Epílogo 4
Sabina
El jazmín. La carne a la brasa. La libertad.
Huele a una mezcla indecente. Es un olor que me convence de que el mundo, por una vez, solo por esta, no me quiere aniquilar.
Yo no me muevo. Ni pienso hacerlo. Estoy desparramada en una hamaca balinesa que ha costado más que un riñón en el mercado negro.
El resto de la manada, allá en la distancia, discute.
Parece que debaten el orden de los chuletones y los espárragos.
¿Problemas del primer mundo, eh? Pues sí, esos son mis problemas ahora.
Me enciendo un porro con la tranquilidad de quien ha ganado una guerra de cien años.
Es mi sello, mi liturgia, el pequeño vicio que me permite ver la realidad con un filtro que le quita las aristas al pasado.
Retengo el humo en los pulmones. Cuento hasta el infarto.
Y entonces, comienza. Mi inventario mental.
Mikel, mi hijo. Qué barbaridad. Lo miro y el pecho me lo rompe un orgullo que no creía capaz. Anda por ahí, con esas rastas piojosas y esa cara de guapo profesional que sabe que lo es, el muy bribón.
Y esa forma que tiene de mirar a Vega. Ay, esa mirada.
A mí me confirma que el chico ha heredado la peor de mis debilidades.
La de caer rendido a los pies de esas mujeres que, a la primera de cambio, te arrancan un cacho de vida sin pestañear.
Pero Vega, la muchacha, la hermana de Irina y de Alaska, lo tiene domesticado. Sí, a mi Mikel. Ver para creer.
Aunque con Robin no tiene tanto éxito. Cuatro años de anarquía pura corriendo entre las mesas, con esa insolencia que no tiene edad.
Ser abuela, a estas alturas de la película y de mi vida, me suena a broma pesada del destino.
Una mala rima. Pero oye, cuando veo a ese crío, con la soberbia de los Popov y la caradura, mi querida caradura, de los Rey, solo en ese momento, lo juro, es cuando creo en la genética.
¿Que si lo amo? Mucho, con una intensidad que a veces me hace sentir ridícula.
Estúpida. Es mi oportunidad de ver crecer a un hombre que no tenga que esconderse para ser feliz. Para hacerlo yo mejor, ¿sabes?
Luna, mi primogénita, lo esquiva. Ella es mi reflejo más salvaje, o eso dicen.
Veintitantos años y sigue teniendo esa risa de hiena que espanta a los tiburones.
Está enzarzada en una discusión con Martina y el lío es de telenovela turca con guion de Tarantino: mi hija enamorada de la hija de Julia.
A veces la vida te sirve cada comedia de errores…
—¿Y tú crees que tengo cinco años, Martina? —grita Luna, más gesticulante que actriz de teledrama.
—Solo te pido que seas razonable —replica Martina, la calma tensa personificada.
Ahí están ellas. Discutiendo, o amándose ruidosamente, no siempre distingo.
Si un día hiciéramos el árbol genealógico de esta familia, nos saldría un círculo.
Uno bien cerrado, con un cartel fluorescente: «Peligro de incendio».
Yo qué sé. Es que miro a Martina y aún la veo con dos años.
Así la conocí, una tarde de lluvia, cuando mi historia con Julia empezaba.
Recuerdo aquellas noches, tan lejos ya. Noches donde soñé con ser su otra madre. Y mírame ahora. Ahora soy su suegra. Y, para colmo, la amante de su madre. Dime si esto no es para exponerlo en el Louvre de los despropósitos. Un auténtico disparate.
Y hablando de Julia, qué tema. Dios, Julia.
La busco entre el humo del porro y la encuentro sonriendo, claro.
Ahora mismo se ríe de algo que Ana acaba de soltar, de una de esas tonterías ingeniosas que solo a Ana se le ocurren.
Ay, Julia. El universo confabulándose para ponérmela en bandeja una y otra vez.
Yo, que me he enamorado las suficientes veces como para saber que la media de estabilidad de mis romances es inversamente proporcional a lo intensos que prometen ser, no olvidé jamás lo que sentí por ella.
Por Julia Sinmiedo. Qué nombre. El destino tiene un retorcido sentido del humor.
Porque ella era exactamente eso. Sin miedo.
Y yo, una gilipollas integral, dicho sea de paso.
