Capítulo 22 #3
Irina echa humo, pero debajo de ese cabreo hay algo que me da hasta pena, un bajón de los gordos.
—Me estáis quitando el mando —dice en un susurro que me deja un regusto amargo en la boca.
Amaia da un paso al frente y le habla claro.
—No es eso, Irina. Te estamos quitando el peso de tener que decidirlo todo. No es lo mismo ser la jefa que ser la que carga con todos los muertos. Queremos compartir el peso, nada más.
—Qué bien lo vendes. Deberías dedicarte al marketing.
—No hay nada que vender. —Sabina se encoge de hombros y recupera su tono chulo—. Está hecho.
—Eso es lo que más me fastidia. —Irina la mira con un odio limpio que da gusto—. Habéis negociado a mis espaldas.
Sabina da otro paso. Corto. Nada de invadir el espacio personal, que Irina ahora mismo es una granada sin anilla y la rubia no es tonta.
—Hice el movimiento por mi cuenta porque eres una cabezona y habrías dicho que no —le dice con voz firme—. No iba a gastar saliva en convencerte mientras tú servías de diana para los francotiradores.
Irina cierra los ojos. Respira con dificultad, pero aguanta el tipo. Cuando los abre, tiene las pupilas fijas en Sabina.
—Ni se te ocurra volver a dejarme fuera de una decisión que me afecte —le advierte, y la voz le sale rasgada, peligrosa.
Sabina no se ríe. Se le quita la tontería de golpe y se pone seria, algo que ocurre una vez cada eclipse total.
—No te he dejado fuera, Ira. Te he salvado el culo.
Y sí, he decidido yo. Porque cuando te tuve que coser los boquetes, bonita, te vi la cara.
Y no tenías cara de madrina de la mafia rusa.
Tenías cara de niña asustada que no sabía por dónde le venían las hostias.
Y yo no pienso perderte por tu orgullo de mierda. Si a ti te pasa algo, me muero.
Irina no habla. Ese silencio en ella es un mundo entero hundiéndose. Se le empañan los ojos. No hay dramatismo impostado, es una rabia pura que se le escapa por los lacrimales porque no le cabe más impotencia en el cuerpo. Una lágrima le resbala por la mejilla y a mí se me remueve todo por dentro.
Sabina, que tiene el corazón más grande que la cuenta corriente, intenta calmar a la bestia con un abrazo. Pero a Irina se le cruzan los cables. Le pega un manotazo seco en el brazo que suena en toda la cocina y nos deja a todas heladas.
—¡Que no me toques! —le grita con la voz quebrada y los ojos que dan miedo—. ¡No me toques!
A mí se me para el pulso. Irina está fuera de sí, gritándole a Sabina con una furia que no entiendo.
Me tiro en medio de cabeza porque veo venir el desastre.
Me planto entre las dos, usando mi cuerpo de muro, muerta de miedo por si a mi doctora le da uno de sus ataques de ansiedad y se acaba liando una gorda.
Sabina es fina, es elegante y tiene un cerebro que ya quisiéramos el resto, pero cuando se colapsa, se colapsa.
Sin embargo, me pone una mano en el hombro y me aparta con una calma que me deja loca.
Me fijo en ella y flipo. No tiene pizca de miedo. Sabina ha pasado por cosas que nos harían llorar a todas y sabe distinguir un ataque de una crisis nerviosa. No le teme a Irina. La quiere tanto que sus inseguridades le dan igual ahora mismo.
Amaia, que es la única que mantiene la cabeza fría cuando el resto estamos para que nos encierren, da un paso adelante y le lee la cartilla a la jefa.
—Te has pasado tres pueblos, Irina. No somos tus empleadas ni tus soldados. Esto ya no va de que tú mandes y nosotras digamos «sí, señora». Somos un bloque. Y el bloque aguanta unido, aunque a ti te joda tragarte el orgullo.
Irina nos mira una a una. Primero a Sabina, luego a mí, que estoy ahí en medio estorbando, y termina en Amaia.
Se da cuenta de que ha metido la pata hasta el fondo.
