Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

Se gira despacio, con cuidado de no romper el momento. Me aguanta la mirada con un brillo que dice que no va a ser una presa fácil.

Luego, con todo el descaro, me mira las tetas, aunque para descaro el mío, que estoy aquí pegada a ella casi en pelotas.

—Vaya, Julia —dice, con una sonrisa ladeada—. Yo que pensaba que eras la dura del grupo. Y mírate. Vienes a por abrazo y permiso.

—¿Permiso? —Me río por la nariz—. ¿Tú me ves cara de pedir permiso?

—Yo te veo cara de venir nerviosa.

—No te flipes, pelirroja —intento recuperar mi voz de seria—. Es pura táctica. No quiero que luego vayas llorando por ahí diciendo que soy una bruta. Se llama elegancia, coño.

—Ya, claro —se mofa ella—. Tienes las orejas coloradas, chula. No me vendas la moto. Estás muerta de miedo, que te conozco.

Sube las manos por mi pecho hasta apretarme la nuca con los dedos. Sus uñas me rozan la piel y me dan ganas de gritar.

—Es el calor de la ducha, pesada —miento, aunque sé que no me cree—. Y saca tus dedos de psicóloga de mi cabeza, que aquí no te voy a pagar la hora de terapia.

Me pongo seria. La miro a los ojos y me sale lo de siempre: el impulso de cuidarla, aunque ella sea la que nos recoge a todas cuando vamos hechas un cristo.

—Solo quiero que estés bien y que no te asustes si me sale la cafre. Me sale fatal esto de cuidar sin ponerme a hacer el payaso, ya sabes.

Lo digo y ya me veo la cara de idiota desde fuera. Qué necesidad. Me rasco la nuca, hago una mueca y me refugio en el humor antes de que me salga otra frase blandita.

—Mira, si me pongo tierna me pegas un collejón y ya está, ¿vale? Me lo merezco.

Amaia me clava una mirada firme, de las suyas, de «a mí no me vengas con películas».

—No te equivoques conmigo, Julia. No soy una virgen que salió ayer del colegio de monjas ni soy tonta. No me voy a asustar de ti a estas alturas. Sé dónde me meto y a quién tengo delante. Llevo veinte años viéndote ser tú.

—Vale, vale. Ya. —Me acerco hasta rozarle la punta de la nariz, porque hablar me deja con el culo al aire y tocar es más fácil—. Es que contigo me sale la vena protectora y me queda rara, hasta fea, te lo digo. Y sí, sé que tú no eres nueva, pero solo has estado con Sabina.

Sopeso si digo lo siguiente o me lo trago. Lo suelto igual.

—Y Sabina… Sabina tiene esa cosa de diosa nórdica seductora, pero luego en la cama se le cae la máscara. Le gusta que la lleven, que le digan «ahora», «aquí», «así». Le gusta tumbarse y dejarse. Yo no soy así, aviso. Yo me enciendo, hablo, toco, mando… y encima me río.

Sus manos bajan despacio por mi espalda, hasta el borde de la toalla. La cabrona sabe lo que hace. Me noto las piernas más vivas, el cuerpo más atento.

—Me estás vendiendo mucho cuidado, Julia. ¿Qué pasa? ¿Te da cosa porque hoy no puedes esconderte detrás de tu fama?

—¿Mi fama? —Me río por lo bajo—. Mi fama es un invento vuestro para tener tema de conversación en cenas. Luego soy una señora que hace la compra y se enfada con el pan que viene roto. Una leyenda.

—Ya. Y yo soy la Virgen de Arantzazu.

—Ay, hija de… —Me muerdo la risa, le pego un toque con la frente y le hablo bajito—. Tú lo que quieres es verme perder la compostura. Te pone nerviosa que yo esté tranquila.

—Me pone nerviosa que hables tanto —me corta, directa—. Eso sí.

—Pues mala suerte, cielo. Yo hablo. —Le aprieto la cintura, suave, para que note que no es bronca—. Y hoy encima estoy contenta, así que igual doy la chapa el doble.

Amaia no se aparta. Se pega más. Restriega su pecho contra el mío, los pezones marcados bajo mi camiseta. Me sale una risa tonta que disimulo con chulería.

—Si supieras cómo soy, estarías muerta de miedo. No pido permiso y las delicadezas no son lo mío. Me gusta el jaleo y me gusta mandar.

