Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

Sabina no se cortó un pelo. Siguió a lo suyo y yo noté un calor húmedo que me subía por las tripas, algo que no había sentido en mi vida. Yo hasta entonces solo sabía lo que era estar cansada o aburrida de todo. Aquello era un invento nuevo, algo bruto, una sacudida de realidad que me dejó tonta.

Me moví un poco. No quería que quitara la mano, quería que supiera que estaba despierta y que aceptaba el reto. Ella lo pilló a la primera. Me apretó el pecho con la palma y sentí un chispazo que me bajó directo a las bragas. Qué barbaridad.

Giré la cara muy despacio para mirarla. Tenía los ojos fijos en los míos, brillantes.

No se estaba riendo de mí. Tenía un hambre que me dio hasta miedo del bueno.

No dijimos ni una palabra porque no hacía falta estropear el momento.

Diana seguía flipando con el drama de la película en su sofá, ajena al incendio que teníamos montado al lado.

Sabina sonrió de lado, con esa comisura que aún me lleva por el camino de la amargura tres décadas después. Bajó la mano por mi vientre hasta el elástico de las mallas. Tiró de la tela. Y metió la mano. Sin escalas.

Me acarició el pubis por encima de las bragas. El calambre fue de los de irse a urgencias. Estaba chorreando. Ese deseo no tenía nada que ver con cumplir el expediente con un tío o con un calentón de discoteca. Era por ella. Por mi rubia de Malasaña.

Créditos. Se acabó la peli. Diana se levantó hecha un zombi y se largó a dormir.

La puerta se cerró y nos quedamos a solas.

Yo estaba encima de ella, con su mano todavía metida en mi ropa, temblando de arriba abajo.

Tenía el miedo en el cuerpo, pero me puse gallita.

La miré a los ojos con toda la chulería que pude reunir.

—Ahora terminas lo que has empezado, lista —le solté. No fue un ruego, fue una orden de ejecución.

Sabina sonrió, me agarró la cara con las dos manos y me plantó un besazo que no olvidaré nunca.

Follamos. Follamos hasta que nos dolió el alma.

En el sofá, en la cama, donde pillamos. Como si se fuera a prohibir el sexo al día siguiente.

Y yo, la Julia que creía que el sexo era un trámite para que te dejaran en paz, descubrí lo que era arder de verdad.

Me caí de cabeza por Sabina y todavía no he tocado fondo.

Aguantamos tres años de risas, sexo guarro y mucho lío. Hasta que me di cuenta de que Sabina no entendía lo de la exclusividad. Que tenía a otra. Y a otra más. Y que una de esas era Irina. Se me rompió el corazón y me largué a ser Julia, la borde.

El aire acondicionado de la sala de cine me da una hostia y me devuelve al presente. Respiro como si me faltara el oxígeno.

Sabina me mira con la misma sonrisa de hace treinta años. Sabe que me tiene donde quiere. Sabe que recuerdo dónde puso cada dedo. Por eso ha dicho el título de la película. Me provoca a la cara y yo ya estoy con las bragas pidiendo tregua.

—¿A qué viene esta mierda ahora, Sabi?

La tía se encoge de hombros, invitándome a pegarle un bocado.

—Porque estamos todas aquí. Ya no somos las crías del sofá roñoso de Malasaña.

Le brillan los ojos. Me pone que me mire así, sabiendo que me ha ganado. Me recuerda a la Julia bruta que no se achantaba ante nada.

—Eres una cabrona, Canija —le digo, pero por dentro me estoy riendo.

Ella se acerca un paso, me invade el espacio personal y baja la voz para que solo la oiga yo. Me llega su olor y me entran calores.

—Hoy podemos compartir algo más que recuerdos, Julia.

Casi me ahogo con mi propia saliva. Para no saltarle encima aquí mismo, le meto un empujón en el hombro, uno de esos de «anda ya, no me calientes más de la cuenta».

—Cierra el pico y muévete, anda, que te pones muy intensa.

Me giro y veo el panorama. Amaia e Irina ya están instaladas en las tumbonas. Irina sigue peleándose con el mando, muy seria ella. Amaia, por su parte, está ya medio traspuesta, en su línea de paz absoluta, ajena a que Sabina me está buscando las cosquillas.

Voy directa al mueble de los trastos y saco una manta de esas que cuestan un riñón pero no abrigan un carajo, puro postureo textil. Se la tiro a Sabina a la cara, que la caza al vuelo.

—Hoy compartimos manta —le digo. Es un hecho, no una sugerencia.

Sabina me devuelve una sonrisa de victoria. Sabe que he aceptado el envite y que me muero por ver por dónde sale esto.

Irina está a la izquierda. Sabina, con la manta bajo el brazo, se sienta con ella. Amaia ocupa la derecha. Yo me encajo a su lado. Me pego a su costado, le apoyo la cabeza en el hombro y le rodeo la cintura. Amaia me abraza al instante. Un gesto de los nuestros, de los de casa.

Sabina estira la tela y nos tapa a las cuatro.

—¿Entonces qué vemos?

Cierro los ojos. Siento el calor de Amaia, el olor de Irina y la presencia eléctrica de Sabina al otro lado.

—La decisión de Sophie —respondo.

Pero no es la decisión de Sophie, qué va. Es la mía.

Miro a Irina de reojo y veo que ha dejado de pelearse con el mando. Sabe de qué va la vaina. Sabe que esa película es nuestro código de barras. Y Amaia, la pobre, está ahí en medio, a punto de enterarse de qué pasta estamos hechas las otras tres cuando nos ponemos nostálgicas y guarras a la vez.