Se le inundan los ojos y el arrepentimiento se le huele a kilómetros.
No sabe gestionar el cariño, la pobre es un desastre para estas cosas.
Le empieza a faltar el aire. La ansiedad le aprieta el cuello.
Está nerviosa, fuera de sitio, y como no sabe qué hacer con todo ese ruido que tiene dentro, le arrea un puñetazo a la encimera.
Pega la mano al granito y aprieta los dientes para no soltar un alarido, con los ojos llenos de lágrimas que ya no puede aguantar.
—Perdona, rubia. —Se pone a llorar de puro nervio—. No tenéis ni idea de lo que habéis hecho. No sabes lo que significa pagarles a los Trueno, Sabina. No lo entiendes. No tenías que haberlo hecho.
Sabina, con una elegancia que me hace sentir una ordinaria, se acerca otra vez.
Esta vez Irina no se mueve. La rubia le coge la mano con una delicadeza increíble, le abre los dedos y le mira los nudillos, que ya están de todos los colores.
Tiene esa paciencia de quien ha visto de todo y ya no se asusta por un poco de sangre o un mal gesto.
—¿Ya has terminado de hacer el animal? —le pregunta con voz suave—. Porque como te hayas roto algo, te voy a tener que enyesar hasta las ideas, y no tengo ganas de aguantarte así tres semanas.
Irina asiente, derrotada. Suelta un hipido que intenta disimular.
—Vale —dice al fin—. Está hecho.
Sabina se relame. Le gusta que la fiera pase por el aro.
—¿Vale qué? Dilo entero, que quiero oírlo bien claro.
Irina aprieta los dientes. Se deja cuidar por la mujer a la que casi le arranca el brazo hace un momento.
—Vale que está hecho. Vale que ese dinero nos da un respiro. Pero la próxima vez que vayas a mover un solo euro, me lo dices antes.
—Por supuesto —responde Sabina—. La próxima vez te aviso con tiempo: «Oye, Ira, que voy a soltar cuarenta millones para que no te llenen de plomo». Superdiscreto todo.
Irina le echa una mirada de esas suyas, pero ya no tiene fuerza.
—No te pases de lista, doctora.
—Soy lista, cariño, no puedo evitarlo. Y ahora quédate quieta que te voy a poner hielo antes de que esa mano parezca un botijo.
Amaia suspira. Yo aprovecho para relajar los hombros, que los tenía a la altura de las orejas.
Irina se apoya en la encimera. La bata se le descoloca y yo me acerco para apretarle el cinturón sin que me lo pida. Me mira y me da las gracias con los ojos, que es su forma de no admitir que me necesita.
Sabina nos observa. Decide que ya ha soltado bastante dinamita por hoy y busca la salida elegante.
—Voy a avisar a Rashel de que el gato está en el agua —dice y le pone el hielo a Irina en la mano.
Irina gira la cabeza y se sorbe los mocos ya sin disimulo.
—¿Rashel lo sabía?
Sabina se frena en seco y sonríe con una mala sombra que me encanta.
—Hombre, Ira. Yo sola no muevo esa pasta sin que salten las alarmas. Además, Rashel ha soltado diez millones de su bolsillo porque tampoco quiere verte en una caja de madera.
A Irina se le hincha la vena del cuello otra vez, le vuelve el cabreo, le vuelven los nervios.
—Sabina, no te vayas, que no he terminado contigo. ¿De qué vais? ¿Me gestionáis la vida por detrás? ¿Me estáis tomando el pelo?
—No sigas —dice Sabina encogiéndose de hombros—. Y no te pongas a gritar de nuevo, que te va a reventar la costura y me va a tocar coserte otra vez. Y la segunda va con recargo.
Irina da un paso hacia ella y le agarra el brazo.
—Dile a Rashel que ya hablaré con ella. Que se prepare. Y tú, Sabina… —Se corta. Respira. Le duele el orgullo—. Perdón por el manotazo. Se me ha ido la pinza. Pero que sepas que sigo enfadada contigo.