Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

—A ver, Amaia, alma cándida, que tengo una curiosidad —le digo y giro la copa, con la risa contenida—. Irina ya ha confesado sus fetiches ópticos, así que te toca mojarte. Si tuvieras que elegir a una de este grupito nuestro para un revolcón, sin contar a tu mujer, claro… ¿quién sería la premiada?

Amaia parpadea a toda pastilla, procesando la pregunta.

—¿Pero tú te escuchas, Julia? ¿Quieres que confiese mis pecados delante de mi mujer? ¿Estamos locas o qué?

—No me la marees, Julia, que me conozco y luego los celos me dan un hambre que no veas —salta Sabina. Pero lo dice con una sonrisa enorme, con la barbilla apoyada en la mano porque a ella le va la marcha.

Irina me lanza una de esas miradas suyas, de las de «eres una cría, pero te quiero». Me vuelve loca.

—Julia, déjala en paz, anda.

—¿Qué pasa? Estoy animando el percal, que estamos aquí muy paradas. —Pongo mi mejor cara de buena persona, aunque sé que no cuela—. Además, es una pregunta teórica. Científica, casi. Me interesa el criterio estético de la monjita.

Amaia me mira con una expresión que no descifro, pero no hace ni amago de levantarse. Aguanta el tirón.

—¿Seguro que quieres que te lo diga? —pregunta ella. Una sonrisilla le empieza a bailar por la cara.

—Hombre, por favor. Me muero por saberlo. Venga, dilo, que aquí somos todas familia.

—A mí también me pica la curiosidad, no te creas —confiesa Sabina, y le da un codazo cariñoso a su mujer—. Contesta, anda, que quiero saberlo.

Irina bebe un trago de su copa. Muy despacio. Se hace la interesante, pero tiene la oreja puesta. Me encanta. Si no me ha mandado a callar todavía es porque el chisme le interesa mucho más de lo que admite.

Amaia se encoge de hombros, quitándole hierro al asunto.

—A ver, del grupo… —empieza y se calla—. Es que sois un lote de cuidado. Cada una tiene su pedrada y una intensidad que no hay quien la gestione.

—Qué bonita eres, coño. Nosotras aquí dándolo todo y tú ahí, haciendo de santa de la paciencia.

—No soy ninguna santa. —Amaia pone una cara que le quita el aire de beata de golpe—. Solo tengo más aguante que el resto de vosotras juntas. No es lo mismo.

—Eso tiene mucho más peligro. —La señalo con el dedo—. La gente que siempre mantiene el tipo me da un miedo de muerte. Tenéis una ventaja injusta sobre las que perdemos los papeles antes de empezar. Es de ser muy perra.

Sabina levanta su copa al aire y brinda con la nada.

—Por el aguante de mi mujer.

—Y por vuestras ganas de dar por saco a todas horas —añade Amaia, y me guiña un ojo.

Me encanta que me siga el rollo. Me toca sacar la artillería pesada para que se deje de historias.

—Venga, corta el rollo. ¿A quién te tirarías? Y no me digas que a Sabina, que esa respuesta es de primero de bollera y aquí ya somos todas doctoradas en vicio.

—Julia, qué pesada te pones cuando te da por algo. Eres como una gota malaya.

—Sí, pero soy una gota malaya con mucho encanto —admito con todo el orgullo del mundo—. Contesta, que aquí eres la única que no se ha liado con nadie que no sea la rubia. Dinos con quién pecarías, aunque fuera de pensamiento.

Sabina hace un ruidito de satisfacción. Irina deja de mirar a Amaia y me mira a mí. Es un ordenador procesando mis tonterías, pero tiene un brillo en los ojos que dice «sigue, a ver por dónde sale el tiro».

Amaia se repantinga en la silla. Está más tranquila que nadie. No se le mueve ni un pelo del flequillo.

—¿Esto es un test de esos para ver si somos compatibles o qué narices buscas? —pregunta con guasa.

—No, es una conversación entre mujeres adultas con un par de copas encima —le miento con todo mi descaro.

—Yo no estoy borracha —salta Irina con su sequedad de siempre.

—Bueno, tú eres una computadora soviética. Amaia y yo estamos disfrutando de la vida —le rebato.

—Julia está muerta de celos porque cree que nadie la mira y lo disfraza de encuesta social —se ríe Sabina.

—Julia está haciendo un estudio de campo —corrijo—. Me interesa saber qué pasa por las cabecitas de mis amigas.

Amaia no me quita el ojo de encima. Me aguanta el pulso sin parpadear. La tía tiene más peligro del que parece.

—¿De verdad piensas que vivo en un convento? —pregunta con una suavidad que me descoloca.

—Pienso que eres de esas mujeres fieles hasta el aburrimiento que solo tienen ojos para su santa esposa. De las de devoción absoluta y rezos antes de dormir.

Sabina saca pecho, encantada de la vida.

—Devoción. Me flipa. Me la apunto para cuando nos peleemos.

Amaia niega con la cabeza muy despacio. Tiene una sonrisa que me está empezando a poner nerviosa.

—Julia, tengo sangre en las venas. Claro que me fijo. Tengo ojos, tengo manos y tengo de todo.

No esperaba esa soltura. Me ha robado el chiste que tenía preparado. Me recompongo rápido, que para eso tengo tablas en esto de ser una bocazas.

—Ah, pues qué alegría me das, hija. Sal de ese armario de perfección. —Saco pecho—. Venga, desembucha. ¿Quién ha conseguido que la santa peque de pensamiento?

—Pues mira, la primera del grupo con la que me iría a la cama eres tú, Julita.

Y la muy cabrona se ríe en mi puta cara mientras yo me quedo con la boca abierta.