Capítulo 20
La película se va a negro y, madre mía, qué fatiga me entra. Ahora toca lo peor: encender la luz y verles la cara a estas tres después de lo que hemos hecho.
El proyector hace «clac» y la pantalla muere.
No se oye nada. Nadie dice el típico «vaya tela» para disimular.
Solo escucho nuestras respiraciones, que todavía van a mil.
Somos cuatro tías que hace diez minutos estaban a punto de prenderle fuego a la sala y ahora están quietas, asimilando el festival de manos y sudores que nos hemos marcado en un espacio tan pequeño.
Se encienden las luces. Zasca. Menudo cebollazo. Me obliga a cerrar los ojos. La iluminación es una chivata de cuidado: nos saca las caras de culpables, los pelos de locas y esas miradas de no saber cómo afrontar este momento.
Amaia suelta un aire largo, pero no gira la cara. Sigue pegada a mí, con la temperatura por las nubes y el sujetador abierto bajo la camiseta. Cuando por fin se incorpora, tiene esa cara de haber pecado fuerte y no saber si pedir perdón o pedir otra ración.
Al lado, Irina está pálida. Se retira la manta y los apósitos se intuyen bajo la ropa, pero ella es incombustible. Nos analiza a todas, hace su lista mental de quién ha tocado a quién y se guarda el informe sin decir ni mu.
Sabina, en cambio, está disfrutando del bajón.
Me clava los ojos con un descaro que me hace dudar entre darle un beso o tirarle un cojín a la cabeza.
No tiene vergüenza ninguna. Solo una cara de «vaya fiesta nos hemos pegado, nena» que me encanta.
Su falta de filtro me da la vida, para qué voy a decir otra cosa.
—Bueno —digo, porque el silencio me da alergia y alguien tiene que abrir la veda—. Vaya basura de película. El director se ha lucido el tío.
La sonrisa de Sabina lo dice todo.
—¿Ese es tu gran comentario crítico? ¿Descansada con el análisis?
—Pues sí. —Subo el tono—. La protagonista es una pesada. Me ha caído fatal desde la primera escena.
Amaia hace un ruidito con la nariz, una risa disimulada. Menos mal. Ya la tengo aquí otra vez. Ya se le está pasando el susto.
Irina carraspea. Tiene la voz rota.
—Se me ha hecho larga.
—Larguísima —apoyo yo—. Me ha dado tiempo a aburrirme, a pensar en la lista de la compra y a… —Me callo antes de soltar la burrada que tengo en la punta de la lengua.
Sabina se ríe, qué cabrona es.
—A darle vueltas a otras cosas —me pincha—. Para eso has tenido tiempo de sobra, Julia.
—Cállate un poquito, anda, que estás muy graciosa hoy —le gruño, aunque me dan ganas de saltar encima de ella y seguir con lo que estábamos haciendo.
Amaia por fin reacciona. Se empieza a recolocar la ropa con un disimulo que no engaña a nadie y se abrocha el sujetador por dentro de la camiseta haciendo malabarismos. Me pican las manos por meterme ahí debajo y ayudarla a terminar rápido, pero me corto.
—¿Alguna tiene hambre? —pregunto, por decir algo normal—. Porque yo tengo un agujero en el estómago.
—Tú lo que tienes es mucha cara. —Sabina se estira como una gata y nos deja ver que a ella el pudor se la trae floja—. Pero sí, yo sigo con hambre —añade con segundas.
Miro a Irina, que sigue procesando que su sala de cine se ha convertido en una zona de guerra hormonal.
—¿Irina? ¿Sigues viva o te hemos rematado? —le pregunto con cariño, pero sin perder el colmillo.
Ella esboza una sonrisa muy pequeña y se incorpora del todo.
—Sigo viva, Julia. Por desgracia para todas vosotras.
—Venga, arriba. —Le arreo una palmadita en la pierna a Amaia—. Que si nos quedamos aquí mucho más rato, o llamamos a un cura para que nos confiese o a un abogado para que nos divorcie a todas a la vez. Y a ver quién paga esa minuta.
Irina se queja al ponerse de pie. Sabina, todavía sentada, la coge por la cintura y le levanta la camiseta y el apósito para comprobarle la herida.
Y mi mujer, que no suele dejar que nadie le toque un pelo sin pedir instancia por escrito, se está quietecita.
Debería darme rabia, pero lo que me da es un respiro.
Ver que no soy la única que tiene que lidiar con su cabezonería me quita diez años de encima.
Amaia me mira de reojo con esos ojazos verdes suyos. Tiene el aire a trompicones todavía. Sé lo que piensa: «Julia, por tu madre, no abras la boca para soltar una de las tuyas». Pero soy un bicho. O un ángel, según se mire. Me acerco a su oreja y le muerdo el lóbulo un poquito.
—Ni se te ocurra dormirte ahora —le susurro.
Amaia traga saliva. El ruido se oye en toda la sala.
—Descuida, no tengo el cuerpo para siestas.
—Ya. Yo tampoco. Yo lo tengo para cosas mucho más movidas.
Irina se estira hacia el mando y apaga el proyector. Baja las luces. Las deja en ese punto tenue de las casas donde vive gente con pasta. Menos mal, porque con la luz blanca me sentía en un interrogatorio.
Nadie pide perdón. Nadie se excusa. Ninguna ha salido corriendo al baño a llorar. Es un alivio y una señal de que estamos perdidas.
