Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 24 #2
67%

Capítulo 24 #2

—Yo estoy… contenta de veros —admito—. Y nerviosa. Y con ganas de meteros en el bolsillo y llevaros conmigo. Pero no lo voy a hacer, que luego Martina me pone una multa.

—Podría hacerlo —dice Martina, seria—. Sería coherente.

—Ya, ya, tú eres capaz de redactar la sanción con bibliografía —le digo—. Oye, Martina, gracias. Por cuidar de ellas, por estar pendiente, por aguantar a Luna y su vida de caos. Te has portado.

—Era lo adecuado —responde, pero la voz le sale un pelín más baja—. Además, forman parte de la unidad familiar.

—Ay, me muero —dice Luna—. Ha dicho «unidad familiar». Qué mona eres. Te como.

Martina la mira con seriedad.

—La terminología correcta reduce malentendidos.

—Y también mata la diversión —le contesto—. Pero hoy te lo perdono.

Amaia se inclina hacia mí, bajito.

—Hoy estás blandita —me susurra.

—Hoy estoy feliz, que es peor. Dame un minuto y les digo lo mucho que las quiero.

Vera se ríe y se tapa la boca con la mano.

—Mejor no. Qué vergüenza.

—Me da igual. De hecho, me encanta que os dé vergüenza, significa que sois adolescentes sanas.

Martina, desde su sillón, se endereza y da el parte oficial:

—La presencia de Amaia ha estabilizado el entorno emocional. Estimación de descenso de conflicto: doce por ciento.

—¿Y la mía no? —le digo—. Yo he notado otra cosa: que tengo a mis niñas delante y que, por fin, puedo respirar.

Luna, por una vez, no suelta chiste. Se acerca y me da un beso rápido en la mejilla.

—Pues respira, Julita. Y si alguien te toca los ovarios, me lo dices.

Amaia se ríe, Vera se acurruca más contra ella y Svet se pone cerca de mí, pegada. Yo me acomodo en medio de todas. Y hoy, por una vez, no voy a estropearlo con amargura. Hoy vengo a quererlas. Y punto.

Hablamos de chorradas, de deberes, de la serie nueva que están viendo y de un dibujo que una de las peques insiste en que es un gato aunque tiene cara de patata.

Yo pongo cara de madre responsable, que me queda regular, y Amaia hace ese papel suyo de «todo va bien» que le sale tan natural que hasta dan ganas de creérselo.

Por un rato jugamos a que esto es una casa normal: meriendas, preguntas del cole. Y ya.

Pero bueno. Aquí sabemos lo que hay. Si alguien abre el cajón de los cubiertos no encuentra solo cucharas.

Amaia se levanta. Hasta aquí la función.

—Tenemos que irnos.

Lo dice y ya está. Sin discurso, sin explicaciones. Ni falta que hace.

Las niñas nos despachan con cuatro besos tirados al tuntún, más rápidos que un «te quiero» con prisa.

—¿Volvéis luego? —pregunta una, sin drama, sin gran cosa. Es lo que hay.

—Volvemos pronto —dice Amaia, y les sonríe.

Yo les hago un gesto con la mano, medio saludo, medio promesa.

—Portaos bien, ¿eh? Y no me vengáis con que «se me olvidó» lo de matemáticas, que esa excusa ya la gasté yo en mi época y no coló.

Svet se ríe, Vera me mira con esa cara de «me da igual tu pasado, señora». Me cae bien esta niña, qué quieres que te diga.

Salimos rápido. El ascensor tarda lo suyo y suena a viejo. Amaia mira el panel, yo miro el techo, y entre las dos hacemos una oración laica para que llegue de una vez.

En el coche, Amaia se pega a la ventanilla, callada. Yo me acomodo en el cuero del asiento.

—¿A dónde vamos? —pregunta ella, sin girarse.

—A ningún sitio concreto. A dar una vuelta. A caminar. A mover las piernas y a no hablar con nadie durante cinco minutos, si puede ser.

—¿El Retiro?

—El Retiro me vale.

El coche para en la puerta y Amaia se acerca a la ventanilla del chófer.

—Quédate cerca, pero no encima. Vamos a caminar.

—Sí, señora.

Ni parpadea. Ese hombre ha visto cosas. O no las ha visto, que para eso le pagamos.

Entramos en el parque y lo primero que me da es una mezcla rara de risa y cansancio. Hay gente corriendo, un padre negociando con un niño por un globo, una pareja haciéndose fotos y un músico tocando con mucha fe en sí mismo. También hay perros. Muchos. Algunos más educados que ciertos humanos.

Yo camino al lado de Amaia, despacio, e intento no mirar hacia atrás. A cierta distancia, van dos escoltas enormes, haciendo el papel de «no somos escoltas». Claro.

El sol de la tarde pega de frente. Entrecierro los ojos y me sale un bufido.

—Qué ridículo —digo al fin.

Amaia gira la cabeza y se ajusta el bolso.

—¿Qué es ridículo?

—Nosotras. Paseando aquí, tranquilas, y con dos tipos gigantes siguiendo a unos metros.

—Es el precio de poder pasear.

—Esto no es poder pasear. Esto es pasear con vigilancia.

—Es lo que hay, Julia.

—Ya, ya. Lo sé. Solo que… me da risa. Mira a esa familia. Van a lo suyo. Nadie se fija en el suelo antes de subir al coche. Nadie revisa nada. Viven. Sin más.

