Capítulo 21 #2
Me fijo en el parche, pegado al costado. Y luego están todas las demás marcas de una vida que no ha sido un paseo por el campo. Una en el hombro, otra cerca de la clavícula, una raya fina que le atraviesa el abdomen. Un mapa de hostilidades. Verla así me da una rabia negra que me cuesta tragar.
—Me gusta que me desnudes, pero para otras cosas, no porque pienses que no puedo sola…
—Me dejas por las buenas. No me obligues a sacar las tijeras.
Resopla, pero se deja. Se planta delante de mí con toda su historia grabada en la piel y yo no puedo apartar los ojos. La miro de arriba abajo y siento de todo: ganas de matarla por asustarme así, ganas de lamerle cada una de las cicatrices y ganas de empotrarla contra el lavabo. Todo a la vez.
—Para adentro. —Le doy un empujoncito.
Se mete en la ducha. El chorro caliente le impacta en las escápulas y se le caen los hombros un poquito. Me encanta ver cómo se rinde ante el agua. Siento un impulso de insultar al universo por hacerme querer tanto a esta mujer tan difícil.
—¿Vas a quedarte ahí haciendo inventario o vas a entrar de una vez? —pregunta sin darse la vuelta.
—Entro. Alguien tiene que vigilar que no te rompas la crisma. Y de paso voy a aprovechar para meterte mano con la excusa de que soy tu enfermera.
—Eres una completa amenaza.
Me quito la ropa y me meto con ella. El calor me da en la espalda y me deshace un nudo de la nuca. Cojo el bote de gel, me lleno las manos y me pego a su espalda.
—Quieta —le digo al oído.
—Que sí, que no me muevo —responde, pero ya está empezando a usar su tono de protesta habitual.
—Como te pongas tonta, te meto la cabeza bajo el agua fría y te vas a enterar de lo que es un tratamiento de choque.
Bufa por la nariz. Sé que es su forma de reírse sin que se note demasiado. En su mundo de hielo, eso es una declaración de amor absoluta.
Ataque directo a la zona cero: hombros, nuca y esa espalda que me pone de un humor excelente y me da un hambre de las que no se quitan con un bocadillo.
Meto las manos a fondo. Nada de caricias de monja ni chuminadas de spa.
Froto con ganas de que sienta que estoy aquí.
La señora se tensa, pero su cuerpo es un chivato y empieza a coger temperatura.
Sus músculos mandan a la mierda el protocolo de combate y se ablandan.
—¿Ves? —Pego el hocico a su oreja—. El cielo no se ha desplomado ni te ha caído un rayo en todo el centro por dejarte cuidar, pedazo de bruta.
—Todavía no —refunfuña ella con esa voz de ultratumba que me hace estragos en la entrepierna.
—No me calientes el morro, que estamos en la ducha —la aviso mientras le pego un meneo bueno a las cervicales—.
Me despisto con el jabón y te hago un trasquilón en el pelaje que no vas a saber defender ni con todo tu dinero ni con toda tu soberbia.
Te dejo hecha una oveja merina y a ver si tienes coño de presidir una junta así.
Irina se parte de risa. Eso me transmite calma. Es mi ansiolítico y me da rabia que me tenga tan controlada sin mover un dedo, solo por oírla reír.
Paso a la fase capilar. Le mojo la cabellera y la tía inclina el pescuezo con docilidad. Qué cara más dura tiene, sabe muy bien cuándo le conviene acatar órdenes. Le planto el champú, hundo los dedos e inicio el masajito de cráneo. Irina larga un suspiro que dura un invierno entero.
—Respira, anda.
Bajo las revoluciones para no arrancarle la cabellera.
—Es lo que hago.
—Digo que respires con ganas, no esa mierda de ahorro de energía. Que parece que te cobran el oxígeno a precio de oro, joder.
Se calla la boca. Se apoya contra el azulejo, dejando que la gravedad trabaje por ella por una vez.
Le aclaro el pelo con un cuidado que me da hasta asco de lo tierna que me pongo. El agua baja por su columna y, en cuanto el chorro se acerca a la avería del costado, se pone rígida. Se le marcan los abdominales, que son para ponerles un monumento, pero el gesto es de dolor puro.
—Eh. No te me cierres ahora, que ya casi estamos.
—Es que me duele —susurra.
Y me enfada, porque me duele a mí también.
—El remiendo está impecable —le digo para romper el momento cursi que se nos venía encima.
—Sabina.
—Sabina tenía toda la razón del mundo. Eres la peor paciente de este lado del hemisferio.
—De siempre.
—De siempre —repito—. Mira, si algún día te da por palmarla, juro que te mato yo antes por darme tanto el coñazo.
Ella gira el cuello y me clava esos ojos de hielo que hoy tienen un brillo menos cortante.
—No me voy a morir.
—No me hagas promesas de las que no puedas cumplir. Que me entran los nervios y me da por romper cosas.
Vuelve a mirar a la pared. Agarro la esponja y le recorro el pecho y el abdomen, haciendo malabares para no rozar la herida. Se la paso con una calma que no va con mi ritmo habitual. La piel le quema. Tiene una bola de nervios ahí dentro que me gustaría sacarle a base de meneos bien dados.
Le quito el sudor, la pringue de las cremas y la mugre de la noche. El miedo no se va con jabón, eso ya lo sé, pero por algún sitio tengo que empezar el mantenimiento de esta mujer.
