Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 24
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Capítulo 24

La mansión está en un punto muerto que acojona. No vuela ni una mosca por miedo a que Irina le pegue un tiro desde el despacho por hacer ruido. Se acabó la fiesta. Ahora toca esa quietud de bicho que no sabes si está muerto o espera a que te acerques para arrancarte un brazo.

Las crías llevan más de una puta semana fuera.

Nueve días de silencio que se me hacen bola.

Nueve días y, oye, que sí, que es «contención estratégica», que suena estupendo dicho con cara seria, pero en cristiano: las hemos dejado con gente que no tiene sangre en las manos para poder pegarnos tiros tranquilas.

No las traemos de vuelta porque Irina, aunque esté para el arrastre, no deja de dar órdenes, y Sabina sigue siendo un peligro público para su propia salud mental.

Subo a ver a la jefa. Se ha quitado la bata para ponerse un chándal de seda que brilla tanto que me da fatiga visual.

Está ahí, pálida, soltando directrices con esa voz que tiene cuando se pone seria.

Tiene la tablet en una mano y una taza de té en la otra.

El té no lo bebe. Lo sujeta para tener algo que no sea un arma.

—¿Vienes a dar por culo o a informar?

—Hoy vengo simpática. Apúntalo en el calendario. —Me dejo caer en la silla delante del escritorio y cruzo las piernas—. ¿Cómo vas?

—Viva. —Levanta los ojos—. Ocupada.

—Viva es un rango nuevo. Me alegro.

Irina marca algo en la pantalla con el dedo, sin prisa. Luego deja la tablet a un lado y me mide, de arriba abajo.

—Amaia y tú vais a ver a las niñas.

No lo pregunta. Yo tampoco voy a hacer teatro.

—Sí. Hoy. Hemos quedado ya. Las tengo aquí. —Me doy dos golpecitos en el pecho. Me sale una sonrisa tonta que intento disimular, fatal—. ¿Algún «no hagas esto» que quieras soltar antes?

—No te las traigas —dice, seca—. Todavía.

Asiento. Me cuesta, pero asiento.

—Lo sé.

Irina se calla. Le tiembla el pulso al llevarse la taza a la boca. Lo disimula con el codo apoyado.

—¿Sabina? —pregunto.

—Biblioteca.

—¿Con Rashel?

—Con Rashel.

—Vale. Entonces el mundo sigue girando.

Irina hace un gesto que en ella ya cuenta como humor.

—Rashel la maneja. Es útil.

—También come. Asegúrate de que no se nos muera de pura eficiencia. —Me levanto—. Te mando fotos de las niñas.

—No —dice rápido.

Ahí me freno.

Irina se recoloca el chándal en la muñeca y decide tragarse algo que no quiere que exista.

—Mándamelas —rectifica, bajito—. Y diles… diles que están bien allí.

—Eso es un «te echo de menos» en ruso o en tu idioma propio, ¿no? —Le guiño un ojo.

Me fulmina con la mirada.

—Vete, Julia.

—Sí, señora.

Bajo con el cuerpo más ligero. No porque el asunto esté bien, sino porque al menos hoy tengo un destino que no es una reunión de gente con cara de funeral.

Sabina está castigada en la biblioteca. Bueno, Amaia dice que está «entretenida», que suena mejor.

Hemos convencido a Rashel para que le haga de niñera de lujo.

Es la única con los ovarios lo bastante bien puestos como para decirle que se siente y se calle sin que la rubia intente degollarla con un abrecartas.

Rashel no pregunta, no juzga. Gracias a ella, Amaia y yo podemos salir a que nos dé el aire sin miedo a que Sabina decida quemar las cortinas.

Amaia asoma por el salón ya lista, bolso colgado, llaves en la mano. Me cae bien esa versión de ella: efectiva, con cariño, sin permitir tonterías.

—¿Rashel tiene a Sabina ocupada? —Cojo mi bolso.

—Le he dicho que necesita ayuda con unos documentos viejos. Sabina ha aceptado.

—Qué elegante. Mentir se te da cada vez mejor, me das miedo. Sabina ama dos cosas: mandar y sentirse lista.

—No ha protestado —dice Amaia—. Eso es lo único que cuenta ahora.

—Eso es lo que me inquieta —murmuro mientras salimos—. Cuando Sabina no protesta, es que calcula.

Amaia me mira de lado.

—Hoy vienes de buen humor, pero sigues siendo tú.

—Gracias, cariño. Me conoces y aun así no has huido. Eso habla muy mal de ti.

En el coche, me hundo en el asiento y cierro los ojos. El olor del interior, el clic del cinturón de Amaia, el ruido de la ciudad al fondo… Todo eso me recuerda que hay gente viviendo su vida sin enterarse de lo nuestro.

Madrid nos traga. Gente normal corriendo, motos, un señor discutiendo por teléfono, una señora con una bolsa de la compra. Nadie sospecha nada. Nadie mira a los lados. Es casi obsceno, lo tranquila que puede ir la gente por ahí.

—Mira ese. —Señalo con la barbilla a un tío que cruza con un café—. Su mayor drama ahora mismo es que se le enfríe eso.

—Y el nuestro es que no se nos rompa nada más de lo que ya está roto —responde Amaia.

—Qué poéticas estamos. Luego me haces una dedicatoria.

Amaia bufa, pero le veo el gesto suave en la comisura. Ella también está deseando ver a las niñas. Amaia no lo dice mucho, pero lleva las manos inquietas.

Llegamos al edificio de Luna y Martina. Subimos. Ni timbre ni hostias: la puerta se abre antes de que yo levante el dedo.

Martina nos recibe con una coleta tirante. Lleva una libreta en la mano. Sí, una libreta. Martina es así.

