Capítulo 16 #3
Rashel, que es lo más parecido a una computadora soviética, coge el móvil y marca con una tranquilidad que me asombra.
—Luna. Sí. Oye. Las crías se quedan en vuestro antro. Sí. Ha saltado una tubería y tenemos un lío de fontanería de los gordos. Luego te cuento.
Cuelga y me mira.
—¿Fontanería? ¿De verdad, Rashel? ¿No tenías algo más creíble? ¿Un ataque de ninjas o que nos ha tocado la lotería?
—Luna sabe de qué va la vaina, no necesita que le deletree el drama.
Me levanto y tiro el trapo hecho un asco al fregadero. Tengo el estómago dando saltos y el corazón me va a una velocidad que no es normal, pero al menos la jefa sigue teniendo lengua para mandarme callar. Eso es buena señal.
—Me voy a pimplar algo fuerte. Ahora mismo.
—Ni se te ocurra —dice Ana—. Con los nervios que llevas, el alcohol te va a sentar como una patada en el hígado.
—Ana, corazón, guarda el manual de salud para otra y desembucha. ¿Qué carajo ha pasado ahí fuera? Porque me tenéis aquí en ascuas y no estoy para adivinanzas.
—Faltan datos. Un coche que no debería estar ahí. Un disparo —resume con esa tacañería de palabras que me saca de mis casillas.
—Rashel, hija, que tú sabes hasta el suavizante que usa Irina. No me vengas con misterios y suelta la lengua. —La acorralo con la mirada, a ver si se digna a ser humana un rato.
Rashel me mira de frente y, por un instante, veo un brillo de pánico.
—Julia. Esto es un aviso en toda regla.
—No fastidies. Yo aquí esperando el folleto del club de campo y resulta que nos quieren matar. Qué cosas.
Amaia asoma la cabeza otra vez, me agarra los hombros y me clava los dedos con cariño, pero apretando.
—Julia, por lo que más quieras, deja de ser una histérica y mantén el tipo.
—Me pides milagros —le devuelvo, aunque me dejo hacer—. Pídeme que vaya a morderle la yugular al que ha disparado, pero no me pidas que me espere aquí quieta.
—No. —Se le escapa una medio sonrisa que me desarbola—. Te voy a abrazar.
Y me trinca. Me estruja contra ella en un abrazo que tiene poco de romántico y mucho de torniquete emocional.
—Aquí estoy. —Me aprieta más—. No me muevo de aquí.
—Amaia —digo, y la voz me sale perjudicada.
—Calladita, que te pones muy intensa.
—Amaia, que voy en serio. —Me aparto para verle la cara—. ¿Qué pasa con Sabina? Con lo que le gusta un drama a esa mujer, le va a dar un patatús ahí dentro.
—Está al borde del colapso, no te voy a engañar. Pero va a aguantar el tipo hasta que termine. Es una profesional, aunque tenga el sistema nervioso hecho un cromo.
—¿Y si la lía? —pregunto sintiendo el miedo dándome golpecitos en la garganta.
—Sabina no mete la pata operando ni aunque se esté yendo por la pata abajo. —Amaia señala el despacho—. Me voy para allá a echarle una mano.
—Yo voy contigo. No me dejes aquí con las sosas estas.
—De eso nada. —Me para en seco—. No seas pesada, Julia.
—¿Por qué?
—Porque si entras tú, las pones a las dos cardíacas. Yo voy en plan eficiente, pero si apareces con esa cara de susto, nos ponemos todas a llorar por las esquinas y no acabamos nunca. Quédate aquí y pórtate bien.
—¿Seguro que no me estás vendiendo la moto?
—Es una herida limpia, te lo prometo. Pero ha faltado un pelo para el desastre total.
—¿Un pelo de cuánto?
—La arteria. Ha pasado rozándola.
La arteria. Me cago en todo. El suelo se me mueve y acabo apoyada contra la pared, escurriéndome hasta que el frío del mármol me da un aviso en el culo.