Me arrimo y le casco un beso en toda la cicatriz del hombro. Solo labios. Suavecito. Deja de respirar, que se cree ella que no me doy cuenta, pero yo sigo a lo mío. Le arreo otro beso más abajo, en la clavícula. Un viaje, otro beso.
Sigo hasta la herida. Le planto los labios en el borde, donde se acaba el blanco de la gasa y empieza su piel. Ella hace un ruido de persona normal, por fin, nada de esas posturas rígidas de siberiana que pone a veces.
—Julia… —dice bajito.
Escuchar mi nombre así, con esa voz que parece que le sale de los pies, me pone el pulso a dos mil revoluciones. Si fuera otra, me pondría a soltar poemas, pero antes me corto la lengua que ponerme cursi.
—No te flipes, que te va a subir la tensión.
Se le ponen los ojos con un brillo raro. Mira que mi rusa es de las que tienen el conducto del llanto oxidado, pero ahora está blanda.
Me pego a ella y la abrazo con la frente en la espalda. Cojo aire porque me estoy portando tan bien que me doy miedo a mí misma. Soy una santa y deberían poner una calle con mi nombre por lo menos.
Irina se da la vuelta. Me mira a los ojos, baja a la boca y luego vuelve arriba. Me agarra la cara con una mano y me sujeta el mentón con fuerza.
—Gracias.
Odio cuando hace eso. Es una rendición y yo la quiero peleona, dándome guerra.
—No me vengas con esas, anda —le digo—. Me pones de los nervios cuando te pones así de mansa. Me da un coraje que no veas.
Ella pasa de mi queja. No se ríe, solo me mira con una fijeza que me obliga a bajar la guardia.
Y entonces va y hace la jugada maestra. Baja la vista, baja la mano y la planta en el tajo del abdomen.
Mi cicatriz de la cesárea. Esa cremallera torcida que me dejaron de recuerdo el día que decidieron sacarme a la niña a las bravas.
Me recorre la marca con las yemas de los dedos. Yo no me muevo. Se lo permito porque hoy la quiero mucho y porque he sido yo la que ha empezado el reconocimiento médico. Se dobla, aunque le duela hasta el alma el movimiento, y me planta un beso encima del surco. Un beso seco. Directo. Sin vueltas.
—Vale ya, corta el temita de las heridas. —Me sale una voz de pito que me deja en ridículo total.
Levanta la cabeza y me mira desde abajo con una media sonrisa.
—¿Qué te pasa, Julia? ¿Te pone nerviosa?
—Pues claro que me pone, tía —tartamudeo como una idiota—. Sabes que me da una pereza máxima recordar el drama del parto. No me hagas esto ahora, cari, que vengo de buenas.
Se incorpora despacio, sufriendo lo suyo pero sin aflojar el agarre. Me engancha de la cintura con una mano y me deja pegada a sus costillas.
—A mí me gusta esa marca. De ahí salisteis vivas las dos.
—No te pongas intensa, pesada, que luego te entra el frío de la estepa y tengo que pedirte permiso por escrito para que me des un beso.
Irina me aprieta el michelín de la cintura, sin cortarse un pelo.
—Cállate ya, que no paras. Te pasas el día llorando porque no te hago mimos, pero en cuanto me acerco me tiras un dardo.
—Vale, me rindo —admito, porque la tía tiene razón y no tengo por dónde salir—. Tienes un minuto de silencio. Aprovéchalo antes de que recupere el habla.
No espera. Me arrea un beso que yo me como enterito. Es un contacto que me baja la tontería y me enciende la sangre al mismo tiempo. Me tiene ganada y lo sabe.
Terminamos con el agua. Le paso el teléfono de la ducha por la espalda con todo el tiento del mundo.
Ella se porta de lujo y no dice ni esta boca es mía.
Es un hito histórico. Me guardo el comentario irónico para no fastidiar el momento.
Salimos y agarro la toalla más grande que tenemos y la empaqueto bien para que no se me quede pajarito.
—Siéntate ahí —le mando.
—No.
—Que te sientes, coño.
Irina apoya el culo en el borde de la bañera, envuelta en el rizo blanco y con los pelos chorreando pegados al cuello. Me entran unas ganas locas de pegarle un bocado en el hombro y en otros sitios que no vienen a cuento ahora. Le paso la toalla por la cabeza sin mucha delicadeza.
—Ay —se queja.
—Te aguantas. Eres capaz de comerte un tiro sin pestañear, pero luego te pones delicada con mi forma de frotar.
Me dedica una mirada seria, pero con ese brillo en los ojos de quien se está descojonando por dentro.
—Eres una pesadilla, Julia.
—Y tú sigues viva por mi santa paciencia y porque me da la gana. No te me pongas dramática.
Le pringo la piel con crema, bordeando el parche del costado. Le rozo la zona con tiento. Irina se pone rígida.
—Respira —le pido.
—Lo hago —gruñe.
—Pues hazlo con ganas. —Le arreo un toque suave en el muslo—. Vamos.
La visto con una camiseta ancha, mía. Le manejo los brazos con un cuidado extremo, sin tirones.
La dueña del cortijo dejándose vestir. Me entran unas ganas locas de sacar el móvil, grabarlo y mandárselo a Ana para chincharla, pero hoy no tengo el cuerpo para choteos externos.
Hoy me toca ser el soporte de mi rusa, y aunque no lo diga, me encanta tenerla así de cerca.