Capítulo 20 #3
Se lo devuelvo con un hambre animal. Mi boca se engancha a la suya y reconozco cada rincón.
Besar a esta mujer es volver al sitio donde aprendí a respirar.
Le muerdo el labio de abajo, bruta, porque me quema la sangre y porque me fastidia que me tenga así de pillada después de media vida.
Ella gime suave, ese ruidito de pija viciosa que me pone el vello de punta.
Me agarra la cara con las dos manos. Sus pulgares me recorren y me obligan a profundizar en su boca. Me sabe a gloria. Me sabe a todo lo que nos hemos callado mientras hacíamos como que solo éramos amigas.
Esto no es una escena de amor de esas que dan fatiga. Es carne y ganas. No compite con Irina ni con Amaia. Esto es otra liga.
—Te quiero, Julia —susurra contra mis labios, sin separarse—. Y te deseo tanto que me duele.
—Eres una pesada —le respondo, respirando a lo loco—. Una pesada y una provocadora. Yo también te quiero, joder. Y te voy a volver a follar tan bien que te vas a olvidar hasta de cómo te llamas. Te voy a poner fina, rubia.
Sabina sonríe, satisfecha. Se separa y me mira con esa superioridad que me vuelve loca.
Me acuerdo de cuando empezamos, hace tres décadas.
Fue ella la que me explicó de qué iba esto.
Aprendí todo con ella. Me empezó a gustar llevar la voz cantante y ella se dejaba hacer de todo.
Era una sumisa de libro conmigo, le encantaba que yo mandara y a mí me volvía loca verla así, tan entregada, tan suya pero tan mía.
—Me gusta cuando te pones ordinaria. Me pone muchísimo.
—Lo sé. Eres una viciosa por mucho que vayas de marquesa por la vida.
Le agarro la nuca, tiro de ella y la empujo contra el borde de la encimera.
Quiero mi cuerpo presionando el suyo hasta que no quede aire entre las dos.
Le muerdo el cuello y meto la mano por debajo de su camiseta ancha.
Busco piel, busco esa suavidad de porcelana que tiene y le agarro la cintura con una fuerza que la hace arquearse.
Tengo la cabeza perdida; solo pienso en levantarle la ropa, sentarla en el granito y follarla aquí mismo.
Le bajo la mano hacia la cadera, apretando, y cuando voy a buscar el camino de bajada, Sabina me agarra la muñeca.
No es un tirón seco; es una presión firme, elegante, que me frena en seco.
Se separa de mi boca, lo justo para que su aliento me queme los labios, y me mira con una mezcla de deseo y de autoridad que me deja paralizada.
—Hoy no, Julia —susurra, recuperando la compostura.
—¿Cómo que hoy no? —jadeo, con el pulso martilleándome en las sienes—. No me dejes así, Sabi, que me subo por las paredes.
—Me gustaría hacer de todo contigo ahora mismo, pero Amaia necesita que suba con ella. Vamos a hacerlo bien para que no salte todo por los aires.
Me quedo con la mano muerta bajo su ropa y el corazón me da patadas en las costillas.
Si fuera cualquier otra excusa, si fuera solo por hacerse la difícil, le habría dado un empujón y la habría besado hasta que dijera que sí.
Pero es Amaia. Y ese deber, esa lealtad hacia la mujer que está arriba procesando el desastre es lo único en el mundo capaz de hacerme soltar el agarre.
Sabina me nota la rendición en los dedos. Se estira, me da un último beso lento, saborea mi frustración, y me coloca un mechón de pelo con una delicadeza que me duele.
—Vete con ella, anda.
Se separa de la encimera, se alisa la camiseta con una tranquilidad que me da ganas de gritar y me lanza una mirada de reojo que es pura promesa de pecado.
—Buenas noches, Julia. No sueñes conmigo, que te vas a despertar empapada.
—Vete a la mierda, Sabina. Buenas noches.
La veo alejarse por el pasillo con ese contoneo que sabe que me hipnotiza.
Me deja otra vez sola en la cocina, con el sabor de su boca en la mía y el pulso haciendo una fiesta en mis sienes.
Qué asco me da lo mucho que me gusta esta mujer.
Y, me cago en todo, qué ganas tengo de cumplir lo que le acabo de prometer.
Tengo el cuerpo eléctrico, eso es innegable.
Sensible a cualquier roce. Pero también estoy más en mi sitio.
Sabina siempre ha sido un refugio. Un refugio con goteras y con el suelo lleno de trampas, pero un sitio donde volver.
Y el deseo por ella está ahí porque tiene que estar.
No necesita que nadie le dé el visto bueno.
No necesita explicarse delante de Amaia o de Irina.
A mí eso me da un vértigo de cojones. Porque ya no es una paja mental ni deseo en abstracto. Y la realidad siempre pica más.
Me obligo a moverme. Subo las escaleras sin meter ruido. El pasillo está a oscuras. La casa está en pausa. Escucho un cuchicheo en el cuarto de ellas. No pillo ni una palabra.
Entro en mi cuarto. Cierro la puerta. Apoyo la espalda contra la madera y me paso los dedos por los labios.
Me quito la camiseta. Me miro en el espejo y me da rabia lo espabilada que me veo.
Esta noche las reglas del juego han cambiado. Y mañana… mañana va a haber que gestionar este marrón.
Apago la luz. Me meto en la cama con Irina y le echo el brazo por encima.
En mitad de la noche, el beso de Sabina sigue ahí, flotando, exacto, sin moverse. Lo que he sentido con Amaia también.
Y yo, que soy la campeona mundial de la negación, hoy no puedo hacerme la loca. No del todo. Porque ha pasado. Y lo que ya ha pasado no hay dios que lo borre.