Capítulo 21 #3
—Esto no significa que me mandes —dice con la voz baja.
—Significa que hoy soy tu puta ama. Te has metido en mi ducha. Eso te convierte en propiedad de la empresa hasta que yo diga.
Irina hace un amago de risa. Apoya la frente en mi hombro. Noto el peso muerto de su cuerpo y me toca sujetarla por la cintura para que no se me desparrame por el suelo del baño.
—Venga, a la piltra. —Le doy un toque en el culo.
—Julia, tengo asuntos que revisar…
—Las cosas se hacen cuando dejas de estar hecha una braga.
—No estoy tan mal.
—Calla. A la cama. Ya.
Regresamos al cuarto. El sol entra ahora a saco. El ambiente huele a limpio, a jabón y no a farmacia de guardia. Me mola más así. Hace un amago hacia la silla del escritorio, donde se sienta a organizar su imperio del mal. Le pongo el brazo delante antes de que dé el primer paso.
—Ni de coña, jefa.
—Julia, por favor.
—Horizontal. Ahora mismo.
Me mira con un cabreo de esos de mentira, de los que esconden que en el fondo está encantada de que le lea la cartilla.
—Eres una pesada insufrible.
—Soy eficiente, reina. Lo has dicho tú misma hace diez minutos, pero entre el ibuprofeno y el drama se te ha olvidado.
La empujo hacia el colchón. Con determinación pero con cariño, que no quiero que se me rompa. Le calzo una almohada en los riñones para que esté cómoda y le subo el edredón hasta el ombligo como si fuera un rollito de primavera.
—Esto es el colmo —murmura—. Me estás haciendo la camita.
—Sí —le confirmo—. Y como se lo casques a alguien, te niego el saludo en público para no perder mi fama de malota.
Me acerco a la mesilla y agarro el arsenal químico. Se las pongo delante con un vaso de agua, con cara de pocos amigos pero por dentro me estoy riendo sola.
—Venga, al buche.
—No soy una cría, sé tomarme una medicación.
—Eres mucho peor porque tienes criterio propio y lo usas fatal. Traga y no me hagas perder el tiempo.
Irina se las zampa de un trago. Sin rechistar. Es el segundo milagro de la mañana y empiezo a pensar que el universo hoy se ha fumado algo muy fuerte.
—Sabina decía que tenías mano para ser enfermera —dice ella, con la voz más pastosa.
—Sabina dice chorradas a granel para pasar el rato. —Me siento en el borde del colchón—. Y también dice que como paciente eres una auténtica pesadilla, que dan ganas de darte con un palo.
Irina cierra los ojos un momento y exhala.
—No es mi mejor faceta, lo reconozco.
—A mí me encanta. ¿Te acuerdas de cuando me mandó a vigilarte? Tú con una fiebre de espanto y yo haciendo placajes para que no te levantaras.
—Ni me lo nombres.
—Fue un descojone —insisto—. Estuviste a punto de palmarla, pero el resto estuvo de diez. Me enamoré de ti ahí mismo porque tengo un gusto de mierda para elegir pareja, eso está claro. Me va la marcha.
Irina entorna los ojos.
—No fue ahí.
—Que sí —le aseguro—. Ahí fue. Me dio el flechazo cuando vi que eras todavía más insoportable enferma que sana. Pensé: «esta es mi clase de desastre, este incendio lo quiero yo para mí». Y mira. No me equivoco nunca. Soy un hacha.
Me mira con esa tranquilidad que hoy tiene menos espinas.
—Te gusta cuidar, Julia. No lo ocultes más.
—Me gusta llevar el volante, que no es lo mismo —le corrijo, y le doy un toquecito en la pierna para que se esté quieta.
Me engancha la muñeca. Tiene fuerza la tía, incluso estando medio muerta. Tira de mí hacia su lado con un golpe seco.
—Ven aquí.
—¿Qué pasa? ¿Te has vuelto dócil de repente? ¿Quieres mimos?
Irina tira con más ganas. Me obliga a tumbarme con ella. Me encaja bajo su brazo con una soltura que me toca las narices. Me rodea. Ella da el paso. Ella. Es para no creérselo.
—Cállate ya —murmura contra mi pelo.
—No.
—Julia.
—Vale —cedo, porque la tengo pegada y huele que te mueres de bien—. Pero solo porque estás medio muerta y me das pena.
