Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 15
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Capítulo 15

Ni un chiste se me ocurre. Ni una bordería. Nada. Menudo corte me ha metido la tía.

Sabina decide que ya basta de silencios y sube el volumen para regodearse.

—¿Pero qué me estás contando? —Se toca el escote con un gesto exagerado—. ¿Se lo dices así, en mi cara?

La tía finge. Le brilla el jeto; le encanta que su parienta haya lanzado esa bomba.

A mí el vino se me ha atravesado en el gaznate y noto las mejillas a mil grados. Tengo un sofoco por el pescuezo digno de estudio.

Amaia me mira. Solo a mí. Pasa de Sabina; no se arrepiente para nada de haberlo dicho. Al revés, comprueba que estoy sin cobertura y suelta una risita de ganadora.

—Está muda —se cachondea Irina con voz de enterradora sexy—. Esto es para celebrarlo: Julia se ha quedado sin respuesta. Apuntad la fecha en la pared.

—Hija, ¿pero tú respiras? —Sabina se gira hacia mí con la toalla al hombro, con una risa ya descarada.

Intento encontrar la frase para hundirlas a todas, pero la lengua se me ha hecho un nudo contra el paladar. Irina detecta que estoy en la lona y aprovecha para rematarme.

—Y encima se está poniendo como un tomate. —Da otro trago al vino—. Se le ve el arrebol hasta debajo de lo mulato.

—¡Ay, Ira, que me da algo! —grita Sabina, y se da un chapuzón.

—¿Roja? —Amaia se acerca para inspeccionarme los mofletes.

Me pica el orgullo. Me fastidia que me pillen. Me fastidia que Irina se pitorree y que Amaia me haya puesto en este compromiso, aunque sea yo la que ha empezado a tocar las narices.

—No estoy roja —gruño.

Me levanto despacio, que no parezca que salgo por patas, aunque por dentro busque la puerta más cercana.

—Voy a por más alpiste. —Señalo la botella.

—Ni se te ocurra moverte —me frena Amaia.

Aprieto las muelas. La capulla tiene esos ojos enormes y claros que te dicen la verdad a la cara mientras se ríe de ti por dentro.

—¿Qué quieres ahora? —me sale una voz de cría quejica.

Amaia me echa agua con la mano.

—No te hagas la tímida ahora, Julia, que has sido tú la que ha abierto el melón con la preguntita —responde con esa calma suya.

—Era una coña, tía. Pensaba que ibas a decir que a tu cuñada o a alguna de esas que se dan un aire a tu mujer, por eso de no salirte del guion.

—Yo no tocaría a Sara ni con un palo, por Dios. Menudo cuadro.

¿Y a mí sí? Me siento con el culo al aire. Busco una frase lapidaria, algo que la deje balbuceando, pero se me ha secado el cerebro.

—Eres una pedazo de cabrona —murmuro. Y me sale con un cariño que me da asco a mí misma.

—Qué va. Soy tu amiga. Y sé lo que estabas rascando, así que te he dado el premio gordo, guapa.

Sabina me lanza una sonrisa de «toma, por lista». Se endereza y me clava la vista.

—Bueno, cortad el rollo ya —dice, algo más seria—. Ya nos hemos enterado de que mi mujer tiene un gusto de locos. Y que a Julia se le caen los pantalones cuando la ponen en evidencia.

—A mí no se me cae nada —protesto por puro vicio.

—Venga, acéptalo. A mí me da igual. El deseo es libre. Mi mujer tiene ojos y tú tienes un cuerpo que es para verlo. No pasa nada.

Agarra su botella de agua. Me mira fijo, con una fuerza capaz de hacerme sudar.

Amaia se ríe por lo bajo, pero asiente al momento. Le planta una mano en el cuello y la rubia le sonríe, ahora sí, como la dueña del cortijo que es. Se dan un beso rápido.

Irina se me acerca. Yo sigo ahí, sentadita en el borde, con la copa temblando y el cuerpo rígido.

—Venga, ya está bien de tonterías. —Me agarra de la cintura y me pega a ella—. Amaia tiene razón. ¿Quién no querría hincarle el diente a Julia? Si es que es un espectáculo de mujer.

Me pega un beso en la sien, bien sonoro.

—Un espectáculo con un tornillo flojo y un genio de mil demonios —añade Sabina, de nuevo a carcajadas.

—Un espectáculo —insiste Irina—. Con esa boca que solo suelta barbaridades y un culo que ya quisieras tú, rubia. Normal que se le antoje a cualquiera.

El piropo me pega un viaje importante. Irina me está defendiendo con un orgullo que me pone hasta colorada. Me marca el territorio y yo aquí, haciendo el papel de mi vida, callada y sin saber dónde meterme.

Me agarro a la copa. Tengo los dedos congelados por el hielo, pero por dentro estoy a punto de hervir. Irina me ha sacado del marrón, pero me ha metido en su terreno. Me da coraje, porque cuando pierdo la mala leche me quedo sin defensas.

Ella se mantiene pegada a mi hombro.

—Hala —ordena—. Todo el mundo al agua de una vez.

Sabina ya está por ahí flotando, haciendo el muerto. Amaia se lanza al agua, se apalanca a su lado y le mete un empujón. Sabina chilla, un alarido de mentira. Normalidad absoluta. Un cuadro de familia feliz que te cagas.

—¿Te vas a remojar o qué? —me dice Irina en el cuello.

—Paso mil.

Me calzo un sorbo largo, pero me sabe a rayos.

No es la ginebra, que es de la buena, es que la pelirroja me ha descolocado.

No es que me haya tirado los trastos a la cara, es que ha abierto una puerta que yo tenía cerrada con candado y cadena en el sótano de mi cabeza y que no pensaba que fuera una posibilidad real para ella.

