Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 24 #3
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Capítulo 24 #3

—O sea, que Sabina le hizo una encerrona con cariño.

—Con cariño, con inteligencia, y con una dosis de «me he cansado de verte así». —Amaia se encoge de hombros—. Y sí, le salió bien.

—Se lo compro —digo—. No me gusta, pero se lo compro.

—Claro que no te gusta —dice Amaia—. Porque tú también tienes tu parte. Tú has sido su freno muchas veces y ahora no sabes dónde ponerte.

—Mira qué lista estás hoy, colega.

—Hoy y siempre.

Me río y miro hacia arriba, a las copas de los árboles. Me viene un pensamiento tonto: que ojalá la vida fuera solo esto, banco, sol y Amaia diciendo verdades sin cargárselas con dramatismo. Pero no. Tenemos a Irina y su cabezonería y a Sabina con su mochila.

—Lo que pasa —digo— es que a Irina le va a costar un mundo asumir que ya no decide todo.

Amaia asiente.

—Porque ha perdido autonomía. Y para ella la autonomía no es un capricho, es una necesidad psicológica.

Es su manera de regular la ansiedad: «Si yo decido, estoy a salvo».

Cuando le quitas eso, el cuerpo interpreta amenaza.

Y aparece irritabilidad, control, necesidad de tener razón… todo el paquete.

—O sea, que se va a poner insoportable.

—Más —corrige Amaia, divertida—. Y lo digo con amor.

—Yo también lo digo con amor, pero que Dios reparta paciencia.

Amaia me da un codazo suave en el brazo, casi maternal.

—Ya. Y lo de Sabina… Lo de las pastillas.

Amaia se frota la cara un momento y ahí está: la psicóloga gestionando su propia reacción para poder sostener la conversación.

—Sabina tiene una adicción, Julia —dice, clara—.

Y eso no es una etiqueta para castigarla, es una descripción clínica.

El trastorno por consumo de sustancias es crónico.

Se puede estabilizar, se puede vivir bien, se puede estar años sin consumir…

pero el riesgo no desaparece. Y en su caso hay dos factores importantes: vulnerabilidad biológica y acceso fácil a medicación por ser médico.

—Ya, la combinación perfecta. —Hago una mueca.

—Y hay otro factor: el aprendizaje del cerebro —añade—. El cerebro recuerda rápido qué sustancia reduce síntomas a corto plazo. En el caso de las benzodiacepinas, el efecto es inmediato: baja activación, baja ansiedad. Eso refuerza el patrón.

—No quiero verla otra vez enganchada a esa mierda.

Amaia me mira con ternura, pero sin suavizarlo todo para que me sea cómodo.

—Lo entiendo. Y por eso es importante que lo pienses bien: no va de «querer» o «no querer». Va de riesgo, de prevención y de acompañamiento. Sabina tiene recursos, sí. También arrastra trauma. Y el trauma mantiene el sistema de alerta alto.

—¿Sistema de alerta? —repito, porque Amaia cuando se pone clínica me saca conceptos y yo voy recogiendo migas.

—Sí. Hiperactivación —explica—. Dormir mal, sobresaltarse, irritabilidad, pensamientos intrusivos. Y cuando eso se mantiene, el cuerpo busca alivio. Las benzodiacepinas son una vía rápida. Muy rápida. Y por eso son peligrosas para alguien con su historia.

Yo resoplo y me froto la cara con las manos, como si pudiera borrarme la preocupación a base de fricción.

—Vale. Entonces, ¿qué? ¿La vamos a vigilar toda la vida?

—Supervisión, sí —dice Amaia—. No vigilancia policial. Supervisión en el sentido de tratamiento continuado, límites claros con la medicación, revisiones, red de apoyo. Lo que se hace con una condición crónica. Igual que con la diabetes no dices «ya está, ya aprendiste, apáñatelas», aquí tampoco.

—Ya lo sé —murmuro, y me da rabia porque, de verdad, lo sé.

Amaia me sostiene la mirada.

—Entonces no te pongas bruta con ella. No lo hace para fastidiarnos, ni para llamar la atención, ni para complicarnos el día.

—Ya, ya. —Levanto las manos—. Me lo apunto. «Julia: no seas energúmena».

—Eso. Y otra cosa: lo que está viviendo es patología dual. Trauma más adicción. Eso agota a cualquiera alrededor, sí. Pero a ella la desgasta por dentro de una manera que tú no ves.

—Vale. Entonces, ¿qué hago yo? Porque yo quiero ayudar, pero luego ya sabes cómo me pongo con ella.

Amaia me señala con un dedo.

—Tú tienes buena intención, pero te pones en modo «por mis ovarios». Y hay un punto medio: estar, preguntar, no presionar. Y si se pone borde, no te lo tomes como un ataque personal. Es un síntoma.

—Me acabas de hacer un manual de «cómo ser humana sin cagarla». Gracias, doc.

—De nada. Te mando factura.

—Pásasela a Irina.

Amaia me empuja el hombro con cariño.

—Ves. Hoy estás bien.

—Hoy estoy que reparto amor e improperios.

—Pues reparte con cabeza —dice Amaia—. Y guarda algo para ti, que también te hace falta.

No me apetece discutirle.

—Vale. Pero si Irina me clava una de sus miraditas, yo igual le grito un «cariño, respira» y salgo corriendo.

—Eso ya sería un avance —responde Amaia, seca y divertida—. Porque por lo menos no le sueltas una barbaridad.

—Me estás llamando bocachancla.

—Te estoy describiendo con cariño clínico.

—Ah, maravilloso. —Me recuesto en el respaldo y dejo que el sol me dé en la cara—. Pues nada, cariño. Me voy a portar bien. Hoy. Mañana ya veremos.