Capítulo 15 #2
—Venga, que pareces mi madre antes de meterse en el balneario —me pica—. Entra ya.
Amaia se acerca a Sabina con una sonrisa en la boca. Hacen un frente común que no me gusta un pelo.
—Déjala, si hoy está en modo diva y no quiere que se le estropee el pelo.
—Qué va —insiste Sabina—. Lo que le pasa es que tiene miedo de que el agua esté mojada.
—A mí no me achanta nadie, ¿eh? —gruño, y pico el anzuelo de cabeza.
—Pues demuéstralo, valiente.
Me sube el calor de golpe. Me revienta que me toquen las palmas porque acabo bailando siempre. Miro a Irina, que se ha sentado en su silla cara con esa cara de «fíjate, otra vez haciendo el ridículo».
—Vale, pero como mañana me levante con mocos, os paso la factura de los pañuelos —amenazo.
Me quito la camiseta de un tirón y me planto en el bordillo.
—No me salpiques, Julia, que te mato —avisa Irina desde su sitio.
—No te prometo nada, jefa.
Pego un salto que es de todo menos elegante, en busca de que el golpe del agua me limpie todas las tonterías que tengo en la cabeza. El frío me corta el rollo de golpe. Está espectacular. Saco la cabeza bufando y me encuentro a Sabina partida de risa.
—¡Vaya planchazo, bonita!
—Ahora te vas a enterar de lo que es un planchazo.
Me lanzo a nadar hacia ella con ganas de guerra.
La alcanzo y la agarro del hombro, la hundo, ella me devuelve el viaje y acabamos enredadas entre risotadas y salpicones.
Amaia se mete en el ajo, claro. La tía tiene una fuerza en los brazos que no es normal; me pone las manos en la cabeza y me sumerge antes de que pueda decir «copa».
Salgo a la superficie, trago aire y escupo agua, con la risa floja.
—¡Amaia, mi pelo! ¡Que me vas a dejar calva!
Irina nos vigila desde la orilla. No se desternilla, pero ha bajado la guardia. Me gusta que nos mire. Me flipa que vea que, a pesar de todo el lío que tenemos montado, todavía sabemos hacer el idiota.
Nos tiramos un buen rato así, en plan ganso, con nados en círculos y el olvido de que tenemos ya una edad. El agua me deja el cuerpo lánguido y la cabeza por fin en silencio.
Amaia se desliza hasta mi lado, con esa sonrisa que me hace replantearme mis principios, y me sujeta un momento por los costados.
—Venga, parad, que estoy ya sin pilas.
—Tú tienes batería infinita, no me jodas —le digo, aunque la dejo marchar.
Amaia enfila hacia la escalera. Sabina va detrás. Se sientan con las piernas colgando en el agua, mientras Irina se levanta de su trono y yo sigo en el agua.
—Esto es otra cosa —dice Amaia—. Así sí se puede estar.
—Es la única forma de no acabar a puñaladas —añado yo, mientras floto de espaldas.
Irina nos dedica una sonrisa de medio lado que significa mucho y nada a la vez.
—Yo me retiro a boxes —anuncia—. Mañana me toca currar temprano.
—Normal. —Me apoyo en el bordillo—. El imperio no se levanta solo mientras nosotras nos ponemos a remojo.
—Procura no ahogarte, Julia.
—Haré lo que pueda.
Se esfuma hacia el interior de la casa y las demás seguimos con las paridas sobre el cloro y la vida contemplativa. Al rato, Amaia decide que el agua ya le ha arrugado hasta las ideas y se pone en pie, empapada y con tembleque.
—Me voy a la ducha.
—No te pires todavía, rancia. —Le doy un manotazo al agua para salpicarla—. Quédate otros diez minutos.
Amaia se escurre el pelo.
—Por hoy ya he cubierto el cupo de emociones fuertes.
—Venga, Amaia —insiste Sabina desde el borde—. No seas sosa, que se está de lujo.
—Que no, que tengo los labios morados —repite ella, que cuando se pone cabezona no hay quien la mueva—. Buenas noches, criaturas.
Se da la vuelta y me deja a solas con Sabina. Me cago en todo, ahí es cuando me entra un tembleque que no es por el frío. Nado hacia ella. Me apalanco justo entre sus piernas, en una invasión de su terreno, para que sepa que hoy no voy a jugar a la defensiva.
—¿Se te ha pasado ya el shock?
—Estoy en mi punto óptimo. —Escupo un chorrito de agua—. Y con un pedal importante. Perfecta, vamos.
—No estás borracha. Estás alegre.
—Que no, cansina. Que voy doblada —insisto, aunque en realidad el alcohol me ha dejado solo esa neblina justa para no huir de ella.
—Te conozco, guapa. —Baja la mano para acariciarme el pelo mojado.
Me quedo tiesa. A ver, regla número uno del universo: a una tía negra no se le soba el pelo.
Es ganarse un bofetón a mano abierta. Yo tengo esa aduana cerradísima y la única con la tarjetita VIP es Irina.
Fin. O eso me repito yo para hacerme la dura, porque Sabina se paseó por este cortijo hasta que nos inventamos aquel pacto de no tocarnos para no saltar por los aires.
El pacto ya lo mandamos a la mierda el otro día bailando, vale, pero es que ahora va la muy idiota y me mete los dedos entre los rizos empapados.
Me pega una caricia tan suya, tan de dueña y señora, que me manda un calambre por la nuca y me deja con las defensas en los tobillos.
Qué coraje me da la tía; tiene línea directa con mis putos fusibles.
