Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—Podríamos llevarlas a un sitio con mucha gente y ruido. Irina odia que los niños griten y las aglomeraciones. Sería el plan perfecto para tocarle las narices de buena mañana.

—Irina no está, Julia. Y vendrá tarde, para variar.

—Claro. Su imperio no se gestiona solo. —Me bebo el café hirviendo—. Venga, acepto. Buscamos un sitio donde los helados sean gigantes y luego nos tiramos a la piscina hasta que se nos arruguen los dedos.

Amaia se apoya en el mármol. Está demasiado tranquila y eso me mosquea. No es su paz habitual, es algo raro, de decisión tomada.

—¿Estás bien o qué?

—Que sí, pesada. Estoy bien.

Me mira fijo con esos ojos claros que tiene. Son tan luminosos que me molestan.

—No te rayes, Julia.

—Yo no me rayo. Yo hago inventario. Y tú estás en el departamento de misterios.

—Pues sácame de tus listas. Soy una tía normal.

—De normal no tienes nada. Eres un peligro.

—Tú sí que eres peligrosa. Yo soy la única que se da cuenta de tus tonterías.

—Voy a subir a cambiarme. En diez minutos te quiero en la puerta.

Y justo cuando pienso que voy a tener una mañana tranquila, el mundo explota.

No es un ruido flojo. Un golpe de metal contra el suelo retumba en las paredes, un portazo casi revienta el marco de la puerta de entrada y una sarta de gritos en ruso me deja paralizada en la escalera.

—¡Me cago en la leche!

El panorama que me encuentro al girarme es para enmarcarlo en el museo de los horrores. Rashel sujeta a Irina por la cintura. Ella aguanta el tirón porque es demasiado orgullosa para caerse delante de nadie. Pero está jodida.

Hay sangre por todos lados. Una mancha enorme devora su camiseta blanca por un costado. El rojo brilla y gotea sobre el suelo de mármol con un ruidito constante. Irina tiene la cara blanca, pero finge que no está muerta de miedo.

—Me cago en la puta, ¿qué coño…?

Sabina aparece por detrás sin soltar ni un grito. La boca le tiembla, pero las manos le funcionan a mil por hora mientras revienta el cierre del botiquín que tenemos junto a la entrada.

La vasca asoma el hocico desde la cocina.

Ve el cuadro y la manzana que llevaba en la mano aterriza en el suelo con un ruido seco.

No se pone a llorar ni pierde el tiempo.

Se le quita la cara de hacer magdalenas y se le pone la de coronel de la guardia civil.

Mira el charco, mira a Sabina y ya sabe de qué va la movida.

—¡Trapos que absorban, alcohol y algo para apretar! —Sabina no despega la vista de la herida.

Amaia sale pitando hacia el lavadero. Ha desaparecido por el pasillo antes de que yo logre procesar el movimiento. Yo me clavo al suelo y cuento las gotas de sangre que hay en las baldosas, en la ropa y en la cara de Irina, que sigue pálida.

—¿Se puede saber qué coño ha pasado?

Irina me clava la mirada e intenta sonreír.

—Un malentendido.

—¡Un malentendido con plomo, no te jode!

—Cierra el pico, Julia —ordena Sabina. No es un consejo, es una orden de las que no se discuten.

Se acerca a Irina con el material. Rashel la sujeta porque está a punto de desmoronarse y Ana, que está a su lado, parece que se ha bañado en la sangre de mi mujer.

—Rashel, no la sueltes. Ana, quita trastos del sofá —ordena Sabina.

—En el sofá no. Al despacho —jadea Irina.

—Al despacho, pues. Más luz y menos estorbos.

Irina empieza a caminar. No cojea, porque es así de chula, pero el esfuerzo se le nota en cada paso. Va dejando un rastro rojo por el suelo que me revuelve las tripas.

—¡Yo me meto con vosotras!

—Ni de coña —Sabina me frena—. Tú fuera. Solo vas a estorbar.

—¡Que es mi mujer, pedazo de imbécil!

—¡Y yo soy la que tiene que arreglar esto! —me grita Sabina con un tono que asusta más que el trapo lleno de sangre que lleva en la mano—. ¡Ahora mismo me sobras! ¡Fuera!

Me quedo plantada, la mala hostia se me sale por las orejas. La autoridad de la doctora me ha dejado quieta. Amaia vuelve del lavadero cargada hasta arriba de toallas y botes. Me ve la cara de perdida y se para.

—Julia. —Me corta el paso—. Ni se te ocurra liarla.

No me toca, no hace falta. Me echa una mirada de «quédate quieta o te arreo» y se mete en el despacho cerrando la puerta en mis narices. Me quedo a solas con la ninja del este y con Ana. Rashel tiene una calma de bloque de hielo que siempre me ha puesto de los nervios.

—Venga, soltadlo ya. ¿Qué coño ha pasado?

Ana me mira de reojo.

—Un error de cálculo.

—¿Un error de quién? ¿Vuestro? ¿De los gnomos del jardín?

—No es el momento de rajar, Julia —dice Rashel.

—¡Es el puto momento! —le planto cara—. ¡Irina está perdiendo sangre a chorros y tú pretendes que me quede aquí a verlas venir!

Rashel no parpadea.

—Ha sido un coche. Iba directo a por ella. Ella se ha dado cuenta y ha intentado esquivar el regalito.

—¿Y los guardaespaldas dónde coño estaban?

—No ha dado tiempo de nada. No es el momento, Julia. Déjalo.

—¡Que lo deje! ¡Me cago en mi estampa!

