Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 25 #3
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Capítulo 25 #3

Irina no dice nada. Se limita a mirarnos, primero a Amaia, luego a mí, sin prisa. Me mira la boca. Me mira la cara. Y a mí, que venía contenta, me pincha. No por miedo, porque miedo hoy no tengo; es más bien vergüenza con chulería encima, que es mi especialidad.

Dejo el bolso en una silla, me aclaro la garganta.

—Vale. Antes de que alguien se ponga a hacer inventario de pecados… —Le guiño un ojo a Irina, por pura inconsciencia—. Hemos acordado hablar hoy. Las cuatro. ¿Os acordáis o lo he soñado?

Sabina abre la boca, la cierra. Hace ese gesto suyo de «me estoy tragando un comentario para no liarla más».

—Claro que me acuerdo —dice al final—. Lo que no sé es si venís a hablar o a… —mira a Amaia, luego a mí— a restregar.

Amaia se sacude la ropa, muy tranquila.

—¿Restregar qué, Sabina?

Yo no aguanto y me río.

—Ay, por favor, qué dramática estás. Si te sirve, no venimos a restregar nada. Venimos a arreglarlo. Y a dormir juntas. Que sí, que lo dijimos. Que no me miréis así, cojones.

Irina por fin habla, sin subir el volumen, con esa voz que corta las tonterías por pura autoridad natural.

—¿Dormir juntas, Julia? —Pausa—. Perfecto. Pero antes hablamos.

—Bien. Eso es lo que acabo de decir. —Me saco la chaqueta y la cuelgo en el respaldo de otra silla, intentando que mi cuerpo no delate que por dentro voy a mil—. Y para que quede clarísimo: vengo de buen humor. No lo estropeéis, que me cuesta.

Sabina me da con un cojín, incrédula.

—¿Tú? ¿Buen humor?

—Sí. Hoy estoy mona. Hoy soy conciliadora. Hoy soy un rayo de sol, Sabina. Disfrútalo porque igual mañana vuelvo a ser yo.

Amaia se toca el labio y me mira de reojo, y yo me siento valiente. Así que hago lo que hago cuando me pongo nerviosa: voy a lo físico, a lo simple, a lo que no se puede discutir.

Me acerco a ella, le pongo una mano en la cintura y la beso. Un beso rápido, sin teatro, pero con intención.

Me separo y miro a las otras dos, con una media sonrisa.

—Esto acaba de pasar. Ya está. Nadie se muere.

Sabina me mira con una mezcla de «qué fuerte» y «me cago en tu vida». Yo doy dos pasos hacia ella.

—No me pongas esa cara, por favor.

—Julia, no…

—Sabina. —Le agarro la barbilla con dos dedos, suave, para que no se me escape—. Deja de hacerte la ofendida cinco minutos.

Y la beso. También corto, también claro. Se le va el aire por la nariz, sorprendida. Cuando me aparto, parpadea dos veces y el enfado se le descoloca.

—¿Ves? —digo, casi orgullosa—. Sigues viva.

Sabina se pasa la lengua por el labio, sin darse cuenta, y me mira con ganas de insultarme.

—Eres… —empieza.

—Sí, sí, ya lo sé. —Le doy una palmadita en el hombro—. Luego me lo dices con detalle, que me gusta.

Irina sigue en su sitio, quieta, con las manos apoyadas en las rodillas, espalda recta. No aparta la vista, y ahí sí me entra el telele, porque con Irina no me sale el chiste fácil. Con ella todo cuenta. Me acerco igual. Me planto delante.

—Vale. Ahora tú.

—Ya te veo venir.

Por fin hay una grieta mínima en su cara. No es sonrisa, pero tampoco es hielo puro.

—Pues no te muevas y bésame.

Le pongo las manos en la cara, despacio, sin apretarle, y la beso.

Más largo. Más firme. Porque sí, porque la quiero, porque me da la gana, porque llevo horas tragándome cosas y hoy quiero empezar por esto, por lo que es verdad sin discusión.

Irina tarda en responder, pero responde.

Y cuando lo hace, me sostiene de la mandíbula con una mano, lo suficiente para dejar claro que aquí nadie está ganando nada, solo estamos aquí.

Me separo con la respiración más alta.

—Ya. Besos repartidos. Democracia.

Amaia se carcajea detrás de mí.

—Julia, eres imbécil.

—Gracias, cielo. —Me giro hacia las cuatro esquinas del salón, como si esto fuera una reunión de comunidad—. Vale. A partir de ahora, boca para hablar, no para morder. Subimos a la habitación. Las cuatro. Nos sentamos. Y cada una dice lo suyo sin hacer numeritos.

Sabina se levanta despacio.

—¿Y quién te ha nombrado coordinadora?

—Nadie. —Me encojo de hombros—. Pero alguien tiene que evitar que os paséis toda la noche con cara de funeral.

Irina se pone en pie también. Se ajusta la manga en un gesto.

—Subimos.

—Eso. —Señalo la escalera con el dedo—. Arriba. Venga. Y por favor: hoy no quiero gritos. Si alguien quiere gritar, que grite en un cojín. Hay muchos.

Amaia se me acerca, me roza la mano con la suya. Un contacto pequeño, pero me coloca por dentro. Yo le aprieto los dedos, sin mirar.

Subimos juntas. Sabina va delante, con paso rápido. Irina detrás de ella, sin correr. Amaia y yo al final, pegadas, intentando comportarnos.

En el rellano, antes de entrar, levanto las manos.

—Última cosa antes de sentarnos: yo hoy vengo a arreglarlo. No a ganar. Si alguien quiere competir, que se apunte a pádel.

Sabina me mira de arriba abajo.

—No sé ni por dónde empezar contigo.

—Empieza por «hola, Julia, eres insoportable y aun así te quiero». —Le sonrío—. Así calentamos.

Irina me sostiene la mirada.

—Entra —dice.

Y entro. Con ellas. Con el subidón todavía en el cuerpo, sí, pero también con la certeza de que hoy hablamos y dejamos de jugar a las ofendidas, igual conseguimos algo.