Capítulo 15 #3
—No te lo crees ni después de vaciar la bodega, Julia.
Fíjate, anda. Vivimos juntas. Criamos a las niñas como si compartieran ADN.
Nos apoyamos en todo. Nos peleamos por estupideces.
Nos conocemos cada manía, cada centímetro de piel y las mierdas que tenemos en la cabeza. ¿Qué más te falta para admitirlo?
—No follamos, Sabina. Ese es un detalle bastante importante en la definición de «lío».
—No lo hacemos por los tabúes que tenemos ahí metidos.
—No te pongas intensa, que te conozco.
Aunque la idea me hace un cosquilleo en la nuca que no me gusta reconocer.
—No soy intensa, soy práctica. Tú sabes que nos queremos. Mucho.
—También queremos a Rashel y a Ana y no por eso vamos a montar un harén en el salón —le digo para ver si baja de la nube.
—No es lo mismo y lo sabes. Lo nuestro es un pifostio monumental que, por algún milagro del cielo, funciona que te mueres.
—Funciona porque no nos hemos quitado las bragas.
—Funciona porque somos unas artistas del autoengaño. Le hemos puesto el sello de «mejores amigas» para no tener que dar explicaciones a nadie, ni siquiera a nosotras mismas, Julia.
—Tú serías la primera en descorchar botellas para celebrarlo. No me vengas ahora con el hábito puesto.
—Yo de santa tengo lo que Irina de hippie.
Te lo acabo de decir clarito: os quiero a las tres, y eso es un hecho.
Pero este invento vuela en cuanto alguien estornude fuerte.
No estáis listas para el lío. Ha llegado Sara, ha tirado el petardo y estáis todas con un cortocircuito mental que no podéis con él. Venga, confiesa.
—Qué pico tienes, hija. A veces me das miedo.
—Soy la más lista de esta casa —dice ella, tan ancha—. Y me entero de lo que Amaia dice por esa boca y de lo que Irina dice con un simple movimiento de hombros.
—¿Y qué ha dicho mi siberiana favorita?
—Te ha agarrado del brazo y ha gritado que eres suya sin decir ni media palabra. Marcando el territorio.
—Claro. Soy su trozo de jardín particular. Me tiene para que le haga bonito en las fotos.
—Mira, ni tú ni Irina habéis soltado el papel de novias intensas conmigo, ni yo con vosotras.
Y Amaia, que es una blanda con mucho cerebro, ha terminado metida en este bucle nuestro tan sano —dice suave—.
Nos cuidamos, vigilamos qué comemos y nos mandamos a la mierda con todo el cariño del mundo. Pero sin catar lo que queremos.
—¿Y qué es lo que quieres tú, lista? —pregunto, aunque lo sé de sobra.
Sabina me clava la mirada.
—Julia, no tienes doce años. Hay unas ganas de follar cruzadas que no caben en este jardín.
Es la verdad esa que callamos para no parecer unas colgadas.
Porque no es lo habitual. Tenemos metido en la cabeza que el lote viene de uno en uno, sobre todo para el tema de la cama.
Y te digo una cosa: cerrar las piernas es fácil.
Pero apagar esto que tenemos es otra historia. Y ahí está, dándonos la tabarra.
—Yo no tengo ganas de nada —miento—. Bastante jaleo tengo ya con Irina y la casa.
Sabina se ríe de nuevo. Se lo está pasando pipa a mi costa.
—Bastante jaleo tienes negándolo, querrás decir.
Se acerca más. Sus rodillas me rozan el brazo y un chispazo me recorre entera. El agua de la piscina está quieta, pero mi pulso va a toda pastilla.
—Mira, Julia. —Se pone seria de golpe—. Somos adultas. Y las que ya peinamos canas sabemos que mantener este equilibrio sale mucho más caro que un calentón bien gestionado.
—¿Y qué equilibrio es ese? Porque yo veo que aquí cada una va a su bola.
—Tenemos una familia —dice Sabina—. Dos hijas que se enteran de todo. Un casoplón que mantener. Un negocio que nos tiene atadas. Y tenemos este lío que se mantiene porque nadie lo agita.
—¿Y si lo agitamos? ¿Qué pasa?
