Capítulo 21
Amanezco empotrada contra Irina, un poco a lo lapa y un mucho a lo invasora de espacio personal.
Me encanta. Me toca las narices que me encante.
De hecho, me fastidia mucho que mi sistema nervioso haya decidido volverse tan receptivo en las últimas veinticuatro horas.
Estoy a cinco minutos de ponerme tierna y eso sí que no lo tolero; qué bajonazo, Julia, por Dios. Ten dignidad.
La luz del día se cuela por una rendija de la persiana.
La habitación huele a ese desinfectante de hospital que se ha mudado a vivir con nosotras desde el tiroteo, mezclado con el aroma a los potingues de alta gama que usa Irina hasta para desangrarse.
Y luego estoy yo: rastro de vino, noche convulsa y verdades que preferiría dejar en el sótano.
La jefa está de costado, con la respiración tranquila. Me tiene la mano puesta en la cintura, sin apretar. Seguro que hace teatro y está más despierta que yo. Da una seguridad de hierro y una grima que flipas.
Tengo un hormigueo en la barriga que no tiene nada que ver con la resaca.
Ayer le di un beso a Sabina. Ayer exploré territorios nuevos con los dedos e hice que Amaia resoplara de una forma que no le había oído nunca.
Y aquí estoy. En mi catre. Con mi parienta.
Con la emperatriz del mundo remendada por el flanco.
Aguanto quieta, que ya es un hito histórico en mi biografía. La escaneo. La piel de Irina quema, excepto en ese trozo de carne más fresco cerca de la gasa. Me escuece solo de verlo y me cabrea que me duela a mí lo que le hicieron a ella.
—Buenos días, cariño mío —le susurro, con los párpados a medio gas.
Me arrimo más por puro afán de marcaje. Le hinco el hocico en el pescuezo, le huelo la existencia. Se me hace un nudo en el ombligo y me sube un bochorno de los malos.
Irina hace un amago de movimiento. Apenas nada. El ritmo de su pecho cambia. Y, de golpe, le da por jugar a las olimpiadas e intenta incorporarse.
Me pongo en guardia antes de que se dé cuenta.
—Quieta ahí, Rambo. ¿A dónde vas?
—Tengo cosas que hacer —murmura, sacando a pasear el tono de «aquí se hace lo que yo diga».
—Tienes que hacer reposo, coño, así que relaja las tetas de una vez.
Apoya la mano en el colchón, cabezona hasta la médula.
Intenta subir el tronco y se le tensa la costura de la piel.
Se le descuajeringa la cara. Lo pillo del tirón porque me sé todos sus trucos.
No se queja ni muerta; ella es más de aguantar el tipo hasta que los órganos se le salgan por la boca.
Pero yo lo he visto y ya me tiene calentita.
—No seas exagerada, Julia —masculla con esa voz de jefa que a mí no me intimida ni un poquito.
—De exagerada nada, guapa. Tienes un agujero nuevo en el cuerpo y te vas a estar quieta por mis ovarios, que hoy mandan ellos.
Es increíble lo de esta mujer. Me dan ganas de morderla y de arroparla a la vez.
—Estoy perfecta. Deja de agobiar.
—Estás viva, que ya es bastante para la que liaste. Un milagro, vamos.
Aprieta los dientes. Sé que le jode que la cuiden, que prefiere llevar ella el timón hasta de su propio entierro.
—No me hables con ese tono de que tienes pánico y lo ocultas con borderías.
Qué tía más cínica. Es para darle de comer aparte.
—No tengo pánico, cielo. Tengo mala leche. Y ahora te vas a comer mi cuidado intensivo, te guste o no, que ya me has echado de aquí un montón de días y se acabó.
—No me hace falta —dice, aunque la voz le tiembla.
—Ya, pero a Sabina bien que la has dejado cuidarte esta semana.
—Sabina es mi médico, no es lo mismo. Y es todavía más pesada que tú, pero por lo menos tiene conocimientos para evitar que me muera.
—Y yo tengo conocimientos para bajarte los humos y obligarte a comer y a descansar. He vuelto y te voy a tener entre algodones, así que deja de intentar ponerte vertical antes de que te dé un guantazo, te lo aviso.
Intenta incorporarse otra vez, por pura cabezonería. Le planto la mano en medio del pecho, firme, sin caricias ni tonterías. Bloqueo puro.
—A la cuna he dicho. Ni un movimiento más o te ato al cabecero.
Se para por fin. Me mira con una mezcla de odio y algo que se parece sospechosamente a las ganas de que no me vaya nunca. Yo le sonrío, porque en el fondo sé que me ha echado de menos hasta la última gota de sangre.
—Venga, relájate. —Suavizo el gesto—. Que vengo con ganas de guerra pero de la buena, en cuanto dejes de ser una inválida oficial. De aquí no me muevo hasta que camines derecha, así que ya puedes ir acostumbrándote a mi cara otra vez.
—Julia.
—Ni Julia ni Julio. Hay sábana. Hay reposo. Hay que cerrar el pico.
—Tengo llamadas.
—Tienes un boquete en la chapa y un orgullo que no te cabe en el pijama. Los recados pueden esperar a que no te desmontes si estornudas.
Irina me sostiene el pulso visual. Tiene cara de seria, pero hoy se le asoma un cansancio que suele guardar.
Y ahí me pica algo feo en el pecho, porque ver a Irina agotada me da un yuyu que no veas.
Me confirma que no es un robot de última generación.
Es mi mujer y la quiero tanto que me dan ganas de denunciarme por blanda.
