Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 16
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Capítulo 16

El pasillo está a temperatura de cámara frigorífica, perfecto para que no se me derritan las ideas tan temprano.

Oigo el portazo de la calle y ya sé que Sabina, que ahora es una mujer sanísima, ha salido pitando a fabricar endorfinas trotando entre los pinos.

Que le cunda el oxígeno. Yo busco a la otra.

Cruzo el pasillo hasta su puerta y entro sin llamar; la cortesía es un invento para las visitas y yo aquí tengo derecho a pensión completa.

El ambiente huele a sudor de calidad y a esfuerzo recreativo; está claro que la rubia no se fue a dormir con un libro de autoayuda.

Entra una luz grisácea por las rendijas de la persiana, la cantidad exacta de claridad para no estamparme contra el armario.

El suelo da pánico: bragas y camisetas desparramadas. Un caos precioso.

Amaia está en la cama, en pelotas y desparramada boca abajo. Duerme con una profundidad envidiable. Contemplo desde el umbral ese festival de pecas y la curva de esa cadera que me sé de memoria. No la despierto; saboreo la escena antes de soltarle el percal.

—Venga, jefa, que se te pasa el arroz. —Me acerco a la cama y le doy un toque con el pie al colchón.

Ella me ve y no le da un amago de infarto porque ya está curada de espantos conmigo. Gruñe y se tapa la cabeza con la almohada.

—Julia, tía… Vete a pastar. Es de noche todavía.

—Son las siete pasadas, so vaga. Además, te traigo mi presencia divina, que ya es bastante regalo. Mueve el culo, que tenemos que hablar y no me voy de aquí hasta que me mires a la cara.

Se da la vuelta con una lentitud infinita y me mira con un solo ojo entrecerrado. Tiene el pelo enredado y una marca de las sábanas en la mejilla; no sé si soltarle un beso o un insulto. Pega un tirón de la sábana con agilidad y se tapa hasta el cuello.

—¿Qué quieres? ¿Se ha quemado la casa?

—Casi. Se ha quemado mi paciencia, que es peor. Venga, saca un brazo de debajo de la colcha y hazme un hueco, que vengo con ganas de dar guerra y de que me hagas caso.

Amaia suspira, se aparta y me deja sentarme en el borde del colchón. Me dedica esa mirada de querer matarme, pero sin fuerzas para el homicidio.

—Eres una pesada, Julia.

—Y tú una pelirroja muy mal acostumbrada. Venga, despierta, que lo que te tengo que contar no se dice con los ojos pegados. Llevo toda la noche dándole vueltas a tu puta frasecita de ayer.

Amaia se incorpora a duras penas y se apoya en el cabecero. Aprieta la sábana contra el pecho.

—Podrías haber esperado a que fuera de día, Julia. No son horas de asaltar habitaciones con esa energía que traes.

—Ni energía ni hostias. Si espero me sale una úlcera y luego me toca aguantarte a ti dándome lecciones de salud gástrica. He venido a que hablemos de una vez, así que deja de ponerme esa cara de estar analizando mis traumas infantiles para ver qué pastilla me recetas.

Amaia suspira con una paciencia infinita.

—A ver, Julia. Lo de anoche no es el drama que te estás montando en esa cabeza que tienes. Solo dije que, de todas las que estamos en el grupo, tú eras la primera opción. Era una teoría. No era una invitación para que nos quitemos la ropa ahora mismo. No te rayes, que te pones muy pesada.

—Qué bien te vendes, tía. No me vengas con teorías de laboratorio. Te pregunté si iba en serio y me soltaste que sabías de sobra lo que te estaba preguntando. No recules ahora, que tú eres de las que van de frente.

Me sostiene la mirada. Se le ha pasado el sueño de golpe.

—No reculo. Tú no preguntaste para reírte. Querías saber qué pasa aquí y yo te dije lo que hay. Punto.

—Punto —repito. Me gusta el tono, aunque esto sea un lío de tres pares de narices.

—La culpa es de la bocazas de Sara. Tenía que soltar la palabrita de marras y jodernos la existencia a todas.

—Cuatrimonio. —Solo pronunciarla me da un tic en el ojo. Suena a enfermedad rara.

—Exacto. Esa idiotez. Desde que la soltó estamos todas para que nos encierren en un manicomio. Irina está marcando el territorio y no deja que nadie se mueva. Sabina está perdida en sus pensamientos porque por fin alguien le pone nombre a sus líos de cabeza. Y tú estás que muerdes los muebles.

—A las personas, Amaia. Tienen más chicha y se quejan más fuerte, que es lo que me gusta.

Se ríe. La conozco, esa risa. Me devuelve a mi sitio.

—Es un alivio que lo reconozcas. Pensaba que era la única a la que le había escocido el comentario de Sara.

—Escúchame. Eres guapa, Julia. Y estás muy buena, no vamos a engañarnos a estas alturas de la vida. Eres territorial y das miedo, pero eso también atrae a la gente. Yo siempre me he sentido por debajo de ti. Más sosa. Menos interesante.

—Tú eres la que tiene cerebro, tía. No digas gilipolleces.

—Soy la que mantiene la calma, que es muy distinto. Al principio tuve mis celos, claro. Hasta que un día se me pasaron. Por cansancio o porque aprendí a quererte.

—Somos familia.

—Eso es. Cuando Sabina se hundía, ¿quién estaba ahí aguantando el tirón?

