Capítulo 26
Me coloco en el centro del cuarto con los puños en las caderas. Soy el blanco de todas, aunque ninguna dé la cara.
—Bajad el culo donde podáis y cerrad la boca.
—Me sale una voz de sargento chusquero que, milagro, parece que funciona.
O eso intento venderme—. Vamos a dejar de evitar el asunto del cuatrimonio este.
Y uso el palabro de Sara porque es el que hay.
Lo del cine no fue un espejismo ni nos dio un parraque grupal por falta de azúcar.
Ocurrió. Y los besitos que nos hemos dado después también.
Sabina se recoloca en el sillón y cruza esas piernas que no se acaban nunca.
—Yo no evito nada, no me metas en ese saco —me interrumpe.
—Perfecto, entonces ya vamos avanzando —interviene Amaia, con media risa—.
Porque si el plan es no acabar a hostias en esta casa, nos toca hablar, poner normas y no improvisar con el corazón en la mano.
Si os sirve, yo lo plantearía así: necesitamos un encuadre compartido.
Qué estamos construyendo, qué límites hay, qué acuerdos son negociables y qué cosas son líneas rojas.
Y, sobre todo, cómo reparamos cuando metamos la pata. Porque la vamos a meter.
Yo levanto la mano, teatral, para pedir turno.
—Vale. Empiezo yo, que si no reviento. Os tengo unas ganas que no son normales.
Me tenéis subiéndome por las paredes Y me da rabia reconocerlo porque me deja en pelotas, y no en el sentido divertido.
Pero no es solo eso, que también. Es que os quiero.
A las tres. Sois mi gente. Mi bando. Mi casa.
Y me da un pánico serio que esto nos estalle por no cogerlo bien desde el principio.
No quiero una barra libre emocional, ni que cada una haga la suya cuando le pique el orgullo.
Yo… quiero que todo sea parecido a antes, solo que hablado, mirándonos a la cara, y con sexo.
Ya está. Lo he dicho. Que alguien me tire una manta o algo.
Se hace un hueco raro entre nosotras, de esos que no sabes si alguien va a reír o a ponerse a llorar.
Veo una sonrisita por ahí. Irina ni pestañea.
Sabina se humedece los labios con toda la intención del mundo.
Amaia me sostiene la mirada, y en sus ojos hay alivio, del bueno, del que baja el pulso.
Yo tengo la cara caliente, pero tiro de mentón arriba. A falta de plan, chulería.
Sabina es la primera en curvar la boca con descaro. Me contengo para no arrearle un viaje. Se ríe por la nariz, una de esas risas que te quitan las ganas de seguir siendo honesta.
—Cuatrimonio —repite, saboreándolo—. Julia, qué interesante verte adoptando el vocabulario doméstico de mi hermana.
Te falta el acento, pero vas en camino. Dicho esto, no entiendo la solemnidad.
No somos vírgenes en un altar. —Se recoloca el pelo tras la oreja, una de esas maniobras de distracción que maneja de lujo—.
Además, yo ya he hablado con cada una. Por separado.
En privado. Cada una sabe qué pienso, qué siento y qué deseo.
No hay sorpresas en mi carpeta, chicas. He hecho los deberes mientras vosotras os dedicabais a miraros de reojo.
A mí se me pone el estómago revuelto. Celos.
De los de toda la vida: los que te hacen querer preguntar y no querer oír la respuesta.
Sí, conmigo habló en la piscina. Con su mujer, obvio.
¿Con Irina? Irina conmigo no ha tenido esta conversación.
Ni una frase. Ni una pista. La capitana de los protocolos no me ha pasado el informe de su reunión con la rubia.
—¿Y qué les dijiste, Sabina? —Marco cada sílaba con cariño venenoso—. Cuéntalo aquí, delante de todas, ya que hoy estamos haciendo sesión conjunta. ¿Qué vendiste en esos encuentros tan… íntimos?
Sabina juega con el anillo, elegante hasta para hacerse la tonta.
—Lo mismo que a ti, Julia. No te pongas dramática.
—Drama el que me montáis. —Doy un paso hacia ella—. Si vamos a ir claras, vamos con todo. Nada de pasillos y susurros.
Sabina suspira y se le cae un poco la sonrisa.
—Si lo que necesitas saber es qué dije de ti…
dije que eres la que más me intimida. Porque me gritas.
Porque me riñes. Porque a veces me tratas con condescendencia.
—Traga, sin perder ese tono fino suyo—. Y también dije que me importas tanto que me descolocas.
Por separado era más sencillo. Aquí, juntas, se siente… inquisitorial.
Sabina admite que le doy miedo. No sé dónde poner eso.
Amaia aprovecha el hueco y se pone derecha con una expresión que te llama tonta a la cara con elegancia.
—Yo venía a esta casa a ser la adulta responsable.
La que pone tiritas, la que no quema las tostadas y la que mantiene la cordura.
Y al final, miradme. Me habéis arrastrado a vuestro lío de cabeza, pero no me voy a hacer la víctima.
No soy un rehén de vuestros caprichos. Quiero estar.
Aquí. Con vosotras tres. Eso por mi parte.
—Mira, la psicóloga se nos ha puesto valiente —la pincho, suave, para que no se me suba la ternura a la garganta y me delate.
