Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 22 #4
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Capítulo 22 #4

Sabina le guiña un ojo, le da igual la amenaza, y se larga por el pasillo. Amaia mira el hueco de la puerta y luego se gira hacia Irina. Está agotada, pero se mantiene firme.

—Irina… No te sientas humillada —dice Amaia—. Acepta que ya no estás sola con todo.

—Esa frase me la estáis repitiendo demasiado.

—Porque eres dura de mollera y te cuesta procesar —le susurro yo al oído.

Irina me mira. Se le cae la máscara un momento. Cansada.

—Yo estaba sola —murmura casi para sí.

Y ya está. No dice nada más. Me pega una sacudida por dentro que me dan ganas de salir a buscar al responsable de que se sienta así para darle dos hostias. Le planto la mano en el cuello, el pulso le bombea. Le paso el dedo por la nuca. Soy su dueña y me da igual quién mire.

—Eso se acabó, Ira. Te aguantas con nosotras.

Ella cierra los ojos. Respira. Amaia, que es más lista que el hambre, enreda con la cafetera para no estorbarnos. Sabe cuándo sobran testigos.

Irina vuelve a abrir los ojos y me pone esa cara de «no me toques mucho que me derrumbo y tengo una imagen que mantener».

—No me hables con ese tonito, Julia.

—¿Qué tonito?

—Ese… de quererme. Me pone enferma.

—Es el tono de familia, pesada. Te lo comes con patatas.

Se muerde los labios. Se inclina y me roza los dedos. Es nada, un toque de mierda, pero para una tía tan cerrada como ella es muchísimo.

Amaia aparece con dos cafés, nos deja una taza a cada una.

—Bebed —dice—. Que todavía queda día.

Irina mira la taza.

—¿Qué día?

Amaia se encoge de hombros.

—Día de guerra doméstica, Irina. De esa que no sale en los periódicos. Reuniones, llamadas, las niñas correteando, la vida pegándonos bocados. Lo de siempre, pero con menos ceros en la cuenta.

Le doy un sorbo al café sin esperar a que se enfríe. Me quemo la lengua, pero me viene de perlas. Ese dolorcito me devuelve a la tierra y me saca del bucle mental. Irina mira el humo que sale de su taza un rato largo. Al final bebe.

—Esto ha servido para que fuera dejen de gritar. —Amaia señala el pasillo con la barbilla—. Pero agarraos, que ahora viene lo gordo.

—¿Y qué es lo gordo? —pregunto yo, que hoy vengo con el ánimo arriba y me da todo igual mientras haya café y esperanza.

—Aprender a decidir entre todas.

Irina mastica la frase. Yo, que tengo la boca más grande que el sentido común, largo lo primero que me viene.

—Coño. Qué panorama más agobiante me acabas de pintar.

Amaia se ríe.

—Qué alivio, querrás decir.

En la cocina se respira otra cosa. El mando ya no lo tiene una sola.

Irina ha tenido que morderse la lengua y tragarse una decisión que no ha tomado ella.

Amaia está ahí, plantada en nuestra cocina, dejando claro que ella también cuenta.

Y Sabina ha demostrado que tiene la cartera llena y el sueño muy tranquilo después de soltar una millonada para salvarnos el culo.

Y luego estoy yo, que tengo un cacao mental entre el deseo y el instinto de protección que me va a dar un algo.

Irina deja la taza en la mesa. Se levanta y, aunque cojea, mantiene la espalda recta.

—Tengo llamadas pendientes.

—Faltaría más, su majestad —murmuro por lo bajini.

Ella me regala una sombra de sonrisa. Es de esas que guarda solo para mí, cuando sabe que la estoy pinchando.

—No empieces, Julia. No hoy.

—Yo no empiezo nada. Si es que solo con existir ya te molesto. Es mi función vital en esta casa, alguien tiene que hacerlo para que no te aburras.

Enfila hacia el despacho. Va orgullosa, a pesar del sablazo que le acaba de dar Sabina. Amaia frota una mancha en la encimera que yo creo que se está inventando para no mirarme.

La paz nos ha salido cara. El orgullo de Irina ha sido la moneda de cambio y ahora nos toca a las demás arrimar el hombro.

Esto va a ser un festival de política, sexo, silencios y decisiones a pachas.

Ya no hay vuelta atrás. La comedia de Sara se ha acabado.

Esto es real. Ahora somos un bloque sólido, una roca.

Y más nos vale sujetarla con fuerza, porque si se nos resbala y nos cae encima, no va a quedar de nosotras ni la sombra.

Me acabo el café de un trago y dejo la taza con ganas.

—Amaia.

—Dime, Julia.

—La próxima vez que vayáis a soltar una bomba de estas, avísame con tiempo.

—Espero que no haya próxima vez. Aunque con Sabina por aquí, no pongo la mano en el fuego.

—Siempre hay una próxima, no te engañes —le respondo, que ya nos conozco.

Porque en esta casa la tranquilidad dura lo que tarda una de nosotras en tener una idea de esas brillantes y peligrosas. Y hoy Sabina ha tenido una de cuarenta millones de euros. Casi nada. Me levanto, me acerco a Amaia y le planto un beso rápido en la mejilla, con cariño.

—No dejes que me pille sin un chiste preparado para la siguiente, ¿vale?

Amaia me mira divertida, con esa cara de madre que sabe que no tengo remedio.

—Eso no te lo puede garantizar nadie, Julia. Ni con todo ese dinero.

Salgo de la cocina y voy por el pasillo. Siento todo el peso de la situación. Tengo miedo, tengo unas ganas de follar que me muero y tengo la certeza absoluta de que estamos todas como cabras. Pero es una locura maravillosa y no me bajo de este carro ni loca.