Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 22
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Capítulo 22

Esa bata le sienta de pena. Irina solo sabe lucir trajes de tres piezas o cartucheras con pistola incorporada; fuera de eso, su elegancia brilla por su ausencia. Le queda fatal. Me pone a mil.

—¿Piensas bajar con esas pintas? —le pregunto. Me regodeo en su desastre estético.

—Es mi casa y solo estáis vosotras.

Se ajusta el cinturón con una mano. Evita mi cara. Sabe que si me sostiene la mirada le voy a salir con alguna burrada sobre lo que le haría contra la cómoda y ahora mismo no tiene el cuerpo para ruidos.

Yo la espero apoyada en el marco de la puerta. Luzco una camiseta con más años que el sol y mis bragas de la suerte.

—Estás domesticada, reina —la pincho con una sonrisa de oreja a oreja.

—No estoy domesticada. Estoy reventada, que no es lo mismo.

Se para. Me encara. Tiene los ojos oscuros y los párpados le pesan, pero hay un brillo ahí que me sacude las tripas y me recuerda que sigo con la libido por las nubes.

—No me busques las cosquillas, Julia.

—Yo no busco nada —miento—. Vengo así de fábrica, soy un regalo de la naturaleza.

Irina bufa, mitad queja y mitad risa. Se sienta en el borde del colchón con una cautela excesiva. La miro de arriba abajo sin cortarme un pelo. Mis instintos pasan de la educación y de los protocolos.

—¿Te duele menos la avería?

—Sí.

—Ya. Tú si no sangras un poco al día no estás tranquila.

Me lanza una mirada de advertencia.

—Julia.

—Vale, vale. —Levanto las manos en son de paz—. Hoy entierro el hacha de guerra. Hoy voy de tía cariñosa y encantadora.

—Eso sí que da miedo —murmura, pero sonríe.

Me acerco y le planto un beso rápido en la frente.

No es por cursilería, es afecto del bueno, del que sale solo.

Ella cierra los ojos un instante y yo me pongo a inspeccionar la ventana con un interés repentino para que no se me note la cara de tonta.

Es mediodía, el sol entra con fuerza y el hambre aprieta.

—¿Bajamos?

—¿Te aguantan las piernas?

—Aguantan. No vas a tenerme aquí apalancada un mes. No soy un gato.

—Eres peor.

Se levanta y, antes de salir, le recoloco la bata.

Le aprieto el nudo del cinturón con saña.

Lo hago por pura inercia y, en el momento en que termino, me entra una risa interna porque esto es lo más parecido a ser una pareja normal que hemos hecho en semanas y me hace gracia lo rápido que me acostumbro a estas escenas domésticas.

Bajamos. Irina ya camina con otro aire, los mimos de hace un rato le han sentado de lujo y tiene el color de vuelta en la cara.

Yo me pego a ella y busco el roce de su espalda con la mano.

La verdad es que todavía tengo el cuerpo revolucionado y una neblina mental importante.

Voy con la sonrisa boba y la guardia por los suelos, pero se me quita la tontería en cuanto cruzo el umbral.

Sabina está en medio con su energía habitual de «acabo de arreglar el mundo, traedme una medalla y un whisky». Pelo recogido, cara de haber dormido diez horas y unos ojos que chispean. Sonríe. Mucho. Demasiado.

Irina se frena en seco. Yo proceso el panorama. Sabina nos mira de arriba abajo, se detiene en mi cara de recién bajada de una nube y su sonrisa se vuelve aún más insoportable.

—Buenos días, familia. Qué alegría veros con esas caras de felicidad. —Su voz destila un optimismo que me incita a pegarle un bofetón con el trapo de cocina.

—Menudo humor traes tú —le lanzo, porque aunque estoy de buenas, el tonito me toca la moral.

Irina la observa. Tiene el detector de marrones encendido al máximo.

—¿Qué has liado ahora? —pregunta, saltándose los preliminares.

—Qué humos. Te sienta bien esa bata de señora de barrio, te da un toque hogareño muy tierno.

—Sabina —insiste Irina, y la voz ya le baja una octava—. ¿Qué has hecho?

—Podríamos comer algo primero, ¿no? He hecho un risotto —interviene Amaia con un hilo de voz.

—No —dice Irina.

—No —repito yo. Si mi mujer dice que no hay almuerzo hasta que se aclare el percal, yo me declaro en huelga de hambre. Me apetece mucho marcar territorio hoy y dejar claro que somos un pack indivisible.

Sabina me lanza una mirada rápida que dice «Ya hablaremos tú y yo, guapa, que a ti te compro con dos besos».

—Vale, vale. Veo que hoy la cortesía brilla por su ausencia. Me encanta lo directas que sois. Cero rodeos, a lo que vamos. —Se apoya en la isla—. He finiquitado el asunto de Los Trueno.

Silencio absoluto.

Irina no parpadea. Yo sí porque mis nervios son de carne y hueso. Amaia baja la vista.

—¿Cómo que lo has finiquitado? —pregunta Irina. Le sale una voz ronca, bajita, da miedo.

Sabina extiende los brazos. Está orgullosa de su hazaña.

—Pagando —dice tan pancha—. Ya está.

Siento el viaje en el estómago. No es que me sorprenda que la rubia use el talonario como arma de guerra, es que tiene una elegancia psicópata que me deja tonta.

—¿Pagando el qué? —pregunto yo, porque veo que Irina está a nada de lanzarle un cuchillo jamonero.

