Capítulo 23 #2
Toma ya. Un «a pastar» con todas las letras.
Me cabrea porque es un golpe bajo, pero es que Irina, cuando se ve contra las cuerdas, muerde.
Me dan ganas de darle un capón para que se calle, pero al mismo tiempo me dan ganas de pegarme a ella porque sé que está hecha pedazos y solo sabe escupir para que nadie vea que por dentro está fatal.
Amaia intenta meterse en medio, le pone una mano en el hombro a Sabina con toda la ternura del mundo.
—Sabi, escúchame, estamos aquí para ayudar, no para hundirte —dice suave—. Pero tienes que decirnos la verdad.
Sabina se sacude la mano de Amaia. Está fuera de sí, respira a trompicones, dándose cuenta de que sus mentiras elegantes ya no sirven de nada. Se encara con Irina.
—No compares salvarte el pellejo con lo que estás haciendo tú —empieza, pero Irina la corta.
—Te estás jugando la vida con esa caja. Es lo mismo.
Amaia vuelve a acercarse a Sabina con esa cara de «ven aquí que te voy a dar un abrazo pero también una charla».
—Esto es un tema serio —dice—. No uséis esto para mediros las fuerzas.
Irina pasa de ella, pero Sabina, que ya ha perdido los papeles del todo, le tira un dardo.
—Mira, la capitana Amaia al rescate. Siempre tan oportuna, cariño.
Amaia se lo traga. Yo no tengo esa capacidad, yo ya le habría dado la vuelta a la cara.
—Intento que no terminemos en la cárcel o en la morgue, Sabina —dice Amaia—. Que os habéis despertado con ganas de joderlo todo.
Tengo la vista clavada en esa cajita de mierda y se me calienta la sangre.
Miro a Sabina y casi aplaudo. Qué capacidad, qué talento para el engaño.
Es doctora, tiene un vocabulario que te cagas y una elegancia que ya quisiera yo, pero debajo de ese disfraz de mujer de éxito hay una mentirosa de competición.
Se marcó el papelito de «estoy limpia, el retiro de Tailandia me ha conectado con el cosmos» y nosotras, que somos unas imbéciles, nos comimos el cuento con patatas.
Nos vendió la milonga de las palmeras, los masajes y la vida espiritual, y aquí la tenemos, con el kit de autodestrucción listo para usar.
—Sabina, cariño, por favor —susurra Amaia—. Danos lo que tengas. Vamos a hablarlo tranquilas.
Sabina da un paso atrás, está a nada de estallar. Tiene los ojos que le bailan y esa urgencia de quien se ve cazada.
—No tenéis ni idea de lo que estáis diciendo. —Hasta para defenderse tiene clase—. Esto es una medicación específica, un protocolo de mantenimiento que no requiere de vuestra supervisión. Os estáis comportando como histéricas.
—¿Histéricas? —Me río, pero es una risa que avisa de que el tsunami viene de camino—.
Escúchame bien, doctora Corazón. Me importa tres pitos tu protocolo y tus palabras de cinco sílabas.
Esa caja nos la das o te aseguro que hoy mismo se acaba la paz en este grupo.
Te has pasado de lista. Nos has tomado por idiotas mientras te marcabas el discurso de la recuperación milagrosa.
Me jode porque te quiero, porque eres mi amiga y te estás matando a plazos, pero sobre todo me jode que nos mientas a la puta cara después de todo lo que hemos pasado.
Sabina empieza a temblar, no de miedo, sino de pura rabia contenida. El control se le escapa por las costuras. La adicta que lleva dentro está gritando por salir y mandar la elegancia a paseo.
—¡Dejadme en paz! —grita de repente, y ahí ya no hay rastro de la doctora fina—. ¡Es mi vida y hago lo que me sale de los ovarios! No necesito que me cuidéis, ni que me juzguéis, ni vuestra puta caridad.
—Nadie te juzga, Sabi —insiste Amaia, tocándole el brazo —. Solo queremos que estés bien. Danos eso y lo hablamos, buscamos una solución juntas.
—¿Una solución? —Sabina se ríe con desprecio—. La solución es que me dejéis salir de aquí ahora mismo.
Me planto delante de ella. No voy a ceder. Mi paciencia tiene un límite y Sabina lo acaba de saltar con pértiga. La miro a los ojos y le sostengo el pulso. No me creo ni una sola de sus palabras. Las adictas mienten mejor que hablan, y ella tiene el doctorado en ambas cosas.
—No te vas a meter esa mierda, Sabina. Antes te rompo los dientes de uno en uno —le digo con una sonrisa que sé que le da pánico—.
Así que elige: o me das la cajita por las buenas y nos reímos de lo tonta que has sido intentando colárnosla, o te prometo que el próximo retiro lo vas a pasar en una habitación con paredes acolchadas y sin vistas al mar.
—No me vengas con el carné de jueza, Julia. —Ya le asoman los lagrimones.
—¿Dónde estaban? —Muerdo cada sílaba.
Amaia me pone la mano en el brazo para que no le arranque la cabeza de un bocado.
No me calma una mierda, pero le acepto el gesto porque sé que tiene el corazón a mil.
Sabina busca a Amaia, claro. Nos conocemos el baile de memoria.
Yo hago de poli malo y ella viene con la manta y el chocolate caliente.
Es nuestra coreografía estrella desde hace años.
—Sabina —dice Amaia con voz dulce pero firme—. Suéltalo ya, anda. Hazlo por ti.