—¿Ah, sí? —Amaia ladea la cabeza—. Pues prueba.

—¿Prueba qué?

—A mandarme. A ver si te atreves cuando no estás de boquilla.

—Me estás provocando.

—Te estoy escuchando, que es distinto.

Le paso un dedo por el borde de las bragas, sin meterlo, solo rozando. La miro a la cara, sin bajar la vista. Que sepa que voy en serio y que también voy jugando.

—Vale. Primera orden: deja de hacerte la valiente. Si algo te gusta, lo dices. Si algo te corta, lo dices.

—Aiba, mira quién se ha puesto responsable.

—Es que hoy me ha dado por ser buena persona un rato. No te acostumbres.

—Tranquila, que se te pasa. —Me roza el cuello con los labios. Me agarra una teta y aprieta—. Pues venga, Julia. Manda. Tengo curiosidad de verte el numerito.

—Vale. —Le doy un beso corto en la comisura de su boca—. Pero ahora dime una cosa.

—¿Qué?

—Que quieres que me calle.

Amaia abre la boca, duda y al final se ríe bajito. Me excita y me enternece a la vez. Menuda mezcla.

—Quiero que te calles un rato.

—Perfecto. —Le doy otro beso, más largo—. Pero te aviso: si me callo, me salen las manos.

—Eso ya lo noto.

—Pues espérate. —Le muerdo suave el labio inferior—. Y otra cosa, Amaia.

—Dime.

—Voy a ser generosa.

—¿Generosa?

—Sí. Te voy a dejar elegir una vez. Una. Luego ya me encargo yo.

Amaia me agarra la toalla con dos dedos y tira, sin quitármela del todo.

—¿Y qué puedo elegir?

—Dónde pones las manos. Y te doy una pista: si las pones donde me gusta, luego no me pidas que sea educada.

No se pone chula. Me mira, roja, sabe que le estoy dando una salida y decide no tomarla.

—No quiero elegir. Elige tú.

—Así vas muy bien. —Le agarro la muñeca y se la coloco donde quiero—. Aquí. Y no te cortes.

Ya no hay chulería, ni suya ni mía. Hay ganas. Y hay confianza. Y me entra una ternura cabrona que disfrazo con una pulla, porque me sale mejor.

—Y deja de apretarme la teta con esa cara de santa, que luego me haces decir barbaridades y te pones roja.

—Yo no me pongo roja.

—Ya. Y yo no hablo tanto.

Amaia se ríe otra vez y busca roce, calor. Me pasa el pulgar por debajo del pezón. Me empuja, me prueba. La sujeto bien, sin hacerle daño, y le vuelvo a acercar la boca al oído.

—Te toca aprender una cosa conmigo —susurro—. Cuando digo «quieta», es quieta.

—¿Seguro que me quieres quieta? Joder…

—Eso es. Joder. Y ahora, otra orden: deja de mirarme la boca y bésame de una vez.

—Te voy a besar y te voy a dejar mandar un rato, pero yo de momento escucho mucha cháchara de tía dura y veo poco movimiento. ¿O es que tienes miedo de no estar a la altura de tu propia reputación delante de mí?

Me está buscando las cosquillas y encima le sale bien. Me calienta y me divierte a la vez, que ya es mala suerte. Le aguanto la mirada, trago saliva y se me escapa una risa tonta por la nariz.

—A ver, Amaia… —digo pegada a su boca—. Tú hoy has venido a tocarme los ovarios, ¿no?

—Yo he venido a que hagas algo. —Pone cara de «venga, va, espabila»—. Que hablas un montón.

—Hablar es gratis, pelirroja. Lo otro… lo otro exige entrega.

Le muerdo el labio, suave, y la miro de arriba abajo, para que lo note. Ella me agarra de la nuca con una mano, me da un beso rápido, con hambre, y se separa para hablar.

—Venga, Julia. Menos charla.

—Qué mandona te has puesto tú también, ¿eh? Me encanta y me cae fatal. Quieta ahí, coño. —La señalo con dos dedos—. Y no pongas esa cara de lista, que te veo venir.

—¿Qué cara? —pregunta, inocente. Mentirosa.

—Esa de «te leo el cerebro». La odio.

—No te leo nada, mujer. Se te ve todo en la cara.

—Qué gusto, chica. Qué paz me das —contesto, irónica, y camino hacia la mesilla.