Amaia sigue a lo suyo:
—Me siento ambivalente. Me ilusiona y me asusta. Me activa y me da vértigo. Pero prefiero esto, con palabras, con acuerdos, que lo de antes: cada una interpretando gestos y montándose historias. Ya no estoy fuera de vuestro rollo de siempre. Y me encanta.
Irina decide que hasta aquí la parte lírica. Se gira despacio. Sigue enfadada. La mirada se le fija en Sabina y el cuarto se hace pequeño.
—Todo eso está muy bien —dice—. Pero yo no voy a hablar de deseos ni de futuro sin saber por qué esta —señala a Sabina, dedo firme— decidió que mi vida se compra con cuarenta millones entregados a mis enemigos.
Sabina se levanta del sillón rápido, sin perder el porte, pero con el pulso alto.
—Otra vez con lo mismo —contesta, sin un taco, pero con filo—. Era tu vida, Irina. Tu vida.
—Era mi decisión —ruge Irina, y el esfuerzo le pasa factura: se lleva la mano al costado—.
Me humillaste delante de mi gente y recompensaste a quienes querían verme enterrada.
Y tú, tan inteligente, tan brillante… ¿de verdad no entiendes por qué fue un error?
Pagaste cuarenta millones por miedo a perderme.
Te entiendo el miedo. No te acepto el método. Nos va a explotar en la cara.
—¿Y qué proponías? —Sabina avanza y se planta cerca, sin achantarse, sin gritar—.
¿Que aceptara quedarme de brazos cruzados?
No soy un soldado que aplaude las bajas por disciplina.
Soy una mujer que te ama. Y el dinero no tiene el mismo peso para mí que para ti, lo sé.
Pero hay cosas que no tienen precio: que tus hijas no tengan que enterrar a su madre.
—No me asusta morir, Sabina —dice Irina, baja, dura—. Me asusta lo que harías tú después.
Esa frase me deja los dientes apretados. Ellas están ahí, a nada de distancia, con el orgullo por delante y el cariño por detrás, y yo hoy vengo con humor, así que intervengo antes de que se desangren por orgullo.
—Vale, ya. Se acabó el duelo de miradas, que os vais a dejar estrábicas —alzo la voz—.
Irina, cariño, bájate del pedestal. Sabina ha soltado cuarenta millones.
Cuarenta. ¿Te entra la idea? Sé que tú escuchas cifras y ni se te mueve una pestaña, porque fijo que tienes más dinero escondido en sitios que yo no sé ni pronunciar, y me hace gracia ser tu mujer y no tener ni idea de cuánta pasta hay.
Pero para el resto del planeta eso es una barbaridad.
No ha sido un capricho. Lo ha hecho por ti.
Por nosotras. Estaba cagada de miedo de que acabaras muerta.
Te vio sangrando sobre el mármol, gilipollas.
Humillación es que te pierdas por orgullo.
Esto ha sido amor. Amor bruto, sí. Amor de «me lanzo y ya veremos». Pero amor.
Sabina me mira como si me hubiera salido una segunda cabeza. No está acostumbrada a que yo le haga los coros contra la jefa. Irina analiza mi defensa con una intensidad que me hiela los pies.
—He puesto treinta —matiza Sabina, con una corrección casi ofendida—. Los otros diez son de Rashel. No le quitemos mérito.
—Eso —asiento—. Rashel también vio el panorama y estuvo de acuerdo. Y ya de paso, Irina, igual te toca reconocer que tú sola te metiste en un charco con los Trueno por pura cabezonería.
Irina afloja los hombros. Un gesto mínimo, pero existe.
—Ese charco no lo busqué sola —dice—. Lo de los Trueno fue para salvar a Ana. Pero qué sabréis vosotras. No tenéis la información. Ni tenéis ni idea de lo que piensa Rashel.
Claro. Ana. Siempre hay un capítulo que yo no he leído.
Amaia entra sin apretar, pregunta desde su tono clínico:
—Irina, cuando dices «no tenéis la información», eso marca una jerarquía que aquí nos está haciendo daño. Si quieres que funcionemos, necesitamos un nivel mínimo de transparencia. No por control, por seguridad emocional.
—Ahora no. —Levanto la palma—. Hoy no estamos haciendo briefing de guerras. Hoy estamos aquí por nosotras. Irina, quiero saber dónde estás tú con todo esto. Con nosotras.
Irina mira hacia el jardín, sin moverse mucho.
—¿Qué quieres que te diga, Julia? —responde—.
Me cuesta pensar en sexo y futuro con la sensación de que nos pueden matar a todas.
Pero vale. Ya que estamos aquí… Lo mío no es una exclusiva.
No sé fingir indiferencia tanto como vosotras.
—Mira a Sabina, y en esa mirada se le va medio personaje—.
Yo quiero a Sabina desde siempre. Todas lo sabéis, aunque hayáis preferido no mirarlo para mantener la convivencia tranquila.
Cuando Sabina empezó con Amaia… te odié, Amaia. No era personal. Eran celos. Pérdida.
Amaia asiente despacio, sin ponerse dramática.
—Lo sé. Era muy evidente. Lo viví.