Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

—Qué bonito —dice—. Mi guerra, mis asuntos. Ira, cariño, te han disparado en la barriga. Ya no es tu guerra. Es nuestra. Tus asuntos no tienen nada que ver con nuestra organización, pero tu vida tiene que ver conmigo, las de las demás también, las de la familia más todavía.

Irina aprieta los dientes. Se le endurece el cuello.

—Tú no mandas aquí —escupe, intenta recuperar un terreno que ya ha perdido.

—No, desde luego que no mando. —Sabina se recoloca el pelo, impecable—.

Solo soy la que te tuvo que remendar las tripas.

La que te vio abierta en canal y escuchó cómo te asfixiabas sin soltar un quejido para mantener ese orgullo absurdo.

Y resulta que también soy la que tiene los fondos necesarios para comprar un extintor antes de que esta casa termine reducida a cenizas.

Yo suelto una carcajada que intento camuflar con un estornudo falso, pero no cuela. Es tan propia esa frase, tan de ella, que me hace gracia a pesar del percal.

—Tú no te rías, Julia. —Irina me apunta con el dedo. Está fuera de sí, la pobre.

—No me río, es un tic nervioso —murmuro con toda mi cara dura—. Es el estrés, que me da por ahí. No me mires así, que me entran los calores.

Amaia, que siempre tiene que hacer de adulta en la sala, da un paso al frente para que no nos matemos.

—Irina, basta. Esto no va de tu ego, va de que no nos vuelen la cabeza a ninguna.

Mi mujer gira la cabeza hacia Amaia muy despacio. La mira como si no la conociera. Ahí le ha dolido: ver que Amaia tampoco está de su parte.

—¿Tú también? ¿Estás con ella en esta payasada?

Amaia aguanta el chaparrón con dos ovarios.

—Sí. Si soltar billetes nos ahorra un entierro, firmo lo que haga falta. No tengo vocación de mártir, Irina.

Irina enmudece. Eso sí que no me lo esperaba.

Es verle la cara y saber que le escuece que le hayan quitado las llaves de la fortaleza.

Se cree que es la única que nos puede proteger y, de pronto, se da cuenta de que no tenemos por qué jugar con sus reglas.

Pero Sabina, que es una lista y sabe dónde meter el dedo para que pique, no le da tregua.

—Les he pagado para que no se acerquen a los niños. Eso era lo prioritario.

Irina pivota hacia ella con una furia que me obliga a recular dos pasos por pura supervivencia. Madre mía, la que se viene.

—¡No metas a los críos en esto! —brama. Es un grito fuerte, retumba.

Es la primera vez que la oigo gritarle así a Sabina. A los demás nos casca cada bordería que flipas, pero a Sabina siempre la ha tratado con un respeto casi sagrado, con cuidado de no romper nada. Esto se ha desmadrado por completo.

—¡Yo no los meto, Irina, los metiste tú solita en el momento en que decidiste jugar a esto! —Le sostiene la mirada—. Lo único que estoy haciendo es sacarlos de tu desastre porque tú no has tenido la decencia de protegerlos. Tu seguridad ha sido una basura. ¡Una absoluta y soberana puta mierda!

Yo miro a una, miro a la otra y solo puedo pensar que si Sabina, que es la mujer más fina y con más clase que he conocido en mi vida, ha soltado un taco de ese calibre, es que estamos a dos minutos del apocalipsis.

Y oye, dentro de lo que cabe, me encanta ver a la doctora sacando las garras; ya era hora de que alguien le bajara los humos a la capitana general de esta casa de locos.

Irina se pone roja. Se le hinchan las venas de las sienes.

—¡No me hables de cómo hago mi trabajo! —ruge—. ¡No tienes ni la más remota idea del avispero que acabas de patear!

—Lo sé, Irina —responde Sabina, con una educación que casi ofende—.

El precio ha sido altísimo, no hace falta que me lo recuerdes.

Pero era elegir entre eso o esperar a que la próxima vez el tirador tuviera mejor puntería.

He limpiado demasiados desastres en esta casa; mi cuota de tragedias familiares está completa. No voy a permitir que ocurra otra.

De repente, Irina estira el brazo y, con un movimiento brusco y lleno de rabia, agarra la tetera de cristal que hay sobre la encimera y la estampa contra el suelo.

El estallido es seco, violento. El cristal salta por todos lados y el té se desparrama por los azulejos blancos.

Yo pego un salto y me pego a la pared, con el corazón en la boca.

Me ha dado un susto de muerte, pero Sabina ni se ha inmutado. Solo mira el destrozo.

—Bravo, Ira. —Su voz suena bajita, pero se oye por encima de mis taquicardias—.

Si te hace ilusión, sigue con la vajilla, pero los platos rotos no van a devolver el dinero.

El trato está cerrado y el conflicto se acabó.

Tírate al suelo y patalea si quieres, pero acéptalo de una vez. La guerra se ha terminado.

—¡Has financiado a los tíos que me querían ver en un agujero!

—grita Irina fuera de sí—. ¡Has llenado los bolsillos de unos tipos que nos quieren muertas!

Les acabas de decir que dispararnos sale rentable.

Eso es poner un cartel de «se regala dinero» en nuestra puerta.

Mañana volverán a pedir cincuenta y pasado cien.

