Capítulo 23 #3
Amaia se mueve rápido. Coge las pastillas y se las guarda en el bolsillo. Aunque todas sabemos de sobra que esto no se soluciona así de fácil, que a partir de ahora vamos a tener que ser sus sombras particulares.
Irina ve la jugada y, contra todo pronóstico, afloja. Baja la cabeza un instante.
—¿Hacía falta este numerito? —le pregunto a Irina, subiendo el volumen para que mis palabras le perforen el tímpano.
Ella me clava los ojos. Ni un amago de disculpa, ni una excusa de mierda, nada.
—Sí —dice—. Era necesario que se supiera.
—Sí —le rebato—. Tenía que hablarse, pero no así.
Esto ha sido una ejecución pública. Y lo peor de todo es que tú ya sabías lo que había.
Llevas tapándole los marrones a Sabina desde que el mundo es mundo.
Siempre tenéis vuestros secretitos, vuestras movidas a espaldas de nosotras dos.
Y ahora, como te ha picado el orgullo y estás cruzada con ella, vas y abres el grifo para ver cómo se ahoga. Ha sido una guarrada de las gordas.
Irina se frota el cuello. Está haciendo un esfuerzo inhumano para no mandarme a freír espárragos.
—Dilo como te dé la gana —responde.
Sabina se limpia las lágrimas.
—Qué bien, Irina. Has ganado. ¿Estás contenta?
Irina la observa.
—No. Estoy ayudándote.
Esa frase le ha dado donde duele. A Sabina le jode cuando Irina deja de jugar al gato y al ratón. Y ahora Irina va en serio.
—Vale. —Amaia toma aire y se coloca entre las tres—. Esto no lo vamos a dejar morir así.
Sabina intenta protestar, pero Amaia le planta la mano delante antes de la primera sílaba.
—Esta noche nos sentamos y hablamos con calma —sentencia—. Las cuatro juntas.
Irina, que siempre tiene que poner la puntilla para no perder el rango, niega.
—Amaia, yo no creo que esto sea productivo ahora mismo…
—Me importa un carajo lo que creas —la frena—.
Se acabó la asamblea. Nadie se larga a su cuarto a rumiar la mala hostia.
Ni por el berrinche de Sabina ni por el cristo que tenemos montado con los colombianos.
Se acabó la tontería de ir de lobas solitarias por el pasillo.
Hoy toca organizarnos y hablar claro. Y también hablar claro de esta relación que tenemos las cuatro, os guste o no os guste.
—Qué bien —se mete Sabina—. Una secta con presupuesto y ahora con dormitorios compartidos. ¿Qué más? ¿Un juramento de sangre?
—Ya hemos tenido sangre de sobra, cielo —le digo yo.
Irina no protesta. Eso ya lo dice todo.
—Vamos a hablar con calma. Cuando estemos más tranquilas todas —sigue Amaia, firme.
Sabina pone esa cara de «te quiero matar pero necesito que me abraces hasta que se me pase el temblor». Lo de siempre con ellas dos, que se quieren a mordiscos.
—Me estás castigando a pasar la noche aguantando la cara de esta. —Señala a Irina con desprecio—. ¿Vuelve el turno de vigilancia? ¿Vais a ponerme un grillete para que no me escape a la farmacia más cercana?
—Te estoy protegiendo —contesta Amaia—. A ti. A nosotras. A las niñas. A todo.
Sabina asiente muy despacio, deshinchada, vacía. Se le ha terminado el chute de adrenalina.
Irina se despega de la encimera con un movimiento torpe y se lleva la mano a la herida por pura inercia. Y, de pronto, parece una persona que acaba de tirar una granada emocional y ahora nota el humo en la garganta.
Se gira hacia mí. Me busca con los ojos.
—¿Contenta?
—Para nada —la corto—. Pero te he calado la estrategia desde el minuto uno.
Irina asiente. Un gesto de derrota. No hay rastro de prepotencia. Solo está agotada de ser ella misma.
—Rubia —dice Irina, mirándola—. Esto no era para humillarte.
A Sabina se le escapa una risa, o un sollozo. No estoy segura.
—Venga ya. Era justo para eso.
—Era para ventilar los secretos de una puta vez —insiste la rusa.
—A tu manera —responde Sabina, recuperando ese tono elegante y frío que usa cuando quiere poner distancia—. Con tu estilo tan sutil de cuidar a la gente: poniendo un recortada sobre la mesa de la cocina.
Irina aprieta los dientes.
—Tú también juegas con fuego —sentencia—. Solo que tus incendios huelen a destilería y a farmacia de guardia.
Sabina se congela. Amaia le planta una mano en la espalda para sujetarla y la otra no hace el amago de apartarse.
Qué estampa más bonita nos ha quedado. La transparencia total no era abrir un vino caro y comentar el día.
La transparencia era esto: quitarle a alguien el escondite delante de todo el mundo y ver qué hace con las manos cuando ya no tiene dónde meterlas.
—Necesito una ducha —dice Sabina buscando una salida.
Amaia le cierra el paso y le agarra el brazo, sin violencia, pero con la decisión de quien ha hecho guardias en urgencias emocionales.