Me doy media vuelta, entro en la cocina y agarro la primera silla que pillo. La levanto y la estampo contra la isla de mármol. El golpe suena de maravilla. El estruendo me quita un poco de esa presión que tengo en los pulmones.

—¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!

Vuelvo al pasillo con las manos temblorosas. Ana me mira y, por una vez, no me tira una pulla. Me entiende la rabia.

—Baja las revoluciones, Julia. Necesitamos la cabeza fría.

—No quiero tener cabeza. Quiero saber quién ha sido el listo que ha apretado el gatillo para ir a su casa y explicarle cuatro cosas.

—No tenemos ni idea —dice Rashel.

—Y una porra.

—No es broma. Ahora céntrate en que Sabina y Amaia están dentro con ella y saben lo que hacen.

Me acerco a la puerta del despacho y pego la palma a la madera.

No se oye nada. Solo el murmullo bajo de Sabina dando instrucciones y Amaia respondiendo con monosílabos.

Tengo los pies helados. El sarcasmo se me ha ido de paseo y la mala uva se me ha atascado.

Solo tengo miedo. Pánico a que Irina no salga de esta con su prepotencia habitual.

Pánico a que la sangre que he visto en el suelo sea demasiada.

—¿Está muy jodida?

No tengo el valor de mirar a Rashel a la cara, no sea que me encuentre con la respuesta que no quiero. Ella tarda en contestar.

—La bala no ha entrado, le ha rozado. Con unos puntos se arregla.

—¿No me mientes?

—Está consciente, Julia. Si se estuviera yendo al otro barrio, no estaría mandando a todo el mundo a paseo. Sabina la tiene controlada. Y Amaia también.

Pienso en Amaia y me da la risa floja dentro del susto. Hace cinco minutos estábamos de charleta y ahora ha activado su versión de salvamento y socorrismo. La tía se pone útil y se le quita la tontería. Es una fuerza de la naturaleza cuando hay sangre de por medio.

Me apoyo en la pared porque el cuerpo me está pidiendo una excedencia y las piernas me tiemblan.

—¿Y las crías?

—Están fuera. Respira de una vez.

—Coño, Rashel, que vuelven hoy. Que se encuentran el percal.

—Ya lo sabemos —interviene Ana—. Pues cambio de planes. Que no vuelvan. Se aborta la misión de bienvenida.

—Irina se va a poner de un burro que no veas como intentemos mangonearle la agenda —aviso, conociendo su genio.

—Irina ahora mismo tiene la capacidad de decisión de un geranio —sentencia Rashel.

—Sabina sabe lo que hace —me digo a mí misma para no entrar en pánico. La rubia con un bisturí en la mano es lo más parecido a un dios, aunque sea una agonías para todo lo demás.

Me entra un picor de esos de querer saberlo todo y no enterarme de nada. Estoy aquí fuera de bulto y me reconcome no ver qué se cuece en el despacho. Así que me planto ante la puerta y le meto un viaje con los nudillos. Un golpe de autoridad, de «aquí mando yo o por lo menos que se me oiga».

Amaia abre. Lleva la camiseta decorada con goterones rojos, el careto serio y el pelo chorreando. Está eficiente, tan en su sitio, tan ignorando mi existencia.

—¿Qué quieres, Julia?

—¿Cómo va la feria?

—Está bien. Es un corte profundo, pero el drama viene de la cantidad de sangre que ha perdido.

—Quita, que paso.

Amaia me mira de arriba abajo. Me ve las manos bailando y el careto de susto que me llega al suelo. Sabe que estoy a dos minutos de un síncope.

—Ni de coña entras.

—¡Amaia, no me toques los ovarios!

—He dicho que no. Estamos con la costura y no quiero distracciones.

—¿Costura?

—Sí, Julia. Y no necesitamos que entres con ese ataque de nervios a dar por saco.

—Yo no tengo nervios, tengo opinión propia y derecho a verla.

—Tienes un miedo que te cagas y es normal. Pero ahora mismo sobras. Vete a que te dé el aire y vuelve cuando te hayas calmado.

—¿Y cómo quieres que esté? Soy un desastre, ya lo sabes.

Amaia me dedica una sonrisa de esas que significan que me quiere mucho pero que soy idiota.

—Pues vete a ser un desastre a la cocina.

—¿Y Sabina? ¿No se ha desmayado todavía?

—Sabina está atacada, pero el pulso no le tiembla.

Se hace a un lado y por el hueco alcanzo a ver algo. Irina está despatarrada en el sofá del despacho. Ni un quejido, ni una protesta, nada de esa altanería habitual. Ojos cerrados y cara de muerta. Sabina está doblada sobre ella, manejando unas pinzas con una concentración que asusta.

—¡Irina!

Irina abre un ojo. Me lanza una mirada congelada.

—Cállate la boca, Julia. No me desconcentres a la doctora, que si se le va la mano me hace un estropicio.

Amaia me cierra la puerta en los morros y hace de muro. Mi cara de tonta no cabe en el pasillo.

—¿Estás más tranquila?

—Muchísimo. Estoy que salto de alegría.

—Venga, pues ahora vas a ser útil. Te vas a la cocina. Preparas café del fuerte. Limpias la que se ha liado en el suelo. Y luego llamamos a Luna para que se quede con las niñas hasta que se pase el temporal.

Me doy la vuelta. Vuelvo a la cocina. El contraste es brutal.

La silla tirada. La manzana en el suelo.

Pillo una bayeta, la empapo, vuelvo al pasillo y me hinco de rodillas.

Empiezo a frotar el mármol. El tufo metálico me pega un viaje a la nariz.

No es que haya un pantano de sangre, pero para que me tiemble el pulso me sobra la mitad.