—Bienvenidas —dice, formal—. Estado del riesgo: nivel 4. Perímetro exterior: sin incidencias. Puerta principal: asegurada. Cerradura secundaria: operativa.

—Hola a ti también, Martina —digo, y me muerdo la risa.

Amaia se inclina hacia ella y le toca el brazo con cariño, suave.

—Hola, cielo. ¿Cómo estás tú?

Martina parpadea. El cariño la descoloca, pero lo lleva cada día mejor.

—Estoy correcta —afirma—. He cumplido los objetivos del plan de seguridad doméstica.

—Vale, pues yo te doy un diez y un abrazo —dice Amaia, y se lo da.

Martina se pone rígida y luego se relaja. Me enternece y me da risa a la vez, y no voy a elegir una sola emoción porque hoy me caben todas.

Entramos. El salón está lleno de cosas de Luna: cables, un portátil abierto, otro cerrado, una taza con algo que huele a café, una caja de herramientas pequeña. En una esquina hay una bolsa de patatas abierta. Vida real.

—No toquéis ese cable —dice Martina al ver mi mirada—. Está en proceso de carga y transferencia.

—Tranquila, reina, que mi relación con la tecnología es de respeto y miedo —le digo—. Yo vengo a lo importante: mis niñas.

Luna aparece desde el pasillo y se nos tira encima, sin avisar, sin nada. Nos abraza fuerte a las dos a la vez. Nos aprieta y noto su calor, su olor, su pelo en la cara. Le pellizca el moflete a Amaia.

—Eh, eh, eh. —La aprieto yo también—. Aquí no lloramos, que llevo rímel imaginario y se me corre.

Luna se ríe y me da un empujón con el hombro.

Svet y Vera se levantan del suelo. Estaban con el móvil, cada una con su rollo de adolescente que quiere parecer indiferente y no puede.

No corren. Se acercan con pasos medidos, con esa cara de «hola» que en realidad significa «os hemos echado de menos».

—Hola —dice Vera.

—Hola —dice Svet, y me mira primero a mí y luego a Amaia, como haciendo comprobación.

—Venid aquí, anda.

Les abro los brazos, sin drama, pero con intención clara. Vera duda. Luego se deja caer a mi lado y me da un abrazo corto. Yo le doy uno largo, de los que dicen «estás a salvo» sin abrir la boca. A Svet le sale un gesto más rápido, más confiado; se acerca y apoya la frente en mi hombro.

—Os he echado de menos —les digo, bajito, y lo digo sin vergüenza porque para algo soy madre y hoy me da igual sonar cursi.

—Ya —murmura Vera, y se le escapa una sonrisa.

—Nosotras también —dice Svet.

Amaia se sienta en el sofá y Vera se le pega al instante. Amaia la rodea con el brazo sin pensarlo, con naturalidad. Vera se deja. Y yo miro eso y me entra una alegría tranquila, de las que no hacen ruido.

—¿Qué tal el exilio? —pregunta Amaia, y le acaricia el pelo a Vera.

—Bien —contesta Vera—. Aburrido. Aquí nadie discute por protocolos.

—Qué horror —digo yo, con una mueca exagerada—. Normalidad. Qué amenaza.

Luna se ríe y se deja caer en el respaldo del sofá, detrás de nosotras.

—Son unas quejicas. Yo les he puesto series, juegos, he pedido comida, he hecho de chófer… —Me mira—. O sea, soy una madre mejor que tú.

—No te flipes, que te he visto la taza esa y aquí huele a porro —le digo—. ¿Han comido algo que no venga en bolsa?

—Sí. Pizza.

—Eso no cuenta. Eso es pan con truco.

Martina se aclara la garganta.

—Nutricionalmente, la pizza puede ser aceptable si incluye proteína y verduras.

—Martina, cariño —la corto con una sonrisa—, te quiero, pero no me conviertas esto en una conferencia.

—No es una conferencia —dice ella, ofendida por la imprecisión—. Es una aclaración basada en datos.

—Vale, enciclopedia. Te concedo el punto.

Amaia me mira, divertida.

—¿Queréis volver ya? —pregunto a las dos enanas. Les doy espacio para contestar.

Svet y Vera se miran. No hacen teatro. No hacen el numerito. Lo hablan con los ojos.

—No —dice Svet—. Todavía no.

—Gracias por decirlo claro —respondo—. Lo entiendo. Y prefiero que estéis aquí tranquilas.

Vera asiente.

—Aquí se duerme.

—Dormir está sobrevalorado —dice Luna, y Martina la mira con desaprobación instantánea.

—Dormir regula el sistema inmunológico, mejora la memoria y reduce la irritabilidad —recita Martina—. La privación del sueño afecta al juicio.

—Se lo dices a mi café —contesta Luna.

—No es un ser vivo —sentencia Martina.

—A veces lo parece —dice Luna, y se ríe sola.

Me giro hacia Svet, que sigue pegada a mí, apoyada en el respaldo de mi silla.

—¿Mami está mejor? —pregunta bajito.

Ahí se me ablanda la cara. No me sale fingir.

—Está mejor —le digo—. Sigue mandando a todo el mundo, así que eso es buena señal. Y te manda un beso, aunque le cueste decirlo.

Svet sonríe, una sonrisa pequeña y afilada.

—Y tiene ganas de ajustar cuentas.

—¿Eso te lo ha dicho por mensaje?

—No —dice—. Eso lo sé.

—Lista. —Le doy un toque en la nariz con el dedo, suave—. Tu madre es tu madre, sí. Y tú eres mi hija. Me toca aguantarme.

Svet se ríe por lo bajo.

—¿Tú estás bien? —Ahí ya me remata, porque la pregunta va directa.