Y me ha molado. Qué tía más retorcida. Qué lista es la condenada.

Me trago el aire y me obligo a bajar las revoluciones. Miro a las dos sirenas estas de pacotilla en la piscina. Se las ve tranquilas y yo necesito que la charla vuelva a ser un cotilleo de mierda sobre lo mal que está la juventud.

—¿Sabéis la perla que soltó Vera el otro día?

Irina se gira hacia mí, divertida.

—¿Qué ha pasado ahora con la niña?

—Que dice que su madre es más joven que yo —digo, con voz de ofensa máxima y aires de diva herida—. Y me lo cascó con esa cara de «lo siento, abuela, pero los números son los números».

—A ver, es que Amaia es seis años más joven y se conserva en formol —Sabina estira las palabras mientras se chotea de mí.

—Qué va, Amaia no se cuida una mierda. Amaia tiene una flor en el culo y yo tengo un carácter de perros que me envejece. Jugamos en ligas distintas, ella es Disney y yo soy una de Tarantino.

—Irina, ¿tú ves a Julia más cascada que a mí? —pregunta Sabina, con toda la guasa del mundo.

Irina le pega un tiento a su copa. Me mira de arriba abajo, despacio.

—Julia es más madura que tú, que no es lo mismo.

—Mil gracias, cariño —le devuelvo con sarcasmo—. Es el piropo más asqueroso que me han echado desde el instituto.

—No es un piropo, es un parte médico.

—Y tú eres una doctora de pacotilla —murmuro, y me sirvo más ginebra porque esto no hay quien lo aguante sobria.

Sabina asoma medio cuerpo del agua, con el biquini brillando bajo los focos. Me mira con una guasa que no le cabe en la cara.

—¿Ya te has apaciguado?

—Solo pienso que Amaia no tiene luces —digo—. Es la única de aquí que no ha catado otras carnes. Y va la tía y me dice eso. Un poquito de por favor, que hay sensibilidades.

Amaia no pierde la sonrisa ni aunque la maten.

—Yo no tengo que ir por ahí enseñando los galones.

—Claro —le ataco yo—. Tú eres la santa de la casa. La que no sabe lo que es un pecado.

—Yo peco con Sabina cada vez que puedo.

Sabina le arrea un manotazo, mitad cariño, mitad «cállate ya».

Irina se pone en pie.

—Voy a ver si hay hielo.

—Te sigo —salto yo, porque necesito que me dé el aire y porque necesito hablar con ella a solas.

Amaia no me quita el ojo de encima.

—No salgas corriendo, Julia.

—Que no corro, pesada. —Me encamino a la salida—. Es que el hielo de Irina es de otra categoría, que tú eres capaz de ponerme un cubito con sabor a pescado.

Irina me agarra la mano para que me levante.

—No te comas la cabeza —me susurra a modo de aviso.

—Que no, cari, si estoy fenomenal —le digo con mi mejor sonrisa de «aquí no pasa nada»—. Sigo en mi sitio.

Irina enfila hacia la cocina. Asumo que sigo respirando después del bombazo de Amaia. La aludida me sigue taladrando con la vista, así que le levanto la copa con un gesto de resignación total.

—Eres una pieza de cuidado, chata.

—Lo que tú digas.

Me largo a la cocina detrás de Irina. Ella se pelea con el hielo y mueve las manos con esa eficacia que me hace pensar en cosas que no vienen al caso. Agarro una botella.

—¿Y a ti qué te ha parecido el numerito?

—Nada. Es Amaia.

—«Es Amaia» —repito, con voz de pito—. Esa es la nueva excusa universal para todo, ¿no? Como el «son sus costumbres y hay que respetarlas».

—Amaia es transparente. —Irina pasa de mi parodia—. Y no gasta saliva en mentiras.

—¿Y tú te tragas que lo ha dicho en serio? ¿O solo quería callarme la boca?

—Amaia no sabe lo que es el sarcasmo cuando habla de esas cosas.

—Pues qué bien. —Me sirvo más combustible—. Menudo percal tenemos montado.

—No es un percal —sentencia Irina—. Es lo que hay. Y no se va a hundir el mundo por eso.

—Se hunde mi sistema nervioso, que es peor. Ahora tengo el disco duro ocupado con la imagen de Amaia en bolas y eso va a traer cola.

Irina me encasqueta el hielo en la copa con un golpe seco. Me analiza, divertida a mi costa.

—No me cuentes historias. Tú ya te la habías imaginado sin ropa hace siglos.

—Oye, por favor. Eso lo harás tú, que le miras el balcón cada vez que se agacha. Yo soy más de verla vestida, que tiene más gracia imaginar cómo se quitan tantos botones sin romper nada.

Irina me pasa la copa. Me la meto entre pecho y espalda de un trago y el alcohol me da el empujón que me falta.

—Venga, al agua. —Señalo el jardín—. Necesito un baño maría urgente para bajar las revoluciones.

Salimos al jardín y Sabina y Amaia están flotando en la piscina tan tranquilas.

—¿Qué pasa? —pregunta Sabina desde el agua—. ¿Ya habéis arreglado el país las señoras importantes?

—Ya. Ahora bajamos al barro con las plebeyas. Prepárate.

Sabina se acerca al borde chapoteando y me lanza una mirada de las suyas.

—Tírate ya, anda. Que se te nota la rigidez desde aquí.

—No estoy rígida —le rebato con toda mi chulería—. Estoy en pausa técnica.

—Estás sudando ginebra por los poros.

—Es una fragancia de edición limitada, cateta.

Sabina, que es una tocapelotas, me lanza un viaje de agua fría que me da de lleno en las piernas. Pego un salto que casi me mato.

—¡Serás cabrona, Canija!