—Sé cuándo vas ciega y cuándo no quieres que se te note la empanada mental que traes —remata.
Me callo, disfruto de esa mano en mi cabeza, pero odio que sepa leer mis neuras mejor que yo.
—Venga, habla ya, que estás deseando. ¿La otra lo ha soltado para hacerse la interesante o para callarme la boca? —pregunto. Para qué vamos a andarnos con rodeos, si al final el elefante en la habitación es tan grande que ya no cabemos nosotras.
Sabina juega en el agua con los pies y me encierra con las piernas.
—Si lo ha dicho es porque es verdad.
—Me cago en mi estampa —murmuro, y me hundo hasta la nariz.
—Te has agobiado sola. Y no es para tanto.
—Claro que lo es —le replico, aferrada a sus rodillas—. Con ese asuntillo planeando sobre nuestras cabezas.
—A mí el asuntillo me preocupa menos que a vosotras. Y me parece normal que Amaia no sea de piedra. Tiene buen gusto, la tía, no se le puede negar.
—Venga ya. Tú es que vas sobrada de ego y el resto somos unas aficionadas.
—Pues un poco sí. Y me mola que mi mujer tenga el cuajo de decir lo que piensa.
—¿Y tú qué? —le lanzo la pulla, a la caza del hueco—. ¿Tú te tirarías a alguien de este grupo de taradas?
Sabina ni se lo piensa.
—¿Yo? A todas. A todas menos a mi hermana, que no tengo ganas de salir en el telediario de las tres por un lío familiar —se ríe y, joder, me la comería con patatas ahora mismo.
—Qué tía más sinvergüenza —le digo con un deje de risa—. Qué honestidad más cerda. Qué puta eres.
—Yo no pierdo el tiempo mintiendo sobre lo que cualquiera puede ver —sentencia, muy segura de sí misma—. Y tú tampoco deberías, Julia, que ya tienes pelos donde todos sabemos y no te pega hacerte la estrecha.
—Tú mientes hasta para decir qué has desayunado, que eso te mantiene el cutis terso. —Estiro el cuello hacia ella.
—Con esto no. Y ahora vas a dejar de hacer el tonto y me vas a hablar en cristiano.
El silencio se nos hace pequeño, así que me pego al borde de la piscina para que el agua decida por mí qué parte de mi cuerpo quiere flotar y cuál prefiere hundirse con ella.
—¿Te acuerdas de la primera vez? —dice de golpe la tía, ahí, mojada y con esos aires de trascendencia que le dan por rachas.
—¿De la primera vez que caté un Rioja de tres cifras o de la primera vez que Hacienda me dio una alegría? —pregunto yo, que hoy ya he tenido bastante intensidad y me apetece cero ponerme profunda.
—No, tonta del culo. —Me da una patadita suave en el brazo debajo del agua—. De la primera vez que montamos aquel trío. Con Olga.
—Hostia, Olga —digo al aire—. Pobre criatura.
—Ya. —Sabina pone cara de funeral—. Teníamos veinte años. Y llevábamos encima un cargamento de MDMA. Tú por error, encima.
—Estábamos fatal —le recuerdo, porque la memoria le falla cuando le conviene—. Yo traía un cabreo de tres pares de narices contigo. Todavía me acuerdo de la jugada y me dan ganas de tirarte el vino por la cabeza, que lo sepas.
—Menos mal que iba puesta, porque estaba acojonada.
—Sí, acojonada. Menuda jeta has tenido siempre. A veces me pregunto por qué no te mandamos a pastar eternamente.
—No era cara, es que no podía elegir, os quería a las tres, aunque admito que la cagué con la mentira, venga.
Miro cómo la luna le da un brillo de mala de película en la cara. Está guapísima la hija de puta, es que no tiene perdón de Dios.
—¿Y a qué viene este viaje al pasado ahora? ¿Te has dado un golpe en la nuca al tirarte a la piscina?
—Me recuerda a este momento —dice ella bajito—. A lo mejor una dosis de aquellas nos vendría bien para espabilar.
—Ni de coña. Tú eres una yonki rehabilitada y las demás acabaríamos en el hospital con el corazón pidiendo el finiquito. Que ya tenemos una edad, Sabina, que si me levanto rápido me cruje hasta el alma. ¿Para qué quieres tú más jaleo?
—Para lanzarnos —dice ella, y asoma esa sonrisa que tanto me gusta y tanto miedo me da—. Para hacer lo que nos pide el cuerpo y que frenamos por ir de señoras serias por la vida.
—Yo no tengo el cuerpo para fiestas —le corto el rollo—. Yo tengo el cuerpo para un pijama de esos feos de borreguito y dormir doce horas del tirón sin que nadie me pregunte dónde están las llaves.
—Tú no sabías que querías morder —dice ella, muy segura—. Y ahora lo sabes.
Me acerco a su cara de pilla, a ver si por ósmosis se le pega algo de mi sentido común, aunque sé que es batalla perdida.
—¿Todo este discurso viene por las chorradas que soltó tu hermana el otro día?
—Lo del cuatrimonio.
—Eso. Esa palabreja de mierda que suena a oferta de tres por dos en el Carrefour.
—La etiqueta es una catástrofe, lo sé —admite—. Pero creo que se puede querer y desear a más de una persona a la vez. A mí me pasa de serie. He nacido cuarenta años antes de tiempo, Julia. Me ha tocado ser la pionera y es un agotamiento.
—Vale, aceptamos barco con lo tuyo. Pero nosotras cuatro somos amigas. Dos parejas de amigas que se llevan muy bien. Punto.