Miro la puerta del despacho con ganas de entrar a patadas, pero me levanto y me voy directa a la despensa.
Encuentro la botella de vino más cara, le arranco el precinto con los dientes y me sirvo un copón hasta arriba.
—No es el mejor momento para hidratarse con alcohol, ya te lo ha dicho Ana —me sermonea Rashel apareciendo detrás de mí.
—Cierra el pico y déjame vivir.
Me trago el vino de un tirón. Me baja quemando y me recuerda que sigo entera, dándome ese puntito que necesito para no ponerme a gimotear.
Vuelvo al pasillo, me planto en el suelo con la copa y me preparo para esperar a que alguien salga a decirme que la fiesta puede seguir.
Ellas me siguen, claro, que no me dejan sola ni para ir al baño.
—No quería ir al hospital —dice Ana—. Ya sabes que le tiene alergia a los registros y a que los de uniforme metan las narices en sus asuntos.
Svet me está abrasando el móvil en el bolsillo. Me planto en la puerta del despacho.
—Eh. —Uso ese tono de autoridad que tengo guardado para las crisis gordas.
La puerta se abre y asoma Amaia otra vez con un careto que asusta al miedo y un rizo pegado a la frente por el sudor que le da aire de loca.
—¿Qué coño quieres ahora, Julia?
—La heredera, que se ha puesto en modo martillo pilón. —Le planto el móvil en la nariz—. Va por la décima llamada. O le coges tú el aparato o lo tiro por la ventana.
Amaia afloja los hombros. Intenta sonreír, pero le sale una mueca de haber masticado un limón podrido.
—Atiende tú. Y ni se te ocurra soltar prenda. No me apetece gestionar un drama de moco y pataleta ahora mismo.
Me largo a la cocina, que es el mejor sitio para soltar mentiras piadosas sin que se note el tembleque.
—Svet. Soy yo. Ni se te ocurra rechistar.
Pero mi hija ha salido a su madre y no se calla ni aunque la sumerjas en cemento.
—Mamá, ¿qué ha pasado?
—Nada, un marrón doméstico de los de toda la vida. El fregadero ha decidido que quería libertad y estamos inundadas hasta las cejas. Un cristo, vamos.
—He oído a Rashel hablando con Luna —me suelta la sabelotodo con tono de minidictadora—. Ha pasado algo gordo. No soy idiota, mamá, que me he leído ya tres libros de espías.
—Ya sé que no lo eres, cariño, pero haz el favor de disimularlo un rato y cierra el pico.
Se calla. Malo. Está moviendo los hilos mentales para pillarme en el renuncio.
—¿Mami está bien? —pregunta de repente, y ahí ya se le nota que es una cría.
—Mami es de titanio, ya lo sabes —miento más que hablo—. Ha tenido un percance en el curro, un golpe de esos tontos que se curan con sofá, manta y que nadie le toque las narices.
—¿Qué clase de percance?
—Gajes del oficio, Svet. Ha calculado mal un giro y se ha comido una esquina. Un clásico de los suyos por querer ir más rápido que el viento.
Svet resopla. Suena igual que una vieja de ochenta años de vuelta de todo.
—Vale. Me voy con Vera. Que nos baje el chófer ese nuevo, el que tiene cara de dibujo animado.
—Ni de coña. Y no quiero más preguntas, que me vas a sacar una úlcera.
—Como digas, pero quiero hablar con ella.
—Luego, Svet. Te juro por mis muelas que sigue entera.
Cuelgo y me tiembla el pulso, pero me convenzo de que es porque no me he echado nada sólido al estómago desde ayer. Amaia sale del despacho y cierra la puerta.
—Fumata blanca. —Me escanea de arriba abajo. Se fija en la copa de vino que agarro con fuerza—. No te me mueras tú también, Julia, que no tengo fuerzas.