Capítulo 17 #2
—En que no tengo solo una mujer dándome el coñazo, resulta que tengo tres y no me he enterado ni de cómo —responde soltando todo el aire.
Sabina sonríe, Amaia suspira y a mí se me quita un peso de encima. Nos quedamos las cuatro ahí, disfrutando de que nadie grite por cinco minutos. Sabina se enfunda los guantes y recupera el mando de la situación.
—Bueno. ¿Cómo va esa avería? —le pregunto a la doctora, porque si no hablamos de medicina me voy a poner a decir cursilerías.
—Como paciente también es insoportable —gruñe Sabina sin una pizca de broma—. No para de dar por saco.
—Estoy quieta, rubia —protesta Irina con un hilo de voz.
—Estás quieta porque antes te juré que te enchufaba un sedante para elefantes si pestañeabas —le espeta Sabina.
Irina hace un microgesto de fastidio que en ella equivale a un berrinche de tres horas.
Me acerco y examino la obra. La costura está perfecta, un trabajo fino de pelotas. La piel de alrededor está amoratada y tirante. Sabina sabe lo que hace.
—Vaya mano, tía. Yo creía que te dieron el título por guapa y va a resultar que fuiste a clase —la pico.
—Ni se te ocurra vacilarme con eso —dice Sabina—. Estaba muerta de miedo. Sabes que yo soy de microscopio y laboratorios limpios, odio la carnicería a pelo.
—Ya lo veo —le respondo suavizando el tono—. Por eso te ha salido de cine. El pánico te sienta bien para las manualidades.
Sabina me clava los ojos y ahí no hay rastro de sarcasmo. Es una mirada cruda, me descoloca.
—No me hace ninguna gracia verte así, Ira. Ninguna.
—Ya —responde Irina, seca, pero el comentario le ha llegado al fondo.
Amaia se despega de la ventana, se apoltrona en la silla de la esquina y volvemos a callarnos.
Me acuerdo de golpe del numerito de la bacteria aquella.
Fue un espectáculo de cabezonería nivel dios.
Irina pilló un bicho de esos que te dejan el sistema inmunitario por los suelos, pero ella decidió que el termómetro estaba estropeado o que le tenía manía personal.
No dejaba que nadie se acercara a menos de tres metros sin soltar un gruñido.
Como paciente es un desastre absoluto; no se fía de nadie que no sea ella misma mandando a todo el mundo a la mierda.
Ahí fue cuando me terminó de enamorar. Qué despliegue.
Me tenía ganada viendo cómo se cabreaba con su propia biología, coordinando un operativo de busca y captura con cuarenta de fiebre y los ojos dándoles vueltas.
Yo le plantaba paños con hielo en esa frente de hormigón mientras ella deliraba.
Me daban ataques de risa, me daban ganas de estamparla y, sobre todo, me daban ganas de hacerle de todo menos cuidarla.
—¿Te acuerdas de cuando te atacó aquel microbio?
Irina abre los ojos muy despacio.
—Ni me lo menciones, Julia. Que todavía me duele la cabeza de oírte —gruñe.
—Tuve que inmovilizarte para que no te fueras de patrulla en pijama y pantuflas, que no se te olvide —añado sacando pecho.
Sabina y Amaia se ríen, y el ambiente se relaja.
—Eres la peor enferma de la historia de la humanidad, Irina. Con diferencia —sentencio.
—Es verdad —reconoce ella, y hasta parece orgullosa de su currículum de mala paciente.
Sabina le pasa una gasa final y le coloca un esparadrapo.
Se agacha tanto que las puntas de su pelo le rozan el brazo a Irina.
Están ahí, pegadas, acostumbradas a tocarse sin pedirse permiso.
Es una escena de intimidad que me da en toda la cara.
Me engancha el gesto de Sabina, cómo responde mi mujer y el sitio que ocupa cada una en este cuarto.
Amaia tampoco se pierde nada. El tablero se ha roto, los esquemas han volado por los aires, pero aquí estamos las cuatro, aguantando el tirón mientras decidimos qué narices vamos a hacer ahora.
Sabina se despega. Se apalanca en el colchón, justo al lado de Irina, pero manteniendo el contacto, no sea que la otra se evapore. Le pasa la mano por el pelo. Un gesto de monja con ganas de juerga.
—Estás para que te recojan con pinzas.
Irina asiente con un gesto pesado. Tiene los ojos medio cerrados y no tiene fuerzas ni para vacilarla.
—Estoy frita. Estoy agotada, sin energía ni para respirar. No quiero más debates ni más vueltas a todo.
—Pues deja de pensar de una vez, coño —dice Sabina.
—No sé cómo se detiene este ruido.
—Ya —insiste Sabina—. Pero por una noche haces el esfuerzo. Cierras el pico, te relajas y punto. Si te pones tonta te canto una nana y te aseguro que eso sí que va a ser un castigo.
Irina sonríe, sin ganas de pelear. Amaia se acerca con una manta que pesa bastante. Se la planta a Irina encima, bien apretada hasta la barbilla. Me cabrea que verlas así me ablande tanto.
—Podríamos poner algo en la pantalla —propone Irina.
La observo. Cine. Es la idea más de familia de clase media que ha tenido en su puñetera vida. Está para el arrastre, la pobre.
—¿Qué quieres ver? —pregunta Amaia con ese tono de madre que sabe que no vamos a elegir nada decente.
—Una chorrada —dice Irina—. Algo que no me obligue a usar la cabeza.
Sabina se levanta.
—Voy a por el proyector.
Irina le agarra la mano al vuelo. Un movimiento instintivo, de los que no le da tiempo a filtrar por su filtro de eficiencia.
—No te vayas.
—Que voy a por el aparato, pesada, que si no, no hay cine. —Se ríe Sabina.
Irina la mira fijamente.
—¿Me ayudas a moverme?
No es una orden de las suyas. Es un SOS. Es un «no puedo sola y me fastidia». Ver a Irina pidiendo permiso para ser humana es algo que no me esperaba hoy.