Capítulo 25
Amaia estira las piernas y me mira.
—Hoy es suficiente. Y mañana, si la lías, lo hablamos.
—Qué haría yo sin tu consultita gratis en el parque. Te tendría que pagar en cafés, o en croissants, o en favores indebidos. Lo que prefieras.
Amaia se cruza de piernas y no dice nada todavía. Solo se recoloca las gafas.
—Vale, va. Ya que estamos siendo honestas… lo del cine —le tiro de golpe, a ver qué hace.
No reacciona. Eso me pone nerviosa, porque yo venía a medir daños, no a que me atiendan con calma profesional.
—Sí —dice—. Lo del cine.
—No fue un juego, Amaia. No fue una tontería para matar el rato. No fue… «uy, qué locas estamos, qué nochecita».
—Sí. —Asiente despacio—. Fue de verdad.
Me recoloco. Me cuesta encontrar una postura decente. Entre los nervios y el cansancio, siento que el cuerpo me va por libre.
—Te aviso. —Levanto un dedo—. No voy a ponerme borde. No voy a escupir sarcasmo para esconderme. Me voy a tirar a la piscina sin hacerme la graciosa. O bueno, me haré la graciosa, pero sin pasarme.
Amaia se ríe por lo bajo, breve.
—Eso sí que es un evento.
—Cállate. Que me estás poniendo nerviosa y todavía no he llegado a lo gordo.
—Dilo.
—Te quiero. —La miro fijo, sin apartarme—. Ya está. Ya lo he dicho. Me acabo de escuchar a mí misma y me da vergüenza, pero también me da… alivio.
—Lo sé —contesta.
—No me digas «lo sé» tan tranquila, por favor, que me dan ganas de tirarme al suelo y rodar. —Me tapo la cara con la mano—. O de morderte. Una de dos.
—Julia…
—Vale, vale. Sigo. —Me enderezo, resoplo—. Me gustas. Mucho. Me pone tu cuerpo muchísimo. Y antes de que me salte el modo chistosa: hablo en serio.
—Lo sé.
—¿Lo sabes todo? ¿Te lo chiva el máster de psicóloga? ¿Te llega por bluetooth?
Amaia niega con la cabeza.
—Me llega porque te conozco desde hace veinte años y porque no eres sutil.
—Eso es injusto. A veces soy sutil.
—Cuando te conviene.
—Ya. —Me muerdo el labio, me rasco la nuca—. Y me encanta que no pierdas los nervios cuando yo estoy así. Que tú no entras al trapo. Que no me juzgas.
Amaia inclina la cabeza. Analiza, ordena, encaja piezas.
—Eso tiene que ver con tus mecanismos de defensa. Tú subes el volumen para no tener que sostener lo que sientes. Y hoy, que estás dejándolo sentir, estás más guapa y también más expuesta.
—Me acabas de llamar intensa con palabras finas.
—Te acabo de llamar humana —corrige, tranquila—. Y sí, lo analizo. Todo. Siempre. Es mi defecto profesional y mi manera de cuidarte.
—Pues mira qué bien, porque yo hoy necesito que me cuiden. Pero sin que me trates como a una paciente, ¿eh?
—No te trato como a una paciente.
—A veces sí —la pincho, pero con cariño—. Cuando haces esa pausa de «vamos a validar la emoción».
—Vale. Me lo apunto. Y tú apúntate que también te quiero.
—¿Me lo acabas de decir así tan tranquila?
—Te lo he dicho directo —dice, paciente—. Sí.
—Gracias. —Me sale bajito—. Y otra cosa: me gusta que no me cuentes historias. Que no intentes dejarlo bonito. Que vas al grano.
—No te miento nunca.
—Eso es lo que me da miedo y lo que me tranquiliza a la vez. —Respiro hondo—. Vale. Ahora la pregunta que me tiene la cabeza dando vueltas: lo de dormir hoy todas en el mismo sitio.
Amaia apoya los codos en las rodillas, entrelaza las manos. Terapeuta total. Con camiseta y vaqueros, pero terapeuta total.
