dedica un «ya, ya» con voz de «qué imbécil eres» que a mí me pone contenta.
—Date la vuelta —le digo.
—¿Y si no?
—No me calientes, Amaia. Que hoy vengo espléndida y luego me arrepiento.
—Ah, sí. Espléndida. —Se gira despacio hasta quedar boca arriba y me tira de la toalla anudada a la cintura—. Sigues vestida. Muy valiente.
—Estoy entreteniéndome. —Le apoyo una rodilla entre las piernas, sin aplastarla—. Y tú estás preciosa y muy lista, así que no me obligues a ponerte en modo «menos boca».
—¿Eso es una amenaza?
—Eso es una promesa. —Le pellizco el muslo, cariñosa, y luego le paso el pulgar por la piel, calmando el sitio—. Tú dime: ¿quieres que te quite la camiseta o te la quitas tú y presumes un rato?
Amaia abre la boca, piensa, y al final hace ese gesto suyo de «pues mira» que siempre acaba conmigo perdiendo neuronas.
—Me la quitas tú. Y no presumo, ¿eh? Estoy aquí tumbada, normal.
—Normal dice. —Le agarro el bajo de la camiseta y se la subo despacio, mirándole la cara y no el cuerpo, para que sepa que la estoy viendo entera—. Anda, levanta brazos.
Cuando le saco la camiseta por la cabeza, el pelo se le queda hecho un lío húmedo y me entran ganas de reírme y besarla a la vez.
—Estás guapísima despeinada.
—No me hagas cumplidos, que me da vergüenza.
—Tú la vergüenza la tienes en un cajón, bien guardada. —Le beso la frente, bajo a la sien y luego al pómulo—. Además, esto no es un cumplido. Es un dato.
Amaia me agarra de la nuca y tira, buscando mi boca.
—Dato tu madre. Ven aquí.
La beso. Fuerte, con ganas. Amaia me responde igual y me muerde el labio.
—Eh. Despacio con esa boca. Que te tengo calada y hoy no te dejo llevarme a rastras.
—¿A rastras? —Se ríe con mala idea—. Qué fantasiosa eres.
—Amaia, que te conozco. —Le bajo besos por el cuello y le marco la clavícula con la boca—. Te haces la prudente y luego estás aquí apretando las piernas.
—Estoy… —traga— …a gusto.
—Me vale. —Le paso la mano por los pezones, y ella reacciona con un ruido que intenta esconder. Me mira con cara de «ni se te ocurra reírte».
—Te estás riendo.
—Un poco, sí. —Le doy otro beso, suave—. Me haces mucha gracia. Y me gustas. Mala mezcla.
Amaia me agarra la muñeca.
—Julia.
—¿Qué?
—Habla menos.
—Eso ya me lo has dicho, pesada.
—Pues hazme caso.
—Hazme tú caso a mí también. —Le beso la comisura de la boca—. Abre las piernas.
Se le van los ojos a los míos: sorpresa primero, luego un brillo que no es de chiste. Obedece despacio. No por miedo; por ganas. Y esa obediencia voluntaria me deja contenta de una manera que me da rabia admitir.
—Bien. —Le paso la mano por el interior del muslo y subo, sin llegar del todo—. Y ahora, otra vez, dime que estás bien con esto.
—Que sí, hostia.
—Gracias. —Le doy un beso rápido en la boca—. Qué educada eres cuando quieres.
Le acaricio el borde de la ropa interior, por fuera. Ella arquea la espalda. Me mira con el ceño fruncido, como enfadada con su propio cuerpo.
—No me mires con esa cara de… de «ya sé».
—Es que ya sé. —Le meto dos dedos por dentro de la goma, rozando piel. Ella me clava las uñas en el hombro—. Eh, uñas no, que luego me toca explicar el cuadro.
—Pues no me provoques. —El tono le sale ronco.
Le aparto la mano del hombro y la llevo a la cama, al lado de su cabeza.
—Aquí. Quieta.
Amaia me mira con una mezcla de risa y «te voy a matar» que me vuelve loca.
—¿Quieta? ¿Yo?
—Sí. Tú. —Le aprieto la muñeca contra el colchón, firme pero sin pasarme—. A ver si puedes.
Amaia aguanta tres segundos y luego se le escapa un «me cago en…» entre dientes, bajito, porque le está costando. Y porque le está gustando. Le doy un beso en el pecho y luego otro más abajo.
—Hoy te voy a hacer perder el hilo y tú vas a fingir que no.
—No… no estoy fingiendo nada.
—Mejor.
Bajo con la boca hasta su barriga, le marco el ombligo con un beso lento. Ella me tira del pelo sin querer, se le va la mano por puro impulso. Levanto la cabeza y la miro, quieta.
—Amaia.
Ella sabe que odio que me toquen el pelo.
—Perdón. —Lo dice rápido, casi enfadada—. Se me ha ido.
—No pasa nada. —Le beso la muñeca, donde la tengo agarrada—. Si quieres tocarme el pelo, me lo dices antes, por favor.
Amaia se ríe, pero le tiembla.
