Capítulo 19 #3
Nadie habla, pero aquí hay hambre y nos medimos.
Sabina e Irina van a lo suyo, se rozan con un descaro que me enciende y me cabrea a la vez.
Sabina es una ladrona fina: se te arrima, te roba terreno y cuando te enteras ya la tienes dentro.
E Irina… joder con mi santa esposa. Verla con esa cara de vicio, dejándose tocar por Sabina, me pica.
Me la imagino buscando donde a mí me gusta y me entran dos impulsos: partirle la boca a besos e insultarla.
Luego recuerdo dónde tengo los dedos y se me corta la tontería.
Además, todo el mundo sabe que esas dos llevan años acumulando ganas; su historial ya es folklore del grupo.
Y ahora mismo Amaia es la que me tiene la cabeza hecha polvo.
Le paseo los dedos otra vez por el costado: subo, bajo, aprieto. Menudo descubrimiento. Se me enciende el ramalazo de pecadora y me importa una mierda. Llego al metal: botón, cremallera. Amaia intenta girarse. Busca aire. Busca mi cara.
—Amaia, corazón —le digo al oído, bajito, solo para ella—. ¿Quieres que siga? Dilo ahora.
—Julia, joder… —dice, y deja caer la cabeza. Me muerde apenas la mandíbula, donde llega.
Le desabrocho el botón despacio. Bajo la cremallera sin prisa. Los dedos me tiemblan y se me va un gesto torpe, pero lo arreglo. No voy a hacer el ridículo de adolescente.
Ella vuelve a intentar girarse. Le planto la palma en el pecho y la dejo fija.
—No.
Me sale serio, mandón. Me muerdo la lengua para no suavizarlo, porque sé que a ella eso también le pega por dentro.
Tiro del pantalón y de las bragas hacia abajo para abrirme paso. Amaia ladea la cadera. Colabora. Sin teatro. Qué lista. Qué fácil habla el cuerpo cuando deja de hacerse el educado. Se me dibuja una sonrisa de victoria y me sube un asco delicioso.
Apoyo la palma en su monte: húmedo, vivo. La temperatura es obscena. Presiono, marco, aviso. Intenta tragarse un jadeo y se queda quieta. Le doy un diez por no apartarme de un manotazo y por no salir corriendo a pedir perdón por tener cuerpo.
En la pantalla, la protagonista recita una frase dramática con voz de entierro. La pobre mujer habla sola.
Alzo la vista hacia Irina. Está pendiente de mí. Me aguanta el pulso y se le levanta una comisura que dice: «eres una cabrona». Y no suena a reproche. Yo le respondo igual. Es nuestro idioma: amenaza cariñosa y hambre compartida.
El chute de adrenalina me tiembla por dentro.
El morbo me sube desde las botas: tengo los dedos donde nunca han estado y he perdido de vista los de Sabina.
No sé dónde los tiene metidos, pero lo intuyo.
Irina está demasiado quieta, con esa rigidez suya que anuncia que se traga el orgullo a bocados. Con eso me basta.
Aprieto los dientes, cierro la cabeza a cal y canto y vuelvo a lo mío.
Mi mano se cuela entre los labios de Amaia y me empapo al instante.
Está tibia, abierta, resbaladiza. La piel se me pega y mi mano entra con esa facilidad que te vuelve mala persona.
Busco el clítoris con paciencia: primero rozo, luego aprieto para que lo note y no pueda fingir que no.
—Así. Ahí. No te muevas.
Amaia se traga un gemido. El vientre se le hunde, se le tensan los muslos y se le escapa un sonido corto, feo, real; lo mata al momento por educación, por orgullo o por miedo a que nos oigan. Yo no freno. Me quedo encima, con los dedos donde no debería y una calma inventada.
Le acaricio, lento. El pulgar baja y sube sin prisa. Quiero que lo sienta entero: la presión, el roce, el fuego que le sube por la barriga.
Amaia empieza a empujar contra mi cadera, primero tímida y luego con ganas.
Su cuerpo habla: abre más las piernas, se engancha a mis dedos, busca el ángulo.
Le vibra todo. Le tiemblan las rodillas.
Y cuando el pulgar insiste, cuando mantengo la presión y dibujo círculos pequeños, se le va todo a ese sitio donde ya no manda la cabeza.
No intenta apartarme. Se pega más, se acomoda, me pide sin pedir.
—Quietecita, Amaia —le susurro, rozándole el cuello con los labios—. Que te me escapas.
Su risa sale rota, sin aire, y se convierte en un gemido que vuelve a tragarse con una rabia ridícula.
—Me vas a matar.
—Te estoy haciendo un favor —le contesto, bajito, para que Irina y Sabina no me oigan—. Calla y déjate.
Sigo. No cambio el ritmo. Presión. Círculo. Aflojo para que el cuerpo lo pida. Otra vez. Mis dedos ya van solos y yo estoy demasiado metida en esto para hacerme la fina.
Amaia empieza a romperse sin gritar. Se pone rígida, clava los dedos en la manta y abre la boca en silencio, con los ojos fijos al frente.
Intenta sostener la compostura mientras se le cae encima.
Le tiembla el abdomen. Aprieta mi mano con el cuerpo.
Intenta atraparla. Y cuando llega, lo hace de golpe: un espasmo que le sube desde las tripas, le sacude las piernas y le arranca un suspiro largo, húmedo, imposible de esconder.
Se oye. Lo oímos todas.
Retiro los dedos despacio, no por delicadeza, sino porque estoy a punto de reírme o de soltar una burrada. Le dejo la palma en el vientre, sin querer admitir nada. Me queda tibia y mojada. El pulso me late en las yemas.
Amaia sigue con la pantalla. No la dejo girarse; la sujeto ahí, porque si se vuelve ahora me ve entera. A ella todavía le dan sacudidas pequeñas, coletazos. Respira por la boca; intenta recomponerse y se traga cualquier sonido que le quede.
En la otra tumbona suena tela contra tela. Un ajuste de postura. Un roce breve. Un suspiro. Ya está.
Yo tengo el corazón desbocado y una satisfacción sucia que no sé dónde meter. Bajo la vista a mi palma húmeda, la cierro y la abro. Nadie dice nada. La película sigue. Y lo de «solo amigas» acaba de irse a la mierda.