Irina hace una mueca, rendida. Sabe que hoy no gana.
—Me duele —admite. Así, a pelo.
Me deja fuera de juego. Irina no admite el dolor ni bajo tortura. Irina es de las de «ya se pasará».
—¿Has probado a no ser tú durante cinco minutos? Dicen que el descanso funciona mejor si dejas de creerte de acero.
Me dedica ese amago de sonrisa que solo saca cuando no hay testigos.
—Tu capacidad para empatizar es una patología.
—Y la tuya es una leyenda urbana que nadie se cree.
Nos miramos fijo. Yo con mi cara de lista y ella con esa fatiga que le sale por los poros.
—Vale, reconozco que estoy fundida. —Baja el volumen—. Ojalá hoy no tuviera que oír hablar de Trueno ni de nada.
Se me hace un nudo en las tripas. Qué mierda. Me dan un bofetón de realidad sus ojeras y veo que lleva el motor echando humo de cargar con todo.
—Vale, trato hecho —sentencio—. Hoy solo eres una simple mortal que va a dejarse cuidar por esta experta en tocar las narices. Te vas a cagar.
Irina arruga el morro, que es su forma de decir que va a protestar.
—No necesito que me… y no puedo… solo he dicho que ojalá…
—Te hace falta y te aguantas —le corto el hipo.
Abre la boca para soltar alguna de sus frases de magnate con mala hostia, pero no la dejo ni tomar aire.
—Al baño y luego a la cama otra vez.
—Ni de coña.
—Que te digo que sí.
—Julia, no me jodas.
—Que sí —le digo mientras la empujo con suavidad—. Te quito la mugre de encima y tú mantienes el pico cerrado.
Me lanza esa mirada de escarcha suya. Pero hoy el bloque de hielo tiene una raja importante. No le llega el riego para montar una guerra civil en el dormitorio.
—Me puedo duchar sola.
—Claro que puedes sola, faltaría más. Y yo puedo comerme un kilo de helado de una sentada, pero no es plan. Aquí estamos, dándonos cariño a base de insultos. Porque somos así de especiales.
Gira el cuerpo para bajar de la cama y veo cómo aprieta los dientes cuando el costado le pega el aviso. Hace una mueca de esas que intenta camuflar. Me pone de los nervios que sea tan burra. Me pone a mil que sea tan burra, para qué nos vamos a engañar. No hay quien la dome y eso me pierde.
Me levanto y le encasqueto la bata. Esa prenda que dice «mando mucho, pero en mi casa parezco una abuela con reúma».
—Póntela, venga.
Irina agarra la tela y me mira con ganas de asesinarme.
—Esto es un atropello.
—Si te cruzas con el comando de tus gorilas en este plan, se tiran por el balcón del trauma. —Me río en su cara—. «La Jefa en bata de boatiné». Les da un síncope ideológico.
Me dedica una mirada de las que fulminan pasaportes.
—Tu ironía debería estar tipificada en el código penal.
—Es mi mayor virtud —le digo sacando pecho—. Viene de serie.
La escolto hasta el baño. No es que no sepa llegar, es que me sale de dentro. Necesito estar ahí pegada, viendo que no se me desmorona por el camino, vigilando que respire. Me doy asco a mí misma por ser tan pesada, pero me da igual.
Avanza con esa calma de mentira que usa para que no se note que cada paso le jode la vida.
—Deja de vigilarme, que pareces un escolta.
—No soy un escolta —le rebato con chulería—. Soy tu mujer. Es mucho peor porque no me puedes despedir.
Sopla, casi una risa. Me vuelve loca sacarle esos ramalazos de humanidad.
Entramos en el baño. Abro el grifo y calibro el agua para que no parezca el caldo de un cocido. Irina se sienta con esa cara de «mira qué ridícula es mi mujer haciendo de asistenta». Esa expresión es su forma de decir que me quiere. Lo tengo estudiadísimo.
—¿A qué viene tanto despliegue?
—A que el agua no se calienta sola. Y no te quiero oír quejarte de la temperatura. Tú no tienes dermis, tú tienes blindaje de tanque.
—Tu sensibilidad me deja sin palabras, Julia.
—Ya, ya, soy un encanto, me lo diagnosticó el médico de pequeña —le corto el rollo de golpe—. Venga, te desnudo.
—Ni de coña.
—No me hagas usar la fuerza bruta, que hoy vengo con el día cruzado y te voy a acabar arrastrando al plato de ducha.
Se clava en el sitio.
—Julia.
Me planto delante de ella. Le engancho la bata por la solapa y tiro hacia mí. Solo un poquito, lo suficiente para que entienda quién manda hoy en este baño.
—Irina. Te han dado puntos. Te han zurcido. No estás negociando una fusión bancaria, estás en mi casa. Y aquí mis ovarios son ley.
Me mira fijo. Veo ese brillo de irritación en sus ojos que tanto me pone. Le revienta que le dé órdenes y, lo que es peor, le vuelve loca que yo sea capaz de hacerlo. A mí me pasa igual, pero yo no tengo que disimular tanto.
Le desabrocho el invento sin prisas. La despojo de la bata. Debajo se gasta unas bragas de encaje de las sexis, porque Irina puede estar al borde del colapso, pero jamás descuida el envoltorio. Me entra la risa.
—Mírala ella. La zarina de los bajos fondos con lencería de lujo.
—Cierra el pico —me espeta, aunque le falta fuelle para enfadarse.
—No me da la gana. Hoy toca que te cuide yo y te aguantas.