Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

—Luego vi que tú eras lo que ella necesitaba —sigue Irina, y se le suaviza la voz—. Apoyo. Pausa. Estabilidad. Yo no doy eso bien. Con el tiempo dejaste de ser un obstáculo y te convertiste en familia. Me cuesta decirlo porque se me cae la máscara, pero te quiero, Amaia.

Ver a Irina diciéndole «te quiero» sin que se le atragante me deja medio boba. Y justo por eso no me guardo lo mío.

—Dímelo a la cara, Irina —pido, y mi voz sale rara, más humana de lo que me gustaría—. Necesito quitarme esto de la cabeza. Desde que tú y yo firmamos la exclusividad… ¿te has acostado con Sabina? ¿Habéis tenido algo a escondidas?

Sabina baja la mirada al suelo. Amaia se tensa, con los ojos apretados un instante, preparándose para el impacto. Irina me aguanta la mirada sin esquivarme.

—No. Jamás.

Ese «jamás» me quita un peso enorme de encima.

—Ganas no me han faltado, Julia —añade, directa—. No te voy a mentir ahora. He sentido deseo. Muchas veces. Pero me frené por ti. Y por Amaia. Cuando tuve que elegir, te elegí a ti. No he roto el trato ni una vez.

Se me escapa una risa corta, nerviosa, de alivio. Me siento idiota y feliz a la vez.

—Y a partir de aquí —sigue Irina, centrada en Sabina— estoy dispuesta a que esto se abra. Pero con condiciones: de frente. Las cuatro enteradas. Nada escondido.

Yo asiento, porque me está saliendo hasta responsable, mira tú.

Irina recoloca los hombros, intenta volver a su postura habitual.

—Pero no te confundas, Sabina. Sigo enfadada. No acepto que te metas en mi vida y menos con decisiones que tienen consecuencias. Te guste o no, yo soy la que decide en mi vida. Y también soy la que puede protegeros, aunque ahora os cueste verlo.

A Sabina se le va la compostura. Se le humedecen los ojos, pero mantiene el tono educado, ese que duele más que un grito.

—Es mi vida también, Irina —dice, más alta, sin perder la dicción—.

Y está hecho. Tú nos diste tu palabra de que se acababan los trapicheos con los Trueno.

Así que no voy a hablar más del dinero. Lo volvería a pagar, todas las veces necesarias.

Y yo tampoco te perdono que mencionaras mis pastillas en la cocina.

Me expusiste delante de ellas para castigarme.

Yo te lo conté a ti, solo a ti, en un momento en el que estaba al límite. Y tú usaste eso para herirme.

Yo me planto delante de Sabina y le doy una colleja suave, con cariño, para bajarle el pulso. Hoy no vengo a pelear, vengo a ordenar el caos sin romper nada.

—Sabi, cielo, baja un punto el volumen —le digo—. Y tú también, Ira. Que os quiero vivas a las dos, no impecables. —Miro a Sabina—. Tienes que empezar a confiar en nosotras. No puedes llevar una farmacia escondida en el bolso y pretender que no nos enteremos. ¿Por qué no nos lo dijiste?

Sabina me encara con los ojos cargados de agua.

—No te busqué a ti porque siempre estás con el ladrido en la boca, Julia —dice, sin insultar, pero dándome donde duele—. Me regañas. Me pones nerviosa. Me intimidas cuando te enfadas conmigo.

Me como el reproche doblado porque sé que lleva razón. Mi forma de demostrar afecto es a base de marcar territorio y dar voces, y eso al final termina mandando a la gente que me importa al rincón de los castigados.

—Vale —digo, tragando—. Eso… es justo. Soy un encanto, ya lo sé.

Amaia se acerca desde el colchón, le toma la mano a Sabina con una delicadeza que a mí me da envidia y paz a la vez.

—¿Y a mí por qué me dejaste fuera de esto, Sabi? Soy tu mujer. Se supone que conmigo no tienes que llevar puesta la máscara.

Sabina traga saliva.

—Porque no quería que me miraras con pena, Amaia. No quería mancharte otra vez con mis recaídas y mis tonterías. Tengo un pánico que no me deja dormir a que un día te canses de mis líos, me veas tal cual soy y te vayas.

Amaia la abraza. No es teatro; es sostén real. Sabina se permite romperse contra su hombro.

—Si después de todo lo que hemos pasado sigo aquí —dice Amaia, con voz firme— no me voy a ir ahora. Pero necesito que me dejes ayudarte. Que nos dejes ayudarte. Sin secretos. Sin compartimentos cerrados. ¿Me lo prometes?

—Vale —contesta Sabina, con una sonrisa amarga, intentando que el humor la salve—. Haced lo que queráis. Ponedme un localizador. Revisad cuántas veces entro al baño. Firmo lo que haga falta. Pero no me dejéis sola con mi cabeza. Mi cabeza… no siempre juega a favor.

Eso, dicho así, nos deja a las cuatro más quietas. No por incomodidad; por respeto. Por entender la gravedad.

Amaia se separa para mirarnos a todas y toma el timón con calma profesional.

—Necesitamos acuerdos —dice—. Concretos.

Y realistas. Uno: hablamos antes de que alguien explote.

Dos: cuando haya una decisión que afecte al grupo, la hablamos en grupo.