Sabina traga saliva con una dificultad espantosa. Tiene la cara descompuesta.
—En la bolsa —dice por fin—. En el doble fondo ese.
—Ole tu arte. —Me río por no llorar—. Un ambiente sanísimo el que estamos creando.
Chantajes de millones de euros y una farmacia clandestina en el bolso.
La familia del año, vamos. Si nos dan un premio a la convivencia, lo empeñamos para pagar la fianza.
¿Cuántas hay? ¿Tienes un almacén y esto es solo el escaparate?
Sabina levanta la mano pidiendo un aire que no le voy a dar.
—No es lo que piensas, Julia.
—Esa frase es de primero de liarla parda —le contesto—. Venga, corazón, un poco de nivel. ¿Cuántas?
—No lo sé —dice ella. Mentira de la buena o vergüenza de la mala. Me da lo mismo.
Amaia respira hondo. Se está aguantando el pánico con pinzas. Amaia es una máquina en las crises, pero cuando Sabina se rompe, a ella se le mueven los pies.
—¿Te las estás tomando? —insiste casi suplicando.
Sabina se encoge de hombros.
—No.
—¿Y has estado a punto? —salto yo. Aunque no la creo.
Ella me mira con ganas de pegarme.
—¿Qué quieres oír, Julia?
—La verdad, para variar. Ya que nos hemos puesto sinceras, vamos con todo.
Irina ladea la cara, más ancha que larga.
—Sinceridad. Qué palabrita más graciosa.
La rubia se gira hacia ella con el colmillo fuera.
—Eres una auténtica hija de puta.
—Sí —le contesta Irina—. Y tú una inconsciente que se cree que puede jugar a los médicos consigo misma.
—Se acabó. Sabina, ponme los ojos aquí. —Amaia le coge la barbilla con dos dedos y la obliga. Nada de romanticismo, esto es control físico para que no se escape—. Mírame —repite—. No te vamos a machacar. Te vamos a aguantar el tirón, como siempre. Pero no nos mientas a la cara.
—Tenía el mono. Ya está.
El corazón me da un latigazo. «Tenía el mono» es la forma de decir que ya lo estaba mandando todo al carajo.
—Gracias —dice Irina—. Por fin dejamos de hacernos las tontas.
Sabina estalla. Empieza a gritar, fuera de sí, perdiendo la compostura del todo.
—¡No me busques, Irina! ¡No necesito vuestros discursos ni que decidáis mi vida! ¡Sé lo que hago!
—¿Ves cómo jode que otros muevan tus piezas? —le dice Irina—. Que te dejen fuera y te obliguen a tragar. Bienvenida al nuevo orden. Y no, no tienes ni idea de lo que haces. Estás a un paso de la cuneta.
—No te pases —le digo a Irina, aunque me cueste defender a Sabina ahora mismo—. No mezcles tus mierdas con su salud mental.
Me dan ganas de mandar a Irina a la porra por ser tan víbora y a Sabina darle dos bofetadas para que despierte de una vez, que ya tenemos una edad para andar escondiendo pastillitas como si tuviéramos quince años. Pero bueno, hoy vengo con el día generoso.
—Dánoslo todo —le pido sin gritar—. Lo que sea que tengas en ese bolso de lujo. Todo fuera. Encima de la mesa. Ahora mismo, Sabina.
—Claro. Julia, la sheriff de la casa al rescate.
—Exacto. Soy la sheriff y la que te va a quitar la mierda de las manos. Me importa tres pimientos tu orgullo de doctora. No voy a ver cómo te enganchas otra vez por no querer pedir ayuda.
—Sabina —dice Amaia con una ternura que me parte el alma—. Sácalo todo, por favor.
Sabina mira a Amaia y se le cae la máscara. Se hace pequeña, herida, le falta el oxígeno.
—No me tratéis como a una niña —pide con la voz quebrada.
—No te tratamos como a una niña —le contesta Amaia, a punto de llorar ella también—. Te tratamos como a alguien que queremos ver viva mañana por la mañana. Estabas limpia, hostias. ¿Por qué ahora?
Irina observa la escena. Tocada, quizá dándose cuenta de que ha tirado de la manta y ha salido demasiada mugre.
Sabina, con las manos temblando, mete el brazo en el bolso y revuelve en el doble fondo.
Saca dos blísteres más. Los tira sobre la isla de la cocina.
Uno, dos, tres. Pastillas de colores, suficientes para dormir a un caballo o llevarla al tanatorio.
Y lo peor es que siendo médico, si quiere más, solo tiene que firmar un papel.
Amaia cierra los ojos un momento.
—Gracias —dice casi en un susurro.
—¿Gracias? —escupe Sabina—. Qué bonito. Me quitáis el único recurso que tenía para no venirme abajo.
Me pega un viaje por dentro. Esa frase es una porquería. Es la verdad desnuda. Me entran unos impulsos contradictorios de darle un achuchón o de darle un revés, porque esa confesión es una recaída con todas las letras. No la abrazo. Hoy no toca. No de esta manera.
—Te buscas otro recurso, Sabina —le digo, pero con un fondo para que no la mande a la mierda—. Te buscas a Amaia. Me buscas a mí. Te buscas a Irina, si te quedan ganas de hablarle después de esto. Te buscas lo que sea. Pero no te buscas una pastilla.
Sabina me lanza una mirada cargada de rabia.
—Qué fácil lo dices tú, Julia.
—No es fácil —le rebato—. Pero es lo que hay. Punto. Es obligatorio.