Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 18
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Capítulo 18

Aquí se respira paz de la buena. La madriguera de Martina y Luna es el paraíso de la pereza y yo llevo una semana instalada en el sofá, viendo pasar los días mientras el caos sigue fuera.

En la mansión, Irina sigue a lo suyo: gobierna su imperio a golpe de ibuprofeno y testarudez siberiana.

La tía capitanea su flota de matones desde la colcha, cerrando tratos y curando el boquete que dejaron los Trueno.

Rashel y Ana andan en plan comando de élite; Sabina y Amaia gestionan el apocalipsis con una eficacia que me da mareo solo de pensarla.

Yo, mientras tanto, he aplicado la política de avestruz.

O más bien, me han mandado al destierro con una elegancia que te cagas.

—Julia, nena, quédate con las crías, que no se rayen —me soltó Sabina con esa cara de buena que pone cuando te está haciendo la trece-catorce.

Pero yo no soy idiota. Sé que me han echado porque a Irina la pongo enferma.

Me acerco a colocarle una almohada y la tía se pone rígida; le pregunto si le duele y parece que le estuviera ofreciendo cianuro.

Mi forma de cuidar es demasiado… física.

Demasiado de tocar, de oler, de estar encima.

Y a la Zarina, cuando está herida, le jode que yo note que es humana.

Le jode que mi mano en su frente le suba la tensión y le baje las defensas. Así que, patada y a la madriguera.

Estoy desparramada en el sofá. Las crías están por el suelo, dándole a los botones.

Luna perpetra ruidos en la cocina, ruidos de persona que no tiene un cadáver en el maletero.

Martina no aparta la vista del juego, pero me pasa el escáner.

Es clavada a mí en el tono de piel, pero me saca tres cabezas en cordura y cinco en aguante.

Es, de lejos, lo mejor que he hecho nunca, aunque fuera por puro despiste.

—Madre. —Saca esa voz de asistente virtual que me ha puesto nerviosa desde que era pequeña—. Tu avatar se ha suicidado. Ha saltado al vacío.

—¡Mierda! —Me rasco un tobillo y busco una postura más cómoda—. Ni he visto el agujero.

—Había un cartel de peligro de tres metros de ancho en la pantalla —me informa con calma—. Nivel de concentración bajo mínimos.

—Mi atención está de permiso retribuido —le respondo—. He venido aquí a que me cuiden, no a que me humille una consola.

Svet le mete un codazo a Vera y las dos se parten. Yo no puedo evitar que se me escape una mueca de orgullo. Me mola este ambiente de casa normal donde nadie revisa si el café lleva cianuro.

Observo a mi primogénita. La traje al mundo a los dieciséis porque en las monjas me explicaron de maravilla el origen del pecado original, pero se saltaron el tema de los fluidos y sus consecuencias directas.

No es que tuviera instinto maternal, es que era una cría con la lengua muy larga y el juicio muy corto.

Martina fue un marrón logístico de los gordos.

Un «uy, esto abulta» que despaché con una jeta asombrosa: se la encasqueté a mis padres y a otra cosa.

Yo andaba muy ocupada intentando ser el centro del universo bajo cualquier foco que me apuntara.

Martina salió derecha porque mis viejos se encargaron de arreglar mi desaguisado.

La pobre sabe de sobra que fue un error de cálculo carísimo, pero me trata con un cariño que no me merezco.

Me acojona que haya salido tan buena persona habiendo estado en mis entrañas, la verdad.

Alguna mutación buena tuvo que haber por el camino.

—Madre, el siguiente mapa es para gente que no esté distraída —dice Martina.

—Que sí, pesada.

Me levanto y me arrastro hasta la cocina.

—¿Cafeína o te preparo un veneno rápido? —me pregunta Luna.

—Vodka —bromeo—. Qué va, ponme un café de esos que son petróleo puro. Quiero que me resucite hasta las neuronas que me fundí de fiesta en los noventa. A ver si me pongo las pilas.

Luna niega con la cabeza, divertida, mientras trastea con la cafetera.

—En la mansión están demasiado tranquilas. Da miedo.

—Mal asunto. —Me apoyo en la encimera—. Irina debe de estar planeando conquistar un país pequeño desde la cama y yo paso de leerme el boletín oficial hoy. No estoy para trámites.

—Se llama instinto de conservación —dice Luna, encogiéndose de hombros.

—Se llama pasarle el marrón a las que no tienen ataques de pánico —le aclaro—. Y de momento, me va de cine.

Me acuerdo de mi madre. Menuda pieza. Era una actriz de tres al cuarto con unos delirios de grandeza que no le cabían en el cuerpo.

También se preñó de mí siendo una cría y, como su carrera se fue al garete, decidió que yo era su billete de lotería premiado.

Me arrastró por todos los castings del país en cuanto aprendí a gatear.

Yo era la niña rara, la cuota exótica que quedaba bien en las cajas de cereales.

Un objeto de lujo para fardar. Me repetía que era una diosa, que mi piel oscura y mis ojos color oro me harían rica.

Y yo, que de tonta no tenía un pelo, pero de ego iba sobrada, me lo creí y le saqué rentabilidad.

Menuda chapa me daba con mi supuesta ascendencia caribeña.