Ya lo sé, no tienes que decirlo, me lo repetí cada noche durante años, justo antes de sobornar al sueño con píldoras o, mejor, con la promesa de una botella vacía.
La cagué. Punto. La fastidié a niveles estratosféricos, con mi cobardía crónica, con esos secretos ridículos que guardaba.
Secreto por aquí, mentirijilla por allá.
Y ¡zas! La vida, como un buen bofetón, me puso en mi sitio. La patada en el culo fue histórica.
Pero fíjate, ahora, verla aquí, al alcance de una mirada, de un par de pasos torpes, provoca en este cuerpo un alivio que, sinceramente, no merezco.
Me deja sin aire, pero en plan bien. Es como volver a casa.
Solo que mi casa siempre ha sido como un manicomio sin paredes.
Pero qué va, con Julia, el exilio ha terminado.
Un exilio que, oye, se hizo eterno. Demasiado largo para mi gusto.
Y, qué narices, para el de ella también, supongo. Ojalá.
Mis ojos se empañan cuando veo a las pequeñas abrazarla.
Mis niñas, Vera y Svet. Con ellas tengo la oportunidad de ser una madre en condiciones, una que no tenga las manos manchadas de coartadas o la mente nublada por el miedo.
Svet camina con esa rectitud de Irina, pero Vera le está enseñando a hacer trampas a las cartas.
Ese es el equilibrio. Esa es la victoria.
—Sabina, tía, danos una calada, no seas egoísta.
La voz me arranca del sopor, del humo, del dulce abandono. Oigo el mundo de nuevo. Me sobresaltan. Qué fastidio.
Valeria, Berta y Leti. Ahí vienen. Criaturas de veintitantos, con ese olor inconfundible a futuro que tanto me asusta y me intriga.
Huelen a problemas aún sin estrenar. ¿Las aprecio?
Puede que sí. ¿Me horrorizan? Absolutamente.
Son las mejores amigas de Luna. Mis espías.
O quizá mis guardianas. Todavía no lo tengo claro, y mira que ha llovido ya.
—Venga, Matriarca, comparte el vicio —insiste Valeria. Se desploma a mis pies, sin pedir permiso, por supuesto. Cómo no.
—Si os doy, vuestras madres me cuelgan de un pino, y no estoy para martirios, pesadas. Yo ya he cumplido mi cupo en esta vida —gruño, pero les tiendo el porro. Ni modo. La ley de la abuela, que le dicen.
Se instalan. Me observan. Me disparan sus dramas como si yo tuviera las respuestas a todo.
Una especie de oráculo en biquini, con la mirada perdida y los pulmones teñidos de alquitrán.
Me río yo, de la vida, de ellas, de mí. Ellas creen que soy un templo de sabiduría, pobre ingenuas.
Solo soy Sabina. Y ya es bastante carga, para qué nos vamos a engañar.
—Eres la madre de todas, Sabina —sentencia Berta. La miro. Sus ojos brillan, ¿adoración, piedad? ¿Qué sabrá ella?—. Sin ti, este circo habría ardido hace años.
Y ahí la tengo. Una estúpida oleada. Una de esas mierdas que te dejan el alma patas arriba.
El nudo en la garganta. La voz se me quiebra.
Empiezo a moquear. Lloro a gusto, con la boca abierta y los mocos desbocados.
Un desastre. Lloro por lo que fuimos, por lo que perdimos, por lo que nos ha quedado. ¡Qué dolor de cabeza!
—¡Pero bueno! ¿Ya estamos con el lagrimón?
Un peso cae sobre mí. Me arranca el aire.
Sesenta kilos de hermana menor se me echan encima.
Sara. ¡Joder! Siempre lo mismo. Es mi hermana pequeña.
La perfecta doctora que fingió normalidad por una temporada, solo por molestar.
Ella, que me cuida como si fuese un jarrón de los caros, una pieza de museo que hay que mantener a toda costa.
Me embiste. Me besa la cara, la frente, me empapa con sus lágrimas y su felicidad.
Se ríe, yo gruño. Ella siempre llega para reventarme el drama, y, por algún motivo, la adoro.
Soy feliz. ¿Sabes por qué? Porque al fin encontró a Asia.
Sí, esa Asia. La misma Asia que un día fue mía.
En esta familia, el que no corre, vuela.