—Y ahora te voy a hacer una guarrada con cariño, que es mi especialidad.
—Qué fina.
—Eso te gustaría.
Le bajo la mano por el vientre, ya sin jugar. Le engancho las bragas con dos dedos y se las arrastro por los muslos hasta quitárselas del todo. Cuando la toco por fin donde lleva rato pidiéndome el cuerpo, está caliente y mojada, pegajosa en la yema de mis dedos.
—Julia…
—Aquí estoy. —Le doy un beso en la cadera—. Respira.
—Qué… qué pesada eres con respirar.
—Porque funciona. —Le marco el ritmo con la mano, suave al principio, abriéndole los labios despacio—. Dime dónde.
—No me hagas decir nada ahora… que somos… nosotras, y esto es muy raro.
—Por eso te toca hablar. ¿Más? ¿Menos? ¿Igual?
Amaia cierra los ojos, y cuando los abre me mira con una honestidad que me da vértigo.
—Igual. Y no pares.
—Hecho. —Le beso la boca, corto, y vuelvo abajo sin dejar de tocarla—. Y ya que estamos: tienes una boca preciosa cuando no la usas para vacilarme.
—Pues mira qué bien… —Se le rompe la frase cuando le paso el dedo por el clítoris, directo, sin prisa—. Me estás… me estás liando.
—Te estoy haciendo un favor. —Le muerdo suave el muslo, por encima de la piel tensa—. Tú te pasas el día sujetando a todo el mundo. Hoy te sujeto yo.
Amaia suelta una risa que se convierte en un gemido y me agarra la muñeca otra vez, esta vez pidiéndolo sin decirlo. La dejo. Que agarre. Que se quede ahí. Yo sigo: dos dedos abriendo, el pulgar insistiendo arriba, la humedad creciendo, el coño respondiendo a cada pasada.
—Oye —dice, entrecortada—. ¿Y tu toalla?
—¿Te molesta?
—Quiero que estés igual de desnuda que yo.
—Qué exigente. —Me incorporo, me deshago el nudo y la dejo caer al suelo—. ¿Así mejor, señora?
Amaia me recorre con la mirada sin ninguna vergüenza ya. Se lame los labios.
—Así… sí.
—Vale. —Vuelvo a inclinarme sobre ella y le beso la boca otra vez, esta vez largo—. Y ahora vas a hacer una cosa por mí.
—¿Qué?
—Decírmelo todo. Si te sale un «más», lo dices. Si te sale un «para», lo dices. Si te sale un «Julia, te quiero pegar», también lo dices.
Amaia se ríe, y la risa le tiembla en el pecho.
—Julia, te quiero pegar.
—Ya lo sabía. —Le doy un beso rápido—. Ahora céntrate.
Vuelvo abajo, le separo las piernas, le sujeto los muslos con firmeza y la miro desde ahí. Tiene el coño abierto, brillante, los labios hinchados y rosados, y cuando le paso un dedo se moja más.
—Mírame.
Hace el esfuerzo de no apartar la cara. Me encanta. Me encanta porque es valiente de verdad, no de boquilla.
—Así. —Le paso el pulgar por el clítoris, lento, apretando para que lo note bien. Ella suelta un quejido claro—. Muy bien, Amaia.
—No me… no me digas «muy bien» que me cortas más.
—Pues ese es el plan, cariño.
—No me llames cariño.
—¿Qué quieres que te llame?
Amaia me mira con una rabia dulce, roja entera.
—Llámame Amaia. Y cállate.
—Amaia. —Lo digo despacio, disfrutándolo—. Y ahora te callas tú.
Le bajo la boca por fin, sin avisar más. Le abro los labios con los dedos y le meto la lengua, de abajo arriba, despacio, tragándome su sabor caliente y salado. Amaia se arquea con un «ah» que le sale crudo, sin vergüenza. Me agarra del pelo esta vez con intención, tirando, marcándome el sitio.
—Eso es —murmuro contra su coño, con la voz rota por la saliva—. Ahora no me importa. Agarra.
Intenta decir algo y solo le sale aire.
Le doy tiempo. Le doy ritmo. La lengua plana, larga, la recorro entera; luego la punta, donde se le rompe la respiración; después la boca, me cierro sobre el clítoris, chupo suave y suelto, una y otra vez, hasta que le tiembla el vientre.
La siento moverse contra mí, húmeda, desesperada, y quiere subirse a mi cara.
—Joder… —Me aprieta la cabeza con las dos manos.
La sujeto por las caderas para que no se me descontrole y, cuando está al borde, paro a propósito, solo rozándole con la lengua, apenas. Amaia gruñe, se retuerce.
—Julia, te voy a matar.
—Sí, ya, luego. —Levanto la cabeza y la miro, con la boca brillante—. Dímelo.
—¿El qué?
—Que lo quieres. Que lo quieres ya.
Amaia me mira con orgullo herido. Y con ganas. Y con esa terquedad suya que me vuelve loca.
—Lo quiero ya —escupe, rendida.
—Gracias. —Y vuelvo.