Sabina me mira con condescendencia. Me pone negra.

—He comprado la paz, Julia. La paz tiene un precio. Todo el mundo lo sabe, aunque algunas prefieran hacerse las duras.

Irina resopla. Se le marca la vena del cuello y yo, que hoy he venido de un humor excelente y con las hormonas de fiesta, no puedo evitar fijarme en lo guapa que está cuando se enfada, incluso con cara de querer asesinar a su mejor amiga.

—¿Has recompensado a los que intentaron matarme? —Sube el tono. Incrédula y cabreada—. ¿Les has dado dinero por pegarme un tiro?

Sabina se encoge de hombros.

—Sí.

La doctora ha perdido el norte del todo. Se le ha ido la pinza a niveles estratosféricos.

—¿Cuánto? —pregunta Irina. Lo dice muy despacio, quiere el dato para poder estallar con razón.

Sabina sonríe. Le encanta el momento, la atención, el drama.

—Cuarenta millones.

—¡Me cago en mi vida! —El grito se me escapa solo—. ¡Cuarenta kilos! ¿Pero tú qué te has fumado hoy, Sabina? ¿Te has vuelto loca o qué te pasa?

Sabía que Sabina tenía pasta, mucha pasta, pero esto es otro nivel. Ni yo, ni Irina, ni creo que Amaia sabemos a cuánto asciende su cuenta, pero si suelta cuarenta millones así, de golpe, es que lo que le queda es una montaña indecente de billetes.

—Estoy estupenda, Julia. Tengo el cerebro limpio y la cuenta bancaria llena. Es una combinación ganadora.

Irina da un paso hacia ella; una invasión de espacio personal con todas las de la ley.

Se le abre la bata y mi cabeza, que hoy está de vacaciones en la isla de la desvergüenza, se va directa a su muslo.

Soy una impresentable, lo sé. Tengo las defensas por los suelos y me sube un calor que no viene a cuento ahora que estas dos están a punto de arrancarse la cabellera.

—A un enemigo no se le paga —escupe Irina. El tono es alto, agresivo—. No negocias con el que te pone una pistola en la cara. ¡No premias a los que quieren verte bajo tierra!

—No he premiado nada —le devuelve Sabina sin inmutarse—. He comprado que nadie vuelva a manchar de sangre el suelo de esta casa. He comprado tu seguridad.

—¡Este suelo me importa un carajo! —grita Irina, que ya está roja de pura rabia.

—Es el suelo de la familia. —Sabina sube también el tono y pierde la fachada de calma—. Y tú estabas encima de él desangrándote. Se acabó la discusión, Irina. He tomado una decisión ejecutiva.

Amaia da un paso adelante y se mete en medio, en ese sitio peligroso donde puede frenarlas a las dos.

—Sabina, desembucha todo.

Ella recupera su compostura de doctora de éxito. Lo tiene todo pensado, como siempre.

—A ver, les he soltado la pasta, sí. Lo he hecho por interés puro y duro. Les he comprado el orgullo, que es lo más barato que tienen esos tipos.

Irina tuerce la boca y esa vena que se le hincha en el cuello no augura nada bueno para los próximos cinco minutos.

—¿El orgullo? ¿De qué cojones hablas?

—De eso —dice Sabina con una suficiencia que me fascina—.

Les he dado una salida digna. Un final que pueden vender a sus colegas como un triunfo total.

No se van a casa derrotados, se van forrados.

No pierden la cara, cobran el peaje por haberte puesto contra las cuerdas.

Y con eso se callan, desaparecen del mapa y nos dejan vivir tranquilas de una vez.

He comprado su silencio y su ausencia. De nada.

Irina respira fuerte, con ese gesto que hace antes de estallar.

—Lo has hecho sin decirle nada a nadie.

Sabina aguanta el tipo que da gusto verla.

—Lo he hecho sin decirte nada a ti, sí. Las demás estábamos de acuerdo. Bueno, Julia no tenía ni idea porque prefiere vivir en su mundo de colores y no enterarse de estas cosas.

—Me has dejado fuera de mi propia historia —insiste Irina, acercándose más.

—Sí —repite Sabina—. Y lo volvería a hacer.

Amaia aprieta los párpados. Sabe que esto va a acabar regular. Yo, mientras tanto, flipo fuerte. Me dan ganas de decir algo, pero no quiero que me manden a paseo.

—¿Ah, sí? —Irina está hirviendo—. ¿Y me vas a decir por qué te has tomado esas libertades, Sabina?

—Porque tú no habrías movido un dedo, Ira.

—Sabina inclina la cabeza, sonrisa pequeña.

Una reina—. Tú prefieres que el mundo arda antes que agachar la cabeza un centímetro.

Prefieres una guerra interminable a una solución rápida que te obligue a tragar orgullo.

Y yo ya he tenido mi cuota de quirófanos y desastres para lo que resta de año.

Prefiero pagar la cuenta que limpiar la sangre.

Irina se le echa encima, otro paso más. Amaia intenta poner paz con un gesto de la mano, pero Irina ni la ve. Solo existe Sabina y la mala hostia que le sube por la garganta.

—Tú no mandas en mi guerra. Nuestra organización no tiene voz ni voto en mis asuntos personales. ¡Tú no te metes en mis putos asuntos, Sabina!

Y entonces la rubia suelta una carcajada en toda su cara. Una risa limpia, de superioridad absoluta.