—Si lo agitamos, igual nos estalla en la cara. Y yo no quiero que vuele todo, porque he aprendido a vivir así. Por muchas ganas que tenga de meteros mano de otra forma. Lo sabes, no me intentes engañar.
—Yo no engaño a nadie. Soy un libro abierto.
—Sí, un libro en chino —dice la cabrona—. Y te aviso, todas estamos bajando la guardia. Estamos a un paso de liarla.
—Yo no bajo nada. Tengo la guardia más alta que la muralla china.
—Bajas lo que te interesa. Y esto te da miedo porque no quieres que se rompa lo que hemos montado, esta relación de cuatro sin pasar por la cama. Pero el cariño es real. Somos una familia. Esto no va solo de sexo, aunque nos muramos por ello.
Me supera su capacidad para analizarlo todo.
—Eres de un práctico que asusta, tía. Deberías trabajar en la ONU.
—Soy realista. Y tú también, por mucho que te hagas la despistada.
—Entonces, ¿qué hacemos? ¿Nos ponemos a ver cómo se pone el sol?
Sabina suelta una risilla floja.
—Nos reímos de Sara. Y de lo que no va a pasar todavía. Aquí en remojo y mañana vuelta a la función de siempre, que se nos da de lujo.
—Y con Amaia tirando granadas. —Le guiño un ojo; voy más ligera.
—Y con Amaia tirando granadas —repite Sabina—. Con Irina marcando el terreno cada vez que te acercas a alguien. Y contigo sin saber qué contestar porque te pones roja en cuanto te tocan.
Suelto un airecillo por la nariz. Me fastidia que me conozca tan bien.
—Menudo espectáculo. Deberíamos cobrar entrada.
—Menuda obra de ingeniería —me corrige Sabina.
Se mete en el agua y viene hacia mí con calma.
Me pone de los nervios, porque aquí la que suele manejar los tiempos soy yo.
El agua ondula mientras ella acorta distancias.
Se planta delante de mi cara, a nada, y me mira de arriba abajo.
Me inspecciona los labios y luego me clava los ojos.
La sonrisa que traía se le borra y da paso a esa expresión de «te tengo donde quiero».
—Venga. Para que no se te olvide que estoy aquí.
Y me muerde. Me muerde el cuello, debajo de la oreja. Un mordisco suave, de esos que avisan, muy íntimo. No duele un carajo. Marca. Me deja un calor que me sube por la espalda y me pone tonta. Yo no me muevo. Yo no respiro.
Sabina se separa apenas nada. Me mira a los ojos y disfruta del momento.
—Ahora vete a dormir con Irina.
—No te pases de lista. Y guarda el látigo, que aquí la que manda sigo siendo yo. Aunque me haya gustado el mordisquito, no te flipes.
—Te mando porque me sale de ahí —susurra ella con una soberbia que, por desgracia, me pone bastante—. Y te mando porque si no te doy el empujón, la liamos. Y no toca todavía. Circula.
—Tú ganas —consigo articular.
Se retira, se apoltrona en el borde de la piscina con una tranquilidad insultante y me dedica una mirada de suficiencia absoluta.
—Venga, vete, Julia, por Dios.
Salgo del agua y mantengo el tipo, pero el fresco de la noche me recuerda que estoy empapada y que me ha dejado con la miel en los labios.
—Hasta mañana, rubia —le lanzo desde la orilla.
—Que descanses, bonita.
Me doy la vuelta y enfilo hacia la casa. Voy dejando un rastro de agua por el suelo, pero me importa un bledo. Por dentro estoy muy alterada, con una mezcla de ganas de matarla y de darle un beso bien dado.
Y lo peor es que Sabina tiene toda la puta razón del mundo. El equilibrio ese del que habla sale carísimo, pero me gusta que la gente no se ande con rodeos. Amaia ha sido clara y Sabina me acaba de despachar con un bocado que me ha dejado muda.
Entro en el cuarto y me meto en la cama con Irina. Menudo día intenso, hostia. Estas mujeres me van a volver loca tarde o temprano, pero me da igual. Al final va a resultar que me gusta que me pongan en mi sitio de vez en cuando. Toca cerrar el pico y dejar que el día se acabe de una vez.