—Eso es logística. Y también es una intervención.
—¿Intervención? Me encanta. Suena a que vas a sacarnos una pizarra.
—No hace falta pizarra. —Me mira con firmeza—. Hay nervios, hay culpa, hay deseo, hay miedo. Mucho miedo. Y el cuerpo pide cercanía para regularse.
—Regularse… —repito—. O sea, que nos metemos en un dormitorio en pack para que nos calmemos.
—Para que nadie esté sola con su cabeza. Para que el sistema nervioso baje revoluciones. Y para que no nos inventemos películas que nos hacen daño.
—O sea, que si me pongo a comerme el tarro, tú me vas a poner una mano encima y se me va a pasar.
Amaia abre la boca, la cierra. Tiene esa seriedad que usa cuando detecta que voy a hacer de mí.
—Estoy diciendo que el contacto ayuda. Y que hay que hablarlo entre las cuatro. De una vez.
—Estás dando donde duele. —Me toco el pecho con un dedo—. Lo tuyo debería ser ilegal.
—No es ilegal. Es terapia.
—A mí no me terapices, Amaia, que te conozco. —La miro de lado—. Además, tú también tienes lo tuyo.
—Sí —admite. Se aclara la garganta—. Yo también tengo lo mío.
—Ajá.
—Y antes de que te pongas insoportable… —me avisa, pero le tiembla la voz.
—Yo, ¿insoportable? Difamación. —Sonrío—. Dilo.
Amaia baja la mirada, y cuando vuelve a mirarme tiene las mejillas más rojas. Esa timidez suya, la de siempre, la que intenta esconder detrás de la profesión y de ser adulta responsable.
—Me da vergüenza hablar de esto. Y me da rabia, porque yo soy la que debería sostenerlo bien.
—Es que eres adorable cuando te pones tímida. Y eso me da ganas de… —Me freno—. Iba a decir una frase muy porno —confieso—. Me la guardo.
Amaia suelta una carcajada y se tapa media cara con la mano.
—Gracias.
—De nada. —Me acerco—. Entonces, ¿te da vergüenza y aun así quieres hablarlo?
Amaia asiente.
—Sí.
—¿Y lo del cine? ¿Lo metemos en la misma carpeta o en una carpeta aparte?
—Lo del cine está en la misma carpeta. Y lo estoy analizando, por supuesto. Lo analizo todo. Y aun analizándolo… también lo sentí.
—Vale. —Respiro despacio—. Yo también.
Ella juega con un hilo suelto del bolso y luego lo deja.
—Te voy a decir otra cosa y no te rías.
—Me voy a reír seguro, pero con cariño. Dime.
Amaia inspira y ahí vuelve a salirle la psicóloga ordenando el caos con palabras limpias.
—Cuando tú me dices «te quiero», se me activa todo: el deseo, el miedo a hacer daño, la necesidad de controlarlo y la parte profesional que quiere entender por qué. Y aun así… me gustas. Y me atraes. Mucho.
—¿Ves? Esto es lo que me mata. Tú lo dices así, sin hacerte la interesante, y me dejas tonta.
Amaia niega, apurada.
—No quiero dejarte tonta.
—Pues lo consigues igual. —Me acerco otro poco, sin tocarla todavía—. Estoy a punto de hacer una cosa. Te aviso para que no me denuncies.
Amaia se ríe nerviosa y se le vuelve a subir el color a la cara. Me mira a los ojos y ahí está la confesión entera, sin escapatoria.
—Ya sé cuál —susurra—. Y me da vergüenza decirte que sí.
—Dímelo igual —le pido, suave.
Amaia traga saliva. Se le mueve el cuello al hacerlo.
—Sí —dice casi sin voz—. Me da vergüenza. Y sí.
—Joder… —susurro, incrédula—. Es que eres tú al cien por cien.
—Cállate y ven —me corta, y ahí me sorprende, porque a Amaia también se le escapa carácter cuando deja de pensar tanto.