—Ni de coña. No te vas sola ni al baño.
Sabina levanta los ojos hacia ella.
—Amaia…
—He dicho que no.
Sabina aguanta un segundo. Dos. Al final hace un gesto con la cabeza, rendición pura y dura.
—De acuerdo.
Amaia la guía hacia el pasillo y se largan las dos sin añadir ni una palabra. La pelirroja lleva las riendas y Sabina, por una vez, agacha la cabeza y se deja llevar. Y a mí eso me da una paz de lo más retorcida.
Irina se queda en la cocina conmigo. Se apoya en la isla, y ahora sí se le nota el cansancio en los hombros y en la forma de repartir el peso entre los pies. La cara, impecable. El orgullo, también. Pero el cuerpo no miente tanto.
Yo me cruzo de brazos, porque si no, se me van las manos a hacer aspavientos.
—Eres cruel, Irina —le digo, más calmada de lo que esperaba de mí misma—. Te has pasado. Y mira que yo soy de estirar la cuerda, pero… vaya numerito.
Irina no intenta venderme una excusa con lacito. Me mira, sin maquillaje emocional.
—Sí. Lo he sido.
—¿Por qué así? —Bajo el volumen porque tengo la garganta hecha polvo de gritar—. Podías haberlo dicho de otra manera. Una frase normal. Un «oye, esto me preocupa». No lo que has hecho.
Irina tarda en decidir que ya da igual. Y cuando habla, no se esconde.
—Porque me dolió lo de ayer, sentir que no pinto nada.
Me cuesta encajar esa frase saliendo de su boca. A ver: esta mujer organiza cosas enormes, firma cosas enormes y manda a gente que se cuadra. Y, aun así, está hablando de «no pinto nada» con la voz baja.
—No es que no pintes nada —sigo, más suave—. Es que, cuando te pones, eres insoportable. Y no pasa nada por reconocerlo. Yo también lo soy, pero yo al menos lo aviso con un chiste y una cara de «perdón por existir».
Una media risa le dura un suspiro. Se le apaga enseguida, pero esa microgrieta está.
—Ya lo sé —admite.
—Y aun así has ido a hacer daño donde sabías —le digo, sin gritar, pero sin quitarle hierro—.
Tú sabías lo de Sabina. Lo de que estaba coqueteando con la recaída, que se le estaba yendo de las manos.
Y te lo guardaste. A Amaia y a mí nos dejaste sin información.
Y tú ahí, enterándote de todo, calladita.
Eso es lo que me fastidia. No que supieras. Que no lo dijeras.
—La estaba vigilando —dice ella—. Tenía la situación bajo mi responsabilidad.
—Vale. Estupendo. La estabas vigilando. —Me inclino sobre la isla para mirarla bien—. Me tranquiliza un montón saber que estabas tú al cargo, sí. Muchísimo. ¿Te sientes mejor ahora? ¿Te ha servido? ¿Te ha arreglado algo por dentro?
Irina tarda más en contestar. Está tragándose cosas, el impulso de ponerse dura, el impulso de mandarme a paseo, el impulso de no mostrar nada.
—No. Me siento fatal. Pero al menos ya no finjo.
—Ya, bueno. Lo de no fingir está genial. Aplausos. Pero podías haber elegido una forma menos… destructiva.
Irina me mira, y hay algo distinto, no en la cara, sino en el cuerpo: los hombros no están firmes. Ha dicho lo que ha dicho, ha ganado lo que quería ganar, pero ha perdido algo en el camino. Y lo sabe.
—No quiero perderla —dice casi para ella.
Me sale una ternura cabreada. Esa que te da cuando alguien lo hace todo mal, pero el centro del asunto te toca.
—Pues no la pierdas. Pero aprende a decir «me duele». Que hay formas, Irina. Formas humanas, de persona que duerme por la noche.
Cierra los ojos un momento. Respira. Los abre. Me aguanta la mirada.
—No me sale de otra forma.
—Pues te lo curras —respondo, con una sonrisa pequeña, porque si no me pongo seria y me da pereza—. Te buscas ayuda, lees un libro, lo que sea. O vienes y lo dices tal cual: «Estoy celosa», «estoy dolida», «me siento fuera». Y ya está. Nadie te va a quitar el pasaporte por eso.
Irina frunce el ceño, ya volviendo a ser ella.
—¿Me sigues queriendo?
—Sí, por desgracia. —Levanto las manos en señal de culpable confesa—. Es una enfermedad crónica, ya lo sabes. Pero hoy te lo digo con cariño: me tienes la paciencia a media carga. Y aun así… aun así te quiero. No te emociones, ¿eh? Que me da vergüenza.
—Voy a hablar con Sabina.
—Bien. Y si te sale el impulso de soltarle otra frase de esas tuyas, paras, respiras.
—De acuerdo.
La miro irse hacia el pasillo, recta, sin escena. Me apoyo en la encimera y escucho mis propios pensamientos, que por una vez no vienen a morder. Hoy vienen a cuidar, aunque sea con tacos y chascarrillos, que es mi manera cutre de querer.