Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 16 #4
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Capítulo 16 #4

Se acerca y me planta otro abrazo.

—Ya me habéis dado el susto del siglo, cojones —le digo contra el hombro, que huele a hospital y a cansancio.

Me separo y veo que me ha dejado un regalo rojo en la camiseta. Me toco el pómulo y palpo algo pegajoso que no debería estar ahí. Amaia saca una gasa del bolsillo con un movimiento de prestidigitadora.

—Te he manchado. —Me frota la cara sin mucha delicadeza.

—¿De qué me has manchado?

—De sangre de tu mujer, cariño. ¿De qué va a ser?

Me limpia el estropicio con una frialdad que asusta.

—Joder.

—Eso, joder. —Se da la vuelta y señala la puerta—. Venga, entra. Pero sin montar el numerito, que la mujer necesita oxígeno.

Entro con Amaia pisándome los talones y el corazón a mil por hora, aunque trato de hacerme la chula. Irina está desparramada en el sofá, pálida y frita por el chute que le han metido. Sabina es un manojo de nervios que no para de dar vueltas. Está a nada de que le dé un jamacuco.

—¿Cómo está, Sabi?

—Pues de milagro no se ha ido al otro barrio —responde Sabina—.

El proyectil ha hecho una herida lacerante de tres pares de narices.

Ha destrozado tejido subcutáneo y ha pasado rozando la ilíaca externa.

Si llega a desviarse un milímetro, tenemos aquí un festival de sangre.

Le he tenido que meter una sutura por planos que ni en el mejor hospital de campaña.

La he dejado sedada para que no me monte un mitin.

Soy una fiera de la medicina, Julia, aunque ahora mismo me tiemblen hasta las pestañas.

Sabina se me pega, pero guarda una distancia prudencial.

—¿Y tú? ¿Cómo lo llevas? —le pregunto, dándole un toquecito en el hombro.

—Fatal. Estoy a un paso del colapso. Estoy haciendo un esfuerzo por no saltar por la ventana y echar a correr.

Me mira la copa de vino con una cara de deseo que me da hasta risa.

—Dame un trago de eso, por tu madre.

—Ni hablar, guapa. —Aparto la copa—. Esto es medicina preventiva para mi salud mental, que falta me hace. Si te lo bebes tú, te terminas de ir por el sumidero.

—¿Y ahora qué narices hacemos? —pregunta Sabina, que no se está quieta.

—Pues verlas venir. Esperamos a que la jefa resucite y luego montamos el gabinete de crisis.

Estoy hasta el mismísimo de tanta acción y tanto tiro.

Tienes que echarme un cable, Sabi. A ti te escucha más que a las demás, así que intenta convencerla de que deje de jugar a los soldados antes de que nos maten a todas.

Sabina asiente, aunque parece que la cabeza se le va a caer al suelo del mareo que lleva.

—Vale, vale. Pero búscame un ansiolítico o algo, Julia. O me desplomo aquí mismo y te toca hacerme la reanimación a mí misma.

—No te metas nada raro —la corto—. Necesito que tengas todas las luces encendidas para cuando esta despierte. No podemos permitirnos que estés en el mundo de los unicornios.

—Las tengo encendidas —protesta ella—. Pero si no me das algo para bajar las revoluciones, colapso. Me estoy mareando, no es broma.

Me levanto porque sé cómo es cuando entra en bucle.

—Venga, voy. No te muevas.

Voy a la cocina, rebusco en su arsenal de pastillas para los nervios y vuelvo al pasillo. Está sentada, con cara de haber visto un fantasma y las manos aún manchadas de sangre. Le encasqueto la pastilla en la boca sin contemplaciones.

—Hala, trágatela y respira, que no se ha muerto nadie hoy. Por los pelos, pero aquí seguimos.

—Un milagro es lo que tenemos —me corrige ella con la voz ya pastosa.

Rashel y Ana desaparecen para organizar el despliegue de seguridad, ahora que la capitana está fuera de combate.

Yo me apalanco aquí con Sabina, esperando a que Amaia asome el hocico y a que la jefa deje de jugar a la bella durmiente desangrada.

La paz se ha ido y no vuelve. El equilibrio ese del que fardamos se ha ido a la mierda del todo.

Me levanto haciendo ruido. Me arrastro hasta la cocina y agarro el trapo lleno de sangre. Lo hundo en el fondo del cubo de la basura, bien tapadito con los restos del aguacate de ayer. No quiero que Amaia lo vea. No quiero que Sabina lo vea. No quiero que nadie lo vea.

La sangre es mía. La sangre es nuestra. La sangre es el puto mundo que no se calla.

Amaia baja las escaleras. Vestida de limpio. Se sienta a mi lado y me tritura los dedos de la mano en lo que supongo que es un gesto de cariño, aunque ahora mismo me vendría mejor un ibuprofeno. Sabina a mi otro lado me pasa el brazo por los hombros.

—A Irina le han hecho un destrozo importante.

La voy a tener bajo observación, con el hematoma controlado y la herida bien suturada, pero necesita reposo absoluto o se le saltan los puntos en cuanto estornude.

La herida tiene bordes irregulares con riesgo de necrosis si no se cuida —nos informa Sabina, seria—. Así que vamos a intentar no agobiarla.

Me entra un escalofrío. Miedo. Y ganas. Ganas de matar a quien ha hecho esto y de matarla a ella por gilipollas. Y ganas de estar aquí. Con ellas. Con mi puta familia. Con mi puto desastre. Y con mi puto milagro.