Me acerco y le doy el beso que me estaba quemando los pulmones.
No voy con prisas. No voy a ganar nada. Solo la beso y ya. Y es Amaia: firme, suave, presente. Me responde sin darle mil vueltas, y eso me sube el pulso de golpe.
Me separo un centímetro para mirarla.
—¿Estás bien? —pregunto, y me sale cuidarla sin chiste.
Amaia respira más rápido, todavía roja.
—Sí. Estoy bien.
—¿Y la parte psicóloga qué dice? —la pincho.
—Que esto es una mala idea.
—Ajá.
—Y que ahora mismo me da igual.
—Vale. Entonces vamos a hacer una cosa: seguimos hablando. Lo hablamos todo. Pero hoy no me des una clase magistral, ¿sí?
Amaia me toca el antebrazo con la punta de los dedos. Un gesto simple, pero a mí me deja quieta.
—Lo intento. Pero te aviso: voy a analizarlo. Incluso mientras te beso.
—Pues analiza, doctora —murmuro—. Pero no pares.
Le paso la mano por el cuello. Piel. Calentita. Y me acerco porque necesito confirmar que esto está pasando y que no me he vuelto idiota de golpe. Amaia me agarra de la cintura y me aprieta bien, firme.
Nos besamos de nuevo. Es un beso largo. Y no se parece a ninguno de los que tengo archivados en la cabeza.
Con Irina siempre hay intención. Con Sabina hay chispa y risas y manos que no saben estarse quietas.
Esto con Amaia es… serio. Sólido. Y a mí, que me creo valiente, se me cae la valentía al suelo.
Me separo para respirar. Abro los ojos. Amaia me mira sin moverse. Tiene los ojos grandes, verdes, brillantes.
—Ay, Amaia —susurro—. Esto es un lío de dimensiones importantes. Un puto desastre.
—Sí. Un desastre precioso.
—No digas precioso, cabrona. —Le sale una sonrisa y a mí otra—. Que me vas a poner romántica y ahí sí que no respondo.
—No te pega nada.
—Exacto. Y mírame.
Nos reímos bajito, pegadas, respirándonos la una a la otra.
Vuelvo a su boca. Esta vez sin hacerme la lista de pros y contras.
La beso con hambre, con prisa, con ese punto de «vale, ya está, ya lo hemos hecho, pues a por todas».
Le meto lengua y Amaia responde igual, sin ponerse fina, sin ir con cuidadito.
Y me gusta tanto que me da vergüenza. Me doy cuenta de que estoy agarrándole la nuca con las dos manos, apretando, y me sale una risa tonta contra su labio.
—¿De qué te ríes? —murmura ella, sin soltarme.
—De mí. De mi cara, de mis principios, de mi vida entera. Todo muy estable.
Amaia suelta una carcajada mínima y me la trago, porque vuelvo a besarla. Me olvido del parque y de la gente alrededor. Solo existe su boca, mi mano en su cintura y el hecho de que hemos cruzado una línea que llevábamos años bordeando.
Nos separamos otra vez y me apoyo un momento en su hombro, porque me tiemblan las manos y no me apetece que me vea tan transparente.
—No hay vuelta atrás —digo, pegada a su cuello, con la voz ronca.
—No —contesta ella—. Y mira que yo soy de pensármelo todo.
—Pues hoy no te has pensado una mierda.
—Hoy no.
Aguantamos un instante así, respirando despacio, recuperando el pulso sin hacer teatro. Me separo para mirarla.
—Tenemos que irnos —dice Amaia, y suena responsable, pero tiene la boca roja y los ojos encendidos. Muy responsable no está.
Caminamos despacio, juntas, demasiado juntas. A los dos pasos, Amaia me agarra la mano y entrelaza los dedos. Lo hace con una naturalidad que me da un pinchazo de nervios y una alegría estúpida al mismo tiempo. Miro nuestras manos y resoplo.
—Esto es muy fuerte —murmuro.
—¿El qué?