Capítulo 27
Estoy caliente. Punto. Y no en plan poético: en plan cuerpo insistente.
Yo no pido paso para entrar en el barro.
A mí me va el sexo bruto, el de agarrar fuerte, el de acabar con marcas que luego hay que tapar con ropa y con cara de «yo no sé nada».
Me gusta mandar, llevar el ritmo, decidir, notar cuándo la otra cambia la respiración y saber que he acertado.
Y hoy… hoy estoy rara. Me sale pudor. Pudor a mí.
Es ridículo. Yo, Julia, la que ha desfilado casi en cueros en una pasarela en París con cara de aburrida, la que ha dicho barbaridades a gente importante tan tranquila.
Y ahora tengo a la pelirroja a un metro y me entra una inseguridad tonta, adolescente, de las que te hacen sudar las manos.
¿Qué coño es esto? Pues que me importa, esa es la tragedia. Me estoy jugando algo que no sé ni bautizar y eso me anula la licencia de tía dura en el peor momento.
Amaia es mucha Amaia. No lo voy a confesar ni aunque me amenacen con quitarme el suministro de ginebra de por vida, pero es lo que hay.
Me pone nerviosa no dar la talla con ella.
Quiero que flipe, quiero que se acuerde de cada movimiento, y esa necesidad de ser impecable me da una náusea insoportable.
Amaia se apalanca contra el cabecero de mi cama con una cara que me dice que rastrea hasta el último pensamiento guarro. Me analiza con una paciencia que me hace sentirme desnuda sin necesidad de tocarme un solo botón.
—¿Julia?
—¿Qué quieres? —le devuelvo.
Me sale un tono borde que tira para atrás. Mi capacidad para ser encantadora en los momentos clave se merece un premio a la mediocridad absoluta. Ella parpadea despacio y lo que hace con la boca me vuelve idiota.
—Oye… ¿me puedo duchar aquí? En tu baño, digo.
Casi me descojono por lo surrealista de la situación. Tenemos el cuarto calentito después de haber mandado a Sabina y a Irina a dar un paseo para tener un momento a solas, tengo los bajos dando palmas y ella me sale con el gel de ducha.
—Madre mía, Amaia. ¿Qué pregunta es esa? —le digo mientras salto del colchón.
—Estoy nerviosa, Julia —admite ella—. Yo qué sé.
Esa confesión me vuela la peluca. Ella también lo sabe. Sabe que hoy no vamos a comentar el precio del kilo de aguacates. Me acerco un palmo.
—Pues bájale a la intensidad, que me salen ronchas con tanto drama. —Camuflo el tembleque de las manos—. Tira para el baño. Haz lo que te salga de la peineta: caga, mea o mira la alcachofa si eso te calma el chichi. No me pidas permiso para usar mi baño, es todo tuyo. Circula, anda.
Amaia niega con la cabeza y se levanta.
—Qué cerda eres, de verdad.
Me voy detrás y le corto el paso con el antebrazo apoyado en la pared, sin tocarla todavía, dejándole espacio para que decida. Porque con Amaia se puede ser guarra, pero no idiota.
—Una cosa —le digo bajito—. No me pidas permiso para cosas que son normales. Si necesitas pedirlo para otras, ahí ya hablamos.
Fija la mirada en mi boca y traga. Vale. Perfecto.
—Julia… —Suena a aviso y a súplica a la vez—. No me pinches.
—Yo no pincho. Yo señalo realidades. Y ahora mismo la realidad es que estás temblando y me estás dando una pena que no te la mereces.
—¿Pena? —Me mira con ofensa teatral—. Qué cabrona.
—Con cariño. Siempre con cariño. —Le guiño un ojo—. Venga. Dime la verdad: ¿te quieres duchar o te quieres esconder?
Amaia bufa y me señala con un dedo.
—Eres pesadita.
—Y tú has te has quedado aquí voluntariamente. Eso dice mucho de tu salud mental.
—Soy psicóloga, no hago milagros. —Me da un empujoncito suave con el hombro—. Y sí, me quiero duchar. Me ayuda. Agua, orden, dos cosas que entiendo.
—Qué bien, orden. Pero vuelves a la boca. —Ya no me sale hacerlo más ligero—. No lo hagas, que luego tengo que recomponerme y yo no tengo consulta.
—Pues no provoques —me contesta, seca, pero con sonrisa.
—¿Yo? Si tú has empezado con lo del baño, que eso es un clásico tuyo. Preguntas sencillas para tapar lo que te pasa.
Abre la boca para soltarme otra, pero al final se rinde y me agarra la camiseta con dos dedos, suave, tirando apenas.
—Dame un beso y déjame ducharme —dice, casi enfadada consigo misma.
Me río por lo bajo.
—Mierda, Amaia. Así sí.
Le agarro la cara con las dos manos y la beso. No hay prisa, no hay exhibición, no hay nada que demostrar. Solo ella, su boca y esa manera suya de ceder sin dejar de tener carácter.
—Ahora te vas a duchar. Y cuando salgas, ya veremos si sigues tan valiente.
—Qué chula eres, tía, a mí no me vaciles, te aviso —murmura, con los labios aún pegajosos.
—Venga, ve. Y no tardes mil años, que te conozco.
Amaia ya se gira hacia el baño, pero antes de entrar se vuelve con el pomo en la mano.
—Y no voy a cagar —dice, seria—. Que conste.
Se cierra la puerta y enseguida oigo el sonido del agua golpeando el plato de ducha.