Tú e Irina. Cubriéndome las espaldas. Aguantándonos a las dos.

Llevando a las niñas al colegio, arreglando el desastre diario.

Los embarazos, las crisis, los cuernos. Vosotras dos.

Siempre habéis estado ahí. Sois mi familia.

No es una etiqueta de mierda. Es la realidad.

No encuentro ninguna pulla. Me siento blanda, y eso me da rabia y gusto a la vez.

—Tú y yo lo vivimos todo juntas —sigue ella—. Amamantar, las fiebres, los turnos de noche, las broncas con Sabina e Irina por el trabajo. Ellas estaban en su guerra particular. Nosotras estábamos en casa. Y estábamos juntas. Muy juntas. Eres mi mejor amiga, Julia. De verdad de la buena.

Me siento imbécil. No sé qué contestar. No esperaba esta sinceridad a estas horas.

—Y ahí está la hostia que me he dado. —Retuerce la sábana—.

No tengo ni idea de dónde está el límite.

Ni siquiera sé si existe. Porque lo único que nos falta es el roce.

Y ni eso, porque hemos compartido cama mil veces.

¿Cuántas noches me has abrazado cuando yo estaba destrozada?

¿Cuántas duchas nos hemos pegado juntas después de una juerga?

Nuestros cuerpos se conocen. No se esconden nada.

Y ahora me vienes con que con quién me acostaría del grupo y me sale tu nombre sin dudas.

Porque te quiero. Porque tenemos demasiada intimidad. No tengo ni idea de qué significa esto.

—No te he pedido un informe detallado de tus sentimientos, pesada —le digo con la voz más suave de lo que me gustaría.

—Ni me lo pidas. —Se ríe—. Porque no tengo respuestas. No sé si quiero acostarme contigo. Es algo que ni me planteo. Con Irina todavía menos.

—Irina impone mucho.

—Irina impone y excita, las cosas claras —admite Amaia sin cortarse un pelo—. Y tú también, Julia. Pero además me has visto llorar y me has limpiado los mocos. Es distinto.

—Ya.

—¿Que si me imagino a las cuatro juntas montando un lío en la cama?

Pues claro. La fantasía es divertida y me hace gracia —confiesa con una sonrisa—.

Es lo único que le falta al chiste de Sara para que explote del todo, pero fantasear sale gratis, Julita.

Una cosa es lo que se te pasa por la cabeza y otra muy distinta es romper el equilibrio que tenemos, que nos ha costado la misma vida conseguirlo.

—Ya, bueno. Sabina me dio el mismo discurso anoche. Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Nos miramos de lejos o qué?

—En nada. Nos levantamos. Desayunamos. Tú te vas a buscar tu cafeína y ese humor de perros que gastas por las mañanas. Y yo me ducho. No le des más vueltas al asunto, que te va a salir humo de la frente.

La miro de arriba abajo. Sigo hecha una piltrafa, pero se me ha pasado el agobio de golpe. Estaba yo muy dramática y resulta que aquí todo el mundo tiene la lección aprendida.

—Venga, trato hecho.

Me acerco y le encasqueto un beso en la frente. Un beso seco, de tía abuela, para que no se flipe.

—¿Y qué le digo a Sabina si me vuelve a dar el tostón con el tema? —Amaia se estira.

—Dile que has dormido como un tronco. Y que la próxima vez cierre el cajón de las bragas, que canta por soleares.

Amaia se desparrama en la almohada y echa todo el aire que tenía guardado.

—Lárgate ya, Julia. Eres un bicho.

—Me piro, pero porque yo quiero, no porque me eches.

Doy media vuelta y salgo con la cabeza bien alta. El pasillo sigue frío, pero ya no tengo ese peso en los hombros. Me voy directa a por el café. Y a por mi mala hostia, que hoy me va a hacer falta para no ponerme tierna delante de todo el mundo, que luego la gente se toma confianzas.

La casa está callada, de ese modo falso de las primeras horas de la mañana.

Es agosto y media familia está por ahí dando tumbos de vacaciones.

Me sirvo el primer café. Negro, que se note que estoy viva.

Me apoyo en la encimera empanada con el móvil, viendo tonterías en internet para no pensar en nada.

Pasos en el pasillo. Otra vez la pesada de Amaia.

Entra en la cocina con una camiseta de tirantes y unos pantalones de yoga tan apretados que se le nota todo y no me viene nada bien ahora.

Viene con el pelo goteando y ese olor a coco que me da hambre.

Se ha vestido a toda leche. Pasa de mi cara y le pega un bocado a una manzana con un ruido que llena la cocina.

—¿Ya te has quitado la mugre de encima o es que el agua está cara? —pregunto mientras la miro de reojo.

—Ya.

—¿Y Sabina? ¿Se la ha tragado la tierra?

—Se ha ido a correr. —Pone los ojos en blanco—. Bueno, eso cuenta ella. Yo apuesto a que se ha escondido en algún arbusto a fumarse un canuto para no mandarnos a todas a la mierda antes del mediodía.

—Clásico. Sabina y su mezcla de yoga mental y vicios de toda la vida.

Amaia no se ríe. Tiene unas ojeras que le llegan a la barbilla.

—Hay que recoger a las crías. ¿Comemos fuera? Si las tenemos entretenidas con comida basura igual no intentan quemar la mansión hoy.