Capítulo 20 #2
Doy un paso hacia delante. Invado su espacio porque quiero que note que vengo de un calentón de los que hacen época y que la cosa sigue dándome calambres en sitios interesantes.
Sigo eléctrica, con el pulso acelerado y una sonrisa de satisfacción que no me cabe en la cara.
No se echa atrás. Me aguanta la mirada y eso es lo que más me gusta de ella, que no huye aunque se esté asando por dentro.
—¿Estás bien?
—Estoy de puta madre, Amaia. Con una vibración encima que no se me quita ni con una ducha de hielo y la cabeza dando botes, pero más feliz que nadie. De hecho, si te descuidas, te empotro aquí mismo contra la encimera.
Se ríe, aunque se ha puesto colorada perdida. Yo me aguanto para no pegarle un bocado en el moflete, por graciosa y por estar así de buena.
—Qué bruta eres, tía.
—Bruta no, sincera. Escucha, si te arrepientes de lo de antes, suéltalo ya —le digo con guasa total, buscándole las cosquillas—.
Pero vamos, que tú me diste vía libre. Estuviste más por la labor que yo, que ya es decir.
Si llego a saber que eres tan regalada, te meto mano el primer día que nos mudamos juntas y eso que nos habríamos ahorrado.
La cara de Amaia es un poema. La boca abierta y el rojo subiéndole desde el escote hasta las orejas. Le he volado todos los esquemas de chica responsable y verla así, bloqueada por mi bocaza, me pone el pulso a doscientos. Me encanta sacarla de quicio.
—Eres… eres idiota, ¿eh? —consigue decir, que casi no le sale la voz.
—Y tú una reprimida que se muere por que le den un buen meneo, pero aquí seguimos las dos, fingiendo que solo estamos fregando platos cuando lo que queremos es otra cosa.
Se da la vuelta a toda pastilla y abre el grifo con una fuerza que salpica todo. El ruido del agua es lo único que suena mientras ella le da una paliza a un vaso.
—Me voy al baño —dice de pronto, dejando el vaso sin enjuagar.
—Venga, corre, ve a echarte agua fría antes de que salgas ardiendo aquí mismo —me mofo mientras la veo alejarse por el pasillo con el paso más rápido de la cuenta.
No puedo evitarlo. La sigo cuando se va.
Vaya culo tiene la tía. Grande, firme, se menea con cada paso rápido que da.
Me encanta lo bien puesto que lo tiene, tan potente.
No es la primera vez que me empano con ella alejándose, ni la primera que me imagino el tacto de esa carne.
Pero hoy es distinto. Hoy lo admito: lo quiero.
Quiero agarrarlo, apretarlo. Ese culo va a terminar en mis manos, de eso no tengo ninguna duda.
Seco el vaso que ha dejado a medias con una energía que casi lo pulverizo y lo guardo. Me muevo por aquí con un hambre que no tiene nada que ver con lo que hay en la nevera, con la adrenalina todavía disparada y una satisfacción que me recorre el cuerpo de arriba abajo.
Y cuando ya estoy terminando de recoger, oigo pasos por el pasillo.
Es Sabina. Mi cuerpo la reconoce antes de que asome ese flequillo que siempre lleva perfecto.
Se planta en la cocina con ese rollo de diosa que jamás ha pedido el turno de palabra.
Lleva un moño que es un atentado al buen gusto y una camiseta ancha, pero la tía va a cara lavada y sigue estando jodidamente guapa.
Se apalanca en el marco de la puerta. Sin un puto gramo de timidez.
—¿Qué quieres? —le digo, borde de mentira.
—Nada.
Tiro el trapo en la encimera y me pongo frente a ella.
—¿Cómo está mi mujer? ¿Se ha dormido?
—Le he metido un chute sin decírselo para que descanse —dice Sabina con una sonrisa de lado—. Se ha dormido. Amaia también ha subido. Estamos solas.
—¿Y la psicóloga te ha dicho algo? ¿Está bien? Se ha quedado toda cortada aquí conmigo cuando os habéis ido.
—Está procesando todo esto, pero está bien. Tú sabes que ella es más… tradicional que nosotras tres juntas, pero si ha dejado que le bajaras las bragas es porque le apetecía, eso te lo aseguro. Así que no te preocupes por ella.
Camina hacia mí sin prisa. Se apoya en el mármol, invadiéndolo todo como si fuera la dueña de la casa, de mi cocina y de mi paciencia. Se fija en mis manos, que todavía están inquietas.
—Has recogido todo. Qué hacendosa.
—Soy una joya, ya lo sabes. Limpio, cocino y hago maravillas con los dedos. No te quejes.
—Sé lo que haces con los dedos. Lo acabo de ver. Y lo recuerdo mejor todavía.
—¿Te vas a poner nostálgica o vas a decirme a qué has venido? Porque tengo el cuerpo para pocas bromas y muchas guarradas, no me tientes.
Me doy cuenta de lo loca que estoy. Hace diez minutos perdía la cabeza por Amaia, ahora tengo a Sabina delante y me la comería con patatas. Y lo peor es que si Irina bajara con ganas de mambo, también me tiraría a sus brazos.
—He venido porque el beso de antes me ha sabido a poco. —Lo dice con una mirada que me está desnudando por capas.
—No me jodas, Sabi. Que acabamos de pringarnos las manos con nuestras señoras. Que esto es una locura de las gordas.
—Es una locura maravillosa. Y tú estás muerta de ganas.
Me tiene arrinconada contra el mármol y me jode que me conozca tan bien.
Se fija en mi pecho, en cómo sube y baja, y luego me busca los ojos.
Estira una mano muy lenta y me roza la clavícula con la yema del dedo.
Baja por el escote hasta que se detiene donde empieza el calor. Es un toque eléctrico, sutil, seductor.
—Quita esa cara de lista, que te voy a dar un viaje.
—Dámelo con un beso, anda. No seas tan borde.
Me besa. Un beso de verdad. Se me mete por la garganta y me baja hasta el útero. Es una embestida con clase, muy de ella.