Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 17
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Capítulo 17

Las crías están desterradas en el cuartel general de Luna y Martina. Ayer acompañé a Amaia a llevarles suministros: ropa, libros y suficientes porquerías para que les salgan caries de solo mirar la bolsa.

En el piso de las niñas fingen una normalidad que no se cree nadie.

Aquí, en el palacio de la zarina, llevamos varios días metidas en fase «comando especial de limpieza».

Sabina, Ana y Rashel se han atrincherado en el despacho y mueven piezas antes de que Irina esté operativa.

Al pasar, oigo a Rashel murmurar algo sobre «la maldita transferencia» y a Ana responderle que ya queda menos.

Logística de seguridad, supongo. O alguna de sus movidas informáticas. No tengo cabeza para preguntar.

La jefa sigue en horizontal. No es solo que el balazo la haya dejado para el arrastre, es que está masticando que su burbuja de control se ha ido al carajo. Irina no está convaleciente de la carne, está de retiro espiritual forzoso para asimilar que no es invulnerable.

Entro en el cuarto. Irina ocupa el centro del colchón con esos aires de quien manda incluso cuando está a un estornudo de que se le salgan las tripas.

Está pálida, con la sábana por la cintura y la camiseta enrollada bajo las tetas para que todo el mundo admire el festival de gasas que lleva pegado al costado.

Sabina lo ha precintado todo con una cinta adhesiva que promete arrancarle hasta los pecados cuando toque despegarla.

La rubia tendrá la cabeza para que se la miren, pero hay que reconocer que con la aguja es una artista.

Me hundo en el sillón de lectura. Ni de coña me acerco a la cama.

Mantengo la distancia de seguridad porque tengo el termostato emocional fatal y, si la toco, termino desparramada por el suelo.

Y Julia no se desparrama. Julia conserva la verticalidad y el orgullo, aunque por dentro esté para que la recojan.

En la esquina, Amaia está en bucle doblando una toalla manchada de rojo.

—Amaia, deja de masacrar esa toalla, anda. —No levanto la voz, pero el tono va con ese retintín marca de la casa para que se entienda el recado.

Ni media palabra. Deja la toalla en la mesilla y se acomoda en el borde de una silla, quieta. En cuanto entra Sabina por la puerta, abro el melón.

—A ver, ¿me va a explicar alguien qué cojones está pasando aquí?

Irina abre los ojos por fin. No se mueve, pero me enfoca, aunque lo que quiere es ignorarme.

—Ha sido un coche —dice con un hilo de voz.

—Y un regalo de plomo —añado yo, por no dejarle todo el mérito al motor—. Y un fallo de seguridad que te cagas. No me vendáis la moto, que ya soy mayorcita. ¿Han sido los Trueno?

Irina parpadea despacio. Mal asunto.

—Sí —confiesa al final.

Vaya novedad. Es la misma purria que Irina juró que ya no formaba parte de su dieta diaria.

—¡Mierda, Ira! ¡Es que no aprendes!

—Esto no es un juego de mesa, Julia —responde con los párpados cerrados otra vez—. Es una guerra antigua que no empezó ayer.

—Lo sé de sobra, hostias, que no soy tonta.

Me levanto del sillón, dejo la copa a un lado y me planto junto a la cama. No la toco, que conste en acta. Me coloco en el borde y la miro con una mezcla de ganas de besarla y de asfixiarla con la almohada.

—No voy a montar un número. —Me sorprende que la voz no me tiemble—. No voy a gritar ni a ponerme en plan tragedia griega, porque ya tengo una edad y no me pega el drama. Pero este teatrillo se tiene que terminar ya.

Irina abre los ojos, con cara de no entender nada. Yo me cruzo de brazos para no darle un sopapo terapéutico, que la herida ya le escuece bastante.

—Es un rasponazo, no te pongas así.

—Es sangre en el suelo de mi salón, pedazo de bruta —la corto—. Es Amaia pringada de gasas y Sabina haciendo de costurera de urgencia. Son Svet y Vera preguntándose por qué tienen que ir al baño con escolta.

—¡Los enemigos no desaparecen porque yo decida quedarme en pijama viendo la tele, Julia! ¿Te enteras?

—Que ya lo sé, coño. —Me inclino para que me vea bien la cara—. Lo que te pido es que dejes de buscarle las cosquillas a esa gentuza. No pienso vivir con el desfibrilador en la mano cada vez que llegas tarde. No voy a regalarle nuestra tranquilidad a tu ego de tamaño industrial.

Irina bufa y mueve la cabeza, tratándome de ingenua. Sabina se pone seria y decide entrar al trapo.

—Llevas años en guerra con esa gente —dice, clavando la vista en Irina—. Esto ya es algo personal y lo sabes tú y lo sabemos todas.

—No necesitamos más pasta, Ira. Lo que nos falta es que no te maten, ni que se lleven a alguien de la familia por delante para fastidiarte a ti. Vivimos en un ay porque tú no paras de tocarles las narices y de quitarles los juguetes a esos salvajes.

Irina hace una mueca de dolor.

—No tienes ni idea, Julia. Quitarles el dinero es la única forma de que no nos muerdan el cuello. De controlarlos.

—El control se te ha ido a la porra —interviene Amaia. Su voz es tranquila, pero corta—. Nos has dado un susto de muerte, Irina. Casi te enterramos.

—No estaba en mis planes acabar así —responde la otra, poniéndose de lado con esfuerzo.