Amaia se levanta con una agilidad que envidio, sobre todo porque yo sigo con las piernas hechas puré. Se lo piensa y al final me planta cara.
—¿Vienes o vas a echar raíces ahí?
—Voy —respondo. Me falta tiempo para levantarme.
Bajamos en procesión hacia la cocina. El pasillo es el de siempre, con sus fotos de parientes que no conozco y sus alfombras donde te hundes hasta los tobillos.
Pero el ambiente está cargadito. Amaia abre camino.
Irina va despacio, con Sabina de escolta para que no se le desmonte el costillar.
Yo cierro la fila. Las tengo a las tres delante.
Necesito ver dónde pisan. Es instinto, o afán territorial, o que no quiero que ninguna se me escape de la vista.
En la cocina, la realidad nos pega un guantazo de normalidad. El mármol frío, el ruido de la nevera, el agua del grifo. Es una cocina de lujo, pero aquí se mancha y se vive. No hay sitio para ponerse intensas ahora mismo.
Amaia saca queso, tomate y lo que pilla. Irina se sienta en un taburete porque no aguanta más el tipo. Sabina se mueve por los cajones buscando servilletas. Yo miro la encimera. Esto no es un sueño. Me da hasta coraje que me guste tanto verlas así, de andar por casa, pero me sacudo la tontería.
—¿Dónde está mi cuchillo bueno? —pregunto, porque tengo un hambre que me muero.
Amaia se gira en seco.
—Ni hablar.
—¿Cómo que ni hablar?
—Hoy no te dejo nada que corte a mano —dice con guasa.
Sabina se apoya en la isla de la cocina. Se humedece los labios. Es un gesto de nada, pero yo sigo caliente y me deja la garganta seca.
—¿Agua o vino?
—Agua —dice Irina. Aburrida hasta para convalecer.
—Vino. Uno grande. Lléname la copa hasta arriba —pido yo.
Amaia pone los ojos en blanco.
—No me mires así. Es zumo de supervivencia. Lo necesito para procesar este momento.
—Bebes para no pensar —me pincha Sabina.
—Y tú hablas para tocarme los ovarios.
La rubita se ríe, le encanta que le dé guerra.
Amaia me sirve el vino. Comemos de pie. Nada de platos elaborados.
Solo masticamos para tener la boca ocupada y no soltar ninguna burrada.
El cuerpo me da latidos todavía por lo que hemos hecho.
El queso no me va a bajar la temperatura, pero al menos me sirve para no embobarme con el cuello de Sabina o la boca de Amaia.
Me las comería a las tres, pero de momento, me conformo con el vino.
Irina bebe agua con una pausa excesiva. Tiene el gesto bloqueado. El agujero que lleva encima la tiene limitada. Sabina la vigila sin pasarse de intensa; está al quite por si a la rusa le da por desplomarse.
La cosa arranca sin previo aviso. Mi mujer deja el vaso, se levanta y el cuerpo le pega el último tirón. Su organismo ha dicho que hasta aquí hemos llegado. Necesita una cama de tres metros y la necesita ya.
—Me tengo que tumbar, estoy fundida.
No me da tiempo a hacer de esposa oficial.
—Voy contigo —salta Sabina, rápida.
Amaia se congela con un plato sucio en la mano. Está computando el reparto de habitaciones, se le ve en el gesto. Yo huelo el percal a un kilómetro y me pone de un humor excelente, aunque tenga el cuerpo que me echa chispas.
—Yo me encargo de esto. —Amaia señala la mesa.
—Venga, muevo el culo y te ayudo. —Me oigo decir con un tono demasiado alegre.
Irina y Sabina enfilan las escaleras sin despedidas solemnes.
Pasan de tonterías. Mi rusa quiere estar horizontal y Sabina quiere asegurarse de que no se me desangre por el camino.
Además, a la doctora le toca hacerle la cura, y ya sabemos que eso de andar con gasas y antiséptico le da un punto de importancia que le encanta. Se van y nos dejan el campo libre.
Amaia y yo recogemos los restos de la cena. El grifo gotea y la porcelana choca. Ella friega y yo seco. Llevamos haciendo esto mil años, pero hoy tengo las manos torpes porque no puedo dejar de mirarle el cuello.
Ella no me dirige la palabra. Está concentrada en un tenedor.
—Estás rayadísima, admítelo.
Disfruto de lo lindo al ver cómo se le ponen los hombros de tiesos. Para de fregar. Suspira.
—No estoy rayada. Solo estoy… ordenando cosas en mi cabeza.
—Venga ya, no me jodas, que te huelo los pensamientos desde aquí. —Le doy con el trapo en el hombro, un toque con cariño pero con toda la intención de sacarla del sitio—. Tienes una cara que te llega al suelo.
Amaia apoya las manos en el granito, es probable que contando hasta diez para no mandarme a paseo. Se gira despacio y me mira de frente. Tiene los ojos brillantes y las mejillas con un tono que la delata por completo.
—Solo intento no ponerme intensa, pesada. Me sale solo y no quiero estropear el momento con mis movidas mentales.
—Pues para no querer estropearlo, tienes un gesto de pocos amigos que te cagas, cariño.
Me río, y la carcajada me sale de lo más profundo porque estoy de un humor excelente. Es que me parto con ella. Ella acaba soltando una risa floja, se rinde.
—Qué borde eres. Podrías disimular que te estás riendo de mí.