Amaia me mira de lado.

—Y hoy nos toca un rato de eso.

—Un rato. Vale.

Seguimos caminando. Amaia va con las manos en los bolsillos, los hombros algo más relajados que esta mañana. A mí me sorprende verla así. Menos tensa, menos… Amaia en modo «tengo que sostenerlo todo».

—Sabina está bien —dice ella.

—Ya lo sé. Sabina siempre parece estar de lujo cuando tiene a alguien encima fiscalizando sus movimientos.

—No es solo eso. Está procesando.

—Procesando de… ¿«me hago la fuerte y luego reviento en casa» o de «estoy haciendo cálculos para el próximo show»?

—De «lo estoy digiriendo» —dice Amaia—. De aceptar una pérdida de confianza. Eso es un duelo, Julia, aunque no haya muertos de por medio.

—Vaya, gracias por el recordatorio, doctora alegría —le digo, y me río de mí misma—. Entonces, ¿qué está aceptando?

—Que Irina ha roto un acuerdo implícito. —Amaia lo dice despacio—. Que entre ellas había una expectativa de lealtad y de cuidado mutuo. Y que Irina la ha cruzado.

—¿Más lealtad que la que nos tienen a nosotras?

—Sí. Y eso, además, nos coloca a ti y a mí en un lugar incómodo, porque Sabina no puede fingir que no hay jerarquías emocionales. No todo el mundo se quiere igual, ni se confía igual. Y ella lo sabe.

Me callo, más por hacerme la interesante que por otra cosa.

—Vale —digo—. Y tú, Amaia. ¿Te dolió que Irina lo soltara así?

Amaia no aparta la vista. No hace gestitos, no se protege con nada. Se limita a asentir.

—Sí.

—Ah. Mira. Una respuesta humana. Me alegro. —Me doy un toque en el muslo, teatral.

—Julia.

—Qué. Es un piropo.

Amaia resopla, casi una risa.

—Sí, dolió —repite—. Pero no había otra salida.

—Eso te lo compro a medias —le digo—. Había opciones. Lo que pasa es que Irina eligió la que más daño hacía. Y lo sabes.

Amaia baja la mirada.

—Eligió lo que le sale cuando está acorralada —dice—. Ataca primero para no exponerse.

—Eso. Gracias. A eso me refería. No era necesario hacerlo así.

Amaia se sienta en un banco de piedra. Yo me dejo caer a su lado y estiro las piernas.

—Irina no sabe pedir ayuda.

Amaia se recoloca el pelo detrás de la oreja. Va con esa cara de «te lo voy a explicar con dibujitos, pero te quiero igual».

—Irina no pide nada —dice—. Irina coge. Y luego te monta una explicación tan bien puesta que tú acabas firmando debajo.

A mí se me escapa un bufido por la nariz, porque sí. Porque es justo eso.

—Vale. Sí. Me estoy riendo, pero por dentro también lloro. La tienes estudiadísima.

—Soy psicóloga, Julia. —Me guiña un ojo—. A Irina la conozco desde hace años. La quiero mucho. Y hay días que tengo que recordarme a mí misma que querer no significa dejar que te pisen.

—Qué finas nos levantamos hoy.

—Finísima. Y tú, muy suavita hoy.

—No me lo gafes, tía. Que me dura lo que tarda alguien en decir «Irina».

Amaia se ríe de cara al frente y hace un gesto con la barbilla hacia la gente que pasa. Estamos sentadas en un banco, el sol se cuela entre las hojas y la ciudad suena alrededor, ese runrún de pasos y conversaciones que hace que el mundo siga.

—A ver —dice, volviendo a mí—. Lo de Trueno fue muy listo por parte de Sabina, Julia. Hubo suerte, hubo dinero, hubo contactos… todo a la vez. Pero no fue casual. Lo montó por nosotras, por las crías, sí. Y, sobre todo, por Irina.

Asiento, jugando con la goma de mi muñeca. Me la estiro, la suelto, me la vuelvo a poner. Tic. Tac. Mis manos siempre contando cosas que mi boca se calla.

—Ya. Porque Irina va por la vida metida en líos que no le corresponden.

—Y porque vive en hipervigilancia —dice Amaia, ya en modo profesional sin ponerse pedante—. Su sistema nervioso está entrenado para esperar la hostia en cualquier esquina. Eso no se apaga por voluntad. Y cuando alguien vive así, le cuesta parar. Parar se siente peligroso.

—Que sí, que sí… que la cabeza de Irina es un sitio agotador para vivir. —Me sale una sonrisa—. Yo no entro ahí ni con casco.

—Pues imagínate ella, que no puede salir.

Amaia se calla y me observa. No con juicio, sino con esa atención suya que a veces me da ganas de taparme con una manta. Qué manía con ver cosas.

—Tú le has pedido mil veces que se retire, que deje esa vida. Y las dos sabíamos que no lo iba a decidir sola —continúa—. No porque sea mala, sino porque tiene una estructura mental muy rígida con la responsabilidad. Si ella cree que algo depende de ella, se lo traga entero.

—Lo sé. Y también sé que si se lo dices, te larga un discurso y acaba pareciendo que tú eres la egoísta.

—Exacto. Y ahí entra Sabina. Le quitó la razón para seguir. Le cambió las condiciones del juego. Le dejó claro: «Esto ya no te toca».

Yo ladeo la cabeza, masticando la idea. Me hace gracia, porque es verdad.