—No, claro que no. —Amaia se sienta en el borde de la cama—. Tu intención es que estemos a salvo, pero tu método es una auténtica chapuza.

—Ira. —Sabina da un paso al frente—. Lo liquidamos como sea. Lo que haga falta, ¿me oyes? Pero esto se acaba aquí. No quiero más peligros absurdos.

Irina la encara entre alucinada y ofendida. Sabina no es su mujer, pero es su conciencia. Con mucha mala leche y una aguja en la mano.

—¿Pero qué os pasa? Llevo años tratando de borrar a esos tipos, ¡que no os enteráis!

—Pues se ve que no funciona ni para atrás —corta Sabina—.

Cambia de estrategia. Negocia. Suelta billetes.

El dinero no es el problema, que tenemos para aburrir.

El problema es tu ego, que es más grande que este cuarto.

Y que te pone más el riesgo que la tranquilidad, y eso nos va a acabar matando a todas.

Irina resopla y sonríe, sin gracia, sin responder. Sabina me busca con la mirada y yo asiento, que para eso somos un equipo de rescate de esposas kamikazes.

—El problema es que te crees que el poder es más importante que la vida —le digo.

—El poder es la vida, Julia —murmura Irina.

—El poder es lo que te ha dejado ese agujero tan mono en el costado. —Le señalo la venda—. A este paso, tu siguiente accesorio de lujo será una caja de madera con herrajes de oro.

Amaia asiente. Somos un bloque contra su cabezonería.

—Escúchame bien —dice Sabina—. Esto no es un ruego, es una condición. Un plan de supervivencia.

Casi aplaudo. Me pone muchísimo cuando la rubia se pone en plan jefa de operaciones.

—¿Qué plan? ¿Qué plan, a ver?

—Necesitamos estabilidad, Irina —dice Amaia. Su voz es suave, pero tiene peso—. Las niñas crecen. Necesitan un espacio seguro. No un puto campo de batalla, hostias.

Irina mira a Amaia.

—¿Me vas a hacer chantaje emocional, Amaia?

—No. —Amaia me mira a mí antes de volver a Irina—. Pero si esto no cambia, vas a perder lo que te importa. Y nos vas a perder a nosotras tres.

Irina se calla. No busca pelea, busca una excusa para no creérselo.

—¿A las tres? ¿Os tengo a las tres?

Me doy cuenta de que no está vacilando y me da un vuelco todo. Es una sensación extraña, una mezcla de vértigo y una satisfacción bastante sucia.

—Sí —confirma Sabina—. Nos tienes. Y no es que nos hayas ganado en un sorteo. Hace mucho que decidimos que íbamos juntas a por todas.

Se acerca a la cama.

—Somos una familia, Ira. Y aquí se hace lo que dice la mayoría. Somos tres contra una. Si nos quieres, nos quieres con todo lo que eso conlleva.

Amaia me pone una mano en la rodilla y le agarra la mano a Irina.

—Estamos juntas en esto —dice, y sé que lo dice de corazón.

—Afirmativo. —Mi voz suena tan sólida que hasta yo me sorprendo de no estar tartamudeando—. Nos tienes. Pero si pretendes que sigamos viviendo en mitad de un tiroteo, nos vas a perder más rápido de lo que tardas en vaciar un cargador.

Irina tiene un músculo en la cara que no para de moverse; señal de que le está doliendo reconocer que tenemos razón.

—Vale —cede por fin—. Pero que sepáis que esto no se acaba solo porque yo lo diga. Ya me gustaría. Si sigo en el lío es para evitar que todo salte por los aires. Cerrar esto como queréis va a ser muy complicado.

Sabina arruga la nariz, manteniendo esa expresión seria. No se fía ni un pelo, y hace bien, que a Irina ya la tenemos muy vista.

—O muy caro —dice, yendo directa al grano.

Irina nos mira una por una.

—No tenéis ni idea. Habláis como si esto fuera un cuento de hadas.

Sabina me corta el paso antes de que yo pueda soltarle alguna fresca sobre nuestra comprensión de la realidad.

—Sabemos lo que hay. Tú encárgate de liquidar el asunto —sentencia.

—¿Y luego qué? —pregunta Irina, buscando la trampa.

—Luego —dice Sabina—, hacemos limpieza. Nos quedamos con el dinero que no esté manchado.

Seguimos con el colegio y con la ayuda a mujeres.

Es lo que hay que hacer. Tenemos pasta de sobra para portarnos bien sin que nos intenten matar cada vez que vamos a comprar el pan.

Tu guerra con los Trueno es lo que nos está hundiendo.

A menos que tengas algún secreto más guardado por ahí.

—No hay nada más —asegura Irina.

Me arrimo al colchón y aparco el culo a su lado. Le cojo la mano.

—A ver si nos enteramos, capitana: no me mola nada que abran boquetes por el cuerpo. Me has dado el susto de la década.

Le brillan los ojos. No tiene ninguna mota de polvo, ha bajado la guardia y se le nota todo.

—Ya me he dado cuenta, Julia.

—Te lo has currado, reina, que eres un dolor de muelas —la pincho para que no se me ponga tonta con los sentimientos, que nos conocemos.

Irina hace un ruido seco. No es para ponerlo en un recopilatorio de risas tiernas, pero es lo que hay.

—Al final va a resultar que Sara no estaba tan mal de la cabeza —murmura casi para sí misma.

—¿En qué parte de su enciclopedia de locuras? —pregunto.