Capítulo 18 #2
—Ni idea, nena. El futuro es un misterio.
—La probabilidad estadística de que regreses a la mansión es del ochenta y cinco por ciento —informa la calculadora humana.
—¿Y eso de dónde sale, lumbreras?
—Tus niveles de agitación sugieren que necesitas conflicto. La normalidad te genera apatía. El jaleo es tu hábitat natural.
—Vaya tela, qué asco das cuando aciertas, hija.
—No es una crítica —responde Martina—. Es una observación técnica basada en precedentes.
—Ya lo sé, lista.
Le planto un beso en la frente. A las otras tres les pego un estrujón. Están mimosas, milagro de los gordos. Salimos por la puerta. Llevo el pasado dándome golpecitos en el hombro y el futuro pidiéndome guerra. Me voy al frente. Me vuelvo a mi cueva de oro.
—¿Vas a bajar a dormir aquí esta noche? —pregunta Amaia mientras bajamos.
—Ni de coña —le digo—. Vuelvo a casa.
—¿Y ese cambio de planes?
—Es mi sitio. Aquí me pongo demasiado blanda y no me conviene.
—¿Te molesta sentirte así?
—Me quita la gestión de mi propia vida. Y yo necesito tener la última palabra.
—No vas a decidir una mierda, Julia.
—Lo sé. Pero voy a dejarme los cuernos intentándolo.
Nos metemos en el coche. El chófer está ahí, recto, sin mover ni un solo músculo de la cara.
Arrancamos. Madrid sigue con su jaleo. El ruido, el suelo sucio, la gente que vive vidas corrientes y no tiene a tres mujeres y un lío de mafias encima.
Yo no sirvo para ser una ciudadana ejemplar.
Ni lo quiero. Irina, Sabina, Amaia y yo. Un desastre cojonudo.
Llegamos a la mansión. El jardín está tan quieto que parece de cartón piedra.
Entro. Irina está en el salón, plantada en el sofá.
Va vestida de persona civilizada, señal de que no piensa morirse hoy.
Está pálida, pero mantiene esa mirada de «aquí mando yo y tú me traes el café» que me pone a mil y me dan ganas de arrearle un viaje a la vez.
—¿De dónde vienes con esos pelos? —pregunta.
La cabrona esta ni sabe dónde he estado ni me ha echado de menos, seguro.
—Vengo de ver a mis herederas, pesada. Que sepas que te han puesto falta.
—Ah —dice ella. Cortita y al pie.
—¿Y tú qué? ¿Has cancelado ya la reserva en el cementerio o seguimos con el drama?
—Aquí sigo.
—¿Cómo llevas el boquete que te hicieron? ¿Te silba el aire cuando respiras o ya se ha cerrado el grifo?
—No da guerra. Deja de ser tan intensa.
Me tiro al sofá a su lado, hundiendo el culo en el cojín hasta que casi toco el suelo. Sabina y Amaia miran el tenis entre nosotras.
—Se acabó el festival de las balas —le digo.
—Eso parece, Julia.
—¿Y los Trueno? ¿Qué ha pasado con la orquesta?
—Van a estar fuera de juego en nada. Liquidados por completo.
—¿Cómo que liquidados? ¿Has sacado el lanzallamas?
—Si quieres dormir esta noche, mejor no preguntes por los detalles.
—Oído cocina. Me ahorro el trauma —le digo—. Yo solo pido ir a por el pan sin tener que mirar debajo del coche.
Ella me agarra la mano y me aprieta que casi me cruje los metacarpianos. Me deja la marca del anillo y todo.
—Gracias, Julia.
—Mira, no empieces con los agradecimientos de despedida de soltera que me dan escalofríos. Haz el favor de insultarme o algo.
—Vamos a ver una peli.
—¿Otra vez? ¿Qué pasa, que ahora eres la sucesora de Boyero? ¿Te ha dado por el séptimo arte?
—Me ayuda a no pensar en que hace unos días casi me voy a ver a mis antepasados.
—Me vale el plan. Cualquier cosa antes que escucharte filosofar sobre la muerte.
Me levanto. Las otras dos están ahí en silencio, disfrutando del espectáculo.
—¿Qué pasa con vosotras? ¿Venís a la sesión o preferís quedaros aquí contando baldosas?
—Nos apuntamos —corean las dos al mismo tiempo. Parecen un coro de iglesia.
Subimos a la segunda planta hasta llegar a la sala de cine. Mi señora soltó una pasta indecente para montar este sitio cuando la familia creció. La pantalla ocupa toda la pared y las butacas son tan grandes que te pierdes en ellas. Una sobrada de ricos, vamos.
Hay poca luz, pero suficiente para ver que tenemos todas la misma cara de no saber dónde meternos.
—Venga, ¿qué ponemos? —pregunta Sabina.
—Algo que no tenga tíos pegando tiros ni explosiones, por favor —responde Irina. Hoy está simpática la tía, de un humor que me tiene mosqueada, pero se lo compro—. Me apetece algo con chicha.
Miro al personal. Tengo el cuerpo revolucionado, el deseo me muerde y me entra la risa de pensarlo.
Irina se pelea con el proyector. Amaia se le pega y empieza a tocar cables mientras le dice algo al oído. Se entienden con un gesto y me hace gracia.
Sabina se me pega. No llega a rozarme la piel, pero su calor me llega en oleadas y me entran unos calores de gilipollas integral. Me lanza esa mirada suya de gata vieja y me quedo boba, no tengo otra palabra.
—¿Te acuerdas de La decisión de Sophie? —me dice en un susurro que me recorre la columna de arriba abajo.
Maldita sea su estampa y su buena memoria. Me acuerdo muy bien de esa noche que me puso la vida del revés. O que me la arregló, según se mire.
—Me acuerdo, capulla.
Teníamos dieciocho añitos. Yo ya era madre.
Martina estaba ese fin de semana con Jaime, el imbécil de mi ex que me dejó el bombo de regalo y las ganas de no volver a ver un rabo en la vida.
Estaba de huelga de piernas cerradas. No quería saber nada de nadie.
Solo me importaba mi niña, mi caos y que mi madre se callara la boca.
Sabina por aquel entonces no era esta rubia de oro que tengo al lado. Era la rubia de Malasaña, vivía en un piso de mierda compartido con Diana. Hacía un frío del carajo.
Estábamos apalancadas en el sofá. Un trasto viejo que te absorbía los riñones. Diana andaba en el otro mueble, ida, con la mantita hasta las cejas viendo la peli.
Yo me acomodé por pura inercia. Mi espalda contra su pecho, mi nuca encajada en su clavícula. Un movimiento de amigas que no quieren pillar una neumonía, vamos. Sabina me pasó el brazo por encima y me sujetó por la cintura. Todo muy casto, muy de hermanas, hasta que dejó de serlo.
Empezó con un roce tonto en el costado, de esos que puedes fingir que no has sentido si eres muy buena actriz. Pero luego metió la directa. El pulgar se me hundió en la carne, justo debajo de las costillas, y las pulsaciones se me pusieron a mil. No dije ni pío.
La mano empezó a escalar por dentro de la sudadera, sin pedir permiso ni mierda.
Me acarició con la yema de los dedos la tripa y los flancos.
Tenía intención y yo no era tonta, me dejó seca.
Cuando llegó al borde de la teta, aquello ya fue otra cosa.
Aguanté la respiración para no soltar un gruñido.