Capítulo 23
Abro los ojos. Es tardísimo, pero me da igual.
He dormido tantas horas seguidas que me siento hasta extraña, con el cuerpo descansado por primera vez en un siglo.
La tregua con los Trueno me ha quitado un peso de encima y mi cerebro ha decidido que ya tocaba apagar el incendio interno, aunque en esta casa tengamos nuestra propia guerra civil montada.
Ayer Irina se pasó todo el día evitándonos con una habilidad asombrosa.
Me salto la ducha, me pongo lo primero que encuentro por el suelo y bajo las escaleras para ver qué desastre me toca gestionar hoy.
En cuanto pongo un pie en la planta de abajo, oigo el golpe seco de una carpeta contra la mesa de madera.
Rashel escupe un «ya está» con ese tono de autoridad que usa cuando ha resuelto un problema que a los demás nos habría llevado meses.
Asomo la cabeza por el marco de la puerta y veo que Ana y ella han tomado el salón por completo.
Mi casa se ha convertido en su oficina particular.
Las veo moviendo papeles y tecleando con una energía que yo no tengo ni después de tres cafés cargados.
No me gusta reconocerlo, pero me da una tranquilidad increíble ver que se encargan de los marrones mientras yo bajo con estas ojeras y los pelos de loca.
Es un alivio que me hace sentir inútil, pero qué bien me viene.
Amaia está con ellas, sentada en un rincón. Lleva una camiseta grande y un moño hecho con prisas que, por supuesto, le sienta mucho mejor de lo que debería. Me mira de reojo sin dejar de leer unos documentos.
—¿Has descansado bien, dormilona? —me pregunta con una media sonrisa.
—De vicio, cariño. Hacía siglos que no sobaba de esta manera. He babeado la almohada y todo.
Bebe agua tranquila. Amaia vive a base de H2O y de una calma para gestionar las emociones que me da una envidia que te cagas.
Se ríe, casi nada, se levanta y se acerca a mí.
Se mete en mi espacio personal y me altera el pulso de mala manera.
Es una situación absurda. Antes me habría dado igual que se me pegara tanto, pero ahora me pone nerviosa y me entran calores poco normales.
—Vamos a por un café, anda. Que te hace falta activarte —me dice con un tono suave.
—Traedme uno a mí también, que estoy en las últimas —pide Ana guiñándonos un ojo desde el sofá, rodeada de informes.
Rashel sigue muy seria, pero es que ella nació con esa cara.
Sospecho que ya ha tenido su ración de charla intensa con Irina, así que decido guardarme mis bromas pesadas para otro momento.
Me limito a plantar un beso rápido en la mejilla cuando paso por su lado.
Ella me mira de esa forma suya, captando el mensaje al vuelo.
No hace falta que hablemos sobre el tema.
Todavía no he tenido tiempo ni de oler el café cuando la puerta se abre de golpe.
Sabina entra con muchísima fuerza, casi rompiendo la calma de la estancia.
Lleva el pelo impecable, las gafas de sol puestas en la cabeza y una piel que brilla tanto que me pregunto de qué laboratorio secreto de lujo ha salido.
Necesito que me dé el contacto de su proveedor de juventud eterna ahora mismo.
Se mueve con una energía que arrolla, disfrutando del éxito de su última jugada.
—Buenos días, consejo de administración del caos —nos saluda con una sonrisa enorme que le ocupa toda la cara.
Amaia ni se inmuta. Está ahí con su café y seria de más.
—Hola, terremoto —le dice sin mirarla.
—Vaya, qué alegría, qué alboroto. Estás sembrada hoy, cielo.
Sabina se ríe y me mira buscando ayuda para animar a la otra.
—Julia, haz el favor y ponle marcha a esta mujer, que tiene el ánimo por los suelos.
—Ni de coña. No cuento chistes antes de las doce. Recién levantada solo emito gruñidos y pullas de baja intensidad.
Amaia me mete un codazo en las costillas. Y a mí, masoquista, me encanta. Me gusta que me toque, aunque sea para mandarme al hospital.
Sabina se instala en la isla central. Apoya los codos y nos observa. Espera que le demos las gracias o que le demos palmas. Se muere por un poco de atención. Y yo me propongo no darle ni un «buenos días» extra. Que se aguante, que ya viene bastante creidita de casa.
—¿La rusa qué hace? ¿Sigue encerrada? —pregunta Amaia.
Sabina resta importancia con un gesto de la mano.
—Estará en el despacho dando órdenes, lo de siempre. La marca del costado le da un toque distinto, la hace real. Es más persona ahora.
Oír eso me sienta fatal. Pensar en Irina convertida en alguien corriente me da un rechazo físico instantáneo. No me sale aceptarlo. Apuro el café para no soltarle una burrada a Sabina, que la pobre no tiene la culpa de mis neuras.
—Está demasiado quieta —susurro.
Amaia me presta atención.
—Lo sé —admite—. Yo también tengo esa sensación.
Cuando esa mujer no hace ruido está tramando algo gordo. Su inactividad es la señal de que prepara una jugada que no vamos a ver venir.
Entonces se abre la puerta. Aparece en bata, con el pelo recogido y unas ojeras de haber pasado la noche revisando facturas o planeando venganzas. Entra y el desorden de la cocina se acaba de golpe. No le hace falta hablar para que sepamos que está cruzada.
—Buenos días —saluda al entrar.