Me aprieta más. El gesto es pura necesidad de que la toquen, de estar conmigo.
Y eso me llega hasta los tobillos. Tengo el hocico incrustado en su cuello y ella se dedica a respirar, por fin, a un ritmo normal.
El calor que desprende es real, es físico, y ahora mismo el resto del mundo y nuestras movidas cruzadas con las otras dos me importan una mierda muy grande.
Solo quiero que descanse y que no me suelte.
—Me da rabia —dice de pronto, bajito.
—¿El qué te da rabia, jefa? —le pregunto, mientras acomodo el culo contra su costado.
Se lo piensa. Le cuesta soltar prenda.
—Haber fallado.
Tócate las narices. No me dice que casi se le para el corazón, ni que ha visto la luz al final del túnel. Qué va. Su drama es que no ha sido perfecta. Es para darle con un calcetín sudado en toda la frente. Tiro de mi manual básico de cariño, que consiste en ser un dolor de muelas constante.
—Pues no falles más, lumbreras. Problema resuelto. Mañana te apuntas a un cursillo de infalibilidad y me dejas dormir tranquila.
Irina suaviza la expresión.
—No soy infalible, ya lo sé.
—Vaya, qué noticia. Mañana lo publicamos en el BOE —le corto, pasando de su drama existencial—. Por eso ahora misma la que corta el bacalao soy yo. Te arropo, te callas la boca y te dejas querer, que te pones muy intensa cuando te da por filosofar.
—No quiero perderte, Julia.
Se me hace un nudo en el estómago y quiero pegarle un bocado en el hombro para que espabile y deje de decir gilipolleces.
—No me vas a perder, pesada. Pero hazme el favor de no matarnos de un susto cada dos por tres, que el tinte para las canas me quema el pelo.
Me planta un beso rácano en la cabeza. Yo me callo, no vaya a ser que se crea que me tiene ganada por cuatro mimos mal dados.
—Hoy no hay Trueno —me dice al oído con voz ronca.
—Hoy te toca ser una mortal del montón que traga café aguado y se deja cuidar sin rechistar.
Me acaricia la cara, que es su forma de decir que está de acuerdo pero que le fastidia reconocerlo.
—Mañana charlamos de todo lo que hay que charlar.
—Mañana te voy a meter un tercer grado que vas a flipar —le advierto—. Y si te pones a lo esfinge rusa, me traigo a Sabina y te montamos una intervención doméstica con pancartas y todo. Te vas a enterar.
—No te atrevas.
—Me atrevo a eso y a pintarte la cara con rotulador permanente si te descuidas. Pero hoy paso de jaleos.
Me trinca con más ganas y me estampa contra su cuerpo. Me clava la mano en la cintura y yo me rindo. Qué bajo he caído, Dios mío. Me da un coraje de locos que no me apetezca moverme.
—Eres una tía insoportable.
—Y tú eres mi jefa favorita, aunque con esas pintas de ir en bata pareces una jubilada peligrosa.
Se ríe. Es ese ruidito corto que solo me hace a mí y que me hace sentirme la puta ama.
—Ayer te lo pasaste de lujo con Amaia. —Ya tardaba en salir el temita.
—Pues sí, para qué te voy a engañar. Es un encanto de mujer. Y tú con Sabina estabas muy a gusto, no me vengas ahora con celos de guardería.
—Es cierto. ¿Estás bien con eso?
—Te quiero lo mismo, idiota.
—Y yo a ti.
Irina cierra los ojos. Me abraza y se duerme poco a poco, vencida por los fármacos y el cansancio. Yo me quedo con los ojos abiertos, porque soy así de lerda y vigilo cuando algo me importa. Qué asco doy.
La observo un rato. La cicatriz nueva asoma por debajo de la camiseta. Le planto un beso encima de la tela, muy suave, casi sin rozar. Un beso rápido, por si acaso se despierta.
—Estás viva, menos mal —susurro para mis adentros.
Irina ni se entera. Respira despacio. Está en nuestra cama, ocupando sitio y dándome calor.
Pienso que esto es un milagro de los gordos, aunque me joda coincidir con las movidas de Sabina.
Hoy estamos enteras. Si mañana el mundo se va a la mierda, ya buscaremos a quién echarle la culpa. Pero hoy estamos aquí, juntas.