¿Te hago un dibujo con rotuladores o te entra ya en la cabeza?

—Estás guapísima cuando te haces la catedrática de seguridad de alto riesgo —le vacila Sabina con una sonrisita de las suyas.

Irina no está para bromitas. Da un paso hacia ella y el suelo parece que se va a quebrar.

—¡No tiene ninguna gracia, Sabina! —le grita casi en la cara.

—Para mí, toda —responde ella, sin retroceder.

Es increíble la capacidad que tiene esta mujer para mantener el tipo cuando tiene a una fiera delante—.

Tú gestionas el honor y yo gestiono los resultados.

Mi prioridad absoluta es que no vuelvas a perder una gota de sangre.

Ni tú, ni Julia, ni Amaia, ni los niños.

El debate está cerrado, Ira. No hay más que hablar.

Irina se le echa encima. Están a un suspiro de distancia.

Yo no sé si saltar para separarlas. He visto a Irina repartir hostias a mano abierta y, aunque esté hecha un cromo, si le da un viaje a Sabina la desguaza.

Pero lo que hay entre estas dos no es solo ganas de pegarse.

Es esa mierda antigua, esa electricidad rara que llevan arrastrando mil años y que nos salpica a todas.

Amaia a mi lado está rígida. No se mueve.

—Te crees que puedes sustituirme —dice Irina.

—No —niega Sabina—. Me creo capaz de salvarte. De ellos y de ti misma. Es una diferencia sustancial.

Zasca. En toda la boca. No ha necesitado ponerse cursi ni soltar ninguna de esas frases de mierda de las novelas que lee mi madre.

Le ha metido un viaje directo al mentón: «me importas y punto».

Miro a Amaia con cara de: «¿Has visto eso?

». La habilidad de la rubia para mandar a alguien a la mierda y decirle que la quiere en la misma frase debería estudiarse en las facultades.

Yo aprieto la lengua contra los dientes, quiero soltar alguna burrada para romper esta tensión, pero me limito a observar.

Amaia decide intervenir.

—Irina. Lo siento, pero Sabina ha dado el paso que tú no podías dar.

Irina se gira hacia ella.

—¿Me estás pidiendo permiso para decirme eso? ¿Me estás diciendo que no mando en mi propia operación?

Amaia no se achica.

—Te estoy diciendo que el orgullo no te dejaba ver el bosque.

Tú no ibas a dar ese paso porque eres la jefa, porque tienes que mantener esa imagen de que todo pasa por tu mesa de despacho.

Sabina se ha pasado tu protocolo por el forro porque le importa que sigas entera.

Y mira, al final ha servido para cerrar este tema de una vez. Se acabó.

Sabina asiente, satisfecha.

—Exacto —dice—. Gracias, cariño. Me alegra que alguien sepa apreciar el valor de la iniciativa privada.

Amaia le lanza una mirada.

—No me llames cariño, que no estamos para fiestas.

—Vaya. Perdón, señora de los límites infranqueables. Tomo nota.

Yo me río por la nariz, otra vez. No por gracia. Por tensión. Mi cuerpo necesita expulsar algo.

Irina clava sus ojos en los míos. Me va a desintegrar.

—Y tú, la del fondo. ¿Qué piensas de este golpe de estado? Suéltalo de una vez, Julia. No te cortes, que se te ve en la cara que te mueres por decir algo.

Claro, cómo no. El muerto para mí. Qué tía más agradable cuando se hace la emperatriz herida.

Trago saliva y el calor me sube por el cuello.

Me vienen flashes de todo: del beso de Sabina en la cocina, de Amaia en la sala de cine.

Y me acuerdo de la ducha con Irina, de su piel, de esa bata que le queda fatal. Y yo aquí, en medio de esta pelea.

—Pues pienso que la doctora es una psicópata nivel experto. —Me pongo derecha para que no se note que me tiemblan las canillas—. Y que le ha echado unos ovarios que ya te gustarían a ti.

Sabina hace un gesto de victoria.

—Gracias, nena. Sabía que tú me entenderías.

—Y pienso —sigo, porque ya que me he puesto no voy a parar— que eres una jefa insufrible, Irina.

Irina se indigna.

—¿El insulto gratuito era necesario para el desarrollo de la trama?

—Sí, muy necesario. Y mira, las dos tenéis razón a vuestra manera. Pero se acabó lo de que tú seas la que corta el bacalao y las demás miremos cómo lo haces. Eso de que tú mandas y nosotras obedecemos se ha terminado hoy.

Se hace un vacío y solo se oye el zumbido de la nevera. Irina se petrifica. Amaia deja de respirar. Sabina se relaja, porque ya lo hemos dicho en voz alta.

—¿Qué estás diciendo? —pregunta Irina con un hilo de voz.

—A partir de ahora, votamos —le digo sin apartar la vista—.

Ya te lo dijimos el otro día, pero creo que no te quedó claro.

Te guste o te joda la vida, esto va a ser una democracia.

Y te aviso, a mí tampoco me hace una gracia loca, que yo soy de las que prefieren mandar y que me abaniquen, pero ya hemos visto que cuando tú llevas el volante acabamos todos en el hospital.

Y eso va por ti también, Sabina. Ni una gestión de las tuyas por debajo de la mesa. O jugamos todas o pinchamos el balón.