Tres: cuando haya celos, se nombran. Se identifican necesidades, no se castiga.

Cuatro: si alguien recae o está en riesgo, se activa apoyo, no juicio.

Y cinco: definimos qué parte se comparte fuera de casa. Hay niñas. Hay entorno.

Nos ponemos a debatir. Hablamos todas a la vez, nos interrumpimos, nos reímos con nervios, nos picamos con cariño. Negociamos convivencia, deseo y miedo, con veinte años de historia sentadas en el suelo.

—¿Habrá noches separadas o juntas? —pregunta Sabina, ya más serena, con ese brillo de quien ya está montándose su propia película erótica en la cabeza.

—Se verá —respondo—. Si una tiene un día de mierda, se va a su cueva y punto. No voy a hacer una tabla. Ni un Excel. Me niego a vivir en una agenda de «hoy te toco, mañana me tocas». Me mata la gracia.

Amaia asiente y lo aterriza a su terreno:

—También habrá que acordar cómo gestionamos la sensación de exclusión. Si alguien se siente fuera, lo dice. Sin castigos pasivos. Y si alguien necesita espacio, se respeta, sin interpretar que es rechazo.

Irina añade, firme, con ese tono suyo que sirve para que el mundo se ponga recto:

—Y el consentimiento es innegociable. Nadie tiene obligación de nada. Ni presiones, ni bromas, ni chantajes emocionales. Si una dice que no, se acabó.

A mí me pica la nuca de hablar de esto tan normal, pero me aguanto. Y saco el tema práctico, el que luego nos ahorra problemas.

—Y otra cosa. —Las tres me atienden—. De puertas afuera, seguimos con la versión oficial: dos parejas conviviendo por logística.

Que la gente piense lo que quiera. Aquí no hay que dar explicaciones.

Lo que hagamos debajo del edredón es patrimonio nacional exclusivo de esta casa.

Nadie necesita saber a quién le estamos quitando las bragas.

Hay que blindar a las crías y que la casa no salte por los aires.

Irina asiente, aprobando el plan por utilidad.

—Es práctico. El misterio siempre ayuda a mantener el respeto.

Sabina me mira con una sonrisa fina, con guasa controlada.

—Julia proponiendo discreción. Qué giro argumental —dice—. Eres una hipócrita de mucho cuidado. Aun así, estoy de acuerdo. Por pura comodidad social y no tener que dar explicaciones a nadie ni aguantar caras raras.

Amaia también asiente, seria.

—Es una medida de protección. No de vergüenza. Y eso hay que recordarlo.

Pero Irina y Sabina no han cerrado lo suyo. Vuelven a engancharse, a discutir quién tiene derecho a estar más herida, sacando cosas antiguas, de antes de las canas, de antes de los pactos.

Estoy agotada. Me pesan las piernas. Necesito espacio. Necesito un respiro. Y también, para qué mentir, quiero estar un rato a solas con Amaia.

—Hasta aquí la reunión de hoy. —Me levanto con la chulería justa para que me hagan caso—. Irina, Sabina… fuera.

Me miran como si me hubiera vuelto loca de repente.

—¿Perdona? —Sabina arruga el morro.

—Lo que habéis oído. Os vais a la otra habitación y lo habláis vosotras dos. Os reconciliáis, os abrazáis, os… lo que os dé la gana. Pero no volvéis aquí hasta que lo tengáis encaminado. Necesito un rato sin vosotras chocando.

Irina me mira, buscando si voy en serio. Asiente. Se mueve con cuidado, protegiéndose el costado, y sale. Sabina va detrás con un brillo en los ojos que me dice que ya calcula en qué postura va a pedir perdón.

—Irina —la llamo cuando está en el umbral. Se gira—. Cuida de ella esta noche. No la dejes sola con su cabeza. Ya me entiendes.

Irina asiente otra vez, más despacio.

—Lo entiendo, Julia. No se me va a escapar.

Me besa rápido y cierran la puerta tras de sí. Se oye el rumor de sus pasos alejándose por el pasillo y luego la nada.

Me dejo caer en el colchón, desparramada.

—Ostras. —Me tapo la cara con las manos—. Qué día de mierda. Qué familia de locas hemos montado.

Amaia se tumba a mi lado y me pasa una mano por el brazo. Un gesto pequeño, pero me coloca por dentro.

—Estás regulando. Te he visto. Has intervenido sin atacar. Has puesto límites. Has sostenido. Eso también es quererse.

Yo me giro hacia ella. Me cuesta hablar sin chiste, y aun así lo intento.

—Tengo miedo, Amaia —confieso—. Miedo de no saber manejar esto. Miedo de romperlo.

Ella me coge la mano y entrelaza los dedos con los míos. Aprieta.

—Yo también tengo miedo —responde—. Y a la vez, por primera vez en mucho tiempo, no lo llevamos cada una por su lado. Lo estamos compartiendo. Y cuando el miedo se comparte, pesa menos. No desaparece, pero se vuelve tratable.

Me acerco a su cuello y cierro los ojos. Hoy, al menos hoy, hemos dejado de esquivar lo evidente. Somos esto: cuatro mujeres con historia, con deseo, con heridas, intentando hacerlo bien.

Un desastre, sí.

Nuestro desastre.

Y con eso, por hoy, me vale. Si nos rompemos, nos rompemos juntas.