Que si un abuelo marinero de Cuba, que si sangre de las Antillas…

Se inventó un guion de culebrón para explicar por qué yo era oscura y mi padre un abogado rubio con cara de ángel.

Mi padre me miraba con una pena que te cagas.

El pobre hombre sabía que él no había plantado nada en aquel jardín, pero me crio igual.

Me quería con una paciencia de santo. Y yo me aproveché, claro.

Me daba todos los caprichos y me sacaba de todos los charcos donde me metía.

Luego descubrí la verdad: de Cuba, nada de nada.

Mi madre se lio con un actor negro en un camerino mugriento y el azar hizo el resto.

Fui una carambola del destino con buena percha, una mentira con patas que tuvo que aprender a bailar en un circo donde nadie me preguntó si quería actuar.

—Madre, si no retomas el control del dispositivo de manera inmediata, las niñas obtendrán una victoria aplastante por pura incomparecencia —me grita Martina sin despegar el ojo de la pantalla.

—¡Que ya voy, pesada! —le pego un grito de vuelta, pero con una sonrisa que me ocupa media cara.

Regreso al sofá y me hundo entre los cojines. Svet detecta que mi cabeza se ha ido de viaje.

—¿Estás pensando en cosas chungas de las tuyas?

—Pienso que el acantilado ese es una metáfora de mi vida. Y en tu abuela.

—Mi abuela es un accidente geográfico.

—Y tú la que se tira en plancha sin mirar si hay agua.

La niña se descojona. Vera se apunta al carro y empiezan las dos con el cachondeo. Ni puta idea de qué se ríen, si las estoy llamando cafres a la cara, pero oye, el humor de estas crías funciona a otro nivel.

Martina está en su mundo, mimetizada con el mando, calcula trayectorias o lo que sea que procese ese cerebro privilegiado.

—Martina, ¿te molaba eso de ser la hija de una adolescente que no sabía ni freír un huevo? —pregunto por meter cizaña.

—No tengo elementos de juicio para establecer una comparativa. Mi madre biológica eres tú. No existe una unidad de reemplazo disponible para verificar si otra opción sería más eficiente.

—Me has dado en todo el orgullo —murmuro.

Vuelvo a pensar en mi santa madre, la que me crio bajo la doctrina de «prohibido llorar y el último que cierre la puerta».

Me enseñó a tragarme los marrones en seco.

Y claro, así he salido yo. Un desastre que intenta disimular su caos a base de pasar la tarjeta de crédito por el datáfono hasta que salga fuego.

—Madre, tu avatar ha sufrido una baja definitiva. Otra vez —me informa Martina—. Tu índice de concentración es insuficiente para el nivel de dificultad seleccionado.

—Lo sé, jefa. Tengo la cabeza en el quinto pino.

—La falta de atención conlleva un coste de oportunidad elevado en este entorno virtual.

Me levanto y me voy a la ventana. Ahí fuera Madrid sigue a lo suyo. Atascos, gente corriendo a sitios donde no quieren estar y personas que no tienen a un sicario buscándoles las cosquillas. Qué suerte tienen algunos.

Suena el telefonillo. Abro la puerta y me encuentro a Sabina y Amaia.

Vienen para ver si sigo viva o si me ha dado por hablar sola.

Amaia me lanza esa mirada suya, la de quien conoce hasta el color de mis bragas.

Es una mujer práctica, con sentido común y los pies tan pegados al suelo que dudo que pueda saltar.

—¿Qué tripa se te ha roto ahora? —Me da un beso casi en los labios.

—Nada bueno, estoy dándole vueltas a las cosas —le confieso.

—En tu caso, eso cuenta como actividad suicida.

—Ahí me has dado. Tienes toda la razón.

Sabina se ha puesto esas gafas de sol inmensas que le tapan media cara, pero se nota que se está riendo de mí por la curvatura de la boca.

—¿Te has cansado ya de jugar a las familias normales? —pregunta con guasa.

—Un aburrimiento —digo bajito para que no me oigan las niñas—. Aquí hay demasiada paz, me entran ganas de ponerme a rezar.

—La paz es la antesala de la calma.

—La paz solo sirve para que me entre la paranoia y crea que alguien va a venir a pegarme un tiro.

Sabina me empuja suave.

—Eres una bruta, Julia.

Amaia se acerca y me agarra del brazo con cariño.

—Irina te echa de menos —me avisa.

—Ya me olía yo el percal.

—Necesita a alguien a quien darle órdenes cada cinco minutos.

—Lo de siempre. No sabe vivir sin dar por culo.

—¿Te vienes ya? —pregunta Amaia.

—Venga, va. Vámonos.

Antes de irnos, Sabina se lanza sobre Luna y Vera.

—Venga, mis niñas, un beso a vuestras madres. Luna, dame un abrazo, que me tienes abandonada. Vera, no crezcas más, que me vas a dar complejo de vieja.

Amaia agarra a Martina y a Svet. A Martina la achucha con cuidado y a Svet le revuelve el pelo.

—Martina, cielo, cuida de estas cafres.

Svet se ríe y Martina se pone muy tiesa, pero no se aparta.

—Entendido, Amaia —dice Martina—. Velaré por la integridad del domicilio y de los individuos que lo habitan. Madre, ¿tienes previsto pernoctar aquí mañana?