Verlas ahora, juntas, cuidándose, el fuego de Sara, el bálsamo de Asia. O al revés. La una para la otra. Me deja en paz. Quién me lo iba a decir, la gran Sabina, feliz por ver a la examante con la hermana pequeña. Pues sí, señores, la vida te da esas sorpresas.
Me incorporo, malamente. El dorso de mi mano va directo a las mejillas.
Vaya papelón. Pero no es vergüenza. Es emoción.
O vete a saber, soy un nido de contradicciones.
Necesito ese contacto. Verlas, sí. Tocarlas, más.
Cruzo el jardín, arrastrando los pies o algo parecido.
Amaia me ve venir. La pobre ya me conoce.
Le planto el beso. En toda la boca. Un beso que, a ver, ¿cómo lo explico sin cursiladas?
Es el hogar. Es verdad. La jodida verdad absoluta.
—Pero, Sabina, ¿otra vez llorando? —Su mano acaricia mi nuca—. Pensé que ya habías soltado todas las lágrimas, txiki.
Se ríe, me aprieta y luego me mira con esa paciencia suya, de santa, que yo no entiendo. Deberían canonizarla. Ya lo he dicho un millón de veces: sin ella yo sería solo una mancha de humedad en cualquier callejón de Madrid, fijo. Mi suelo, mi maldito y bendito suelo. Y ahora a por la otra.
Irina. La Zarina. La miro. El vello se me eriza.
Es instantáneo, lo juro por el porro que acabo de fumarme.
Otra que me salvó la vida. Una vez, y otra, y la de más allá.
Puso su cuello en la guillotina más veces de las que la decencia permite.
Demasiadas, diría yo. Me acerco. Le rozo el oído con los labios.
—Tú eres mi otra debilidad, pedazo de hielo.
Ella solo arquea una ceja. Solo eso. Suficiente para destrozarme.
Me sigue poniendo enferma. Esa frialdad rusa, impenetrable para el resto.
Que solo se derrite entre mis dedos. O mis piernas.
Da igual, me entiendes. Es mi droga favorita.
Lo reconozco. Me calienta el pecho como el primer día.
O incluso más. Ahora no hay balas, ni sangre. Solo piel.
Me quedo en el centro del jardín. El regusto del porro, amargo, aún en los labios.
El corazón martillea. Ya no me asusta, que lo sepas.
Este ritmo es el mío. He tenido muchas adicciones, lo admito.
A las pastillas, sí. Al alcohol, por supuesto.
Al control, madre mía, obsesiva. Al peligro. A la culpa, más que a nada. Hoy no.
Hoy, en este jardín, huele a hierba fresca, a vida.
A gente que se quiere a martillazos. Tomo una decisión.
Una de verdad, de las de novela. Mi única adicción, de ahora en adelante, van a ser ellas.
Mis amores. Mi familia. Mis hijos. Incluso esos chavales, los más jóvenes, que nos miran con una especie de devoción que me da escalofríos.
Como si supiéramos lo que hacemos. Una mierda.
Solo improvisamos. Sobre las ruinas que nos dejó el mundo.
Voy a gastarme cada maldito céntimo de mi fortuna viéndolos reír.
En boles de avena orgánicos, horribles. En viajes absurdos, en el fin del mundo.
Y en este silencio. Que no es preludio de ninguna explosión. Es simplemente paz. La dichosa paz.
Soy Sabina Rey. Qué le voy a hacer. Una cínica, para qué engañarnos. Una madre desastrosa, lo admito. Una abuela maravillosa, eso sí. Soy una superviviente. Lloro por todo y me río de mi sombra. Pero hoy no engaño a nadie.
El mundo intentó desguazarnos. Pieza por pieza.
Quiso vernos muertas. Pero se equivocó. Se olvidó de algo fundamental: nosotras no nos rompemos.
No. Nos transformamos. Mañana, sí. Mañana volveremos a gritarnos.
A insultarnos, a pelear por la logística de este cuatrimonio.
Y a esperar que el sol no nos queme demasiado las retinas.
Será otro día. Pero hoy. Hoy el jardín huele a vida.
Mis mujeres me sostienen el mundo. Y lo sé. Hemos ganado.
Y al que no le guste, sinceramente, que le den. Nosotras hemos vivido para contarlo. Y lo que nos queda por joder, créeme. Es infinito.
FIN