—Buenos días, bonita. ¿Te has dignado a salir de tu cueva por voluntad propia o es que las paredes del despacho han empezado a contestarte? —le responde Sabina.
Irina la fulmina con la mirada.
—He salido porque he querido.
—Vaya, qué autoridad, me tienes temblando —digo yo por lo bajo mientras le doy un sorbo al café.
Ni me mira. Me ignora fuerte. Y eso me toca la moral, porque si no me hace ni caso soy un cero a la izquierda en su esquema mental de hoy, o me la tiene jurada para después.
Amaia, que es la que pone el parche antes de que salga el chichón, intenta suavizar el percal.
—¿Quieres un café, Irina? —le ofrece con esa paciencia de santa que tiene.
—Luego.
Sabina se recoloca en la silla, se estira como una gata y se prepara para el ataque.
—Bueno, ya que nos hemos juntado todas en este cónclave improvisado… —empieza con ese tono de querer llevar la voz cantante.
Irina la frena.
—Sí. Ya que estamos todas.
Se acaba el cachondeo. Irina se apoya en la encimera, de pie, sin buscar un sitio donde sentarse, solo para que quede claro quién va a dar el discurso. Y a mí me empieza a bailar el párpado porque veo venir el lío a kilómetros.
—Hay una norma nueva —anuncia.
Sabina se pone las manos en la cintura.
—Vaya, qué novedad. ¿Esto se vota o nos vas a pasar un decreto por el grupo de WhatsApp? ¿Viene con un Excel para organizar las crisis existenciales por turnos?
—No —responde Irina, seca—. Se llama transparencia. Y no es idea mía, es lo que dijimos ayer, ¿verdad?
Nadie abre la boca. Amaia mira al suelo. Yo aprieto la taza esperando el golpe, que sé que viene, pero no sé por dónde me va a dar.
Sabina sigue con su racha de ironía fina.
—Ah, transparencia. Qué palabra tan bonita. ¿Ponemos un buzón de sugerencias o nos cogemos todas de la mano para hacer terapia?
Irina pasa de ella. No hay ni un rastro de que le haga gracia el sarcasmo de la otra.
—Si mandamos todas, aquí se sabe todo.
Me entran los sudores. Esta mujer no se pone así de intensa para hablar del cuadrante de los escoltas. Aquí hay algo guardado y lo va a largar ahora mismo.
—Se acabaron los secretos —sigue ella—. Eso de esconder las cosas en el cajón y decir «yo me encargo» se ha terminado. No paso ni una más.
Sabina se pone recta, manteniendo su pose de marquesa.
—Qué seria, Ira. A ver, ¿qué pasa? —pregunta con ligereza.
Irina ni se molesta en contestar. Me preparo para lo que sea, pero, aun así, cuando lo hace, me deja frita. Mete la mano en el bolsillo de la bata. No saca el móvil ni las llaves. Saca una cajita pequeña, blanca. La deja caer sobre el mármol.
Amaia se congela. Me sube una mala hostia de las que no se quitan con un «lo siento». Sé qué es eso sin tener que leer el prospecto.
Sabina mira la caja y se le cae la careta. La sonrisa de lista se le borra de un plumazo.
Irina coloca la caja con mucho cuidado, le da la vuelta para que veamos bien el nombre y la abre. Hay un blíster cortado con cuatro pastillas. Suficiente para que se me revuelva todo por dentro.
—Ya que vamos de frente… empecemos por la mierda que guardas en el cajón. —Mira a Sabina.
La rubia palidece, muda. Ella, que siempre tiene la última palabra, el chiste listo o la salida por la tangente. Ahora, nada.
—¿Esto desde cuándo? —pregunto.
Me sale la voz normal, sin gritar, pero con un tono de bronca que no puedo esconder. Sabina me lanza un aviso con los ojos, de esos de «cállate la boca, Julia, no me jodas ahora».
Qué pena me da. No pienso callarme ni una.
—Julia… —empieza ella con voz de seda.
—Julia nada —la corto—. Habla. ¿Cuánto tiempo llevas empastillándote otra vez a escondidas?
Amaia da un paso al frente y se pone seria.
—Sabi, cariño, ¿te las estabas tomando? —le pregunta con una voz que es mitad caricia, mitad interrogatorio de la Gestapo.
—No —dice ella rotunda.
Mentira de las gordas. Irina suelta una carcajada. Me revuelve las tripas.
—Claro que no, mujer —dice con una mala uva que te cagas—. Las tiene ahí porque el color de la caja pega con las sábanas. O igual es que ahora las receta el espíritu santo.
Sabina se gira hacia Irina y se pone hecha una furia. Descontrolada, con esa vibración de adicta que se ve pillada.
—¿En serio me estás haciendo esto? —escupe, perdiendo toda esa clase que suele gastar.
—Te estoy haciendo un favor, aunque te joda —le responde Irina—. Estás en una recaída y no te voy a guardar el secreto ni un minuto más. Bastante mierda tenemos ya.
—¡Que no es ninguna recaída! ¡Te lo expliqué! —Sabina ya está gritando. Se le ha ido el volante.
La decepción me recorre la espalda. Me cabrea que haya vuelto a las andadas con las pastillitas, pero lo peor es el pacto de silencio de estas dos.
—Si es una recaída o no lo decidimos entre todas, ese es el pacto —le devuelve Irina—. Bienvenida al club de las que se joden.