Capítulo 25 #2
—Esto de ir de la mano. Es… muy de gente normal.
—Pues hoy vamos a ser gente normal un rato —dice, y me guiña un ojo.
—Nos dura hasta que crucemos la puerta del búnker.
—Nos dura lo que nos dejen.
—Ahí ya entran las otras dos y la vida real.
Ella traga saliva, pero no suelta mi mano.
—Ya. La noche va a ser interesante.
—Interesante es una palabra educada —contesto—. Yo usaría otra con más consonantes.
—Tú siempre tan fina.
—Yo soy finísima. Lo que pasa es que tú me sacas lo peor.
—¿Lo peor? —Se para para encararme, indignada de mentira.
—Lo mejor, vale —cedo—. Pero no te acostumbres a que te lo diga.
Llegamos al coche. El chófer nos abre la puerta con esa cara impasible de profesional que ha visto de todo y no se le mueve ni una pestaña. Subimos al asiento de atrás. En cuanto se cierra la puerta, Amaia me mira, yo la miro, y se nos va la cabeza.
Nos besamos otra vez. Sin hablar. Sin preámbulos. Su mano me busca la nuca, la mía se le cuela por la cintura. Respiramos rápido, chocamos dientes y nos reímos por eso, porque estamos nerviosas y porque esto es una locura.
Me separo y le digo en voz baja:
—Tía. El chófer.
Amaia mira de reojo hacia delante. Vuelve a mí con una sonrisa que no le cabe en la cara.
—¿Qué pasa con el chófer?
—Que nos está vigilando. O sea, no descarado, porque tiene instinto de supervivencia, pero nos está viendo.
Amaia se tapa la boca con la mano, intenta no reírse fuerte.
—Vale, vale, perdón —susurra—. Es que… es que no puedo parar.
—Yo tampoco —admito, y le doy otro beso cortito, rápido, de «calla» y de «sí» a la vez—. Pero imagínate su cabeza ahora mismo.
—Está pensando: «¿Y esto cómo se lo digo a Irina?» —dice Amaia, y le tiembla la risa.
—Exacto. —Me río yo también—. Estará calculando si se lo cuenta hoy, mañana o en su testamento.
—¿Y qué le dirá Irina?
—Irina le dirá: «Gracias por informarme. Buen trabajo. Siga conduciendo». —Imito su tono serio.
—No, no, no. —Amaia niega con la cabeza—. Irina dirá: «¿Han llegado bien? ¿Necesitan agua?» Y luego te mirará a ti con esa calma suya que da miedo.
—Sí. —Asiento, muerta de risa—. Y por dentro estará apuntando cosas.
Amaia me pega un codazo suave.
—Tú dices que te da miedo, pero te encanta.
—Me encanta porque estoy fatal —confieso—. Además, tenemos permiso. O sea, ella nos ha dado permiso y aun así yo me siento… culpable y feliz a la vez. Muy sano todo.
—Yo también. —Me roza la mejilla con los dedos—. Estoy contenta y muerta de nervios.
—Estamos para una.
—Cállate. —Se ríe, y vuelve a besarme.
Y seguimos. Sin parar. Besos largos, besos torpes, besos con pausa para respirar y volver a entrar. Yo la acaricio, ella me agarra la camiseta, y en un momento dado me doy cuenta de que estoy sonriendo mientras la beso. Sonriendo. Yo. Qué vergüenza. Me separo y apoyo la frente en la suya.
—Vale. Vale. Que si seguimos así, llegamos a casa con la cara desencajada y el chófer va a necesitar terapia.
—Que se joda —susurra Amaia, pero luego se ríe—. Pobrecito.
—Pobrecito nada. Está en nómina de Irina. Y te voy a decir una cosa: yo siempre he pensado que los escoltas no están solo para protegerme.
Amaia abre los ojos.
—¿Ah, no?
—No, no. Están también para vigilarme. Para tenerme fichada. Para que Irina sepa si he comido, si he dormido y si me he portado bien.
—¿Y hoy qué pone en el informe? —pregunta Amaia, con los ojos brillando de broma.
—Hoy pone: «La señora Julia se ha liado con la señora Amaia en el parque y luego ha seguido en el coche. Estado: feliz y descontrolada».
Amaia se lleva una mano a la boca para no reírse.
—Irina va a leer eso y va a levantar una ceja.
—Sí. Y luego va a hacer esa pausa suya que te deja pequeña.
—Y después te dirá…
—«Me alegro. Pero llegad a tiempo a cenar». —La imito tan bien que Amaia se dobla de risa.
—Es que es ella. Es que la estoy viendo.
—Y Sabina, por su parte, va a hacer un comentario indecente.
—Seguro.
—Y nosotras vamos a intentar comportarnos y nos va a durar tres minutos.
Amaia me mira con una ternura que me deja sin palabras. Luego me besa otra vez, suave, sin prisa, y ahí sí me pongo nerviosa de verdad.
—¿Te arrepientes? —me pregunta, pegando la boca a la mía, casi sin separarse.
—Ni de coña. Estoy acojonada, eso sí. Pero arrepentirme, no.
—Yo tampoco.
—Bien —suspiro—. Pues ya está. A vivir con esto.
—A vivir con esto —repite, y me aprieta la mano otra vez.
Y, por si no había quedado claro, vuelvo a besarla. Porque no sé parar. Porque no quiero. Porque me gusta. Y porque, por una vez, no me apetece hacerme la interesante.
Llegamos a la mansión y en cuanto abro la puerta ya sé que aquí no ha habido ni reconciliación ni nada.
Sabina e Irina están en el salón, cada una en un extremo, sentadas rectas, con esa cara de «no me hables que muerdo».
La tele está apagada, no hay música, no hay nada en la mesa.
Ni una mísera señal de merienda compartida.
Solo dos mujeres enfadadas ocupando metros cuadrados, pero al menos están en la misma habitación.
Amaia entra detrás de mí, con el pelo revuelto y la boca brillante. Yo voy con una alegría peligrosa.
Sabina levanta la vista primero.
—¿Qué tal el paseo? —pregunta, y lo dice normal, pero el tono lleva multa.
—Bien —digo yo, porque me sale la risa y la muerdo por dentro—. Muy… educativo.
Amaia, a mi lado, sonríe.
—Productivo.