Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 27 #3
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Capítulo 27 #3

No voy a hacerme la importante, pero me noto torpe. Giro, vuelvo a girar, y al final abro el cajón de la mesilla y aparto dos libros que tengo ahí para hacerme la intelectual. Cojo el mando pequeño y aprieto el botón. Se oye un zumbido y el fondo del armario se mueve lento. Muy lento.

—Venga ya… —murmuro—. Te juro que hace esto cuando hay público.

—Ya, claro. El armario también se pone nervioso.

—Tú te ríes, pero te voy a poner a ti nerviosa en un minuto.

Se encienden las luces del compartimento y aparece todo. Ordenadito. Limpio. Cuero, seda, metal. No es un circo, es mi material, mi colección privada de años. Me hace gracia y me da pudor a la vez enseñarle las tripas de mi bestia.

Amaia se acerca despacio. No asustada, pero tampoco tan lanzada como antes. Se le abren los ojos más de la cuenta. Se planta delante del armario, se inclina.

—Hostia, Julia… —Silva—. Madre del amor hermoso. Tú aquí tienes de todo.

—Yo soy una persona previsora. —Intento mantener el tipo—. Y con aficiones.

Amaia alarga la mano y toca un látigo con la punta de los dedos. Lo roza con cuidado, como si fuera a morder. Luego mira las cuerdas de seda negra, bien recogidas, y niega con la cabeza.

—Vaya por Dios… Yo creía que eras intensa por la personalidad y resulta que es por el atrezo. ¿Esto viene con manual de instrucciones o te lo sabes de memoria?

Me río, porque esa salida es muy suya y me baja las pulsaciones de golpe.

—Me lo sé de memoria. Y lo que no sé, me lo invento.

—Qué bruta eres. —Me mira de reojo, divertida—. ¿Te gusta atar?

—Me gusta que no me den la turra. Eso ayuda. Y tú qué mala eres, que me pones a hablar de esto y luego dices que hablo mucho.

Amaia se ríe, pero no se aparta. Da un paso más y se me mete cerca, tan tranquila. A mí ese «tan tranquila» me deja tocada, porque yo por dentro voy acelerada.

—¿Irina te deja usar esto con ella?

Me sale una carcajada corta, más por sorpresa que por otra cosa.

—Pues claro. Cuando le apetece.

—Ajá.

—Ajá dice. Te has puesto muy vasca de repente.

—Soy vasca todo el rato, Julia. Tú es que te enteras cuando te interesa.

Mira otra vez el armario y luego vuelve a mí. No pregunta por morbo barato. Pregunta por mí. Y eso me pone nerviosa.

—¿Y por qué me lo enseñas? ¿Te estás tapando con esto para no mirarme? —Baja la voz, suave pero firme—. No abras nada para impresionar. Si quieres usar algo, lo usamos. Si no, no pasa nada. A mí me vales tú, no el armario.

—Amaia…

—No, en serio —insiste—. Me gustas tú cuando estás aquí delante, haciéndote la chula y a la vez temblando.

—Que no tiemblo.

—Sí, sí, ya veo.

—Bueno, vale, un poco. Pero no por miedo, ¿eh? Por ganas.

Amaia sonríe y me toca la muñeca.

—Eso sí te lo compro.

Yo agarro aire, le aguanto la mirada y me sale el descaro otra vez, porque a mí me salva la vida.

—Mira, Amaia. Te lo voy a explicar fácil: te lo enseño porque me pone que lo mires. Y porque me pone más que no pongas cara rara. ¿Te vale?

—Me vale. Y no voy a poner cara rara. Ya te lo digo.

—Qué bien, porque odio los sustos a estas alturas. Elige, ¿lo dejamos abierto o lo cierro? Para que luego no digas que no soy generosa.

—Eres muy generosa, sí —se burla—. Te darán un premio.

—El premio me lo das tú luego, si te portas.

Amaia abre más los ojos, le ha entrado el calor. Se le va la risa.

Cojo el mando y cierro el compartimento sin dejarla decidir nada. Las luces se apagan y solo entra la luz de fuera, más suave. Me giro hacia ella y le corto el paso con el cuerpo, sin tocarla. Ella levanta la barbilla.

—¿Y ahora qué, Julia? ¿Vas a hacer algo o vas a seguir posando?

—Yo no poso. Yo preparo.

—Preparas.

—Shh.

Se me escapa una risa muy baja, porque soy imbécil y porque me encanta.

—Te estás riendo.

—Porque me caes muy bien, Amaia.

—Eso ya lo sé.

—No, no lo sabes. Me caes tan bien que me entran ganas de ser buena contigo. —Me muerdo la frase porque no quiero ponerme cursi. Así que lo arreglo rápido—. O sea, que igual no puedes caminar en condiciones mañana. Depende de ti.

—Ahí está Julia. Vale. Ya.

—¿Ya qué?

—Ya. Deja de hablar. Bésame.

—Qué impaciente te has puesto, aiba.

—No digas «aiba», que me da la risa.

—Pues no te rías.

Me hace caso, obediente por fuera. Por dentro no.

Se le acelera la respiración y me agarra la camiseta.

Me besa. Me coge la nuca, me tira hacia ella y me lo da con ganas.

Yo le respondo igual y la empujo suave contra el armario.

Cuando nos separamos, tiene esa sonrisa de «te estoy calentando y lo sabes».

—¿Esto era mandar? —me provoca.

—No. Esto era aviso.

—A ver el mando entonces, jefa.

—Tú sigue buscando, que ya lo vas a encontrar.

Le meto la mano por debajo de la camiseta, directa a la piel caliente de su cintura. Se le borran las bromas y se le ven las ganas en la cara.

—Bien —murmuro—. Ahora ya me estás cayendo peor.

—¿Por qué?

—Porque me estás poniendo muy contenta y luego pasa lo que pasa.

—¿Y qué pasa?

Le muerdo la mandíbula, suave.

—Que hoy te aguantas. Hoy vas a escucharme. Luego ya te dejo hacer cosas con la boca, que veo que la tienes con iniciativa.

Amaia suelta aire, le tiembla la risa.

—Eres una sinvergüenza.

—Sí. Y tú estás aquí. Así que revisa tus decisiones, guapa.

La agarro de la cintura, clavo los dedos en su carne y la tiro contra la cama sin muchas contemplaciones.