Capítulo 17 #3
Sabina asiente y la ayuda a incorporarse.
La sujeta por las lumbares con una confianza que escuece.
Hay demasiada piel en juego. Demasiado roce gratuito.
Y yo no siento ganas de montar un pollo de celos.
Me da por pensar que, oye, pues igual no pasa nada.
Amaia me vigila de reojo, esperando que me transforme en un bicho raro y salte al cuello de alguien, pero hoy no me sale.
Sabina la acomoda contra los almohadones. Irina está pálida, pero al menos ha soltado los hombros.
—De nada, floja —le responde Sabina con cariño.
Se va a por el equipo.
—¿Te vas a quedar ahí plantada o qué? —me pregunta Irina.
—Vigilo que no entre un comando especial a robarte los órganos, que estás muy vulnerable.
—Eres mi mujer. —Me regala una sonrisa y ya me ha convencido, mierda—. No saques de quicio a la inválida. Por favor.
—Me estoy haciendo la dura —me resisto por pura inercia.
—Acércate ya, coño.
Me rindo. Me siento en la silla y le doy la mano. Sabina vuelve, enchufa el trasto y proyecta una de dibujos animados en la pared. Tonterías de colores. Amaia se acerca y se apalanca a los pies de la cama.
—Yo me pongo por aquí, que hay sitio.
—No seáis ridículas, venid las dos —dice Sabina mientras se tumba a lo largo, pegada a Irina. La rodea con el brazo con toda la naturalidad del mundo, y yo veo cómo su mano se pierde bajo el costado de mi mujer.
Qué cosa más rara. Lo mismo me estoy haciendo vieja, pero no me pica ni un poquito de rabia. Lo que siento es un hambre física, de las que te ponen el cuerpo en alerta. Me lo apunto en mi lista de sucesos paranormales.
Amaia se acopla al otro lado de Irina y estira el brazo hacia fuera, me llama. Es un órdago en toda regla. Siento ese vértigo de cuando sabes que vas a tomar una decisión que te va a descolocar la vida entera.
Dejo la copa en la mesilla. Al carajo las dudas.
Me acerco al colchón y veo que Amaia no me quita el ojo de encima; tiene las pupilas dilatadas.
Me tumbo. Ocupo el hueco que me ha dejado y apoyo la cabeza en su hombro.
Me pego a su costado y el calor me mete un viaje directo a la entrepierna.
Es el motor de estos tres cuerpos funcionando a la vez, una fricción silenciosa que me pone la boca seca.
Amaia me pasa el dedo por la cara, recorriéndome el cuello con una lentitud que es un insulto.
—¿Estás bien o te busco un cojín de plumas de pato?
—Estoy ocupada en no despeñarme —le susurro sin abrir los ojos.
—Ya veo.
—No me toques el pelo —le advierto, aunque por dentro me estoy deshaciendo.
—No te lo toco.
—Estabas a punto.
—Era un cariño —dice ella con toda su cara, y me roza la oreja con los labios, un toque que me hace apretar las piernas.
—Ni de coña. Tienes muy malas intenciones.
Amaia suelta una risilla baja que me enciende. Deslizo la mano por debajo de su camiseta y dejo la palma en su cintura, húmeda de esa tensión que compartimos.
Sabina levanta la cabeza hacia nosotras con la satisfacción que no le cabe en la habitación. Ya no esconde el hambre, se relame como si nos estuviera saboreando a distancia.
—Qué bonitas estáis así, tan modositas —murmura con recochineo, pero con la voz ya ronca.
—Cállate la boca, Sabina, que estás más guapa.
—Ni loca. Me encanta veros así.
—Pues mira los dibujos y déjanos en paz.
—Los dibujos son un rollo comparado con el espectáculo que dais vosotras.
Amaia me aprieta más y me pega sus curvas de una forma que ya no tiene nada de amistosa.
—No le hagas caso, Julia.
Le da una colleja suave a Sabina por encima de Irina, pero aprovecha el movimiento para rozarme con el pecho. O igual me lo invento yo, que ya no sé.
Irina, en el centro de todo el meollo, no dice nada.
Su respiración es un reloj que va ganando velocidad.
Está en su nube, dejándose querer por las tres.
Caigo en la cuenta de que Amaia no mentía.
Todo esto ya nos había comido la tostada hace tiempo; solo faltaba que nos tumbáramos juntas para que la pólvora encontrara el mechero.
Muevo los dedos sobre la piel de Amaia, rascando con las uñas. Ella tiembla, un espasmo pequeño que me sube el ego a la garganta. Sabina me hace un gesto de complicidad, de los que terminan con las sábanas por el suelo.
—No me des la brasa, Canija —le digo, pero mi mano sube por el costado de Amaia.
—Que no te la doy. Estoy de lujo.
—Yo también —murmura Irina con la voz pastosa.
Me relajo en este calor, con el ruido de fondo de los dibujos y con la sensación de que esto va a reventar y me va a encantar. Muchísimo, para qué nos vamos a engañar. Tengo la piel en carne viva, receptiva a cada roce, a cada olor.
La película sigue a lo suyo, pero ya nadie mira la pared. Los cuerpos encajan con una obscenidad natural. Mi mano pegada a Amaia. Su aliento, ya pesado, en mi oreja. El olor de Sabina que lo inunda todo. La paz de Irina.
Ya no tengo miedo a lo que venga. Solo tengo hambre.
Ganas de morder, de vivir en este rincón y de ver cómo salta todo por los aires de una vez por todas.
Me duermo, o lo intento, sabiendo que ya no podemos fingir que no pasa nada.
El cuerpo nos ha ganado por goleada. Y cuando esto explote, no será un despiste.
Será una decisión. Y la vamos a tomar las cuatro juntas, sudando la misma fiebre.