Negocio con mis pulmones para que el oxígeno baje a la planta baja, que tengo aquello a punto de reventar por la presión acumulada.
Tengo que bajar de revoluciones. Me miro las palmas de las manos; me sudan de forma asquerosa.
Julia Sinmiedo, la que se las sabe todas, con taquicardia y sudores de novata por una pelirroja que sabe amasar harina y poner cara de buena. Soy un desecho social.
Manoteo el móvil. Necesito un chute de realidad para no terminar tirando abajo la puerta del baño y montando una escena de alto voltaje bajo el agua. Llamo a las crías. Son mi cable a tierra, el aviso de que soy una adulta responsable y no una adolescente con las hormonas pidiendo guerra a gritos.
—¿Qué pasa, tropa? —suelto en cuanto Svet me lo coge—. ¿Habéis reducido ya a cenizas el piso de Martina o todavía hay algo donde apoyar el culo?
Me llega la risa de Svet. Esa cría tiene el don de quitarme las tonterías de un plumazo.
—Todavía estamos negociando el menú, mamá. Vera quiere pedir pizza con todo lo que sea ilegal y yo digo que hoy toca algo que no nos tape las arterias de grasa, que ya llevamos una semana de excesos.
—No me des la turra con el brócoli, Svet, que se te está pegando lo mística de tu hermana. Dadle al cuerpo lo que pida, pero luego no me vengáis llorando con que el estómago os duele. ¿La matemática os vigila o ha dimitido ya?
—Martina está fundida con sus cables y sus algoritmos, pasando de todo —interrumpe Vera, mangándole el móvil a la otra—. Oye, mi cargador está en la mesilla de mamá. Que no lo toque, que me conozco sus manazas.
—Se lo diré cuando salga de la cueva —le aseguro—. Venga, portaos como personas y no hagáis que me arrepienta de haberos dejado sueltas.
—Vale, corta ya, pesada, que te queremos —dice mi hija antes de colgar.
Estrello el móvil contra el colchón. Fin del teatro de madre modelo. El sonido del agua se corta. El cuarto se llena de una espera física que me hace castañear los dientes. Estoy rozando lo patético y haciendo poesía y me estoy poniendo enferma.
La puerta del baño se abre y el vapor sale en desbandada, el cuarto se llena de un olor a jabón que me marea.
Amaia asoma envuelta en una toalla blanca, con el pelo goteando sobre los hombros.
Es un insulto a la decencia lo bien que le sienta la humedad.
Me mira y veo que el deseo ya le asoma por las pupilas, brillante y peligroso.
Me levanto, decidida a que no se me escape el control del asunto. Si no muevo el culo, esto acabará en drama existencial y yo he venido a por el premio gordo.
—Me toca.
Le paso por el lado sin tocarla, aunque me cuesta la vida no meterle la mano bajo el rizo de la toalla para comprobar si su piel quema tanto como imagino.
Me encierro en el baño. Necesito que el cerebro deje de dar saltos.
Me quito la ropa de un tirón y la mando al cesto con un desprecio absoluto.
Me meto bajo el chorro de agua fría. A lo bestia.
Busco el sopapo térmico para dejar de pensar y quitarme el sudor del día.
No quiero oler fatal cuando la tenga delante.
Me enjabono a toda leche, me seco de mala manera y me anudo la toalla a la cintura.
El espejo me devuelve la imagen de una suicida, pero con la barbilla alta.
Es Amaia, Julia. Tu Amaia. No muerde… y si muerde, mejor.
Al volver al dormitorio, Amaia está junto a la ventana, de espaldas a mí. Se ha puesto una de mis camisetas, una negra de algodón que le llega a mitad del muslo. Está hablando por teléfono con las niñas también, con esa voz suave que usa para poner orden en sus cabezas.
La observo desde la sombra. Siento una mezcla de ternura y un morbo que me recorre la columna.
Esta mujer es el sitio donde puedo dejar de hacerme la dura y darme cuenta me acojona más que un pelotón de fusilamiento de los Trueno.
Verla con mi ropa, invadiendo mi terreno, me hace sentir que mi mundo se ha reducido a estas cuatro paredes.
Al carajo. Me lanzo. No lo pienso más porque si lo pienso analizo las consecuencias y hoy las consecuencias me importan un bledo.
Me acerco por detrás, sin hacer ruido, sintiendo el frío del suelo en los pies.
Le rodeo la cintura por encima de la tela negra y la aprieto contra mí con unas ganas que pretenden ser de jefa pero que me delatan por completo.
Me pego a su espalda hasta que me llega su calor.
Ella suspira y se abandona contra mi pecho.
Huele a limpio, a mi jabón, a ella. Es la puta gloria.
Le hundo la cara en el cuello, donde el pelo sigue húmedo, y le planto un beso de los que dejan claro lo que quiero. Su pulso se dispara bajo mis labios.
—Cuelga —le digo al oído, y le doy un mordisquito en el lóbulo—. Tengo un asunto urgente. De los que no esperan.
Su risa me vibra pegada al esternón. Despacha a las crías en dos frases.
—Sí, mi amor, sí, claro. Manda foto de los deberes. Bai, maite zaitut. Agur bihotza, eta ondo portatu. —Corta y deja el móvil en la mesilla, sin apartarme la mano de encima—. Ya está. ¿Contenta?
—Mucho. —Le aprieto el vientre con la palma—. Me encanta cuando me obedecen.